jueves, 24 de septiembre de 2026

Ivonne Saed: la escritura en alto

Por Omar Nieto


 


Ivonne Saed es escritora, traductora, diseñadora y fotógrafa. También es una lectora exigente. Esamante del lenguaje, de la precisión y de la inteligencia. Ivonne no se conforma. Ivonne es insaciable cuando un proyecto de escritura, una idea o un tema se le mete en la cabeza, en el espíritu. Por ello es capaz de mirarlo desde aristas distantes y abordarlo hasta que quede poco de él en el tintero. Podría decirse que Ivonne es obsesiva pero más bien es inflexible al error y por eso se exige tanto: porque cree que las cosas deben decirse de una forma definitiva y duradera.

En éste, su primer libro de cuentos, puede observarse su rigor como ensayista y también como novelista. Ambas tendencias permean sus historias. En este volumen las ideas se expanden como calidoscopios, en un multicolorido temático, quizá propio de tres etapas diferentes como autora, de la misma forma en la que el libro está dividido. Está escrito de alguna forma como suele abordarse la novela, por medio de fugas, de reflexiones, de inflexiones; y por otro lado, está escrito con el rigor de la escritura y la profundidad de la prosa razonada. 

Esto no quiere decir que Ivonne Saed no dote a sus cuentos de subjetividades, de transformaciones oníricas y casi fantásticas con respecto a lo real, o incluya pincelazos poéticos usando metáforas poderosas que nos remiten al ocaso, al otoño o a la luna en lo alto. Por el contrario, la cuentística de Ivonne equivale a sumergirse en un laberinto de obsesiones, de dolores, violencias, contradicciones, casualidades y de recuerdos, de memorias vivas y deproyecciones ficticias de amplia sagacidad.

Toma en el caso de cuentos como “Lucy” un recorte de periódico de un indecible asesinato infantil y construye los huecos para hacer del hecho una exploración propia de lo terrible. O un hecho violento como en “Esto no es un guion de Tarantino” y lo desmenuza, lo altera, lo amplifica. No indulta a la realidad en el cuento “Un hombre inocente” donde la ambigüedad de un acoso en los vagones del metro de la Ciudad de México es enjuiciado, denunciado, reconstruido pero también transformado, glosado. En “Francisco en familia” la soledad de su protagonista es igual de monstruosa que su distorsión de la realidad. Es posible que este último cuento haya salido de lo real, de alguna anécdota, pero es en la confección que del tema hace Ivonne y de su resolución, donde se evidencia su capacidad artística, porque parece que lo que le gusta a Ivonne es mitificar, mentir, transformar lo real; es decir, lo que le gusta es hacer literatura.

En otra de las narraciones de La luna en alto como “Familia desesperada”, el árbol genealógico bellamente narrado en su novela Triple crónica de un hombre –merecedora de la Mención Honorífica en el Premio Juan Rulfo para Primera Novela de 2002– vuelve a ser el centro del exilio, de la diáspora, del desarraigo y de las remembranzas del pasado que nos llevan hacia Damasco, a Cuba, a México, hacia esa realidad que una vez autoficcionalizada se convierte en mitología familiar, en literatura. Ivonne no cree en la autobiografía sino en la autoficción, que son dos reinos por completo distintos, pues uno depende de la realidad, y el otro, de la recreación, del artificio, de la invención. En este cuento y en esa novela la mitología familiar sonraíces convertidas en literatura. Esta mitología vuelve a aparecer en los cuentos “Azares de amor y de guerra” y “Calle luz”. En este último, la memoria de un padre vuelve a recorrer su infancia en Cuba y su presente en México, en una imagen llena de sabores, olores y desencuentros con el destino.

¿Qué es el destino? ¿Una persona está limitada por su origen? ¿Puede alguien, una mujer, por ejemplo, escapar al destino que otros o una cultura entera le depararon?, ¿puede la coincidencia de los acontecimientos ser un pretexto para encontrar historias? Esto parece preguntarse constantemente Ivonne en sus narraciones, como cuando convergen varios Carlos enel cuento “Nieve y niebla” con música de Charly García al fondo, trayendo al presente el horror de la dictadura argentina y la desazón de los doppelgängers.

El cuestionamiento aparece también en los cruces de caminos donde los accidentes parecer repetirse en un extraña predestinación como en “Rojo”, relato donde Ivonne declara que escribe para reinventar lo ocurrido, porque al tergiversar los hechos aparece el poder de la palabra para escapar de la realidad y expulsarla. Sabe que por medio de la memoria se puede dar vida a lo que no existe, a quien ya no existe o negar lo que existe.

A Ivonne le gusta narrar en segunda persona. Hay que tener destreza para ello. En su caso, usa esta herramienta para derruir la realidad, para crear niebla y nieve. En segunda persona, el narrador puede confesarse, recriminarse, denunciar, mentir; puede hablarse a sí mismo, a otra persona, a otro personaje o al lector. Todo ello acontece en los objetivaciones narrativas de Ivonne Saed que generan un sentido de análisis profundo, de que lo que narra resultatrascendental pero también secreto, inaccesible e incluso panóptico. Pareciera que la propia Ivonne estuviera fragmentada en diferentes épocas, intereses y estilos, como si no se saciara ennarrar todo, de las mayores formas posibles.

