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martes, 4 de agosto de 2026

Libélula de Arnaldo Coen

 Amélie Olaiz


Libélula de Arnaldo Coen



 

El cuadro de Arnaldo Coen, Libélula, me cautivó desde el primer instante. No sabía por qué pero lo elegí. 

Ahora empezaba lo complicado: ¿Qué podía yo decir de un pintor de la generación de la Ruptura de quien han escrito Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Octavio Paz y Carlos Monsiváis, entre otros escritores? Sólo si tuviera la suerte, pensé, de tener algo en común con él.

Empecé por leer sobre el pintor, sobre su búsqueda, sus intereses. No tuve que investigar mucho para saber que, tanto Coen como yo, coincidíamos en nuestro interés en un antiguo libro: el I Ching. Qué mejor transgresión para romper con el nacionalismo de los muralistas que mirar hacia Oriente, traer nuevas corrientes, nuevos pensamientos a una sociedad que exaltaba un movimiento revolucionario cuyas victorias eran muy cuestionables. 

Me gustó la elección de Coen porque siento una atracción especial por los textos de culturas antiguas. El I Ching o Libro de las mutaciones es uno de ellos. Se trata de un volumen de sabiduría taoísta, cuyos orígenes se remontan al siglo X a.C. Es, sin duda, uno de mis ejemplares cicatriz —así llamamos algunos lectores a esos libros que nos dejan una huella imborrable. Ese fue el primer volumen ancestral que me cautivó. En un inicio por su atractivo oráculo, que aprendí a consultar no sólo para mí sino para mis amigas, y que está basado en la interpretación de 64 hexagramas formados por combinaciones de líneas continuas (yang, energía creativa) y discontinuas (yin, energía receptiva). Con el tiempo me familiaricé con los versos que conforman cada uno de estos hexagramas y me apasioné por esta filosofía, que es un tratado sobre la naturaleza del cambio, la ética y el orden del cosmos.

Con este punto de coincidencia entre el pintor y yo decidí acercarme a su obra: Libélula. Coen trazó en el espacio una estructura en perspectiva. Las sombras de esta estructura sobre el lado izquierdo de la obra me lo confirmaron porque son la expresión de un hexagrama del I Ching. En ellas el artista representa la historia del mundo y sus mutaciones. En el penúltimo módulo de esta estructura, entre dos trazos yang, casi al final del hexagrama, el pintor ubicó a los dinosaurios: la huella más visible de la vida orgánica en la tierra. El último trazo del hexagrama lo completa la sombra de una mujer desnuda, cuya cabeza de cabellera rojiza está parcialmente oculta por el cuerpo de una libélula, reina de la vida breve. Sus alas son una expresión de la velocidad del movimiento continuo; cada aleteo es un cambio, una mutación. Si uno las mira en movimiento simulan aparecer y desaparecer en el espacio. Insecto hermoso y funcional que ha inspirado la creación de objetos tan inorgánicos como el helicóptero. Y en el lado izquierdo, las sombras claras, limpias del hexagrama de sabiduría ancestral.

¿Qué nos quiere decir Coen en ese último trazo que proyecta la sombra de la mujer? ¿Es un trazo yin o es un trazo yang incompleto? Porque su respuesta nos daría el significado del hexagrama. ¿Es Kou, La Complacencia o es Chi’en Lo Creativo?

Chi’en, Lo Creativo, es energía, es un signo fuerte en su naturaleza, no lo afecta ninguna debilidad. Se le concibe como movimiento y el fundamento de este movimiento es el tiempo. “Lo Creativo, aplicado al mundo humano, denota la acción creadora del santo y del sabio, el gobernante y conductor de hombres que, merced a su fuerza, despierta y desarrolla en estos últimos su esencia más elevada”.

En Kou, La Complacencia, el principio oscuro vuelve a introducirse inesperadamente. Lo femenino va al encuentro de lo masculino, situación que el I Ching define como nada favorable por las posibles consecuencias. Aconseja ponerle freno. 

