miércoles, 25 de marzo de 2026

La complicidad de los árboles

Virginia Hernández Reta e Ivonne Saed




El martes 17 de marzo tuvimos la segunda sesión del club de lectura de cuento comparado, convocado por Diletrantes. En esta ocasión, las lecturas fueron en torno a dos árboles: “El árbol” de Elena Garro y el cuento homónimo de María Luisa Bombal. 

Abrimos la reunión con un breve contexto biográfico de cada una de las dos autoras para adentrarnos en la manera en que sus historias personales afectaron de manera profunda su escritura. En el caso de Elena Garro (Puebla, 1916), se habló de su infancia en Iguala, Guerrero, y su contacto desde niña con el recelo entre clases sociales. La defensa de los campesinos es una causa que defenderá a lo largo de su vida y que le traerá no pocos problemas. Escritora imaginativa, Garro se prueba en todos los géneros, pero se dedica especialmente al teatro y al periodismo. En 1963, aparece su novela fundacional Los recuerdos del porvenir, un libro que se adelanta cuatro años al nacimiento del realismo mágico inaugurado por el colombiano Gabriel García Márquez. En 1964, Elena publica La semana de colores, una colección de cuentos donde va perfeccionando su poética: el manejo del tiempo y del espacio con cualidades físicas, la presencia de la muerte, la mezcla de creencias indígenas y la herencia criolla.

Sobre María Luisa Bombal hablamos acerca de su nacimiento en Chile (Viña del Mar, 1910) y su estancia en París y Buenos Aires, entre los lugares que habitó. En 1933, tras una crisis sentimental en que estuvo demasiado cerca de matar a su amante o terminar con su propia vida, su amigo Pablo Neruda la invita a mudarse a Buenos Aires, donde él ejercía como cónsul. Una vez asentada en Argentina establece relaciones intelectuales con Federico García Lorca, Jorge Luis Borges, Luigi Pirandello, Oliverio Girondo, Alfonso Reyes y, en particular, Gabriela Mistral, con quien compartió una amistad de años. Su primera novela, La última niebla, la escribe en la mesa de la cocina de Neruda. No hay duda de que el lenguaje poético que encontramos en la prosa de Bombal abreva de sus conversaciones con el poeta chileno, de la misma manera que Neruda escribe Residencia en la tierra en el contexto de estos diálogos y escritura conjunta.

Los cuentos de Garro y Bombal, que comparten título, fueron escritos con más de veinte años de distancia. En 1939, Bombal publica “El árbol”, que, si bien no es de corte surrealista más que en ciertos detalles, deja ver el estilo ya utilizado unos años antes en La última niebla (1934). En su obra posterior Bombal continuará explorando una escritura onírica en donde tanto personajes como lector transitan una incertidumbre situada en los límites entre realidad y sueño, donde la niebla o los espejos juegan un papel ambiguo para la mirada.

Bombal y Garro coinciden y se separan: mientras Bombal explora el subconsciente de su personaje, Garro analiza la interacción entre dos mujeres de distintas clases sociales, su recelo y sus visiones irreconciliables. La atmósfera es claustrofóbica y, entre esas cuatro paredes, el tiempo y el espacio son tangibles y tienen una cualidad casi física. 

El árbol de Bombal se mete al vestidor de Brígida, desde donde ella lo observa día tras día, y llena el espacio como en un sueño, reflejándose en los espejos y haciendo del lugar íntimo un bosque. El gomero es el único ente que la acepta sin exigirle cambiar o mejorar. También es el ámbito onírico de su resguardo, desde el que la protagonista no se ve obligada a enfrentar el mundo. 

De manera similar, el árbol en el cuento de Elena Garro provee alivio: es el depositario de los graves pecados de Luisa, la empleada indígena que ha cometido un asesinato y está por consumar otro. En ambos cuentos el árbol muere: en uno lo cortan y en el otro se seca. Uno tapa la vista del exterior. El otro, en medio del campo, es lo único que se ve. Los árboles en ambos cuentos son refugio. Sin embargo, uno impide a la protagonista madurar, ver el exterior con claridad, mientras el otro está para descargo de la pesada conciencia de Luisa, como promesa de un silencio cómplice que termina por secarlo.

