miércoles, 30 de abril de 2025

[] Minificción 


Dualidad

Amélie Olaiz


                        
                                                             Fotografía:Pedro Meyer


Entre noche y día, Bien y Mal se amaron con descaro. El Creador, inquieto por el incesto, los separó para siempre. 



 

lunes, 28 de abril de 2025

() Capicúa

Daniella Blejer




    
     Fotografia: Rebecca Uliczka


La hija nació con buena suerte por haber sido concebida en el mar a la luz de la luna llena. Al menos eso le gustaba contar al padre. Al séptimo mes del embarazo, su mujer compró cuatro cachitos de lotería con la terminación 77. Él le reclamó no haber adquirido toda la serie. De haberlo hecho no habría tenido que trabajar por el resto de sus días. De todos modos, el dinero le vino bien a la familia Salado. Con él compraron la cuna y la mecedora donde la madre arrulló a la niña durante la primera infancia.

         La llamaron Ana, quizá para contrarrestar el desfavorable apellido. Desde sus primeros pasos la pequeña mostró un particular talento para encontrar objetos de valor en el piso: lentes oscuros en la playa y billetes en la calle, pelotas en el parque y monedas en la escuela.

        Ya ves, Martín, dijo la mamá, te dije que esta niña venía con torta bajo el brazo. 

          En la empresa donde trabajaba Martín Salado hubo recorte de personal. Para no agobiar a la esposa, pasaba sus días en el hipódromo en lo que conseguía empleo. No le iba muy bien en los caballos. Cansado de su mala fortuna, un domingo tuvo la ocurrencia de llevarse a la hija de amuleto.

        Quédate a descansar, yo llevo a Ana de paseo, le dijo a su mujer. 

        La primera vez que fueron juntos, la niña miró las carreras desde las gradas; no hubo un cambio significativo en la suerte. Al siguiente domingo, Salado le mostró la lista de nombres de los caballos y le pidió que eligiera uno. Ana, que en aquel entonces tenía siete años, miró el tablero de arriba hacia abajo con ojos templados.     

        Me gusta Otto, papi. 

        El papá fue a la terminal de apuestas a pagar, tomó en brazos a la hija y caminó hasta el paddock para que conociera a Otto. Ana acarició el lomo del manso caballo negro, miró a su padre y le sonrió confiada.

         Esa mañana el caballo seleccionado por Ana ganó la carrera.

          Otros domingos la niña eligió a Reinier, Malayalam, Oso, Oruro, Arenera, Ananá; todos ellos premiados. Martín Salado no tardó en notar que aquellos nombres eran palíndromos, como el nombre que había elegido para su hija. 

          Con el dinero ganado en las apuestas alcanzó para darle el gasto a la esposa, comprar una bicicleta para Ana y vacacionar en Acapulco. Los paseos de padre e hija al hipódromo continuaron un par de meses más hasta que un domingo, Ana le confesó a su madre estar aburrida de tenerle que ayudar a su papá a comprar caballos.

          La mujer de Salado, enfurecida, confrontó a su esposo. La discusión se tiñó de expresiones como “mentiroso” y “explotador de menores”. Al descubrir que el marido llevaba tres meses sin trabajo, la palabra “inútil” escapó de su boca. Durante el monólogo rabioso Martín Salado se concentró en la grieta del suelo, probablemente para evadir los ojos acusadores de su mujer. Ésta parecía delgada por fuera, pero por dentro se ensanchaba. Entre sus abismos habitaban miles de cucarachas y otros seres inmundos que se arremolinaban para salir a la superficie. Martín se despabiló con la palabra “imbécil” retumbando en sus oídos. 

            A partir de ese día la mujer le prohibió salir con la niña. Martín continuó yendo solo. Apostaba a los caballos con nombres simétricos, pero no lograba ganar. La mala racha continuó hasta que pudo encontrar un trabajo y las apuestas quedaron de lado.

Una madrugada Ana se levantó con mucha sed. Martín Salado fue a la cocina por un vaso de agua y se lo llevó al cuarto. 

¿Qué haces despierta a esta hora?

Soñé que mamá hablaba por teléfono con la tía Vicky, dijo haciendo una pausa para tomar el vaso de agua, estaba feliz porque la tía tenía un bebé en la panza. 

A pesar de que su cuñada llevaba años tratando de embarazarse sin resultado, Martín no le dio importancia al sueño. Besó en la frente a su hija y apagó la luz.

