miércoles, 25 de marzo de 2026

La complicidad de los árboles

Virginia Hernández Reta e Ivonne Saed




El martes 17 de marzo tuvimos la segunda sesión del club de lectura de cuento comparado, convocado por Diletrantes. En esta ocasión, las lecturas fueron en torno a dos árboles: “El árbol” de Elena Garro y el cuento homónimo de María Luisa Bombal. 

Abrimos la reunión con un breve contexto biográfico de cada una de las dos autoras para adentrarnos en la manera en que sus historias personales afectaron de manera profunda su escritura. En el caso de Elena Garro (Puebla, 1916), se habló de su infancia en Iguala, Guerrero, y su contacto desde niña con el recelo entre clases sociales. La defensa de los campesinos es una causa que defenderá a lo largo de su vida y que le traerá no pocos problemas. Escritora imaginativa, Garro se prueba en todos los géneros, pero se dedica especialmente al teatro y al periodismo. En 1963, aparece su novela fundacional Los recuerdos del porvenir, un libro que se adelanta cuatro años al nacimiento del realismo mágico inaugurado por el colombiano Gabriel García Márquez. En 1964, Elena publica La semana de colores, una colección de cuentos donde va perfeccionando su poética: el manejo del tiempo y del espacio con cualidades físicas, la presencia de la muerte, la mezcla de creencias indígenas y la herencia criolla.

Sobre María Luisa Bombal hablamos acerca de su nacimiento en Chile (Viña del Mar, 1910) y su estancia en París y Buenos Aires, entre los lugares que habitó. En 1933, tras una crisis sentimental en que estuvo demasiado cerca de matar a su amante o terminar con su propia vida, su amigo Pablo Neruda la invita a mudarse a Buenos Aires, donde él ejercía como cónsul. Una vez asentada en Argentina establece relaciones intelectuales con Federico García Lorca, Jorge Luis Borges, Luigi Pirandello, Oliverio Girondo, Alfonso Reyes y, en particular, Gabriela Mistral, con quien compartió una amistad de años. Su primera novela, La última niebla, la escribe en la mesa de la cocina de Neruda. No hay duda de que el lenguaje poético que encontramos en la prosa de Bombal abreva de sus conversaciones con el poeta chileno, de la misma manera que Neruda escribe Residencia en la tierra en el contexto de estos diálogos y escritura conjunta.

Los cuentos de Garro y Bombal, que comparten título, fueron escritos con más de veinte años de distancia. En 1939, Bombal publica “El árbol”, que, si bien no es de corte surrealista más que en ciertos detalles, deja ver el estilo ya utilizado unos años antes en La última niebla (1934). En su obra posterior Bombal continuará explorando una escritura onírica en donde tanto personajes como lector transitan una incertidumbre situada en los límites entre realidad y sueño, donde la niebla o los espejos juegan un papel ambiguo para la mirada.

Bombal y Garro coinciden y se separan: mientras Bombal explora el subconsciente de su personaje, Garro analiza la interacción entre dos mujeres de distintas clases sociales, su recelo y sus visiones irreconciliables. La atmósfera es claustrofóbica y, entre esas cuatro paredes, el tiempo y el espacio son tangibles y tienen una cualidad casi física. 

El árbol de Bombal se mete al vestidor de Brígida, desde donde ella lo observa día tras día, y llena el espacio como en un sueño, reflejándose en los espejos y haciendo del lugar íntimo un bosque. El gomero es el único ente que la acepta sin exigirle cambiar o mejorar. También es el ámbito onírico de su resguardo, desde el que la protagonista no se ve obligada a enfrentar el mundo. 

De manera similar, el árbol en el cuento de Elena Garro provee alivio: es el depositario de los graves pecados de Luisa, la empleada indígena que ha cometido un asesinato y está por consumar otro. En ambos cuentos el árbol muere: en uno lo cortan y en el otro se seca. Uno tapa la vista del exterior. El otro, en medio del campo, es lo único que se ve. Los árboles en ambos cuentos son refugio. Sin embargo, uno impide a la protagonista madurar, ver el exterior con claridad, mientras el otro está para descargo de la pesada conciencia de Luisa, como promesa de un silencio cómplice que termina por secarlo.

Ambos árboles funcionan como una especie de ancla —o como uno de los lectores mencionó el martes— como un objeto de transmutación. Desde la intimidad y lo doméstico en que suceden ambas historias, el árbol es su conexión con un universo exterior temido y deseado a la vez. A diferencia del tema del río que tocamos en la primera sesión —amplio, masculino, inabarcable— los árboles de estos cuentos conectan a estas mujeres con un arraigo y, a la vez, con su liberación personal.

Otro tema que discutimos fue el particular manejo de los sentidos —al grado de la sinestesia, como lo mencionó otra lectora— en cada uno de los cuentos. Dicho acercamiento a lo sensorial coloca los textos en un plano alegórico. En “El árbol” de Elena Garro el olfato y el oído obligan al lector a acompañar la historia desde la discriminación, desde la perspectiva de la patrona que ejerce poder sobre la empleada. La manera en que Martita expresa su experiencia olfativa frente a Luisa es incómoda para el lector y muy reveladora de la postura y sentimientos de una clase que se siente superior. El hedor de Luisa ofende a su antigua patrona. Invade la casa y la intoxica. El olor de la mujer indígena acentúa su fealdad, la amenaza que representa, la ignorancia en la que parece estar sumida.

El sonido en este cuento funciona como contrapunto. Las cortinas y las mullidas alfombras ahogan cualquier ruido, hacen inútil un grito de auxilio. Mientras tanto, el tic tac del reloj representa un escándalo, una estruendosa señal premonitoria de que el tiempo se acaba.

Por su parte, en el cuento de María Luisa Bombal, el sonido y la vista juegan papeles decisivos para la transformación de Brígida. La música es el vehículo mediante el que la voz narradora nos conduce entre la actualidad y el pasado de la mujer. Su relación ambigua con la música funciona a la vez como espejo y rechazo: goce, añoranza y vergüenza se vinculan con el acto de escuchar, lo que la arraiga en el presente y la remite a su infelicidad recién abandonada. Mozart, Beethoven y Chopin son las aguas por las que la narración nos conecta con el pasado y la melancolía de Brígida.

A diferencia del sonido, en este cuento la vista es un sentido sutil y borroso que explota hacia el final. Tanto a partir del presente desde el que se narra el cuento como en las escenas de la vida anterior de la protagonista, la luz repentina funciona como detonante del desenlace; la visión nítida obliga a Brígida a enfrentar el paso hacia algo nuevo para lo que no necesariamente está preparada. En el cuento de Garro la oposición entre luz y oscuridad funciona como un indicador ético: la redención contra la maldad. 

Después de la interesante discusión, cerramos con un par de citas de cada uno de los cuentos. En Garro es central el tema de la diferencia de clases: “[…] la vieja repugnancia criolla hacia lo indígena se sublevó con violencia.”. El rechazo entre castas es tal que “Matar quizá tenga su grandeza, piensa Martita”. 

En Bombal, el conflicto es inmanente: “Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad.”

En las interrelaciones humanas de ambos cuentos hay una violencia abierta o disimulada. Es la naturaleza la que funciona como testigo mudo de los conflictos que los seres humanos no pueden resolver. 




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