En los cuentos de Ivonne, también existe lo etéreo y lo evocativo, los relatos que se alejan de la autoficción o de lo concreto. En “La luna en alto”, “Eclipse” y en “Triste historia azul”, es el simbolismo, la metáfora y hasta lo onírico, lo que expande las posibilidades de su escritura. Estos funcionan como bisagras, como puertas a lo sublime sin descuidar el ritmo del libro. De la misma forma, funcionan como declaraciones de estilo, porque para Saed el lenguaje, nos queda claro, es su ingrediente más poderoso, su mayor apuesta, pues en casi ninguna de las 19 piezas que conforman este volumen se deja la prosa experta y exigente, los términos y vocablosprecisos.

Tengo que confesar que el cuento que más me gusta de La luna en alto es “Azares de amor y de guerra”, en el que una aparición inesperada cambia para siempre la historia de una familia, o más bien, la historia que una familia se ha contado a sí misma. Para mí, en este cuento está la mejor Ivonne Saed, con toda su mitología, con toda su diáspora y con todo el peso de sus recuerdos y de su reconstrucción. En ese cuento está todo ese mundo que poco conocemos una parte de los mexicanos, esa forma en la que personas de otros países y de otras culturas hicieron de México su refugio y también su patria, huyendo del horror, del infortunio y de la persecución. Me gusta ese cuento porque se emparenta con la bella historia de Triple crónica de un nombre, y porque me despliega un mapa que se continúa en otros cuentos como “Aarón el intérprete” y “Kilómetro 18”. 

De hecho, este libro es en su conjunto el mapa de una mitificación, el mapa y el itinerario de un mundo interior rico, complejo e inteligente. El mapa de una escritora que usa el lenguaje para construir un universo propio e irrepetible. 

La de Ivonne Saed se trata de una escritura que revela y descubre su propia cábala, en laprimera acepción de este término, que es la posibilidad de la conjetura, de la suposición, de quien usa el entorno para expresar su teoría de cómo debería ser el mundo, de quien mira la luna en lo alto y quiere saber qué es, cómo se creó y por qué está en medio de la creación.

Se trata de un libro que indaga en sus propias huellas para alcanzar lo universal.

 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Todavía con Vicente Quirarte

Mariester Núñez  

 

 


Cuando un padre muere, qué difícil decirle adiós; y no hablo del adiós de funeraria, sino del que sucede en ese sitio íntimo donde el dolor no encuentra amparo ni tierra suficiente para sepultarlo. Es cuando se descubre que su vida dio inicio antes de que uno les naciera; que además de padre ha sido un hombre cuya vida transcurrió como la de cualquier mortal. Exitosa, fracasada, feliz y, en ocasiones, profundamente triste.   

            Vicente Quirarte, joven de veintiséis años, se encontraba en Los Ángeles, California el día en que murió Martín, su padre. Se entera por una llamada de su hermano Ignacio y el poeta, como muchos otros que dominan la pluma –Mont Blanc en este caso–, hizo un ajuste de cuentas con su padre en un inolvidable poemario, Razones del samurái. La hondura de esos versos puede semejarse a mi pena por la muerte del mío, cuyo dolor es como el de mi hermano, como el de muchos que no hemos podido decirles cosas a los nuestros una vez que se han ido, …por todos esos puentes / que dejamos tendidos en el aire, nos dice Vicente, y que ahora, no hay manera. Pero Quirarte lo ha hecho por nosotros con una franca, doliente honestidad personal y, a la vez, universal. 

            Sus poemas nos llevan por ese viaje que se hace con el muerto que uno se resiste a enterrar en la ambivalencia de, también, ponerle encima una enorme lápida de piedra que diga con amorosa sencillez: Gracias. Tu hijo. 

 

Amigo querido, hoy, a menos de un mes de la muerte de tu cuerpo, te siento absolutamente vivo habitando tus poemas donde puedo leerte y tocarte y escuchar tus latidos tan sonoros y sentir tu abrazo cariñoso, otra vez.  

Abro el libro de poemas y acompaño a Vicente que nos cuenta cómo Ignacio, su hermano mayor, le dice a tres mil kilómetros de distancia: ¿Puedes regresar? La avalancha se deja sentir cuando comprende que su hermano “…quería decirme, dijo, me decía / que a la tribu por ti capitaneada / la diezmaban de tajo, / que te ibas de plano, y nosotros contigo. Los tiempos se fusionan, se confunden cuando el pasado y el presente se confabulan para inhabilitar el futuro. A partir de ese momento, ese padre ya sólo será historia. Ya sólo será memoria.

            El poeta inicia el viaje en avión de regreso a la Ciudad de México, …a la ciudad monstruosa / donde tú ya no esperas mi retorno. Un trayecto hacia el padre joven, hacia el niño Vicente, hacia el jovencito que es obligado a dejar atrás el alba de California, / el cartel de la ballena jorobada / …la luz, el mar, las nubes. 

            Nada consuela. La pérdida es brutal. Su padre-mi padre-nuestro padre, deja un vacío que llenamos de ternura triste y desolada. El duelo a veces es insoportable y dan ganas, también, …de ser maleducado / y de abrir, como tú, la puerta grande.