Ambos árboles funcionan como una especie de ancla —o como uno de los lectores mencionó el martes— como un objeto de transmutación. Desde la intimidad y lo doméstico en que suceden ambas historias, el árbol es su conexión con un universo exterior temido y deseado a la vez. A diferencia del tema del río que tocamos en la primera sesión —amplio, masculino, inabarcable— los árboles de estos cuentos conectan a estas mujeres con un arraigo y, a la vez, con su liberación personal.

Otro tema que discutimos fue el particular manejo de los sentidos —al grado de la sinestesia, como lo mencionó otra lectora— en cada uno de los cuentos. Dicho acercamiento a lo sensorial coloca los textos en un plano alegórico. En “El árbol” de Elena Garro el olfato y el oído obligan al lector a acompañar la historia desde la discriminación, desde la perspectiva de la patrona que ejerce poder sobre la empleada. La manera en que Martita expresa su experiencia olfativa frente a Luisa es incómoda para el lector y muy reveladora de la postura y sentimientos de una clase que se siente superior. El hedor de Luisa ofende a su antigua patrona. Invade la casa y la intoxica. El olor de la mujer indígena acentúa su fealdad, la amenaza que representa, la ignorancia en la que parece estar sumida.

El sonido en este cuento funciona como contrapunto. Las cortinas y las mullidas alfombras ahogan cualquier ruido, hacen inútil un grito de auxilio. Mientras tanto, el tic tac del reloj representa un escándalo, una estruendosa señal premonitoria de que el tiempo se acaba.

Por su parte, en el cuento de María Luisa Bombal, el sonido y la vista juegan papeles decisivos para la transformación de Brígida. La música es el vehículo mediante el que la voz narradora nos conduce entre la actualidad y el pasado de la mujer. Su relación ambigua con la música funciona a la vez como espejo y rechazo: goce, añoranza y vergüenza se vinculan con el acto de escuchar, lo que la arraiga en el presente y la remite a su infelicidad recién abandonada. Mozart, Beethoven y Chopin son las aguas por las que la narración nos conecta con el pasado y la melancolía de Brígida.

A diferencia del sonido, en este cuento la vista es un sentido sutil y borroso que explota hacia el final. Tanto a partir del presente desde el que se narra el cuento como en las escenas de la vida anterior de la protagonista, la luz repentina funciona como detonante del desenlace; la visión nítida obliga a Brígida a enfrentar el paso hacia algo nuevo para lo que no necesariamente está preparada. En el cuento de Garro la oposición entre luz y oscuridad funciona como un indicador ético: la redención contra la maldad. 

Después de la interesante discusión, cerramos con un par de citas de cada uno de los cuentos. En Garro es central el tema de la diferencia de clases: “[…] la vieja repugnancia criolla hacia lo indígena se sublevó con violencia.”. El rechazo entre castas es tal que “Matar quizá tenga su grandeza, piensa Martita”. 

En Bombal, el conflicto es inmanente: “Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad.”

En las interrelaciones humanas de ambos cuentos hay una violencia abierta o disimulada. Es la naturaleza la que funciona como testigo mudo de los conflictos que los seres humanos no pueden resolver. 




martes, 17 de marzo de 2026

Inspiraciones y respiros: reseña de la Feria Internacional del Libro en Coyoacán (FILCO) 2026

Virginia Hernández Reta



 

“Leer es como inhalar, y escribir, como exhalar”. La cita se la escuché a un presentador en la Feria Internacional del Libro en Coyoacán 2026. Entonces, exhalo:

Ir a las ferias de libros es un ejercicio de masoquismo. Uno sufre por el deseo de escuchar más presentaciones, comprar más libros, descubrir más autores. (A veces también uno sufre por haber escogido una presentación sobre otra y arrepentirse, como aquella en la que ninguno de los cuatro invitados parecía conocer el libro que presentaban y uno se dedicó a llenar el tiempo pontificando sobre las bondades de la literatura, del deber moral de plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, sobre todo lo último porque “es regalo para la patria reproducirse…” Ahí me levanté, me fui y no escupí en el camino porque era lugar público). Pero en general, uno quisiera ser omnipresente y escuchar todo. Yo, que tengo debilidad por las citas y las frases, les compartiré cuatro más que esta feria me dejó para rumiar:

1.     “Los autores son vigentes cuando siguen siendo espejo”. En diciembre del año pasado se conmemoraron los 250 años del nacimiento de la escritora inglesa Jane Austen (1775-1817). En el conversatorio que la FILCO organizó al respecto, encontré a una que otra entusiasta de Austen vestida a la usanza de la regencia británica. Más allá del afán de los lectores de espejearse literalmente con Jane Austen, en el estrado se habló sobre la ironía y el humor de esta autora cuya obra se ha llevado múltiples veces a la pantalla cinematográfica, y de la necesidad de releerla con lentitud —a contracorriente de la velocidad que imprimen las novelas actuales—, a revalorar el poder de las palabras y ponderarlas, a rescatar la curiosidad y trasgresión de una autora británica que desde hace doscientos años todavía sirve como espejo para miles de lectores incluyendo, por supuesto, los mexicanos del siglo XXI.

