() Cuento
Bichos
Mariana Conde

Sueño con bichos. Estoy en una reunión; tomo un bocadillo, veo que es un bicho relleno de más bichitos moviendo de forma incesante sus minúsculas patas y lo devuelvo. Quiero decir algo a mis compañeros de coctel que, inmersos en sus conversaciones, parecen no encontrar nada raro en los canapés y los devoran con sonidos crujientes. Entonces vuelvo a la charola y escojo alguno que no reboce de hijos y me lo llevo a la boca. Como varios hasta que solo quedan de los rellenos y, ante mis decrecientes opciones, tomo el que se ve menos abundante de extremidades movedizas; es de ese color ámbar casi transparente usual en los insectos. Intento sacudir algunas de sus crías antes de comérmelo, pero resulta difícil, las pequeñas alimañas son inagotables y quito unas solo para dar espacio a otras más, es un diminuto manantial de vida extraña. Miro nuevamente a mi alrededor, a través de comisuras de las que escurren patitas y huevecillos la gente habla en una lengua que no logro comprender; yo, como otro bicho.
Despierto y al inicio no reconozco la habitación de persianas blancas, la pequeña cama del que fuera mi cuarto en la casa materna. Veo una cuija reptar ágilmente por la pared y escucho su sonido besucón; hay hormigas junto al vaso de limonada a medio terminar sobre mi buró. Cómo no soñar con alimañas en estas tierras de trópico.
Me alisto para salir a desayunar, papá quiere probar no sé qué lugar nuevo. Vamos en coche a pesar de que el sitio se encuentra a tres cuadras de la casa ––la de mis padres, que cuando estoy ahí es de nuevo mía, o más bien, yo suya . El paso del estacionamiento a nuestra mesa es lento ya que mis padres se detienen a saludar a cuanto conocido encuentran. Reconozco a un compañero de la prepa en una esquina y escojo el lugar exacto en nuestra mesa que me permitirá darle la espalda. No le veo el caso a saludar, pasarán otros veinte años sin necesidad de hablarnos. Mi mamá está ya diciendo ¿no es ese fulanito? cuando le hago la seña de shhh y contesta que me he vuelto muy pesada.
La comida está deliciosa. Mi papá opina con su voracidad; se agacha sobre el plato sin levantar la vista y apenas respira entre bocado y bocado, tiene un residuo de algo en el labio superior que vibra mientras él mastica. Parece que no lo siente. Me dan ganas de quitárselo, pero no me decido.
Estamos por irnos del restaurante cuando entra Cata, la mejor amiga de mi madre, quien al verla reverdece como jardinera recién regada y se para a abrazarla con una agilidad que creíamos perdida.
–¡Cata! ¿Qué haces aquí? Si das fiesta hoy.
–Me escapé para venir a chismear con la Moza un ratito. Pero los espero más tarde. No vayas a faltar –dice mirándome–, ya le dije a tu mamá que estás invitadísima.
Desde ese instante empiezo a buscar alguna forma de zafarme de la invitación.
Mamá comienza su rutina de belleza tres horas antes de salir. Con melena a medio secar y tubos en el resto de la cabeza comienza su ir y venir a mi cuarto para asegurarse de que no me escape. Alego que yo no estaba invitada, pero desecha mis argumentos y me dice que me ponga chula, todo mundo estará ahí. Cualquier intento de resistencia es necedad, me ha tomado treinta y cinco años aceptarlo.
Llegamos a la fiesta y después de un rato me separo de mis padres. Camino entre la gente observando; ya no conozco a nadie en mi ciudad, me siento invasora. Saludo a una o dos caras de antaño que por curiosidad o educación me toleran un rato. Intercambiamos preguntas corteses y trato de seguir la plática, mas pronto pierdo interés entre tantos nombres que ya no reconozco y anécdotas de las que tenía que haber estado ahí para que me parecieran graciosas. El grupo que se estaba formando se deshace poco a poco y cuando me doy cuenta ya están casi todos en otra mesa entre carcajadas y susurros. Siento vergüenza por haberme quedado sola, o casi sola: me han dejado con la prima rara de alguien que platica con quien sea como estrategia contra su propia marginación.
Doy una vuelta por los salones y llego al jardín. Alcanzo a ver la cola de una lagartija que desaparece en un arriate cuando intento seguirla. Siento el aire tibio y húmedo, veo vasos que chocan en brindis, oigo plática animada: todo como observado desde una butaca de cine. Cualquiera estaría encantado entre estas personas divertidas e importantes, me digo con la voz de mi madre. Me reconoce un amigo lejano que está con su esposa y por compromiso, estoy segura, me invita a sentarme con ellos. Están rodeados de gente atractiva que lo pasa increíble, con el aplomo que da el saber que pertenecen ahí; hacen bromas, intercambian piropos, secretos. Odio la humillación del rescate, pero finjo naturalidad e intento en vano demostrar que disfruto de la fiesta tanto como ellos. Me gustaría encogerme y huir sobre mis seis patas, pero mi amigo tan educado me ofrece un plato de bocadillos y me quedo ahí, intentando mimetizarme con lo que me rodea; como otro bicho.

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