            Pero el legado mayor es el impulso de vida, no sólo las letras, la familia que resta, la memoria ahora dilatadapor un nuevo residente que provoca, en una reacción en cadena, nuevas evocaciones: la abuela y su carácter de tormenta que llevan al niño Vicente a …jugar a la soledad con los mosaicos; el arrayán …que en casa de la abuela / era el hermano ausente, / desmelenado y solo, orgulloso y viril; el abuelo Emigdio cuya muerte de agua le ganó la partida a la locura. Los diciembres de lima y tejocote, el equipal, la Catrina que fuera sacada de las greñas. Las tres de la tarde de aquel trece de marzo. 

            

            Pero la muerte casi nunca avisa. Hay ocasiones en que disimula su intención tras la juventud, los hijos chicos, la familia numerosa, una cabeza llena de libros. La salud del cuerpo. Es entonces cuando este padre se adelanta y decide enfrentarla, así nomás. Alza de pronto, a media calle, un vuelo sin alas, sin retorno, transformando a partir de ese momento a la muerte, antes poderosa, en …pequeña y pobre y pinche, / como un pulpo vulgar, incontinente, / que nos riega de tinta la camisa / y nos quita la entrada de la fiesta.

            Da inicio una batalla permanente contra el olvido; la búsqueda de consuelo del que ha quedado abandonado, ese hijo que siente que el muerto se le murió dentro y no hay manera ni desquite que mitigue o restaure a ese que fue. Busca al padre con vehemencia por la ciudad en ruinas, tu dominio, le dice, porque con él la recorrió y aprendió a quererla, herencia para ese joven que la toma y la huele y la camina hasta hacer de ella ahora su dominio y, queriendo que nunca se olvide que no era suya de inicio –la heredó–, publica libros luminosos sobre esa misma Ciudad de México. La desnuda y la muestra sin pudor a sus lectores quienes encuentran deslumbrante a la vetusta dama hecha de piedra y gente. Y uno sonríe cómplice sabiendo del incesto: amante compartida por el padre y por el hijo. 

            Vicente Quirarte se escudriña a sí mismo, mantiene un soliloquio en la certeza de que ahí, dentro de sí, está el sitio donde habita Martín. Le escribe en letra grande, le habla en voz alta, le grita y, con él cincelado en su alma, persiste en la batalla: no quiere que el olvido lo mate una segunda vez. Sería intolerable. Le duele, dice, anota, que Al hallar las palabras que te buscan / la verdad es que hablo de lo mío, / de lo que soy por ti, teme al innoble olvido de…la prudencia, / el sentido común, el tiempo curandero.

            Finalmente, llega la resignación. El perdón. …el cielo, / más alto que los hombres y los barcos, / te nombrará farero de las nubes… / Todo será futuro, sueño ardiente, / y estarás en un cielo más tangible.

 

Y ¿dónde ha quedado la rabia de Quirarte?, me pregunté cuando leí por vez primera estos hermosos versos que narran la historia de este padre que desertaba del mundo y de este hijo que observa al hombre que elegía su cómo y cuándo con la muerte, sobriamente, como todo samurái. Qué hiciste amigo, con esa indignación, con ese inevitable rencor de huérfano: ¿Qué pensaste -carajo- qué sentiste / al volar por segundos, convencido / de que abajo la red no te esperaba? Nunca lo sabré, sin embargo, siempre vi en tus ojos oscuros y en tus letras la melancolía, supongo de Martín, que hiciste tuya, tal vez tu indulto: Aunque armas y letras te prolonguen / poco a poco te irás, como se borra / el olor del amor bajo las aguas. / Nadie se queda en el recuerdo. / La mejor de las formas de guardarte / es respirar a puños este aire…

            Eso es rabia, Vicente. Eso es garra.

 

 

 

 

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Der Blaue Reiter: El jinete azul

Pintar la paz en tiempos de guerra



Virginia Hernández Reta



Franz Marc, Pájaros, (1914)

 

Miro los cuadros y los dibujos; encuentro al jinete azul, pero también me llaman la atención los toros verdes, los rostros amarillos, los caballos cerúleos. La paleta de los pintores que forman el movimiento Der Blaue Reiter –El jinete azul– es tan luminosa como oscuro el futuro que enfrentarán. La Primera Guerra Mundial acaba con varios de ellos y la Segunda con mucha de su pintura. 

Sobre la avenida Luisenstrasse, en la hermosa ciudad de Múnich, encuentro la fachada moderna que esconde una construcción antigua, una villa de finales del siglo XIX, pintada de amarillo: la que fuera casa del pintor alemán Franz von Lenbach. La residencia es hoy un museo, el Lenbachhaus, un oasis para el arte con un jardín lleno de hiedras y hortensias, un par de fuentes, esculturas escondidas en los rincones y una joya propia en el segundo piso: la colección más grande de pinturas de El jinete azul.