 

2.     “Antes pensaba que el león era el rey de la selva. Hoy sé que la selva no tiene rey: tiene flora, fauna y el olor de muchos y diversos habitantes.” Rigoberta Menchu, la activista guatemalteca y premio Nobel de la Paz en 1992, fue invitada a hablar de desarme y literatura infantil. A cambio, compartió un recuerdo: cuando ella leía reportajes o cuentos sobre indígenas, le molestaba encontrar fotografías o ilustraciones que los mostraran sucios y con rasgos estereotipados. Por eso ella decidió escribir cuentos infantiles —7 u 8, no se acuerda— en los que busca rescatar a los ancestros, mostrar a la naturaleza como lugar de misterios y, claro, ilustrar a los pueblos originarios con la dignidad que se merecen. 

 

3.     “Los mejores escritores ingleses son irlandeses”, le dijo hace años un maestro a Veka Duncan, divulgadora e historiadora del arte. Todos nos reímos cuando nos contó la anécdota, y entonces el traductor y crítico literario Adán Ramírez Serret —que compartió el conversatorio con Veka— mencionó a Oscar Wilde, Bram Stoker, James Joyce, Jonathan Swift, Samuel Beckett, William Butler Yeats… pero, como venían a conversar sobre el escritor inglés por antonomasia y uno de los cánones en la literatura universal de todos los tiempos, pasaron con gracia y erudición a hablar de —nos ponemos de pie— William Shakespeare y Hamlet. A escasas horas de la entrega 98 de los Premios de la Academia, se habló de la novela Hamnet de Maggie O’Farrell, otra irlandesa que se atreve a llenar los huecos en la biografía de Shakespeare y sobre todo de su mujer, Anne Hathaway. Esta gozada de conversación merecería por sí sola una reseña completa, pero sólo les contaré que se habló de los misterios de Hamlet, del folklore irlandés, de los debates históricos sobre la vida de Shakespeare, de las especulaciones que Maggie O’Farrell convierte en novelas, de los latinismos que Shakespeare incluye en su obra habiendo sido malo en el estudio del latín, de las 107 veces que se menciona la palabra plaga en la obra shakesperiana, de la locura y la verdad en Hamlet, del feminismo como historia de la vida privada, de que ver a los autores como humanos nos ayuda a entender su obra, de que la lengua inglesa es una antes de Shakespeare y otra después de él, de por qué habrá William heredado su segunda cama a su esposa Anne, de si “ser o no ser”, debería —como sostiene Tomás Segovia— traducirse más bien como “estar o no estar”…  Un deleite de conversatorio que todavía me regaló un par de frases más. Adán parafraseó a Ítalo Calvino: “Un clásico es una obra que no ha acabado de decir lo que tiene que decir”. Así, Hamlet hablará por los siglos de los siglos. “La literatura nos ayuda a arreglar el mundo: el interior”, terminó Adán. 

Inhalo fuerte. Y luego, aliviada, suspiro. 





lunes, 9 de marzo de 2026

La calle como patio de juego

Ivonne Saed


Fig. 1. New York, c. 1940. © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Colonia

En 1985, en los meses anteriores al temblor que marcaría las vidas de los habitantes de la Ciudad de México para siempre, yo asistía al diplomado de fotografía de la Ibero. Cada semestre teníamos que tomar un curso de Historia de la Fotografía con el maestro Lázaro Blanco, quien nos llevaba desde los hitos técnicos durante el siglo xix hasta los fotógrafos que seguían trabajando en esa actualidad cercana al fin del milenio.

