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viernes, 24 de octubre de 2025

() Una vida breve

Ivonne Saed


                           
Fotografía Ivonne Saed

 

Antes de nacer, yo estaba completamente mezclado e integrado a una masa gigante formada por otros tantos seres potenciales como yo. 
    En ese tiempo, cuando todos éramos uno, sólo sabíamos que estábamos semivivos por una simple sensación común: teníamos mucho frío. Muchísimo. Tanto, que estábamos compactados e inseparables. Formábamos una masa sólida. Por eso, cuando llegó el día en que decidieron hacernos nacer como individuos, tuvieron que pasarnos, todavía unidos, a una zona de mayor temperatura. Nos pusieron a cero grados. Ustedes pensarán que eso es congelarse, pero para nosotros, era casi como ir a la playa.
    Entonces fue cuando comenzó la separación. A cada rato entraba una lámina cóncava, se clavaba por uno de sus costados en nuestra masa total y, con un giro, nos daba vida uno a uno, aislándolo del resto. Nosotros, los que todavía no éramos, nos reacomodábamos lentamente, tratando de llenar el espacio que había dejado el recién nacido.
    Al fin llegó mi turno. La media esfera entró a la masa y me pescó. Apenas me reubicaba en mi nuevo espacio, comenzando a sentir el calor exterior, cuando ya me estaban vaciando dentro de un túnel cónico y tibio donde yo no cabía. El metal me golpeó varias veces por su parte exterior para tratar de meterme en el cono a la fuerza, pero lo único que logró fue dejarme ahí pegado sobre la circunferencia que formaba la entrada del túnel. Todos estos golpes y la nueva atmósfera que me rodeaba me sofocaban. El calor era exagerado. Empezaba a perder consistencia cuando sentí a mi lado un objeto carnoso y caliente que se me acercaba demasiado. Estaba rodeado de dos filas de pequeñas y durísimas espátulas blancas. De pronto, la carnosidad me tocó y recorrió una parte de mi cuerpo, de abajo hacia arriba; me quemaba y derretía, a la vez que las dos filas de espátulas, también calientes, se cerraban sobre un pedazo de mí, para seguir con otro par de objetos blandos que terminaron por succionar un poco más allá del trozo que de mi cuerpo había sido arrancado.
    Yo sólo pensaba que si esto es vida mejor morir, cuando sentí que mis deseos se cumplían de inmediato con el segundo lengüetazo, seguido de la mordida. Así me estuvieron chupando y me calentaron hasta que lo poco que quedaba de mí comenzó a escurrir dentro del túnel y sobre los dedos de mi verdugo. Y entonces ¿saben qué hizo? Comenzó rápidamente a morder el cono con los restos de mi aguado cuerpo hasta que se lo acabó y, para colmo, arremetió de nuevo con su lengua y sus labios ¡sobre sus propios dedos! Pero, claro, ésos no se los comió, sólo chupeteó las últimas partículas que quedaban del helado de chocolate que alguna vez fui. Después de eso, no sentí más.

jueves, 4 de septiembre de 2025

() Euterpe

Mariana Conde





Fotografía de Ivonne Saed


Ana guardaba un secreto entre las piernas.

No lo supo hasta los veinte. Tuvo una infancia normal, en una familia normal, en un pueblo normal. No había grandes altibajos y ella deseaba que todo no fuera tan igual, tan mediocremente feliz. 

Bajo el letargo de una existencia sin grandes acontecimientos, su anhelo de una vida más intensa se había templado. Hasta que probó el sexo. 

No fue lo grandioso de ese novato encuentro, ni la emoción de lo furtivo lo que cambió las cosas para Ana, sino descubrir que al hacerlo le salía música de adentro. Se maravilló con esas notas que manaban de su sexo y se excitó de nueva cuenta con el efecto que la melodía causó en su compañero de cama, sumido en un éxtasis que duró un lapso difícil de precisar.  

Sus acordes sonaban mejor cuando se enamoraba y se volvió adicta al amor, persiguiendo el límite más intenso de su propia música. Tuvo amantes graves y agudos, de viento y de cuerdas, pero sin excepción, al pasar un tiempo y con la cotidianidad, su música desaparecía y con ella el hombre en turno.

Mucho sufrió Ana con estos romances incapaces de sostener su ritmo, tanto que decidió no hacer más el amor y como adicta en remisión se declaró en abstinencia. Era lo mejor para su corazón magullado. La vida volvió a ser normal, de colores deslavados, sin son ni dolor.

Después conoció a Juan y, lo que comenzó como amistad, se convirtió para él en un amor sin esperanza. Juan parecía diferente y aunque Ana también se enamoró, se aferró a sus votos y lo mantuvo lejos de su cama. Él no entendía el rechazo, estaba seguro de que ella también lo deseaba. No quiero perderte, decía ella por toda respuesta.

Juan esperaba, parecía capaz de aguantar cualquier número de desaires, pero comenzó a apagarse. Enflacó, enfermó, no hacía ruido ni al andar. Ana, llena de culpa y un terrible mal de amores, decidió acabar con la tortura. En aquel primer encuentro salió de sus muslos la mejor melodía que hubiera producido nunca. Locos el uno por el otro, decidieron casarse. 

Años duró la sinfonía de sus cuerpos: Juan fue siempre un amante ardoroso y un devoto escucha. Pero, como es inevitable, la rutina se asentó; más se enamoraba Ana y menos música escuchaba Juan, hasta el día en que el cuerpo de ella calló por completo.

Intentaron todo: velas, vino, bocinas; hasta un trovador en vivo, pero nada funcionó. Parecía que a la piel de Ana se le habían acabado las notas.

Juan se resignó a una vida sin cadencia; apacible y nada más. Se sumió en el trabajo y Ana tuvo que llenar sus días con el suyo, con amigas, la radio. Un excelente matrimonio, con la tranquilidad conyugal que tantos buscan y que ahora, ante la indiferencia de su marido, quedaba muy lejos de lo que ella había soñado. 

A veces hablaban de la música, trataban de tararearla, describían sus partes favoritas, pero pronto desistieron pues solo conseguían sentirse más vacíos. Se fueron marchitando cada uno por su lado; no se tocaban, hablaban apenas lo necesario.

Lo único que Juan quería era recuperar el canto del cuerpo de Ana. Y un día, ocurrió.

Salió temprano de la oficina y al llegar a casa, mientras subía las escaleras creyó escuchar acordes conocidos; con cada escalón podía oírlos más cerca. Aceleró el paso y se detuvo sigiloso en la puerta del cuarto. Entonces escuchó en todo su esplendor el único sonido en la tierra que podía hacerlo feliz y casi muere de tristeza.

Quería entrar y detenerlos a gritos, pero la música era tan hermosa que lo dejó inmóvil. Ahí parado lloró en silencio. El sonido de Ana no dejaba espacio para otros y nubló también sus demás sentidos: Juan no veía ni olía, no percibía la frialdad de la perilla de la puerta en su mano ni el sabor acre que tomó la saliva en su boca. Juan era todo oídos.

Bajó a la sala, se sirvió una copa y cerró los ojos para dejarse inundar por las notas sin las que no podía vivir.