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miércoles, 1 de julio de 2026

Arnaldo Coen: Dimensión fundamental (2025)

Daniella Blejer




Corre el canijo conejo. Corre hacia la esfera que curva el espacio visible. Y desaparece.

––¡Conejo! ––le grito cerca del punto donde converge lo que está disperso con lo que está dispuesto ––¿Dónde estás? 

––Para habitarla, primero hay que verse a uno mismo ––me dice con una voz que se disuelve en el aire. 

––¿Habitarla? Pero si la esfera no tiene entradas ni salidas. No tiene principio ni fin. 

––No se trata de entrar físicamente, tontina: quien la contempla con interés comienza a ver otra realidad superpuesta. 

––Tontino, tú ––le digo y me acerco a la esfera para ver mi reflejo. 

Mi cara convexa se hunde en la curvatura. Me acerco más y mi rostro se encoge hacia los bordes. Entra el cielo azul entrecortado por un manto blanco de nubecitas. Aparece la puerta de hierro, las paredes blancas y el parqué. Se reflejan los objetos reunidos detrás de mí con sus luces y sombras: una silla, un rompecabezas de madera que forma un cubo, un portaplanos de yute, unos huevos falsos, una silla dorada. En el centro de la imagen, que contiene el mundo entero, me encuentro yo. Estoy dentro, pero estoy fuera. Aún no soy parte de la totalidad curva. Aún no percibo al conejo. 

––Conejo, ¿es esta esfera el universo que se observa a sí mismo?

Silencio.

Sigo mirando la esfera. Acerco mi nariz a unos centímetros de su fría superficie. Con los ojos bizcos, veo todo borroso. Intento mirar a través de la imagen, como si viera un punto imaginario al fondo de la pared. Sin cambiar la dirección de mi mirada empiezo a alejarme. Las figuras comienzan a sobreponerse. De pronto aparecen las puntas de sus largas orejas rosas. Su panza amarilla verdosa. Los objetos comienzan a acomodarse. El portaplanos de yute atraviesa la silla dorada desde el suelo hasta el respaldo. Conejo sonríe, ahora podrá consultar los bocetos de su silla portátil como si fueran una brújula. Se para en el asiento y comienza a poner huevos. 

––Todo está por renacer ––me dice con el rompecabezas entre las manos.  

––Conejo, juega conmigo.

––No puedo, estoy por empezar una vida nueva ­––me responde calculando la posición del sol.

La esfera se comprime y se esconde bajo la silla. En la galería tomo la foto y me pregunto qué podré escribir sobre la dimensión fundamental. 

lunes, 15 de junio de 2026

Muerte y nacimiento del mito en “Centauro” de José Saramago y “Las cosas que perdimos en el fuego” de Mariana Enríquez

Daniella Blejer





Una criatura híbrida, extraña, imposible. Mitad hombre, mitad equino: Centauro habita el relato de José Saramago publicado en el libro Casi un objeto (1973). Cansado de una vida interminable, el último centauro vivo carga con el peso de haber presenciado la muerte de su semejante, Neso, a manos de Heracles (Hércules). A pesar del paso del tiempo, Centauro sigue maquinando cómo vengarlo. En sus sueños se enfrenta a Heracles y lo derrota con toda su fuerza: la humana y la equina. Centauro sufre debido a su condición doble: no logra acoplar su cuerpo e instintos equinos a su torso y mente humanas. Camina sin rumbo por los años de los años, hasta llegar a los parajes de la modernidad, donde observa a lo lejos a una figura quijotesca atacando molinos. Cuando finalmente logra llegar a su tierra, la antigua Grecia, se da cuenta de que los dioses se han marchado: el mundo clásico ha muerto. Cansado de esconderse, Centauro se atreve a caminar a plena luz del día. En su vagabundeo se topa con una mujer en el campo. Impulsado por su doble naturaleza, la toma y huye con ella a cuestas. Una multitud, armada y enfurecida, comienza a perseguirlo. Centauro deja a la joven y corre para escapar de un mundo que no lo comprende, en el cual pareciera no poder cumplir más su función. Agotado, llega hasta un acantilado donde decide tirarse al vacío. Al despeñarse, una piedra parte su cuerpo en dos liberando al hombre del caballo. El torso y la cabeza humanas caen de espaldas. Antes de morir, Centauro por fin logra mirar al cielo.

