La calle como patio de juego
Ivonne Saed
En 1985, en los meses anteriores al temblor que marcaría las vidas de los habitantes de la Ciudad de México para siempre, yo asistía al diplomado de fotografía de la Ibero. Cada semestre teníamos que tomar un curso de Historia de la Fotografía con el maestro Lázaro Blanco, quien nos llevaba desde los hitos técnicos durante el siglo xix hasta los fotógrafos que seguían trabajando en esa actualidad cercana al fin del milenio.
Mis intereses fotográficos eran, y siguen siendo, la arquitectura y la abstracción, por lo que las imágenes que yo tomaba y revelaba en el laboratorio nunca involucraban personas. Desde luego que dichos intereses formales funcionaban también como resguardo a mi timidez para socializar con extraños —una inseguridad que sufro aún ahora y que me impide emplazar mi cuerpo y vulnerabilidad, con o sin cámara en mano, ante desconocidos. Incluso después de septiembre de ese mismo año tuve dificultad para salir a las calles de la Ciudad de México y hacer un recuento visual del trabajo solidario de la población civil.
Durante las clases con nuestro Tata Lázaro —como lo llamábamos con cariño e ironía en el diplomado— yo entraba en un estado de fascinación al ver las imágenes de la época de entreguerras producidas por Ben Shahn, Walker Evans o Dorothea Lange, entre muchos otros fotógrafos de personas en sus entornos. Todos ellos, más allá de hacer impresiones muy bien compuestas e impactantes, estaban documentando el mundo: una época muy difícil a nivel global y en los Estados Unidos en particular. Es imposible pensar en la Gran Depresión sin asociarla con la foto “Migrant Mother” (1936) de Lange, en la que aparece Florence Owens Thompson con sus hijas. Aunque son pocas las personas que conocen los nombres de las fotografiadas, están documentados gracias a la fama icónica que adquirió este fotograma. Pero las miles de tomas de esa era, en su mayoría, nos entregan cuerpos y caras que miran directo a la lente y, sin embargo, todos ellos son personajes anónimos a pesar de su nitidez.
Una fotógrafa menos conocida que sus pares, a pesar de tener una obra extensa en las áreas de fotografía y cine documental, es Helen Levitt. En la introducción a su libro de fotografías, A Way of Seeing: Photographs of New York(1965), el crítico de cine James Agee describe las imágenes de su colaboradora y amiga como: “tan hermosas, perceptivas, satisfactorias y duraderas como cualquier obra lírica que haya conocido”.
Y no es para menos: la exposición retrospectiva de la obra de Levitt —primera de este calibre—, que continuará hasta el 17 de mayo en la Sala Recoletos de Fundación Mapfre, en Madrid, nos regala la posibilidad de acompañar la mirada de Levitt y su percepción aguda, misma que retoma vigencia en nuestros días. En este sentido, es notable la continuidad de sus preocupaciones estéticas y sociales. Los sujetos de sus fotogramas —desde los últimos años de la década de los treinta hasta los años noventa del siglo pasado— son capturados en su cotidianidad citadina, en los umbrales de casas cuyos patios de juego son las aceras públicas. Como ella misma lo afirma, su interés no era retratar la urbe bulliciosa, sino a la variedad de personas que la habitan. Para ello, en 1938, comenzó a fotografiar a sus personajes con un visor de ángulo recto, lo que los hacía verse mucho más espontáneos al no darse cuenta del disparo de la cámara, ya que la fotógrafa miraba en otra dirección.
Helen Levitt realizó una considerable documentación visual de estos seres anónimos en barrios como el Harlem hispano y el Lower East Side, entre otros. Sus influencias estéticas provienen de sus mentores Henri Cartier-Bresson y Walker Evans, así como de Luis Buñuel y otros surrealistas contemporáneos. Se sabe que las películas que rodó en colaboración con Evans influyeron más tarde en el cine documental de Andy Warhol, entre otros.
El interés de Levitt por el surrealismo la hizo viajar a la Ciudad de México en 1941 y la muestra le dedica una sala completa a esta etapa. El resultado de esta exploración nos entrega fotos tan similares como distintas del trabajo que la artista desarrollaba en su propia ciudad. Igual que en las tomas de Harlem o del metro de Nueva York, vemos a los sujetos en una cotidianidad en la que lo privado y lo público se funden, pero también notamos las peculiaridades de un país distinto, hundido en otro tipo de pobreza (Fig. 4).
Levitt tradujo la influencia ejercida en ella por el movimiento surrealista en un realismo satírico. Su sentido del humor nos entrega imágenes tan nítidas como ambivalentes que se prestan a más de una interpretación; una misma toma nos puede hacer reír y, a la vez, conectarnos emocionalmente con la precariedad en que viven los sujetos fotografiados, en especial los niños que pueblan una cantidad importante de su obra. Su cámara los captura de cerca, a veces conscientes de ser fotografiados y siempre mediante un ojo irónico. Niños con antifaces festivos (Fig. 2); un chico en bicicleta que parece estar saliendo de un espejo (Fig. 1); una niña al parecer extraviada en la calle, frente a su mamá, en medio de la nebulosa provocada por una fuga de agua (Fig. 3); una pequeña cuya risa casi podemos oír mientras la cabeza de una mujer se hunde por completo en su carriola (Fig. 5); una mujer embarazada lanzando una mirada fulminante a otra mujer que camina cerca con dos botellas de leche sostenidas frente a su pecho (Fig. 6); unos hombres de negocios frente a una planta industrial que quienes leen yídish se enterarán que es una fábrica de borscht.
Salgo del museo con más curiosidad y sed visual que cuando entré, pero ya es la hora del cierre y no me permiten ni siquiera detenerme en la tienda para ver los libros. En la calle ya es de noche. Cruzo la lateral del Paseo de los Recoletos para caminar por el camellón. Familias de españoles recorren el mismo espacio y lo saturan con niños que se acercan demasiado a las fuentes sin caer en ellas. Todos hablan a la vez. El estruendo es tan sonoro como visual. No traigo mi cámara, pero mi mano acaricia el teléfono celular en el bolsillo de mi abrigo. Sonrío y continúo mi marcha mientras me prometo regresar a ver una vez más la exposición de Helen Levitt. Y me pregunto si es hora de que empiece yo también a disparar imágenes por las calles.



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