Mis intereses fotográficos eran, y siguen siendo, la arquitectura y la abstracción, por lo que las imágenes que yo tomaba y revelaba en el laboratorio nunca involucraban personas. Desde luego que dichos intereses formales funcionaban también como resguardo a mi timidez para socializar con extraños —una inseguridad que sufro aún ahora y que me impide emplazar mi cuerpo y vulnerabilidad, con o sin cámara en mano, ante desconocidos. Incluso después de septiembre de ese mismo año tuve dificultad para salir a las calles de la Ciudad de México y hacer un recuento visual del trabajo solidario de la población civil.

Durante las clases con nuestro Tata Lázaro —como lo llamábamos con cariño e ironía en el diplomado— yo entraba en un estado de fascinación al ver las imágenes de la época de entreguerras producidas por Ben Shahn, Walker Evans o Dorothea Lange, entre muchos otros fotógrafos de personas en sus entornos. Todos ellos, más allá de hacer impresiones muy bien compuestas e impactantes, estaban documentando el mundo: una época muy difícil a nivel global y en los Estados Unidos en particular. Es imposible pensar en la Gran Depresión sin asociarla con la foto “Migrant Mother” (1936) de Lange, en la que aparece Florence Owens Thompson con sus hijas. Aunque son pocas las personas que conocen los nombres de las fotografiadas, están documentados gracias a la fama icónica que adquirió este fotograma. Pero las miles de tomas de esa era, en su mayoría, nos entregan cuerpos y caras que miran directo a la lente y, sin embargo, todos ellos son personajes anónimos a pesar de su nitidez.

Una fotógrafa menos conocida que sus pares, a pesar de tener una obra extensa en las áreas de fotografía y cine documental, es Helen Levitt. En la introducción a su libro de fotografías, A Way of Seeing: Photographs of New York(1965), el crítico de cine James Agee describe las imágenes de su colaboradora y amiga como: “tan hermosas, perceptivas, satisfactorias y duraderas como cualquier obra lírica que haya conocido”.

Y no es para menos: la exposición retrospectiva de la obra de Levitt —primera de este calibre—, que continuará hasta el 17 de mayo en la Sala Recoletos de Fundación Mapfre, en Madrid, nos regala la posibilidad de acompañar la mirada de Levitt y su percepción aguda, misma que retoma vigencia en nuestros días. En este sentido, es notable la continuidad de sus preocupaciones estéticas y sociales. Los sujetos de sus fotogramas —desde los últimos años de la década de los treinta hasta los años noventa del siglo pasado— son capturados en su cotidianidad citadina, en los umbrales de casas cuyos patios de juego son las aceras públicas. Como ella misma lo afirma, su interés no era retratar la urbe bulliciosa, sino a la variedad de personas que la habitan. Para ello, en 1938, comenzó a fotografiar a sus personajes con un visor de ángulo recto, lo que los hacía verse mucho más espontáneos al no darse cuenta del disparo de la cámara, ya que la fotógrafa miraba en otra dirección.




Fig. 2. New York, c. 1940 © Film Documents LLC, cortesía Zander Galerie, Colonia



Fig. 3. New York, c. 1939 © Film Documents LLC, cortesía Zander Galerie, Colonia


Helen Levitt realizó una considerable documentación visual de estos seres anónimos en barrios como el Harlem hispano y el Lower East Side, entre otros. Sus influencias estéticas provienen de sus mentores Henri Cartier-Bresson y Walker Evans, así como de Luis Buñuel y otros surrealistas contemporáneos. Se sabe que las películas que rodó en colaboración con Evans influyeron más tarde en el cine documental de Andy Warhol, entre otros.

El interés de Levitt por el surrealismo la hizo viajar a la Ciudad de México en 1941 y la muestra le dedica una sala completa a esta etapa. El resultado de esta exploración nos entrega fotos tan similares como distintas del trabajo que la artista desarrollaba en su propia ciudad. Igual que en las tomas de Harlem o del metro de Nueva York, vemos a los sujetos en una cotidianidad en la que lo privado y lo público se funden, pero también notamos las peculiaridades de un país distinto, hundido en otro tipo de pobreza (Fig. 4).