            Mientras que la figura que representa el mito en el cuento de Saramago sufre una muerte simbólica al no tener más una pertinencia en la modernidad, en “Las cosas que perdimos en el fuego” (2016) de Mariana Enríquez asistimos al nacimiento de un nuevo mito con todo y su ritual. El cuento plantea una sociedad en la que las mujeres se prenden fuego de forma colectiva para iniciar un movimiento de resistencia extrema. Desfiguran sus rostros y cuerpos para escapar de los feminicidios. Estropean su propia piel antes de que los agresores las puedan destruir o si quiera desear. El detonante del fenómeno y símbolo del movimiento es la “chica del subte”, quien, con la cara desfigurada por las quemaduras, viaja por las líneas del metro contando cómo fue atacada por su pareja. El individuo, además de agredirla, declaró a la prensa que ella se quemó a sí misma. Es así como nace el mito de hermandades secretas, mujeres que organizan rituales alrededor de una fogata para quemar partes de su cuerpo. Lejos de proyectarse como víctimas, estas mujeres se apropian de sus cuerpo para decidir y adquirir poder sobre sí mismas.

El cambio en la función del mito entre ambos cuentos puede entenderse a través de la Dialéctica de la Ilustración(1944), donde Max Horkheimer y Theodor W. Adorno analizan la pretensión del pensamiento ilustrado de disolver los mitos en pos del saber científico, el cual no aspira a la “verdad”, sino al dominio sobre la naturaleza. En la senda de la ciencia moderna, dicen los filósofos alemanes, los hombres renunciaron al sentido, y la lógica reductora de la Ilustración se dirigió de nuevo hacia la mitología de la que tanto quería escapar. 

Este vaivén sobre el lugar del mito en nuestras vidas se observa al hacer una comparación entre las narraciones mencionadas. El centauro del cuento de Saramago ha perdido su relevancia en el mundo moderno, pues el pensamiento ilustrado ––racional y científico–– ha sustituido la función del mito: dar sentido a la condición humana. En cambio, la cofradía de mujeres del cuento de Mariana Enríquez, manifiesta la necesidad, no solo de reivindicar la figura y el poder de la bruja, sino de crear una nueva mitología para cambiar las normas y los valores de la sociedad.  

            Quizás los seres humanos tengamos un pensamiento híbrido, como el centauro. Por un lado, aspiramos a la racionalidad y el avance de la ciencia, por el otro, somos animales simbólicos y requerimos del mito para dar sentido a la realidad, organizar a la sociedad y dar respuesta a nuestras preguntas existenciales. 

viernes, 6 de marzo de 2026

Ser el río en todos los ríos


Daniella Blejer 


Fotografía de Daniella Blejer. 

 

El martes pasado arrancó el ciclo de cuento comparado dirigido por el colectivo Diletrantes. Tras un par de semanas de difusión logramos convocar una comunidad lectora de distintas edades, profesiones, géneros, nacionalidades y ámbitos. A modo de introducción repasamos el lugar del cuento en la cultura, un género literario que no todos acostumbran explorar ya sea por la poca difusión que tiene, por preferir el gancho de la novela o la inmediatez del ensayo. Una de las virtudes de leer cuento es que permite entrar en un universo desconocido en poco tiempo. La densidad que cobra este género al tener que expresar en pocas páginas una circunstancia digna de ser narrada suele dejar a sus lectores inquietos, alterados, conmovidos. 

Tras hablar de este género literario nos asomamos de forma breve al enfoque crítico propuesto: la literatura comparada. Comparar literatura en otras lenguas permite trascender el ámbito regional para ir en pos de conexiones internacionales. Analizar temas y motivos abordados por distintos autores y épocas nos lleva a tener una visión más amplia de la cultura y la literatura. Las relaciones interdisciplinares entre la literatura con otras artes como el cine, la música o la pintura nos conduce a una mayor comprensión de los elementos estéticos que conforman una obra artística. Y los cruces entre literatura con la filosofía, la historia o el psicoanálisis permiten ampliar el sentido de la obra. 

Una vez establecidas las bases de nuestro ciclo de lectura pasamos a hablar de los autores y narraciones a analizar en esta primera sesión: “A la deriva” del uruguayo Horacio Quiroga ––el gran cuentista latinoamericano y maestro de “lo extraño” a veces comparado con Edgar Allan Poe–– y “La tercera orilla del rio” de João Guimarães Rosa, escritor brasileño, autor de una de las novelas más importantes para Brasil, Gran Sertón: Veredas. ¿Qué tienen en común estos autores y sus cuentos? De entrada, ambos autores son latinoamericanos interesados en narrar el ámbito rural. Quiroga vivió muchos de sus años en la selva y Guimarães Rosa fue médico rural en la región semiárida del noreste de Brasil conocida como el Sertón. Ambos cuentistas describen la naturaleza, los animales peligrosos que se encuentran ––desde el yaracacusú, una serpiente venenosa del Paraná, hasta el yacaré, caimán de la región del Sertón–– y la inmensa soledad de los personajes pese a los vínculos familiares. Entre otras vertientes, el hilo conductor que nos permite comparar ambos cuentos es el río como escenario y metáfora. 