Pero Kou no es un signo inmutable y, cuando lo femenino (la línea fragmentada, yin) y lo masculino (las líneas continuas, yang) van mutuamente a su encuentro porque están predestinados para ello, todas las criaturas entran en un periodo de prosperidad.

En la obra de Coen, la mujer está ubicada exactamente donde la línea se aclara, sugiriendo con ella la llegada de lo femenino y por lo tanto de ambas posibilidades.

La Libélula vuelve a agitar sus alas, símbolo del movimiento en toda su expresión. Al ser independiente un ala de otra, se mueve con rapidez en vuelo ascendente, hacia atrás o hacia adelante. Incluso mantenerse en vuelo estacionario. Son esas libélulas las que también están sobre este último trazo, abriendo con su fragilidad y destreza todas las posibilidades de cambio. Lo próspero y lo oscuro son la dualidad que acecha la obra del ser creativo. 

Al final como firma de la obra el pintor nos da una pirinola en movimiento. Objeto que aparece en algunas otras de sus pinturas. El movimiento de la creatividad a través del tiempo. Coen nos lleva de nuevo al principio fundamental de El libro de las mutaciones en el que con toda claridad se asegura que lo único inmutable es el cambio.


 

 

miércoles, 8 de julio de 2026

Las relaciones amorosas como espejo de la sociedad

Amélie Olaiz



Las relaciones amorosas han sido uno de los temas frecuentes de la literatura. A través de las diferentes épocas se han presentado como espejo de la sociedad y han explorado el amor idealizado, el deseo, la pasión y la tragedia hasta la deconstrucción de estereotipos.

En la sesión de cuento comparado vimos el cuento “Una confesión” ( “L’aveu”) de Guy de Maupassant y “Frau Brechenmacher asiste a una boda” (“Frau Brechenmacher attends a wedding”) de Katherine Mansfield. 

Dos de los maestros más influyentes en la historia del cuento, que han tratado el tema de las relaciones amorosas y el matrimonio con su muy particular y genial punto de vista. Operaron en contextos culturales y épocas distintas. Maupassant dentro del realismo y el naturalismo francés, Mansfield como precursora del modernismo británico. Él influenciado por Flaubert; ella, por Chejov. 

             Katherine Mansfield


Primera edición del volumen Los cuentos del día y de la noche de Guy de Maupassant

 

El cuento “Una confesión” (“L'aveu”) de Guy de Maupassant, fue publicado en 1884 e incluido después en el volumen Los cuentos del día y de la noche. En este relato, como ocurre con frecuencia en la obra del escritor francés, las mujeres desempeñan un papel ambiguo: por un lado, manifiestan una fuerza que les permite afrontar las circunstancias que las rodean; por otro, aparecen como víctimas de una sociedad patriarcal que condiciona sus decisiones y limita su libertad.

Narrado por una voz omnisciente que conoce los pensamientos y motivaciones de todos los personajes, el cuento relata la historia de una joven campesina que, agotada por las duras jornadas de trabajo en la granja, cede ante la insistencia de un joven cochero quien le propone tener una «fiestecita». Unas semanas después, la muchacha confiesa a su madre lo ocurrido y explica las circunstancias que la llevaron a aceptar ese intercambio, convirtiendo la confesión en el eje estructural del relato.

El desenlace resulta inesperado gracias al magistral empleo del efecto sorpresa o knock-out, recurso característico de Maupassant para cerrar muchos de sus cuentos. La confesión funciona como un poderoso mecanismo dramático: la verdad que sale a la luz no sólo compromete moralmente a la protagonista, sino que pone de manifiesto la desigualdad entre hombres y mujeres. La joven vive en un sistema de valores en el que el deseo femenino se debe ocultar, justificar o redimir, mientras que el muchacho disfruta de una tolerancia social mucho mayor. En consecuencia, la confesión no actúa como una liberación, sino como una experiencia de vergüenza, vulnerabilidad y sometimiento. Así evidencia el autor cómo la moral burguesa convierte la intimidad femenina en motivo de culpa. El relato responde a una estructura narrativa clásica en su obra: secreto → confesión → consecuencia moral.