Fig. 4. México, 1941

Levitt tradujo la influencia ejercida en ella por el movimiento surrealista en un realismo satírico. Su sentido del humor nos entrega imágenes tan nítidas como ambivalentes que se prestan a más de una interpretación; una misma toma nos puede hacer reír y, a la vez, conectarnos emocionalmente con la precariedad en que viven los sujetos fotografiados, en especial los niños que pueblan una cantidad importante de su obra. Su cámara los captura de cerca, a veces conscientes de ser fotografiados y siempre mediante un ojo irónico. Niños con antifaces festivos (Fig. 2); un chico en bicicleta que parece estar saliendo de un espejo (Fig. 1); una niña al parecer extraviada en la calle, frente a su mamá, en medio de la nebulosa provocada por una fuga de agua (Fig. 3); una pequeña cuya risa casi podemos oír mientras la cabeza de una mujer se hunde por completo en su carriola (Fig. 5); una mujer embarazada lanzando una mirada fulminante a otra mujer que camina cerca con dos botellas de leche sostenidas frente a su pecho (Fig. 6); unos hombres de negocios frente a una planta industrial que quienes leen yídish se enterarán que es una fábrica de borscht.


Fig. 5. New York, c. 1942 © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne



Fig. 6. New York, c. 1940


Salgo del museo con más curiosidad y sed visual que cuando entré, pero ya es la hora del cierre y no me permiten ni siquiera detenerme en la tienda para ver los libros. En la calle ya es de noche. Cruzo la lateral del Paseo de los Recoletos para caminar por el camellón. Familias de españoles recorren el mismo espacio y lo saturan con niños que se acercan demasiado a las fuentes sin caer en ellas. Todos hablan a la vez. El estruendo es tan sonoro como visual. No traigo mi cámara, pero mi mano acaricia el teléfono celular en el bolsillo de mi abrigo. Sonrío y continúo mi marcha mientras me prometo regresar a ver una vez más la exposición de Helen Levitt. Y me pregunto si es hora de que empiece yo también a disparar imágenes por las calles.

 

viernes, 6 de marzo de 2026

Ser el río en todos los ríos


Daniella Blejer 


Fotografía de Daniella Blejer. 

 

El martes pasado arrancó el ciclo de cuento comparado dirigido por el colectivo Diletrantes. Tras un par de semanas de difusión logramos convocar una comunidad lectora de distintas edades, profesiones, géneros, nacionalidades y ámbitos. A modo de introducción repasamos el lugar del cuento en la cultura, un género literario que no todos acostumbran explorar ya sea por la poca difusión que tiene, por preferir el gancho de la novela o la inmediatez del ensayo. Una de las virtudes de leer cuento es que permite entrar en un universo desconocido en poco tiempo. La densidad que cobra este género al tener que expresar en pocas páginas una circunstancia digna de ser narrada suele dejar a sus lectores inquietos, alterados, conmovidos. 

Tras hablar de este género literario nos asomamos de forma breve al enfoque crítico propuesto: la literatura comparada. Comparar literatura en otras lenguas permite trascender el ámbito regional para ir en pos de conexiones internacionales. Analizar temas y motivos abordados por distintos autores y épocas nos lleva a tener una visión más amplia de la cultura y la literatura. Las relaciones interdisciplinares entre la literatura con otras artes como el cine, la música o la pintura nos conduce a una mayor comprensión de los elementos estéticos que conforman una obra artística. Y los cruces entre literatura con la filosofía, la historia o el psicoanálisis permiten ampliar el sentido de la obra. 

Una vez establecidas las bases de nuestro ciclo de lectura pasamos a hablar de los autores y narraciones a analizar en esta primera sesión: “A la deriva” del uruguayo Horacio Quiroga ––el gran cuentista latinoamericano y maestro de “lo extraño” a veces comparado con Edgar Allan Poe–– y “La tercera orilla del rio” de João Guimarães Rosa, escritor brasileño, autor de una de las novelas más importantes para Brasil, Gran Sertón: Veredas. ¿Qué tienen en común estos autores y sus cuentos? De entrada, ambos autores son latinoamericanos interesados en narrar el ámbito rural. Quiroga vivió muchos de sus años en la selva y Guimarães Rosa fue médico rural en la región semiárida del noreste de Brasil conocida como el Sertón. Ambos cuentistas describen la naturaleza, los animales peligrosos que se encuentran ––desde el yaracacusú, una serpiente venenosa del Paraná, hasta el yacaré, caimán de la región del Sertón–– y la inmensa soledad de los personajes pese a los vínculos familiares. Entre otras vertientes, el hilo conductor que nos permite comparar ambos cuentos es el río como escenario y metáfora. 