En esta misma ciudad, hace más de un siglo, un grupo de artistas se reúne con la idea de reformar el arte y, de paso, la sociedad. Forman el movimiento de El jinete azul y exponen sus obras por primera vez en 1911. En 1912 publican el Almanaque Der Blaue Reiter, un volumen que junta arte contemporáneo, folclor, dibujos infantiles, todo un manifiesto visual sobre el color y la libertad creativa. Los artistas emergentes que exponen incluyen nada más y nada menos que a Franz Marc, Robert Delunay, Henri Rosseau, Paul Klee, August Macke, Vassily Kandinsky, su pareja Gabriele Münter, Alexej von Jawlensky, María Franck-Marc…

Der Blaue Reiter conjunta a pintores de distintos países –Rusia, Alemania, Francia, Suiza– que encuentran inspiración en diversas fuentes –desde los exvotos religiosos, la estética medieval y la gótica, hasta las artesanías, el arte primitivo, los ornamentos populares y la cultura oriental (ciertamente “exotizada” por sus ojos occidentales). Convencidos de que el arte debe ser libre, sienten curiosidad por sus variadas ramas –teatro, danza, fotografía, ilustración– y exploran también distintos materiales –pintura en vidrio, en lámina, óleo, acuarela… 

La mayoría de estos jinetes del arte tiene ansias de correr: desafían los roles de género y viven vidas tan poco convencionales como los colores en sus lienzos. Plasman toros rojos, verdes y amarillos; troncos violetas; pájaros naranjas o rosados; caballos y jinetes azules, porque el azul les significa trascendencia y profundidad. Algunos se visten de manera andrógina; retoman temas considerados menores –como las naturalezas muertas, los motivos religiosos o los juegos infantiles–, privilegian el expresionismo y la libertad, celebran la parte lúdica y luminosa de la vida. Me ganan de inmediato.

Como movimiento, El jinete azul sienta las bases para la pintura abstracta, valora el trazo considerado ingenuo, sostiene que el color toca el alma humana, cree en la espiritualidad del arte; busca el misticismo, el simbolismo, la paz. Los artistas de Der Blaue Reiter tienen la intención de “cabalgar más allá del mundo”, como lo expresa con entusiasmo en 1911 la poeta y escritora alemana Else Lasker-Schüler.

Sin embargo, las guerras acaban con la manada. El grupo se deshace en 1914. La alegría que me causan los cuadros se empaña con la información que se cuela en las cédulas de obra. 

Gabriele Müster –pintora de mujeres, casas y paisajes–, separada de Kandinsky en 1916, huye a países neutrales ante el estallido de la Primera Guerra Mundial. En el exilio, contactará a los artistas de la vanguardia sueca y expondrá su arte no en su natal Alemania, sino lejos, en Escandinavia. 

August Macke, artista alemán con cara de niño y uno de los principales jinetes del movimiento, morirá en 1914, a los 27 años en el frente francés.

Wilhem Morgner, uno de los artistas más importantes del expresionismo de Westfalia, muere a los 28 años, en batalla, durante la Gran Guerra. Dejará una obra colorida de 200 pinturas y 2,000 dibujos.

Alexej von Jawlensky, el pintor ruso y miembro de Der Blaue Vier (Los cuatro azules), autor del hipnotizante retrato del bailarín Alexander Sacharoff, lucha doce años contra la artritis reumatoide. Por ello irá pintando obras cada vez de menor tamaño hasta abandonar la pintura poco antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial. Morirá un par de años después.

Paul Klee, artista suizo de nacimiento, pelea en la Primera Guerra Mundial. Aunque no es propiamente miembro de la manada, es muy cercano a los fundadores de El jinete azul. Años después el régimen nazi lo retira de su puesto de profesor en la Bauhaus. Regresa a Suiza donde se le diagnostica esclerodermia. Fallecerá cuatro años después, a los 60 años, en medio de la guerra. 

Heinrich Campendonk, pintor y grabador alemán, autor del hermoso Retrato con vaca (ca. 1920), sufre el destierro y las purgas nazis confiscan su obra. Se exiliará en los Países Bajos. Ante la ocupación de Holanda por el Tercer Reich, su vida será cada vez más precaria.

Vasili Kandinsky, el genio ruso, es cofundador de Der Blaue Reiter. Con los años su pintura evoluciona hacia la expresión abstracta para convertirse en un pilar del arte mundial. Morirá de un accidente cerebrovascular antes de ver el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Franz Marc y todos sus animales –caballos, ciervos, y demás fauna que pinta de manera mística, pues encuentra más espiritualidad en la naturaleza que en el ser humano– se apagan a sus 36 años un mal día de marzo. En la batalla de Verdún de 1916, una esquirla de metralla le romperá la cabeza. Su obra Pájaros (1914), colmada de aves triangulares y coloridas, junto con otros cuadros, será decomisada por los nazis un par de décadas después, bajo la “Ley de Confiscación de Productos del Arte Degenerado”. Las obras se subastarán para obtener fondos para el Tercer Reich. 

La misma Else Lasker-Schüler, con su poesía y sus libros, es prohibida. Después de sufrir el exilio bajo el régimen nazi, recorre varios países enferma de gravedad. Muere en 1945 en Jerusalén. Es enterrada en el Monte de los Olivos. Su tumba será destruida al terminar la guerra, en periodo de “paz”, tras la división de la Ciudad Santa en 1948. Pasarán tres décadas antes de que restauren su tumba.