Desde la perspectiva del realismo francés del siglo XIX, el autor sigue concibiendo a la mujer dentro de categorías morales y sociales claramente delimitadas; al mismo tiempo deja al descubierto la violencia simbólica y social que dichas categorías ejercen sobre ella. En “Una confesión”, esa violencia no se expresa mediante un discurso explícito, sino a través de los propios acontecimientos y de la lógica implacable que gobierna la vida de sus personajes.





Primera edición del volumen En un balneario alemán de Katherine Mansfield

 

El cuento “Frau Brechenmacher asiste a una boda” (“Frau Brechenmacher attends a wedding”) de Katherine Mansfield, publicado en 1911, aparece más tarde en el volumen En un balneario alemán, y constituye una de las primeras muestras del universo narrativo de la autora. En este cuento aparecen ya algunos de los temas que recorrerán toda su obra: la condición femenina, la vida conyugal, la opresión cotidiana y la revelación silenciosa de una realidad emocional que los personajes apenas consiguen expresar.

 Narrado en tercera persona con una focalización muy cercana a la protagonista (estilo que caracteriza la narrativa de Katherine Mansfield), el relato acompaña a Frau Brechenmacher cuando asiste a una boda en un pequeño pueblo. A través de una sucesión de escenas aparentemente triviales —los preparativos, la ceremonia, la comida, las conversaciones y el regreso al hogar— Mansfield construye un retrato psicológico de una mujer cuya vida transcurre dentro de un matrimonio rutinariamente violento y de un entorno social gobernado por convenciones rígidas. La boda, que en apariencia celebra el amor y el inicio de una nueva vida, se convierte para la protagonista en un espejo de su propia existencia y en una confirmación del destino que aguarda a las mujeres dentro del orden patriarcal.

La narrativa de Mansfield avanza mediante pequeñas revelaciones interiores, silencios, gestos y detalles cotidianos que adquieren un profundo significado psicológico. La tensión dramática no proviene de un acontecimiento extraordinario, sino del progresivo despertar de la conciencia de la protagonista. El verdadero conflicto ocurre en el interior de Frau Brechenmacher quien percibe de manera difusa la falsedad de las convenciones sociales que la rodean y la imposibilidad de escapar del papel que le ha sido asignado.

La boda funciona como un símbolo de la continuidad del orden social. Lo que para los demás representa una celebración, para la protagonista revela la repetición de un modelo de vida basado en la obediencia, el sacrificio y la subordinación femenina. Mansfield pone de manifiesto cómo las instituciones familiares y religiosas contribuyen a naturalizar la desigualdad entre hombres y mujeres, hasta el punto en que las propias mujeres terminan aceptándola como una condición inevitable.

En este relato la autora sustituye la estructura narrativa clásica: planteamiento → desarrollo → descenlace, por otra mucho más moderna: observación → conciencia → resignación silenciosa. No existe una confesión explícita ni una resolución definitiva; la revelación permanece en el ámbito de la intimidad. La protagonista no encuentra una salida ni hace una crítica abierta pero el lector comprende que algo ha cambiado en su percepción del mundo. Esa toma de conciencia, tenue y casi imperceptible, constituye el verdadero acontecimiento del cuento.

Desde una sensibilidad modernista, Mansfield desplaza el interés del hecho externo hacia la experiencia interior. La violencia no se manifiesta mediante un conflicto visible, sino a través de las normas sociales, de los gestos cotidianos y de las expectativas impuestas a las mujeres. La autora revela cómo la opresión puede ejercerse sin estridencias, invadiendo la vida diaria de forma casi invisible. En esa sutileza reside la fuerza del relato: la tragedia no se anuncia, sino que se descubre lentamente en el interior de una conciencia que empieza a comprender los límites de su propia existencia.