Una vez establecida la conexión cada lector habló de su recepción de los cuentos, los vínculos encontrados y por supuesto, las diferencias. También hubo una actualización del sentido de los cuentos en el contexto propio y se fue construyendo un ambiente de calidez y confianza. Fue enriquecedor escuchar los significados que se desprendieron y cómo cada uno se vio afectado por ellos. Se cumplió en la sesión la cita de Liliana Bodoc compartida por una de las participantes: la literatura es un acto colectivo.

En resumen, y sin revelar detalles, en estas narraciones el río es el paso incesante del tiempo, la vida misma y la continuidad de esa vida. Por otro lado, el río representa el paso entre este mundo y el más allá, el tránsito hacia la muerte. Ambos utilizan este elemento de la naturaleza para expresar el temperamento de los personajes, su destino o libre albedrío, sus circunstancias. De esta apuesta, más bien regional, las narraciones se incorporan a la literatura universal. El Paraná podría ser el Aqueronte del mundo clásico, río que las almas deben cruzar para ingresar al inframundo. La tercera orilla podría ser el Sanzu del budismo japonés, río liminal que separa a los vivos de los muertos. Es en este sentido que leemos para ser otros y resistir a ser reducidos a una sola cosa. 

miércoles, 4 de marzo de 2026


FILCO 2026

Virginia Hernández Reta




Fotografía de Virginia Hernández Reta

 

¿Cómo meter en un jarrito la escritura de Agatha Christie, los misterios de Sherlock Holmes, el futbol, el sabor de chiles y pimientas, la música de Pedro Infante y la de los Beatles, la novela negra, los escritores de Tlaxcala y la cultura del Reino Unido? Sabiéndolo acomodar en la Feria Internacional del Libro en Coyoacán.
    En esta 5ª edición habrá conversatorios, conferencias, presentaciones literarias, documentales, actividades infantiles y la participación de más de 800 editoriales.


La FILCO celebrará la cultura y la vida comunitaria de este viernes 6 al domingo 15 de marzo.
País invitado: Reino Unido
Estado invitado: Tlaxcala

    No te pierdas los homenajes a Julieta Fierro, a Pedro Infante, a Miguel León Portilla, a Pedro Meyer; los conversatorios sobre Agatha Christie, sobre Borges y Reyes, las conferencias sobre la música de los Beatles, el rally de Sherlock Holmes para niños, la presencia de Juan Villoro y la de comentaristas de futbol, las charlas de escritoras como Mónica Lavín, Ana García Bergua, Natalia Toledo, Laura Restrepo, y la presencia de activistas como Rigoberta Menchú.
    Ahí estaremos las Diletrantes. ¡Hay muchas novedades que no nos queremos perder y de las que les contaremos!

 

domingo, 1 de marzo de 2026

LA DERIVA

Amélie Olaiz

La barca amaba el mar, por eso levó el ancla de sus prejuicios, para entregarse con pasión al vaivén de sus saladas caricias. Él, en una coqueta demostración de poder, se la tragó.


Fotografía de Amélie Olaiz. Puerto Vallarta, México.



viernes, 23 de enero de 2026

Mirós y Kandinskys

Omar Nieto



Wassily Kandinsky, Sin título, (1922),
acuarela y tinta sobre papel, 
26.7 x 36.3 cm,
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.

 

 

Sí, sí comprendo: tu sexo es un tesoro y me lo das para que lo custodiedecía su poema, y cuando lo quitó de su vista, empujó los ojos hacia él, quien la miraba recostado en el sillón negro, con la mano en la barbilla, escudriñándola, no creyendo nada de lo que oía.

—Te amo, Henry —chilló ella y con los ojos entornados agregó—: Y debes saber también que tendría un hijo tuyo si tú quisieras... 

Dejó ella la taza de porcelana con café a un lado y el bolígrafo sobre el escritorio. Se dirigió sigilosa hacia él como una pantera y emanando efluvios, como solía hacerlo, le rodeó el cuello y se enganchó a sus labios como un bebé de pecho. Él, Henry, la rechazó con suavidad acomodándose el suéter de cuello de tortuga, como una virgen que desdeña la caricia de un amante demasiado audaz. 

—Bueno, ya me voy —dijo Henry dirigiéndose en seguida a la puerta. 

La perilla giró y salió dejando su aroma varonil por la casa.

La mujer suspiró, y al poco rato, resignada, volvió a su poema. Mi vida es el sueño de un dios, que espero no despierte, el dios es Brahma, puso en el papel, con el corazón encogido. Y ya no quiso escribir más.