En silencio, observo el testimonio mudo que representan páginas y páginas facsimilares expuestas en una larga vitrina 

sábado, 29 de agosto de 2026

Écfrasis de “Dos palomas” de Ángela Gurría

Virginia Hernández Reta

 

 


 

Se acurrucan juntas, bajo mi mirada, y me pregunto de dónde han venido, desde dónde han volado. ¿Son de esas palomas del norte que recorren kilómetros huyendo del frío?

¿O son la sombra de lo que fueron las palomas pasajeras, de esas que migraban de manera masiva, formando nubes apocalípticas en el cielo? Aunque el apocalipsis les llegó a ellas primero, cuando, a principios del siglo XX, se extinguieron, es decir, las extinguimos.

También podrían ser palomas urbanas y domésticas, de las que hacen su hogar permanente donde anidan, aunque se les pongan vallas y alambradas porque su excremento desgasta el bronce de los próceres, porque afilan sus picos sobre la piedra que sostiene catedrales y se comen las piedrecillas que cimentan monumentos. Una no sería ninguna, pero en toda Venecia –“ciudad-paloma” en nuestro imaginario– se calcula que viven más de 100 mil, y es considerable su destrucción al patrimonio hecho por nosotros, que solemos priorizar por encima del que formó la naturaleza.

De igual forma, pueden haber huido de los altares de la Grecia antigua, donde se las abría por la mitad para leer el futuro en sus entrañas. O tal vez vengan volando desde el imperio romano, donde podían ser aves de mal agüero, dependiendo de si volaban a la diestra o siniestra, aunque ya sólo por el color podían ser consideradas señal para abandonar una batalla, aplazar un matrimonio concertado o esperar una desgracia a la vuelta de la esquina.

Quizá escaparon del templo de Jerusalén para no ser ofrendadas a Yavéh a cambio de expiar los pecados de los menos pudientes, porque los poderosos ofrendaban corderos.

Tal vez vienen desde los mitos más antiguos, desde que fueran lanzadas en medio del diluvio, en busca de tierra, y después de surcar campos, selvas y bosques que, a través de los siglos, serían destruidos por hambre, enfermedades y guerras, decidieron no volver.

Aunque no parecen agotadas. Están atentas. Casi puedo escuchar su cucurrucucú, paloma. Quizá hayan viajado hasta aquí con un aleteo musical: Juran que esa paloma no es otra cosa más que su alma/ Que todavía la espera a que regrese la desdichada.

Tal vez hayan arrullado a aquel compositor mexicano, quien, no conforme, también escribió otras coplas igualmente despechadas. Claramente tenía alguna fijación con estas aves: Y aunque te amo con locura, ya no vuelvas/ Paloma negra, tú eres la reja de un penar/ Quiero ser libre, vivir mi vida con quien yo quiera/ Dios dame fuerza, que estoy muriendo por irla a buscar…

Parece que ese Dios al que se pide fuerza escogió a las palomas para también manifestar su espíritu, para bajar en el Jordán –aunque pudo haber sido una luz o una nube–, o descender sobre doce escogidos, a quienes les dio la fuerza necesaria para salir a ser todos, menos uno, martirizados en nombre de una fe, cuando la había.

Hay, en cambio, otras aves que encarnan el mal, como lo demostró el cine en pantalla Technicolor y con 3,200 aves adiestradas atacando Bodega Bay. Si el bien se ha identificado con la paloma, el mal se ensaña con cuervos, lechuzas, urracas.

Me pregunto por qué el mal y el bien tienen alas, por qué ambos bajan del cielo. Tal vez porque estos son valores elusivos, volátiles, no terrenos, que escapan nuestra comprensión o nuestra propiedad, porque son cosas sagradas que no pertenecen ni están destinadas a este mundo.

Pero también las palomas responden a las fuerzas que mueven lo muy terreno. Imagino que estas dos escaparon de sus entrenadores dedicados a la colombofilia que pagan millones de dólares por cada ejemplar que crían con minuciosidad de joyero, que las miman con vacunas y alimentación especial, elevando su rango de vida de 5 años en libertad a 15 o 20 en cautiverio. En jaula de oro, confundimos vida con sumisión: la única responsabilidad de estas palomas es hacer lo que saben, como lo es la de otros animales a los que también ponemos a correr, a volar, a concursar para ganar apuestas.

Es probable que estas palomas tengan entrenamiento como mensajeras, como aquel pichón, Cher Ami, ese macho condecorado en la Primera Guerra Mundial, por haber entregado un mensaje que salvó al batallón amigo, a pesar de que le costó un ojo y llegar con una pata colgando tan sólo por un tendón. Ahora Cher Ami está inmortalizada, disecada –porque, sí, el taxidermista descubrió demasiado tarde que en realidad era hembra–, embalsamada ahora en el Instituto Smithsoniano, mirando a los visitantes con un solo ojo y una única pata.

Así, coja y tuerta, podría ser advertencia sobre los absurdos de la guerra, pero blanca, libre, completa es símbolo de paz, de reconciliación, de esperanza. Esa que no lleva mensajes de auxilio en la pata que le queda, sino una rama de olivo en el pico, como la que diseñó Pablo Picasso para el cartel del Congreso Mundial por la Paz, cinco años después de acabada la segunda Gran Guerra. Quedó para la posteridad el diseño de Pablo por la paz, aunque dudo que las mujeres de Picasso la hayan tenido mucho, porque a su lado todo era belicoso. El pintor tuvo una hija a la que le puso por nombre Paloma, y quien después diseñó joyas y moda, que, si no ayudaron para la paz, sí para la belleza. Con el humano impulso por comparar, me pregunto: ¿habría paz sin belleza, belleza sin paz?

