() El último torero

En treinta años no había oído nada de Manuel Figueiras, mejor conocido como Lagartijo, hasta que me apareció una solicitud de amistad suya en Facebook. No le encontraba el chiste a reconectar con gente del Mesozoico, pero tenía mucha curiosidad. En la foto de perfil, Lagartijo salía vestido con un traje de luces de grana y oro haciendo la verónica frente a un toro enorme.
De adolescentes íbamos a verlo a las charreadas que organizaba la escuela. Todavía me acuerdo de su impresionante faena: la llamada terna en el ruedo en la que, junto a otros dos novilleros y montado en un caballo, lazó la cabeza de un toro. Cómo olvidar sus famosas botas sobre los jeans ajustados. No tenía idea de que había continuado con una carrera en el medio taurino.
Tras aceptar la solicitud de amistad apareció un mensaje privado, di doble clic sintiendo cierta emoción. Después de los saludos acostumbrados reveló el motivo para contactarme: quería venderme boletos para una corrida en la Plaza México. De paso pidió que le diera mi teléfono. Si lo único que le interesaba era venderme boletos, no hubiera pedido mi número, pensé cuando el celular vibró con violencia. Ya no recordaba su voz suave y masculina con la que afinó los detalles. Estaba cerca y pasaría a mi casa a dejar los boletos y claro, a recoger el dinero. Qué raro que no pidiera que le depositara, a lo mejor quería verme. Mejor, ello me daba la oportunidad de demostrarle cómo yo había cambiado. Hacía mucho que había dejado de ser la niña obesa y tímida que todos ignoraban. Los años de ejercicio y dieta habían rendido fruto: la verdad es que me veía muy bien y además tenía un puesto directivo en una prestigiosa empresa de tecnología.
Corrí a arreglarme, me puse un vestido ajustado azul pavo real y rocié muñecas y cuello con un poco de perfume. Lagartijo tocó puntualmente, estaba sediento tras haber avanzado bajo el sol por los cerros de mi casa. Le serví un vaso de agua y nos sentamos en la sala. En lo que se recuperaba noté que me veía las piernas. Tuve la sensación de que el encuentro tomaría otra dirección. Todavía era guapo. Alto y delgado, como buen torero, y melenudo… Quien sabe cómo le hacía, pero ni entradas le vi. Conservaba el brío de la época en que era el capitán del equipo de fútbol y todas las niñas suspirábamos por él. Me acerqué para oler su loción de almizcle y tabaco. Cuando le pregunté cuál usaba, me dijo que ninguna. Ha de ser mi desodorante, agregó en tono suave. A lo mejor ese era el olor de su cuerpo, pensé acercándome un poco más para que pudiera verme el escote. Lagartijo sonrió con letargo. Tú eras de las de teatro, ¿no? Le dije que sí, aunque salir en la pastorela en el papel de Estrella de Belén no contaba. Preferí mentir que exhibir la farsa: Lagartijo no se acordaba de mí. De pronto sentí que estaba de nuevo en la prepa.
Sacudí mi cresta tratando de recuperar confianza. ¿Qué más daba? El seguía siendo Lagartijo, galán de galanes y yo quería probarme que lo podía seducir. Traté de desviar la conversación hacia mi persona, mis logros. Le hablé del medio maratón que había corrido, le conté cómo fui escalando en el trabajo hasta alcanzar un puesto directivo. Su rostro inexpresivo no reflejaba interés, como si estuviera reservando energía para algo mejor. Embestí de nuevo y me acerqué un poco más, nuestras rodillas ya estaban rozando. El olor a almizcle me tenía prendida. Recargué mi brazo sobre su hombro para sentir la fricción de mi plumaje sobre su piel cuarteada. Con la otra mano me acaricié el pelo largo y brilloso que había peinado con detenimiento.
Lagartijo, indemne a mis avances, habló sobre la fiesta brava: ya no es como antes, la gente ya no frecuenta las corridas; ahora son los toreros los que tenemos que promocionarnos y llenar la mitad de la plaza, dijo con cierta nostalgia. Por supuesto que no pensaba ir a la corrida, antes muerta que ver cómo desangran a un pobre animal. A mí nunca me ha gustado la tauromaquia aún cuando Picasso o Hemingway la hayan reivindicado desde el arte moderno. Además, los boletos no eran baratos; pero él venía de tan lejos… ¡Cómo decirle que no! Se los regalaría al papá de un amigo al que le encanta todo eso. Lagartijo se puso nervioso, debió haber notado un cambio en mi expresión o a lo mejor se dio cuenta de que no era aficionada a los toros. Justificó el toreo con un discurso sobre la crianza de los animales. A los toros de lidia los tratan muy bien, llevan una vida de príncipes hasta que les toca su “día de gloria”. En cambio, las reses que comemos viven en cautiverio cuando un buen día se las llevan al matadero. A estas alturas de la conversación consideré imprudente decirle que era vegetariana, tampoco me quería pasar de pesada. Algo dijo del indulto del toro, no recuerdo los pormenores, no pude poner atención, seguía hipnotizada con el brillo de sus ojos pacientes.
Me paré para captar su atención, le conté que hacía yoga y que sabía pararme de manos. Le hice una demostración. Mi vestido entallado no se movió ni un centímetro. Lagartijo no me quitaba los ojos de encima, me senté de nuevo junto a él segura de que había logrado cautivarlo cuando se puso a hablar del último huracán en el Caribe. Ya entrados en desgracias mata pasiones continuó con el temblor. La fiesta brava aún puede recaudar dinero, dijo al acecho, quizás mi empresa podría tomarlo en cuenta para recaudar donativos libres de impuestos para filantropía durante la siguiente calamidad. De pronto el olor a almizcle y tabaco me empezó a empalagar. El desodorante o lo que fuera que se había untado en el cuerpo comenzaba a marearme. Me retraje. La toma de distancia me dejó ver con claridad las entradas encubiertas por el pelo largo, la lonja presa de la faja deportiva luchando por salir del pantalón, la piel verduzca. Me paré abruptamente para ir por el dinero.
Regresé con el pago de los boletos y me senté junto a él. Gracias, linda, dijo Lagartijo más relajado y colocó una mano sobre mi muslo y la otra detrás de mi nuca como si el pago de los boletos incluyera dicho premio. Vi su mirada fría antes de cerrar los ojos. Nos imaginé en el patio de la escuela: él vestido en jeans ajustados y sus famosas botas; yo luciendo delgada como ahora. Imaginé la envidia de mis compañeras, la sangre de los toros heridos, decenas de peces y aves atrapados en el ojo del huracán, perros aullando al paso del terremoto. Era demasiado tarde, quité la cara en el instante decisivo, sus labios besaron el aire. ¡Olé!, me dijo inmóvil y sin parpadear, quizás aliviado de no tener que seguir en el papel de galán. Con un movimiento lento acercó su vaso y bebió agua. Al sonreír dejó entrever unos colmillos delgados y filosos.
Este no será mi día de gloria pensé al levantarme para mostrarle la salida a Lagartijo. Desde el espejo de la puerta lo vi reptar tras mi vestido de plumas verdes y azules, se veía feliz. Hay cierta satisfacción en ayudar a una especie en extinción.