Una vez establecida la conexión cada lector habló de su recepción de los cuentos, los vínculos encontrados y por supuesto, las diferencias. También hubo una actualización del sentido de los cuentos en el contexto propio y se fue construyendo un ambiente de calidez y confianza. Fue enriquecedor escuchar los significados que se desprendieron y cómo cada uno se vio afectado por ellos. Se cumplió en la sesión la cita de Liliana Bodoc compartida por una de las participantes: la literatura es un acto colectivo.

En resumen, y sin revelar detalles, en estas narraciones el río es el paso incesante del tiempo, la vida misma y la continuidad de esa vida. Por otro lado, el río representa el paso entre este mundo y el más allá, el tránsito hacia la muerte. Ambos utilizan este elemento de la naturaleza para expresar el temperamento de los personajes, su destino o libre albedrío, sus circunstancias. De esta apuesta, más bien regional, las narraciones se incorporan a la literatura universal. El Paraná podría ser el Aqueronte del mundo clásico, río que las almas deben cruzar para ingresar al inframundo. La tercera orilla podría ser el Sanzu del budismo japonés, río liminal que separa a los vivos de los muertos. Es en este sentido que leemos para ser otros y resistir a ser reducidos a una sola cosa. 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Leer en colectivo: lo mejor del 2025

Daniella Blejer

 




Durante la pandemia tuve la iniciativa de convocar un grupo de lectura a distancia con la intención de hacer más llevadero ese tiempo sin tiempo. A la fecha el grupo sigue reuniéndose, con el constante ir y venir de sus integrantes, para transitar por los diversos enfoques históricos, geopolíticos, teóricos y estéticos con los que se puede explorar la literatura. Cada mes nos reunimos a discutir un libro, a veces con frustración y otras con deleite, pero siempre con la convicción de construir entre todos el sentido de la obra literaria. En ocasiones un libro nos sorprende por su universalidad y puede llevarnos a reflexionar sobre nuestro propio entorno o circunstancias. Leer es una experiencia individual que en nuestro caso también se ha convertido en un rico diálogo colectivo.  

En 2025 nos aventuramos por la literatura mundial desde la heterogeneidad del cuento y la novela. Durante el primer semestre batallamos con Guerra y guerra (1999) de Lázló Krasznahorkai ––recomendación de mi amiga y diletrante Ivonne Saed–– un reto que no todos disfrutaron. Algunos no pudieron con la dificultad de la novela y se dieron por vencidos, otros se desesperaron con el personaje y decidieron abandonar antes de enloquecer, sin embargo, hubo un par de lectores que la disfrutaron mucho. Mi experiencia de lectura fue difícil, a menudo me sentía perdida o dislocada entre la cascada de palabras que van de la prolepsis a la analepsis con pocos signos de puntuación; recursos que el autor utiliza para construir la poética de la novela y recrear un mundo caótico y sinsentido. Ante el lenguaje, me sentí incomunicada como el protagonista, Korin, un húngaro en Nueva York que no habla inglés. El relato dentro del relato, manuscrito que el protagonista se siente obligado a compartir con la humanidad, trata sobre las aventuras de cuatro personajes en un mundo atemporal que no deja de estar en guerra: espejo de adivinación del siglo XXI. Al enteramos que Krasznahorkai ganó el Nobel se armó el la trifulca en el chat grupal entre quienes apreciaron el libro y quienes lo odiaron.

Después de la ardua tarea de comprender a Krasznahorkai, la mayoría disfrutó la cálida prosa de El desertor (2005) de Abdulrazak Gurnah, novela recomendada por mi exalumno y amigo, Pedro Salamanca. La novela relata dos sagas familiares que transcurren en Zanzíbar, la primera durante el colonialismo británico, y la otra poco antes de la independencia. Salvo por los lectores de Ébano de Ryszard Kapuściński, sabíamos muy poco sobre la historia de la isla donde interactuaron africanos, árabes, indios y europeos. El autor logró atraparnos por su maestría al narrar, a varias voces, la vida de los personajes divididos entre sus tradiciones religiosas y culturales, y sus deseos de integrarse a la herencia colonial. Las dos historias son hilvanadas por una tercera urde: el relato autoficcional del autor, vinculado a ambas familias. El narrador/autor emigra a Londres con una beca académica mientras ocurre el golpe de estado y la guerra civil que le impedirá volver a reunirse con sus familiares. Esta novela con personajes entrañables que levanta una crítica sobre el colonialismo y sus consecuencias nos sensibilizó profundamente.