Pero estas palomas no están heridas. Su plumaje es suave, imperceptible. Imagino que han viajado desde palomares famosos, como los del señor Disney o aquellos de los aristocráticos miembros de la casa real inglesa, al parecer todos amantes –además de las palomas– de los castillos.

Prefiero pensar que estas palomas alimentaron, más que poderosas colonizaciones, grandes ideas y curiosidad científica. Quizá sean las palomas que ayudaron a Darwin a sostener que todas descienden de la Columba livia, nombre científico de la paloma bravía y, por consecuencia, demostrar que las especies evolucionan, aunque a veces como humanidad nos empeñemos en demostrar lo contrario.

O tal vez estos dos ejemplares volaron de los muchos estadios olímpicos que las han soltado en símbolo de buena voluntad, hermandad, juego limpio, siempre encendiendo la esperanza ante lo que la humanidad también por momentos puede prometer. Me pregunto el porqué de la desgracia en la que han caído las palomas. Por antonomasia asociadas con la libertad, la paz y la pureza, hoy son también símbolo de la invasión urbana, la suciedad y el abandono.

Éstas aquí, inmóviles, lustrosas, parecerían un yin yang, en el que no se necesita el blanco, en que el negro se equilibra sobre negro, demostrando que los contrarios no son indispensables para el balance, porque sus oscuridades se acoplan perfectamente, tal vez como las nuestras. La forma de una integra la silueta de la otra: un yin oscuro y femenino, y un yang masculino y solar. Las texturas y los cuerpos se complementan, sin importar el color. Dos que son una, porque la paloma es animal monógamo: escoge una pareja de por vida, simboliza lealtad, devoción, dulzura, aunque de nuevo, somos nosotros los que depositamos sobre sus lomos esas pesadas expectativas.

Sin embargo, si me atengo sólo a los datos duros, estas palomas son en realidad esculturas que salieron de las hábiles manos de Ángela Gurría, la primera mujer en entrar a la Academia de Artes de México en los años 70. Antes eran sólo machos en ese palomar del arte, con nombres de hombre, como los que Ángela se vio obligada a usar para empezar a vender su obra –porque Alberto o Ángel se cotizan mejor. Tomó tiempo para que Ángela pudiera usar su nombre real, y ver que otra de sus palomas, una blanca, la subastara Morton en 2021 con precio de salida de 42,000 pesos mexicanos.

Es un muy largo vuelo el que han recorrido las palomas, sobrevolando tierras, símbolos, deberes, descubrimientos, expectativas. A mí, estas aves me remiten a una memoria de infancia: recuerdo las palomas que veía yo en el pretil de la ventana, afuera del pequeño departamento de mi abuela. Tenía yo 7 años, y los pichones y su aletear violento me asustaban un poco. Pero ellos estaban afuera y yo dentro, en ese espacio mágico en el que me quedaba a dormir con mi abuela, en el que nos acurrucábamos juntas a ver la televisión, a comer galletas y ser felices.

Es tarde ya. Quizá estas palomas, como esa niña que fui, se preparan para dormir. A diferencia de otras aves, no guardan su cabeza entre sus alas. Me miran lustrosas, negras, arcaicas, desde tiempos remotos, desde el mito y la historia, desde el más allá y el más acá, calladas, ya no el cucurrucucú, ya no el movimiento. Estáticas, ojos en blanco, son el misterio. Tal vez en realidad nunca hayan volado, tal vez hayan estado aquí todo este tiempo, inmóviles. Quizá sólo sean testimonio mudo de todos los seres a los que les hemos cortado las alas.

 

 

martes, 4 de agosto de 2026

Libélula de Arnaldo Coen

 Amélie Olaiz


Libélula de Arnaldo Coen



 

El cuadro de Arnaldo Coen, Libélula, me cautivó desde el primer instante. No sabía por qué pero lo elegí. 

Ahora empezaba lo complicado: ¿Qué podía yo decir de un pintor de la generación de la Ruptura de quien han escrito Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Octavio Paz y Carlos Monsiváis, entre otros escritores? Sólo si tuviera la suerte, pensé, de tener algo en común con él.

Empecé por leer sobre el pintor, sobre su búsqueda, sus intereses. No tuve que investigar mucho para saber que, tanto Coen como yo, coincidíamos en nuestro interés en un antiguo libro: el I Ching. Qué mejor transgresión para romper con el nacionalismo de los muralistas que mirar hacia Oriente, traer nuevas corrientes, nuevos pensamientos a una sociedad que exaltaba un movimiento revolucionario cuyas victorias eran muy cuestionables. 

Me gustó la elección de Coen porque siento una atracción especial por los textos de culturas antiguas. El I Ching o Libro de las mutaciones es uno de ellos. Se trata de un volumen de sabiduría taoísta, cuyos orígenes se remontan al siglo X a.C. Es, sin duda, uno de mis ejemplares cicatriz —así llamamos algunos lectores a esos libros que nos dejan una huella imborrable. Ese fue el primer volumen ancestral que me cautivó. En un inicio por su atractivo oráculo, que aprendí a consultar no sólo para mí sino para mis amigas, y que está basado en la interpretación de 64 hexagramas formados por combinaciones de líneas continuas (yang, energía creativa) y discontinuas (yin, energía receptiva). Con el tiempo me familiaricé con los versos que conforman cada uno de estos hexagramas y me apasioné por esta filosofía, que es un tratado sobre la naturaleza del cambio, la ética y el orden del cosmos.

