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jueves, 24 de julio de 2025

() Alfabeto

Virginia Hernández Reta



Dibujo de Adrián Verdejo Hernández
Título: Babosos
Fecha: 2021
Técnica: Fineliner

 

Preocupados, mi marido y yo permanecemos inmóviles delante del televisor. En la pantalla, en transmisión nacional, el ministro de salud da el informe sobre la pandemia. El recuento de enfermos y fallecidos, a pesar de las medidas de seguridad, se ha incrementado:

-A pesar del lavado de manos, del uso de tapabocas, de los dos metros de distancia, del encierro comunitario, deberemos implementar medidas todavía más estrictas -anuncia el ministro, con rostro austero-. Como ya se ha demostrado, el virus se propaga no solamente por estornudar o toser, sino también al hablar. Nuestra comunidad científica ha hecho estudios muy serios de prosodia y ha comprobado que hay letras más riesgosas. La letra que sigue a la e es la que con más potencia saca aliento de la boca y, por lo tanto, más peligro representa para la salud. Por lo mismo, se conmina a la sociedad, desde el día de hoy, a no utilizarla.”

Francisco y yo nos volteamos a ver.

-Tendrás que ser Paco, a partir de ahora -le digo. Con lo que le molestaba que le llamaran así.

El panorama es insólito: ya nadie hablará de fiestas, foros, familia. No podré cocinar fetuccini ni frijol. ¿Y para ir a la farmacia? Droguería, me tranquiliza Paco.

Después de una semana, ansiosos, encendemos de nuevo el televisor. Como es habitual, el ministro da el resumen sobre la emergencia de salud, el recuento de contagiados y muertos, que, a pesar de las medidas de seguridad, sigue al alza. A la letra después de la e, anuncia, se agrega ahora la prohibición de usar la que sigue de la o.

Paco y yo nos volteamos a ver.

-¿Qué crees de todo esto, cariño? -le inquiero.

El escenario es terrible: ya no se mencionará el problema, las probabilidades, no se podrá pensar, llegar a buen puerto, tachar todo de patético. En la casa se acaban los purés y los pleitos, por pequeños que hayan podido ser. 

No demora mucho en que la t y la b se agreguen a la lista de letras vetadas. Mi marido y yo nos miramos:

-Nos hablaremos de vos, para evitar el tuteo -sugiere.

El escenario es desolador: no se puede toser ni tararear, ni buscar ni trasgredir, ni confesar traumas ni dar la bendición. Hablo por el aparato que nos comunica con los amigos a la distancia, pero las llamadas son cortas; se nos ha acabado el léxico.

Con los días, no demora en seguir la s, como era de esperarse. No hay plurales, pero tampoco se puede hablar en singular. 

-Cariño, deme aquello -me dice mi marido con el dedo en dirección al grano blanco-. La comida requiere un chirride ello. 

Aniquiladohdespuéh de díahencendemoh lo que mira uno con elecricidad:

-Amor, ahora han quihado la r, la c y la d -anuncio incrédula.

-¿Qué? ¡Esto es el fin! -escupe completamente rabioso, olvidando de momento toda prohibición-. ¡Es el fin!

Yo, obediente, asiento con la cabeza para hacerle saber que sí, que lo es.

 

 

lunes, 28 de abril de 2025

() Cuento

Capoeira
Virginia Hernández Reta


                                            
        Fotografía: Virginia Hernández Reta


La mujer, de piel aceitosa y pálida, se acomoda en el camastro siguiendo al sol. En ese instante, descubre al negro. Deja la bebida en la arena, cruza las piernas y lo observa con detenimiento a través de los lentes oscuros. Con los ojos, recorre el cuello ancho del hombre; los brazos exageradamente largos; la línea marcada que separa su espalda en dos fuertes tablas; esa misma curva que se pierde en el pantalón y que, sin embargo, deja ver el nacimiento de unas nalgas contundentes. La fuerza inaudita de la raza la deja perpleja y piensa que un cuerpo tan hermoso sólo puede lucir así, como tallado en ébano.
        El hombre voltea y mira sin expresión los lentes oscuros de la mujer. Ella sonríe tan levemente como si contemplara el mar. Él, al contrario, sabe que lo observa. Por eso camina cadencioso por la arena y, de súbito, se para de manos con un movimiento rápido. Luego se sostiene en un brazo y lanza las piernas hacia un lado, rozando el aire con ritmo, en un giro tradicional de la capoeira.
        La mujer sonríe de manera franca, cruza los brazos atrás de la cabeza y lo mira con descaro. El hombre sabe que tiene toda su atención. Danza un poco más, abre las piernas hasta que sus muslos duros tocan la arena, camina de manos, se mueve con maestría entre la espuma. La mujer observa con delicia los músculos que se tensan al compás de la suave lucha, la extraña danza.
        El hombre, en un exceso de confianza, se tira al mar y con él baila. Sacude la cabeza y las gotas forman una aureola iluminada. La mujer le pertenece. Sonríe. Ya era hora de que una blanca fuera esclava de un negro. 
        De repente, ella desvía la mirada. Ha tenido una sensación extraña e intuye que el hombre, tal como sus bisabuelos y tatarabuelos, se ha convertido en un cautivo de nuevo.  
        El hombre no ha acabado de salir del agua cuando la mujer se levanta, gira el camastro y le da la espalda. Respira, aliviada, pensando que lo ha librado del terrible peso de su admiración. Atrás, entre las olas, él no sabe qué hacer con esa repentina libertad.