            Dos días después encontró a su mujer con el teléfono en la mano dando de saltos. 

¡Es Vicky, por fin logró encargar! 

Martín miró los ojos grises de Ana; ella se encogió de hombros. Ahora las posibilidades eran infinitas.

           A partir de ese día comenzó a interesarse en los sueños de su hija. Durante el desayuno, mientras su mujer se daba un regaderazo, él la interrogaba. ¿Con cuánta frecuencia soñaba? ¿Recordaba todo? ¿En otras ocasiones habían coincidido sueño y realidad? Ana recordó que soñó a su mamá cocinando espagueti con albóndigas y que un par de días después comieron espagueti a la boloñesa. Otra noche se le apareció la maestra vestida de morado y a la semana siguiente llevó un pantalón lila. 

¿Y de casualidad en tus sueños no aparecen caballos o números?, preguntó Martín con disimulo antes de que su mujer apareciera. 

            Meses después, al amanecer, Ana tocó la puerta del cuarto de sus padres y entregó a su papá, aún semidormido, un papel con el número 98189. El papá, amodorrado, leyó el papel. ¡Capicúa!, advirtió, se trataba de un número simétrico, como los nombres de los caballos que elegía en el hipódromo. Salado salió de la cama como petardo y llamó al trabajo para reportarse enfermo. Después de darse un regaderazo y perfumarse, se ajustó los calcetines delgaditos y vistió traje y corbata. Durante el desayuno, la esposa preguntó a dónde iba tan formal y él contestó que tenía una reunión de trabajo muy importante. 

            Tomó el auto y se dirigió hacia el centro histórico. Su expendio favorito, “El águila descalza”, tenía fama de ser el local con más billetes premiados. Saludó al dueño que lo conocía por su nombre y pidió por el 98189. No lo tenían. Tras un par de llamadas, el dueño averiguó que el número que buscaba se había agotado y que sólo quedaba una serie con sus 20 cachitos en el extremo opuesto de la ciudad. Pasó dos horas en el tráfico hasta que pudo estacionarse a dos cuadras del expendio. Caminó con paso veloz suplicándole al universo que aún tuvieran la serie. ¡Ahí estaba!, advirtió mirando con ojos hipnóticos el número.

Deme toda la serie, le dijo al vendedor recordando los consejos de su padre: Si vas a jugar a la lotería, compra todo el lote, no sea que después te vayas a arrepentir. Mientras recordaba las palabras paternas buscó la cartera en el saco, después en el pantalón. No podía ser, ¡la había olvidado! 

            Manejó de regreso a casa. Esta vez hizo hora y media. Azotó la puerta y no se molestó en contestar las preguntas necias que le hacía su mujer. Tomó la cartera del buró y se encaminó de regreso al expendio. Cuando llegó, el billete seguía ahí.

Regresó feliz. Esa noche soñó con una vaca lechera. La vaca se detuvo al pie de la cama. Martín tomó el vaso que había sobre el buró y lo colocó bajo las ubres. Sin hacer esfuerzo alguno, la leche salía hasta derramarse del vaso. Bebió mientras su esposa le hacía mimos. 

Despertó sintiendo el jalón de su pijama, ni la mujer le hacía mimos ni había vaca lechera. Era Ana con el periódico en la mano. Martín Salado la miró con desconcierto. Ella trepó a la cama, le dio la sección de la lotería y se sentó junto a él. ¡Anoche se había jugado el número! Buscó el 98189 pero no lo encontró por ninguna parte. La hija puso su dedo índice sobre el número ganador, había sido el 68186. 

Se levantó para ir al trabajo como si sus pies fueran de plomo. Antes de meterse a la regadera miró el espejo y suspiró. Si tan sólo aquel día su esposa se hubiera comprado todo el lote, hoy podría quedarse a descansar.