Dos voces narrativas omniscientes nos conducen al instante en que una mujer descubre, con dolor, la estructura opresiva de la vida amorosa y del orden social que la sostiene. Guy de Maupassant revela esa realidad mediante la crudeza; Katherine Mansfield, a través de detalles sutiles que desenmascaran la hipocresía cotidiana. Ninguna de las protagonistas transforma su realidad: el cambio ocurre únicamente en su conciencia. Separados por veintisiete años, ambos cuentos evidencian que la condición femenina había cambiado muy poco. Más de un siglo después, la pregunta sigue vigente: ¿cuánto ha cambiado esa realidad?

 

 

 

 

jueves, 16 de abril de 2026

El ojo que escucha

Amélie Olaiz





Hace unos días tuve la oportunidad de ver una exposición en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid. Se trataba de un pintor que desconocía por completo pero lo que me cautivó no fue esto sino la imagen con la que promocionaban la muestra: una mujer vestida de negro, cargando un platón con el brazo izquierdo, de espaldas al espectador, frente a un mueble y un muro. La descripción incluso resulta simplona. ¿Entonces qué tenía esa imagen que me atraía tanto?

La entrada a la exposición debía ser a una hora específica para no saturar la sala. El pintor se llamaba Vilhelm Hammerchøi (1864-1916). Conocido como el maestro de los interiores silenciosos, fue un pintor danés que creó más de cuatrocientas obras en sus cincuenta y un años de vida. Sus pinturas tuvieron éxito y reconocimiento en su momento pero, al morir el artista, quedaron fuera del canon por no ser clasificables dentro de las vanguardias históricas. Démodée, dijo la crítica. “Lo que me lleva a escoger un motivo son, en gran medida, las líneas que contiene, lo que llamaría la actitud arquitectónica de la imagen. Y luego la luz, claro” [1]

La exposición El ojo que escucha iniciaba con retratos del artista y su esposa, después una serie de imágenes al óleo plasmando espacios vacíos, con apenas un mueble, un jarrón o algún otro objeto. Descubrir los entornos austeros y una paleta de color reducida (negros, grises, blancos y ocres) me permitió comprender que para mí lo fascinante de la pintura de Hammerchøi es la recreación del espacio y del silencio como ese vacío intangible y mudo que se hace evidente gracias a los muros, las puertas y las líneas de la casa que lo contienen, como si el universo se hubiera detenido un instante en esa habitación. Un vacío lleno de vibraciones. En una de estas pinturas me conmovió darme cuenta de que en el vacío la luz era la invitada de honor de Hammerchøi, como la exquisita protagonista que cautiva al ojo. “Siempre he pensado que había mucha belleza en un cuarto así, aunque no hubiese nadie en él, quizás precisamente cuando no había nadie.” 

En algunas imágenes es apenas la discreta figura femenina quien aparece dentro de esta calma infinita, como una nota musical en medio del silencio. Es Ida Ilsted, su esposa y principal modelo, tan austera como el hogar que la acoge. Enigmática y neutra, pareciera siempre tener alguna actividad más importante que la del pintor a quien pocas veces mira. Ida, al darnos la espalda, nos da la libertad de narrar nuestra propia historia. “Odiaría pintar retratos en el sentido de extraños que vienen y encargan su retrato. Eso no me interesa; preferiría conocerlos muy bien para pintarlos.”

En una escena aparece un piano, un chelo y, depositado con sutileza sobre la silla, un violín: Cuarto de música, reza la ficha de la obra. En ese momento me doy cuenta de que además de ser pintor era músico y no sólo él, Ida también. Pensé entonces que sólo un músico comprende, como lo hace Hammerchøi, el valor del silencio, porque es en este silencio y gracias a él que las notas aparecen, se organizan y se aprecian. Su concepto musical se vuelve sinestésico: es el silencio lo que observamos. Hace falta poner atención para darnos cuenta de que los muebles, las piezas de porcelana y algunos objetos se mueven como notas en una partitura, muy al estilo de la vivienda clásica japonesa, que puebla una misma habitación con usos diversos gracias a la movilidad de sus muebles. Como si el personaje llamado Espacio cambiara su indumentaria en cada acto teatral.