Luego salió y en la calle, frente a los escaparates, regresó a la vida que había llevado desde antes de encontrar a Henry. Conocía a casi todos los empleados de los bares de la zona, quienes la saludaban con acento demasiado familiar. 

Pero aun así, regresaba siempre a Henry.

Así solías ser tú, pero yo te rechazaba, brillante mi deseo, agregó a su poema al llegar a casa. En ella encontró sólo las cuentas por pagar y la llamada de su madre, quien jamás la olvidaba. 

—Tuve que llevar a la niña a la guardería porque Philippe se fue de viaje y yo estoy por salir –dijo la chica, agregando una mentira más.

Casi siempre mentía, mientras la madre seguía rogando por ver a la criatura, y ella diciendo que no.

—Mamá, de verdad, cuando regrese Philippe de su viaje te iremos a ver. Cuando regrese, ¿okey? Tranquila, mamá, no te pongas así, ya pronto verás a la niña, te lo aseguro. Sí. Sí. Casi dos años que no me ves, pero de verdad, ahora no, mamá... De verdad no podemos, mamá, Philippe está de viaje. No te preocupes... Sí, la niña se parece mucho a ti. Sí, mucho...

Pero la niña no existía. 

Húmeda todavía la marca de tus dedos..., añadió al poema. 

 

Henry estaba en la puerta. Ginebra con hielo. Agotaron la botella. Ella estudiaba los sábados literatura en la universidad (o al menos eso le había dicho a Henry). El resto de la semana trabajaba en una Fundación (o al menos eso le había dicho a...). Pronto le presentaría a sus padres... (o al menos eso...). Pero Henry la conocía bien. No le creyó nunca. ¿Quién sí? Hoy después de hacerle el amor, Henry gira la perilla de la puerta para perderse entre el ruido de la calle.

Casi por la noche, la chica habla por teléfono con Tania, su mejor amiga, que siempre le cuelga porque está cansada de oírla. Dolorida, ella se dirige a la calle, a buscar a un nuevo amigo que le cure la soledad. La calle es su verdadera casa, se dice.

Cuando busca a un chico procura hacerlo en los bares de avenidas con viejas lámparas. Los cantineros la miran. Si ninguno le gusta, el bartender o los meseros tendrán una oportunidad. Bares. Rostros. Cuerpos. 

Por eso el cantinero se anima a preguntarle qué quiere tomar. Acaricia su cabello y tras una larga charla, risas, reticencias y tragos gratis, ella le insinúa con una mirada si la quiere llevar a su casa. El cantinero sonríe con una victoria en el rostro, nadie más en la barra se la ha llevado hoy. Él le da un beso en la boca y le pide que lo espere, que el cierre del bar no tarda. Es viernes. Han estado juntos en aquel departamento sucio y pequeño hasta el mediodía del sábado. El hombre se despierta, le invita algo de comer, se da una ducha rápida, y le dice que debe volver al trabajo, que si quiere quedarse un rato más, puede hacerlo. También le promete que leerá su poema. 

Ya en su departamento, al otro día, su madre vuelve al teléfono. Ella responde: 

—La niña está durmiendo, mañana si me hablas temprano te la pongo al auricular.

Y así desde hace meses. 

 

Matsuo, su vecino, la observa de continuo. Cuando coinciden en la escalera del edificio, él deja caer una lata de su bolsa con víveres para llamar la atención. Gracias a eso, la chica se percata de él. Ella viste pantalones entallados, lentes oscuros. Viene de la calle como casi todos los sábados después del mediodía, esta vez un poco más indispuesta que de costumbre. Sin embargo, se detiene a platicar con Matsuo unos minutos antes de entrar al departamento.

Una semana después, con más confianza, Matsuo le pregunta sobre el chico que la visita todos los sábados por la tarde. Se refiere a Henry. Ella, molesta por la indiscreción, le responde: 

—Es mi hermano. 

Matsuo se pregunta en silencio si con un hermano se puede hacer el amor con tanto estruendo. Matsuo la invita a tomar el té, pero ella se niega. Mientras mete la llave en la cerradura, la chica duda un poco. Tal vez no sea tan mala idea conocerlo, es simpático y tiene cierto halo de inocencia, pero al imaginar la posibilidad, simplemente entra al departamento. No. Con él nunca se acostaría...