Con este punto de coincidencia entre el pintor y yo decidí acercarme a su obra: Libélula. Coen trazó en el espacio una estructura en perspectiva. Las sombras de esta estructura sobre el lado izquierdo de la obra me lo confirmaron porque son la expresión de un hexagrama del I Ching. En ellas el artista representa la historia del mundo y sus mutaciones. En el penúltimo módulo de esta estructura, entre dos trazos yang, casi al final del hexagrama, el pintor ubicó a los dinosaurios: la huella más visible de la vida orgánica en la tierra. El último trazo del hexagrama lo completa la sombra de una mujer desnuda, cuya cabeza de cabellera rojiza está parcialmente oculta por el cuerpo de una libélula, reina de la vida breve. Sus alas son una expresión de la velocidad del movimiento continuo; cada aleteo es un cambio, una mutación. Si uno las mira en movimiento simulan aparecer y desaparecer en el espacio. Insecto hermoso y funcional que ha inspirado la creación de objetos tan inorgánicos como el helicóptero. Y en el lado izquierdo, las sombras claras, limpias del hexagrama de sabiduría ancestral.

¿Qué nos quiere decir Coen en ese último trazo que proyecta la sombra de la mujer? ¿Es un trazo yin o es un trazo yang incompleto? Porque su respuesta nos daría el significado del hexagrama. ¿Es Kou, La Complacencia o es Chi’en Lo Creativo?

Chi’en, Lo Creativo, es energía, es un signo fuerte en su naturaleza, no lo afecta ninguna debilidad. Se le concibe como movimiento y el fundamento de este movimiento es el tiempo. “Lo Creativo, aplicado al mundo humano, denota la acción creadora del santo y del sabio, el gobernante y conductor de hombres que, merced a su fuerza, despierta y desarrolla en estos últimos su esencia más elevada”.

En Kou, La Complacencia, el principio oscuro vuelve a introducirse inesperadamente. Lo femenino va al encuentro de lo masculino, situación que el I Ching define como nada favorable por las posibles consecuencias. Aconseja ponerle freno. 

Pero Kou no es un signo inmutable y, cuando lo femenino (la línea fragmentada, yin) y lo masculino (las líneas continuas, yang) van mutuamente a su encuentro porque están predestinados para ello, todas las criaturas entran en un periodo de prosperidad.

En la obra de Coen, la mujer está ubicada exactamente donde la línea se aclara, sugiriendo con ella la llegada de lo femenino y por lo tanto de ambas posibilidades.

La Libélula vuelve a agitar sus alas, símbolo del movimiento en toda su expresión. Al ser independiente un ala de otra, se mueve con rapidez en vuelo ascendente, hacia atrás o hacia adelante. Incluso mantenerse en vuelo estacionario. Son esas libélulas las que también están sobre este último trazo, abriendo con su fragilidad y destreza todas las posibilidades de cambio. Lo próspero y lo oscuro son la dualidad que acecha la obra del ser creativo. 

Al final como firma de la obra el pintor nos da una pirinola en movimiento. Objeto que aparece en algunas otras de sus pinturas. El movimiento de la creatividad a través del tiempo. Coen nos lleva de nuevo al principio fundamental de El libro de las mutaciones en el que con toda claridad se asegura que lo único inmutable es el cambio.


 

 

lunes, 27 de julio de 2026

Tauro

Mariana Conde


Tauro de Rufino Tamayo

 

Yo nací entre vacas, o al menos, eso me gusta decirle a la gente. Los bovinos son una presencia constante en mi vida, aunque quien ha crecido entre ellos es mi hermano que desde siempre acompaña a papá al rancho y lo ha hecho suyo. 

En la casa paterna, por donde voltees, algo te recuerda que este es un santuario dedicado a cuadrúpedos rumiantes. En lugar de nichos y virgencitas, de cruces y altares aquí hay figurillas, cuadros, trofeos, guirnaldas y mantas dedicados al mejor toro o vaca o becerro. Sombreros de vaquero, gorras con el herraje del rancho estampado en el centro, botas, camisas a cuadros. Incluso hay toros de verdad. 

No es broma, ni alucinación, en el sótano hay una bodega al fondo designada especialmente a albergar enormes tanques de acero. Están rellenos de nitrógeno y en su interior resguardan semen y embriones vacunos. Toda la vida hemos coexistido con bóvidos en potencia reposando en la panza de nuestra casa, a la espera de ser implantados en algún vientre más redondo y suave. De cuando en cuando papá baja a llevar nuevos renacuajos –así los imagino–, transferirlos de un tanque a otro o extraer algunos para el uso al que están predestinados. Desde los doce años mi hermano baja con él pero a mí no se me permite, no es cosa apta para señoritas de largas enaguas y moños: tú anda, vete a bordar, a crear quimeras con hilo y lienzo, deja las células vivas a los hombres de la casa. 