Fuera del ámbito doméstico, Hammerchøi pintaba espacios rurales y urbanos. La ausencia de personas volvía a ser su sello. Sólo quizá en algunas imágenes queda el rastro de un camino, una cortina abierta, un poco de humo. Sutiles recordatorios de la presencia humana. Escenas rítmicas que casi pueden escucharse. 

No fue hasta 1980 que el interés por el pintor regresó con más fuerza tanto en Dinamarca como fuera de ella. Actualmente se le considera un simbolista. Él nunca se adhirió a esta clasificación; pintaba el espacio y la luz y con eso tenía suficiente. Gracias, Vilhelm Hammerchøi, por recordarnos el valor del vibrante espacio vacío.


[1] Todas las citas entrecomillas son de Vilhelm Hammerchøi.










domingo, 28 de diciembre de 2025

Mis debilidades cuando de leer se trata

Amélie Olaiz

 

 


Si inicias algo termínalo, me dijeron mis padres por años. Y con ese mandato en mente también leí. Libro que iniciaba, libro que terminaba. La verdad es que no era difícil, me encantaban los cuentos. 

Ahora es otra cosa, podría decirse que soy totalmente desordenada para leer. Si pierdo el interés en algún libro, adiós, lo abandono o lo regalo. Cuando a Mariana Conde, mi compañera diletrante, se le ocurrió lo de las listas de lecturas yo recordé mi desorden literario. No he leído nada, pensé. El curso de Qigong que tomé este año me ha tenido saturada de lecturas que nada tienen que ver con la estética del lenguaje. El Qigong es filosofía taoísta y budista, también son instrucciones para la meditación en movimiento. Es la diéresis en cirugía de la conciencia. Es decir, una introspección profunda y minuciosa de la conciencia humana.

Decido revisar. En mi buró hay una pila de libros, dos de ellos son de filosofía taoista, tres son de budismo, el resto de literatura. En el librero de mi cuarto hay volúmenes que entran, salen, van al buró y regresan. Mi orden está regido por el capricho, el interés por algún tema específico y sin duda por lo que escribo en ese momento. Si se trata de algo histórico voy a mis libros de la vida cotidiana. Esto es una forma de voyerismo que, reconozco, me resulta irresistible. Saber cómo se vivía en otras épocas es mi máquina del tiempo y si hay algo que me encanta es viajar por el pasado. El tomo V, volumen 1 y 2, de Historia de la vida cotidiana en México (2006) ha sido mi fuente de consulta este año. Incluso, algunas veces me he quedado parada frente al librero leyendo algún otro tomo por simple gusto.

Como lo que escribo no solamente es novela histórica, paso de la crónica a la biología, como ahora que leo: What a plant knows (2017) de Daniel Chamovitz un libro que me recomendó mi amiga y compañera de letras Teté Mondlak, y que me ha introducido de forma amena a ese mundo que sólo conocía por percepción directa. Las plantas y sus seis sentidos, podría decirse. Mi relación con este libro ha sido divertida porque está todo subrayado y lleno de anotaciones. Me gusta relacionarme así con los textos, es como si conversáramos. 

 Tengo bastante tiempo trabajado a un personaje que tiene problemas con la verdad y este año me topé con un ensayo que me dejó encantada: Breve historia de la verdad (2020) de Julián Baggini. Un librito que me devoré en tres patadas y que subrayé copiosamente (lo tengo en mi Kindle, donde es más complicado conversar pero se puede). Un deleite leer sobre esta verdad que creemos tener muy segura, muy fija, muy bien construida y que en realidad es tan resbaladiza como un molusco. Incluso la que parece inamovible: la ciencia.

Por lo general no leo novedades, pero este año no pude resistirme a La vegetariana de Han Kang y me dio gusto acercarme a ella. Valió la pena leer sobre una sociedad que devora lo que no considera adecuado. Aunque novedad sólo fue para mí, porque el libro salió en 2007.