() Cuento

Capoeira
Virginia Hernández Reta


                                            
        Fotografía: Virginia Hernández Reta


La mujer, de piel aceitosa y pálida, se acomoda en el camastro siguiendo al sol. En ese instante, descubre al negro. Deja la bebida en la arena, cruza las piernas y lo observa con detenimiento a través de los lentes oscuros. Con los ojos, recorre el cuello ancho del hombre; los brazos exageradamente largos; la línea marcada que separa su espalda en dos fuertes tablas; esa misma curva que se pierde en el pantalón y que, sin embargo, deja ver el nacimiento de unas nalgas contundentes. La fuerza inaudita de la raza la deja perpleja y piensa que un cuerpo tan hermoso sólo puede lucir así, como tallado en ébano.
        El hombre voltea y mira sin expresión los lentes oscuros de la mujer. Ella sonríe tan levemente como si contemplara el mar. Él, al contrario, sabe que lo observa. Por eso camina cadencioso por la arena y, de súbito, se para de manos con un movimiento rápido. Luego se sostiene en un brazo y lanza las piernas hacia un lado, rozando el aire con ritmo, en un giro tradicional de la capoeira.
        La mujer sonríe de manera franca, cruza los brazos atrás de la cabeza y lo mira con descaro. El hombre sabe que tiene toda su atención. Danza un poco más, abre las piernas hasta que sus muslos duros tocan la arena, camina de manos, se mueve con maestría entre la espuma. La mujer observa con delicia los músculos que se tensan al compás de la suave lucha, la extraña danza.
        El hombre, en un exceso de confianza, se tira al mar y con él baila. Sacude la cabeza y las gotas forman una aureola iluminada. La mujer le pertenece. Sonríe. Ya era hora de que una blanca fuera esclava de un negro. 
        De repente, ella desvía la mirada. Ha tenido una sensación extraña e intuye que el hombre, tal como sus bisabuelos y tatarabuelos, se ha convertido en un cautivo de nuevo.  
        El hombre no ha acabado de salir del agua cuando la mujer se levanta, gira el camastro y le da la espalda. Respira, aliviada, pensando que lo ha librado del terrible peso de su admiración. Atrás, entre las olas, él no sabe qué hacer con esa repentina libertad. 

viernes, 25 de abril de 2025

() Cuento

 

Bichos

Mariana Conde

                                           
                                                        
Fotografía: Amélie Olaiz

     
Fotógrafía: Virginia Hernández Reta


Sueño con bichos. Estoy en una reunión; tomo un bocadillo, veo que es un bicho relleno de más bichitos moviendo de forma incesante sus minúsculas patas y lo devuelvo. Quiero decir algo a mis compañeros de coctel que, inmersos en sus conversaciones, parecen no encontrar nada raro en los canapés y los devoran con sonidos crujientes. Entonces vuelvo a la charola y escojo alguno que no reboce de hijos y me lo llevo a la boca. Como varios hasta que solo quedan de los rellenos y, ante mis decrecientes opciones, tomo el que se ve menos abundante de extremidades movedizas; es de ese color ámbar casi transparente usual en los insectos. Intento sacudir algunas de sus crías antes de comérmelo, pero resulta difícil, las pequeñas alimañas son inagotables y quito unas solo para dar espacio a otras más, es un diminuto manantial de vida extraña. Miro nuevamente a mi alrededor, a través de comisuras de las que escurren patitas y huevecillos la gente habla en una lengua que no logro comprender; yo, como otro bicho.

Despierto y al inicio no reconozco la habitación de persianas blancas, la pequeña cama del que fuera mi cuarto en la casa materna. Veo una cuija reptar ágilmente por la pared y escucho su sonido besucón; hay hormigas junto al vaso de limonada a medio terminar sobre mi buró. Cómo no soñar con alimañas en estas tierras de trópico.

Me alisto para salir a desayunar, papá quiere probar no sé qué lugar nuevo. Vamos en coche a pesar de que el sitio se encuentra a tres cuadras de la casa ––la de mis padres, que cuando estoy ahí es de nuevo mía, o más bien, yo suya . El paso del estacionamiento a nuestra mesa es lento ya que mis padres se detienen a saludar a cuanto conocido encuentran. Reconozco a un compañero de la prepa en una esquina y escojo el lugar exacto en nuestra mesa que me permitirá darle la espalda. No le veo el caso a saludar, pasarán otros veinte años sin necesidad de hablarnos. Mi mamá está ya diciendo ¿no es ese fulanito? cuando le hago la seña de shhh y contesta que me he vuelto muy pesada.

La comida está deliciosa. Mi papá opina con su voracidad; se agacha sobre el plato sin levantar la vista y apenas respira entre bocado y bocado, tiene un residuo de algo en el labio superior que vibra mientras él mastica. Parece que no lo siente. Me dan ganas de quitárselo, pero no me decido. 

