lunes, 28 de abril de 2025

() Cuento

Capoeira
Virginia Hernández Reta


                                            
        Fotografía: Virginia Hernández Reta


La mujer, de piel aceitosa y pálida, se acomoda en el camastro siguiendo al sol. En ese instante, descubre al negro. Deja la bebida en la arena, cruza las piernas y lo observa con detenimiento a través de los lentes oscuros. Con los ojos, recorre el cuello ancho del hombre; los brazos exageradamente largos; la línea marcada que separa su espalda en dos fuertes tablas; esa misma curva que se pierde en el pantalón y que, sin embargo, deja ver el nacimiento de unas nalgas contundentes. La fuerza inaudita de la raza la deja perpleja y piensa que un cuerpo tan hermoso sólo puede lucir así, como tallado en ébano.
        El hombre voltea y mira sin expresión los lentes oscuros de la mujer. Ella sonríe tan levemente como si contemplara el mar. Él, al contrario, sabe que lo observa. Por eso camina cadencioso por la arena y, de súbito, se para de manos con un movimiento rápido. Luego se sostiene en un brazo y lanza las piernas hacia un lado, rozando el aire con ritmo, en un giro tradicional de la capoeira.
        La mujer sonríe de manera franca, cruza los brazos atrás de la cabeza y lo mira con descaro. El hombre sabe que tiene toda su atención. Danza un poco más, abre las piernas hasta que sus muslos duros tocan la arena, camina de manos, se mueve con maestría entre la espuma. La mujer observa con delicia los músculos que se tensan al compás de la suave lucha, la extraña danza.
        El hombre, en un exceso de confianza, se tira al mar y con él baila. Sacude la cabeza y las gotas forman una aureola iluminada. La mujer le pertenece. Sonríe. Ya era hora de que una blanca fuera esclava de un negro. 
        De repente, ella desvía la mirada. Ha tenido una sensación extraña e intuye que el hombre, tal como sus bisabuelos y tatarabuelos, se ha convertido en un cautivo de nuevo.  
        El hombre no ha acabado de salir del agua cuando la mujer se levanta, gira el camastro y le da la espalda. Respira, aliviada, pensando que lo ha librado del terrible peso de su admiración. Atrás, entre las olas, él no sabe qué hacer con esa repentina libertad. 

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