En ese primer semestre, además de estos dos gigantes, el libro de cuentos de Dahlia de la Cerda, Perras de reserva(2022), recomendada por mi amiga, la escritora Karen Karake, nos despertó mucho interés. Las historias, entrelazadas entre sí, giran en torno a personajes femeninos que logran resistir, reivindicarse o posicionarse fuera del papel de la víctima. Algunas de ellas son mujeres ambiciosas, violentas, asesinas, fresas, lumpen o buchonas que ya sea en esta vida o en el más allá obtendrán sus deseos, venganza o justicia. La prosa es ágil y desenfadada con un lenguaje que recoge la oralidad del norte y centro del país. Aunque se narre sobre feminicidio, aborto o violación, el enfoque se encuentra en la periferia del discurso feminista, pues la autora se inspiró para escribir estos cuentos en los relatos de las mujeres que entrevistó en la cárcel, mujeres que robaron, secuestraron o mataron. Una autora original a la que vale la pena seguirle la pista. 

Durante el segundo semestre de 2025 alucinamos con la multipremiada novela La vegetariana de Hang Kang (2007). La divagación colectiva nos llevó a hablar de la rigidez de la sociedad coreana, como la jerarquía de quienes comen carne y su espejo dentro de la estructura patriarcal. Un lector compartió la sospecha de Malcolm Gladwell enOutliers de esta jerarquización como factor del accidente del Vuelo 801 de Korean Air en 1997. El primer oficial y el ingeniero, por respeto al capitán, quien estaba cansado, emplearon un lenguaje educado e indirecto que no logró transmitir la urgencia de la situación. La novela de Kang nos encantó por su estrato onírico y sensual, por la rebeldía del personaje ante el deber ser del cuerpo en búsqueda de su autodeterminación. Su resistencia a comer, su deseo de convertirse en planta y de morir de inanición nos causó primero shock, y tras la discusión: empatía. Una novela que confronta, mediante el universo de la vegeteriana, el antropocentrismo y el patriarcado, que te deja más lleno de preguntas que de respuestas. 

El otro libro que nos voló la cabeza en la segunda mitad del 2025 fue Maniac de Benjamín Labatut (2023), obsequio de mi amiga Patsy Stillmann. La narración, que gira en torno a dos momentos del desarrollo de la IA, me sacó de mi área de conocimiento, de mi burbuja humanista, para relatar con originalidad y maestría la belleza de las matemáticas, los algoritmos y las teorías del juego. Es un libro que te hace pensar en qué nos hace humanos y qué sigue para la humanidad ante el imparable desarrollo de la IA. El autor  comprende el cambio de paradigmas en la ciencia y sabe expresarlo de forma literaria aunque se base en un archivo. La novela, organizada como tríptico, inicia con el relato del físico judío alemán Paul Ehrenfest, quien asustado por la tiranía del nazismo y su uso perverso de la tecnología, decide darle un balazo a su hijo con síndrome de Down y después dispararse con la misma pistola. La segunda parte trata de la vida y obra del genio matemático húngaro y judío, John von Neumann, contada a partir de múltiples personajes que convivieron con él y que van construyendo una mística en torno al personaje: un guiño y homenaje a la narrativa de su compatriota, Roberto Bolaño. La tercera trata del mito fundacional del juego chino Go, y el programa de IA, AlphaGo, desarrollado por el premio Nobel, inglés de ascendencia india, Demis Hassabis. En el grupo debatimos horas entre los optimistas de la IA y los de mirada más crítica y pesimista. Nos quedamos con la pregunta sobre nuestra necesidad de tener mitos y la incapacidad de las máquinas para generarlos.

Leer de forma individual o colectiva con gente sensible e inteligente es sumamente satisfactorio. Aunque repelen los amantes de la IA, la lectura es una actividad que nos humaniza, acerca y transforma. Es cierto que las matemáticas y los algoritmos tienen su belleza, no obstante, la experiencia humana y su escritura no pueden ser reemplazadas por una máquina. 

Antes de irnos de vacaciones leeremos el libro de cuentos titulado: Las cosas que perdimos en el fuego (2016) de Mariana Enríquez. En enero les cuento cómo nos fue.