Otro sábado por la tarde, Matsuo la encuentra de nuevo. La ha invitado otra vez a tomar el té. Es justo en ese momento que llega Henry con su larga chamarra de cuero. Pasa la mano por el hombro de la chica y mira a Matsuo. 

Nerviosa y divertida, ella se despide del japonés, al tiempo que introduce su mano en la chamarra de Henry. Matsuo los ve entrar al departamento y girar la perilla.

—¡Pobre hombre! —exclama Henry, con una sonrisa burlona—, se ve que se muere por ti. ¿Quién es? —la cuestiona.

—Es mi vecino –responde ella.

Y Henry cambia la conversación con brusquedad.

—¿Dónde has estado? 

—Vengo de la universidad —miente ella—, sólo que ayer tuve que hacer un trabajo con Tania y me quedé a dormir en su casa.

La chica desvía la conversación besándolo en la boca. Ella aún tiene olor a alcohol, pero sus manos distraen cualquier reclamo que Henry pueda hacerle.

—¿De dónde venías? —le pregunta Henry una vez más al acariciarle el hombro.

Sin desconcentrarse ella responde:

—Ya te dije, de mi clase de los sábados...

Henry sigue sin creerle, sólo mira la cueva de malas pinturas plasmadas en el techo del cuarto, a manera de una cúpula, donde siempre hacen el amor. Una artista. Todos pretenden serlo. Al poco rato, Henry sale. No pierde la oportunidad de voltear hacia el departamento de Matsuo. Sabe que éste espía su salida. Y en efecto, cuando Henry se pierde en el barullo de la calle, Matsuo aparta la mirada del ojillo de su puerta.

Ella mientras tanto se queda en su recámara bajo el techo de figuras que ha pintado tratando de formar Mirós y Kandinskys, Picassos y Varos. Después de un rato también intenta continuar con su poema sobre el amor. Tus ojos, una salida de mi encierro..., escribe con suavidad en una libreta, antes de quedarse dormida.

 

—¿Cuándo conoceré a un familiar tuyo? —le pregunta Henry tras fumar un cigarrillo el sábado siguiente, después de hacer el amor con pasión y al mismo tiempo con desgano otra vez.

—Pronto... —contesta ella sin mirarlo a los ojos.

Su madre insiste en ver a la niña y es el mismo pretexto de siempre: 

—Mamá, Philippe aún no vuelve de su viaje, pero no te preocupes, te veremos pronto...

Y Philippe que no existe. Y Tania que no deja de molestarse, aunque sea la única amiga que le queda. Y ahí las decenas de amantes esporádicos a los que ya no les quiere contestar el teléfono. Y todo le da vueltas, haciendo de la ciudad su albergue y de las mentiras su patria. 

Y ella ahí delirando en su cueva de colores con supuestos Kandinskys y Mirós, mintiéndose siempre, y malos Picassos y Varos, y todas esas pinturas que no se parecen a nada. Y ahí, que el único ser que es real es Henry, con sus visitas de los sábados, enmarcadas por ginebra. Y ella mintiéndose a sí misma más que nunca porque en realidad quiere a Henry. Mentiras son también los versos de aquel poema pues no son suyos sino de un ancestral poeta musulmán. Diríase que mi pasión es sándalo/ Que con el fuego de la ausencia expande mi perfume¿Acaso soy yo la primera enamorada en haber perdido la cabeza por unas mejillas, por unos ojos?, se pregunta, loca, fuera de sí, pensando en Henry.

Y es que ella un día, herida, rota, decidió mentir para siempre. Huye del amor y una vez más busca escapar de quién sabe qué cosa. Por eso ha dejado una carta con Matsuo. Le ha pedido que se la dé a Henry apenas ella se haya ido. 

Pero no sucede. Henry no regresa jamás. Es hasta que Matsuo lo encuentra en la calle por casualidad, un año después, que se la ha entregado. La carta dice: “Yo te amaba Henry. No hay universidad, no tengo amigos. Sólo tengo a una madre a la que nunca veo. Sólo en lo de amarte no te he mentido, Henry. Oh, Henry, créeme, en lo de amarte, en eso no te mentí. El poema que sólo copié no es mío, no es mío, pero habla de ti: Sí, sí comprendo: tu sexo es un tesoro y me lo das para que lo custodie...”.

El miedo ha sido su motor; las mentiras su patria...