Mi amigo Carlos Bortoni —un escritor que es capaz de recapacitar sobre los temas que parecen más aburridos para descubrir un universo de emociones— publicó en 2023 su segunda novela: Historia mínima del desempleo. Adictivo. No pude soltarlo desde que empecé a leer. ¿Qué más se podía escribir sobre un tipo que está desempleado y vive con la frustración de no encontrar trabajo? Carlos Bortoni hurgó en todo lo posible y el resultado es muy interesante.

Lo que no puedo evitar es volver al cuento. Crecí con un padre que me leía Las mil y una noches y con una madre lectora que estaba rodeada de libros, que me compraba comics y cuentos desde que puedo recordar, algunos los tengo todavía. Este año he vuelto a los Cuentos reunidos de Cristina Peri Rossi (2007), a los Cuentos completos (1994) de Julio Cortázar. Debo reconocer que estos ejemplares no pasan demasiado tiempo en el librero, tampoco los de Raymond Carver. También volví a los cuentos y a las cartas de Rosario Castellanos.

Tengo otra debilidad, me gustan los diarios, sobre todo los diarios de mujeres. El diario de Katherine Mansfield (2008) no abandona nunca mi buró. Hay mucha magia en esas notas que no pretenden nada más que recopilar la experiencia del día o recabar imágenes que servirán después para algún cuento. También pasó por mi buró Diarios 1925-1930 de Virginia Wolf (2003). Aunque no soy una gran lectora de su obra literaria, sus diarios me encantan. Disfruto leer sobre lo cotidiano y más todavía si se trata de la cotidianeidad de esta mujer inglesa que formó uno de los grupos que han dejado huella en la literatura y en el ámbito cultural de la Inglaterra de su tiempo: Bloombsury.

También este año tuve la fortuna de que Omar Nieto, mi maestro, me regalara su libro de cuentos Fisiología del olvido (2018) que he leído de a poco porque así disfruto mucho más los cuentos. El tema principal es el olvido como enemigo que acecha sin importar jerarquías. Personajes mitológicos, ficticios y reales son asediados por el terror de olvidarlo todo, incluso el de ser ellos mismos olvidados. Datos reales e imaginarios juegan haciendo un pas de deux que resulta inquietante. Lo estoy reservando para terminarlo en vacaciones, en alguna playa en donde pueda escuchar al mar ir y venir mientras leo. Pienso que es el ritmo perfecto para acompañar un buen libro. Luego haré conjuros para no perder la memoria en lo que me quede de vida.

Virginia Hernández Reta, mi amiga diletrante, me regaló hace unos meses un libro de Pedro Meyer con texto de Martín Solares. Una joyita. No sólo porque el texto de Martín —quien también ha sido mi maestro—, es impecable sino porque las fotografías de Pedro son las que me motivaron a buscarlo en Facebook. A partir de ahí nació mi admiración por él y también nuestra amistad. Son imágenes en HDR, una técnica en la que se combinan tres o más fotografías en distinta exposición que se unen en una sola imagen a través de Photoshop. De esta manera se aprovechan los mejores detalles de cada fotografía, resaltando las áreas más luminosas y las más oscuras de la imagen. Un resultado que las hace más dramáticas y detalladas. Casi puede uno tocar a los personajes en la escena. En este proyecto, Pedro se internó en el Centro de la Ciudad de México, una zona que resulta adictiva por sus contrastes y enorme variedad. De niña lo recorría de la mano de mi mamá. A ella le encantaba ir. Ya desde entonces me parecía una zona sorprendente.

Al final de la recapitulación me doy cuenta de que no he leído tan poco como pensé. Fue buena idea hacer este ejercicio.  Para rematar este año ya tengo en mi Kindle No me pudiste matar (2025) de Ciro Gómez Leyva. Como apenas lo empecé quedará pendiente para el recuento del próximo año.