Estamos por irnos del restaurante cuando entra Cata, la mejor amiga de mi madre, quien al verla reverdece como jardinera recién regada y se para a abrazarla con una agilidad que creíamos perdida. 

–¡Cata! ¿Qué haces aquí? Si das fiesta hoy.

–Me escapé para venir a chismear con la Moza un ratito. Pero los espero más tarde. No vayas a faltar –dice mirándome–, ya le dije a tu mamá que estás invitadísima.

         Desde ese instante empiezo a buscar alguna forma de zafarme de la invitación. 

Mamá comienza su rutina de belleza tres horas antes de salir. Con melena a medio secar y tubos en el resto de la cabeza comienza su ir y venir a mi cuarto para asegurarse de que no me escape. Alego que yo no estaba invitada, pero desecha mis argumentos y me dice que me ponga chula, todo mundo estará ahí. Cualquier intento de resistencia es necedad, me ha tomado treinta y cinco años aceptarlo.

Llegamos a la fiesta y después de un rato me separo de mis padres. Camino entre la gente observando; ya no conozco a nadie en mi ciudad, me siento invasora. Saludo a una o dos caras de antaño que por curiosidad o educación me toleran un rato. Intercambiamos preguntas corteses y trato de seguir la plática, mas pronto pierdo interés entre tantos nombres que ya no reconozco y anécdotas de las que tenía que haber estado ahí para que me parecieran graciosas. El grupo que se estaba formando se deshace poco a poco y cuando me doy cuenta ya están casi todos en otra mesa entre carcajadas y susurros. Siento vergüenza por haberme quedado sola, o casi sola: me han dejado con la prima rara de alguien que platica con quien sea como estrategia contra su propia marginación. 

Doy una vuelta por los salones y llego al jardín. Alcanzo a ver la cola de una lagartija que desaparece en un arriate cuando intento seguirla. Siento el aire tibio y húmedo, veo vasos que chocan en brindis, oigo plática animada: todo como observado desde una butaca de cine. Cualquiera estaría encantado entre estas personas divertidas e importantes, me digo con la voz de mi madre. Me reconoce un amigo lejano que está con su esposa y por compromiso, estoy segura, me invita a sentarme con ellos. Están rodeados de gente atractiva que lo pasa increíble, con el aplomo que da el saber que pertenecen ahí; hacen bromas, intercambian piropos, secretos. Odio la humillación del rescate, pero finjo naturalidad e intento en vano demostrar que disfruto de la fiesta tanto como ellos. Me gustaría encogerme y huir sobre mis seis patas, pero mi amigo tan educado me ofrece un plato de bocadillos y me quedo ahí, intentando mimetizarme con lo que me rodea; como otro bicho. 

 

 

!¡ Poesía

Letras translúcidas

Ivonne Saed






                            Fotografías: Ivonne Saed


Letras se dilatan en párpados cansados

cortinas simétricas expanden las pupilas

hasta explotar

el tiempo se dilata y queda

permanece callado silencioso

permanece y no es tiempo

Párpados obturan pupilas

sueños obturan ideas

se dilatan y ya son sueños

ya giran giran giran

en torno a las pupilas que contraen

Rayos del iris explotan en mil líneas

el diafragma de los sueños

los dilata desde el centro

permanentes tras la cortina

ocultos tras un cansancio de plomo

Se obstruye lo opaco

la luz tenaz se refracta

la cortina es delgada

ideas refractan sueños

pensamientos sensaciones

el tiempo no existe

se reinventa

el tiempo es un invento

el tiempo se refracta

es un vehículo

un medio sin sustancia

Las letras refractan deseos

reflejan deseos

reflejan sueños

son sueños

Las letras sueñan

detrás de párpados cerrados

detrás de cortinas translúcidas

las letras juegan

lúcidas

a través del sueño


miércoles, 9 de abril de 2025

 


Fotografía: Odette Villareal


Virginia Hernández Reta


Comunicóloga y escritora, hizo un posgrado en Letras Hispánicas en la Universidad de Sao Paulo, Brasil, país en el que vivió por tres años. Ha escrito para prensa, radio, televisión y publicidad. Por 20 años ha colaborado con el Museo Frida Kahlo y el Museo Anahuacalli, elaborando textos para libros y más de 30 exposiciones.