Por las noches, las diminutas moléculas me persiguen en mis pesadillas. Aparecen como pequeñas burbujas de clara de huevo que flotan tras de mí, con cuernos que salen de ellas. Yo siempre corro, pero en esta ocasión me percato de su insignificancia, entonces me calmo y tomo una en la palma de mi mano. La acerco a mis ojos, puedo ver adentro las narices dilatadas de rabia que empañan la pequeña crisálida que lo contiene. Un ¡já, toro! sale de manera involuntaria desde mi garganta. El novillo escarba la base de la membrana con su casco enfurecido, retador, como diciendo: sólo deja que salga de aquí y verás. Estallo en feas carcajadas, me burlo de la bravura inocua de aquel microbio presto a la lid. 

La siguiente noche, queriendo continuar la tortura de las bestias con quienes tuve que competir toda la vida por la atención de mi padre, visto piyama roja. Me acuesto temprano y, buscando alargar mi faena con las burbujas de diablos de cuatro patas, bebo una pócima que asegura un sueño profundo mas no inconsciente. 

Veo un toro inanimado o, más bien, una estructura oxidada disfrazada de toro con la cola tensa hacia arriba, cosa apropiada en un perro, pero ridícula en su especie. Una simulación vital que en algo me recuerda a los feos e igualmente metálicos tanques del sótano, sin embargo, rellenos de vida, o de su posibilidad, al menos.  

El torso de herrumbre no se mueve, pero me habla a través de una máscara gris, como de soldador, que deja ver sólo los ojos; no nariz, no hocico, ni dientes.  

–Soy Tauro –dice con una voz bufadora que armoniza a la perfección con su pinta–, origen infinito de todos los tauros del mundo, una fuente inagotable de garbosos astados que pueblan campo y tierra con mi linaje. Si nos dieran terreno parejo al jugarnos la vida, mis hijos dominarían la tierra. 

–¿Qué hay de tus hijas? –pregunto– De todas las hijas…

Tauro frunce el ceño, primero perplejo, luego enfurecido. Es ahora que se da cuenta del carmín de mi camisón. Revienta su armadura, humo comienza a brotar de sus anchas narinas y echa tres coces antes de estallar en una carrera estruendosa hacia mí. Yo ya estoy corriendo pero es inútil, siento el calor de su aliento en mi cuello, está a una zancada de aplastarme. 

Despierto sudando. Bajo a la cocina por un vaso de agua. En el camino veo las fotos que cuelgan a lo largo del cubo de la escalera: papá con su campeón de la raza, papá a caballo lazando una vaca, papá con mi hermano, mi hermano montando un novillo en rodeo, mi hermano solo. 

Sólo mi hermano. 

 

martes, 21 de julio de 2026

Antropofilia

Ivonne Saed

 Francisco Toledo. Hombre y perro, 1971.

Una mano izquierda burda, oscura, masculina sostiene al perro. Es una mano desentendida, distante, indiferente. Un charco sudoroso cuya presencia es pasiva y paciente, permisiva, prometedora. La mano izquierda es un peso muerto, existe tan sólo para facilitar el contacto de la derecha con sus deseos.

Los dedos de la mano derecha son delicadas lenguas, tentáculos afeminados que se cuadrifurcan para tocar, tocar más, tocar notas, rasguear cuerdas, tañer costillas orgullosas que se repiten en trazos horizontales sobre las patas delanteras, patas que se estiran para alcanzar. Las patas y la lengua del perro conforman un eje continuo, actúan en sincronía, son uno. Las dos patas se extienden hacia arriba hasta convertirse en lengua única, unífida. 

Las extremidades patas y la extremidad lengua gozan de humedades distintas. El torso del hombre, desnudez vestida, se contorsiona, se ensancha y expande para recibir el secreto. El parche bolsa, velo tatuado en su pecho, revela un pezón erguido y oscuro, tembloroso. El perro de mirada eficaz y ojo esmerado, olfatea cuero, oreja y cabello, pronuncia un aullido agudo de niño rabioso, lame y relame su escuincla profanación, horada la oreja sonriente y la lengua, péndulo invertido, es el elemento singular que traiciona a su tronco cataléptico. El animal exhala un sonido mojado; vaho inyectado en el oído escurre a través del ojo derecho hasta la boca humana. El hombre de pelo relamido ya no es imperturbable, sus narinas dilatadas anuncian la derrota de su decoro y delatan su deseo. La cascada lacrimosa izquierda es un pez, salmón negro en pleno salto a contracorriente, revelación en vía de escape desbordada ante un ojo lánguido que, cerrado, mira a su espejo brillar.

La lengua canina, serpiente sin árbol ni manzana, se mece atenta; tentadora, tienta, tose y lame. Como caracol la lengua traza señales con su baba, seducción viscosa, humedad que obliga al humano a mostrar unos dientes lustrosos entre el escurrido jadeo de su propia lengua vencida, gozosa. La lágrima-baba camina-fluye-escurre-confluye hasta la lengua. Beso en torrente; rubor naranja calienta el cuerpo; saliva luminosa impregna el pecho de blanco y deja tres minúsculas manchas, tres gotas extáticas como botones cosidos a la piel que clausuran una intimidad subrepticia.