Obtuvo el Premio Latinoamericano Benemérito de América por su volumen de cuentos Memorias de un desvelo, el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo, el primer lugar en el Concurso de Ensayo Miguel Palacios Macedo y el primer lugar en el Concurso Binacional de Cuento del diario Reforma, entre otras distinciones. Sus relatos han aparecido en varios medios impresos nacionales e internacionales (Revista Rio Grande Review, Universidad de Texas; Camino Blanco, Revista del Instituto de Cultura de Mérida; Periódico Reforma, Revista Cult, Revista Brasileira de Literatura, entre otras). Sus textos se han incluido en diversas antologías como Vampiros trasmundanos y tan urbanos (Editorial Selector, 2011), Antología de cuento lésbico mexicano (Penguin Random House, 2024) y Vagón rosa, rosa, rosa (Ediciones Periféricas 2024). Diana y las hienas (Ediciones Periféricas, 2023) es su más reciente libro. Cofundadora del Colectivo Diletrantes.




Fotografía: Carolina Mendoza



Amélie Olaiz


Nació en León, Guanajuato. Es diseñadora gráfica, fotógrafa y escritora. Como escritora, ha publicado Piedras de luna (Editorial El viejo pozo, 2005), Aquí está tu cielo (Editorial Alcalá, España, 2007), la novela La vida oculta en la caja de nogal (Ediciones Amarcafé, 2013) y el conjunto de minificciones A discreción del gato(Editorial Amarcafé, 2016). Sus cuentos y minificciones han sido publicados en antologías, periódicos, revistas, libros de texto, y traducidos al inglés y al griego.

Antologadora de Vampiros trasmundanos y tan urbanos (Editorial Selector, 2011) y, en coordinación con el escritor Agustín Cadena, editó Cuentos pequeños para grandes lectores (Editorial Cofradía de Coyotes, 2015). Ganó el primer premio en el Concurso de Cuento Adela Celorio 2014 y la primera mención honorífica en el Concurso de Cuento de Ferney-Voltaire, Francia.

Cofundadora del colectivo literario Diletrantes.

 






Mariana Conde


Maestra en creación literaria. 
Mariana es columnista, escritora y activista por los derechos de las personas con discapacidad y de la mujer. Publica una columna quincenal en Opinión 51 y ha publicado cuentos en algunas de antologías. Es cofundadora del colectivo literario Diletrantes y de la asociación Familias Extraordinarias. 
@CondeMariana @marianacondem @diletrantes 




Fotografía: Orly Morgenstern



Daniella Blejer

Narradora y ensayista. Se doctoró en letras por la UNAM. Ha impartido seminarios en instituciones públicas y privadas como la UNAM, UIA e Instituto 17 sobre intermedialidad y el giro espacial en la cultura. Es autora de Los juegos de la intermedialidad en la cartografía de Roberto Bolaño (Brumaria, 2017) y de la novela Antwerpen (Librosampleados, 2021). Es coeditora y compiladora del volumen Visibilidad e interferencia en las prácticas espaciales (17 Editorial / Brumaria, 2021). Ha publicado artículos en revistas especializadas como Acta PoéticaRevista de Literatura Mexicana y Fractal. Sus cuentos y ensayos aparecen en revistas literarias y culturales como Revista Casa del Tiempo, ReplicanteLetraliaTaller Igitur. Es columnista invitada de Opinión 51 y cofundadora del Colectivo Diletrantes. 

 

 



Fotografía: Gilda Villarreal


Ivonne Saed

 

Escritora. Traductora. Diseñadora gráfica. Fotógrafa.

Ivonne Saed es autora de la novela Triple crónica de un nombre —mención honorífica en el Premio Nacional Juan Rulfo para Primera Novela (Lectorum y Fundación Cultural Eduardo Cohen)—, misma que ha sido comentada en publicaciones académicas como Returning to Babel: Jewish Latin American Experiences yRepresentations and Identities, entre otras. También es autora del libro de ensayo literario: Sobre Paul Auster. Autoría, distopía y textualidad (Lectorum). Saed ha publicado crítica literaria, ensayo y narrativa en los periódicos Letras Libres, Revista ReplicanteReformaCrónica y Arquivo Maaravi. Algunos de sus textos de narrativa y ensayo están han aparecido en antologías y libros en coautoría. Sus obras han sido puestas en escena por el Jewish Theatre Collaborative (Portland) y The Braid (Los Ángeles).

Saed es cofundadora del Colectivo Diletrantes.