lunes, 28 de abril de 2025

() Capicúa

Daniella Blejer




    
     Fotografia: Rebecca Uliczka


La hija nació con buena suerte por haber sido concebida en el mar a la luz de la luna llena. Al menos eso le gustaba contar al padre. Al séptimo mes del embarazo, su mujer compró cuatro cachitos de lotería con la terminación 77. Él le reclamó no haber adquirido toda la serie. De haberlo hecho no habría tenido que trabajar por el resto de sus días. De todos modos, el dinero le vino bien a la familia Salado. Con él compraron la cuna y la mecedora donde la madre arrulló a la niña durante la primera infancia.

         La llamaron Ana, quizá para contrarrestar el desfavorable apellido. Desde sus primeros pasos la pequeña mostró un particular talento para encontrar objetos de valor en el piso: lentes oscuros en la playa y billetes en la calle, pelotas en el parque y monedas en la escuela.

        Ya ves, Martín, dijo la mamá, te dije que esta niña venía con torta bajo el brazo. 

          En la empresa donde trabajaba Martín Salado hubo recorte de personal. Para no agobiar a la esposa, pasaba sus días en el hipódromo en lo que conseguía empleo. No le iba muy bien en los caballos. Cansado de su mala fortuna, un domingo tuvo la ocurrencia de llevarse a la hija de amuleto.

        Quédate a descansar, yo llevo a Ana de paseo, le dijo a su mujer. 

        La primera vez que fueron juntos, la niña miró las carreras desde las gradas; no hubo un cambio significativo en la suerte. Al siguiente domingo, Salado le mostró la lista de nombres de los caballos y le pidió que eligiera uno. Ana, que en aquel entonces tenía siete años, miró el tablero de arriba hacia abajo con ojos templados.     

        Me gusta Otto, papi. 

        El papá fue a la terminal de apuestas a pagar, tomó en brazos a la hija y caminó hasta el paddock para que conociera a Otto. Ana acarició el lomo del manso caballo negro, miró a su padre y le sonrió confiada.

         Esa mañana el caballo seleccionado por Ana ganó la carrera.

          Otros domingos la niña eligió a Reinier, Malayalam, Oso, Oruro, Arenera, Ananá; todos ellos premiados. Martín Salado no tardó en notar que aquellos nombres eran palíndromos, como el nombre que había elegido para su hija. 

          Con el dinero ganado en las apuestas alcanzó para darle el gasto a la esposa, comprar una bicicleta para Ana y vacacionar en Acapulco. Los paseos de padre e hija al hipódromo continuaron un par de meses más hasta que un domingo, Ana le confesó a su madre estar aburrida de tenerle que ayudar a su papá a comprar caballos.

          La mujer de Salado, enfurecida, confrontó a su esposo. La discusión se tiñó de expresiones como “mentiroso” y “explotador de menores”. Al descubrir que el marido llevaba tres meses sin trabajo, la palabra “inútil” escapó de su boca. Durante el monólogo rabioso Martín Salado se concentró en la grieta del suelo, probablemente para evadir los ojos acusadores de su mujer. Ésta parecía delgada por fuera, pero por dentro se ensanchaba. Entre sus abismos habitaban miles de cucarachas y otros seres inmundos que se arremolinaban para salir a la superficie. Martín se despabiló con la palabra “imbécil” retumbando en sus oídos. 

            A partir de ese día la mujer le prohibió salir con la niña. Martín continuó yendo solo. Apostaba a los caballos con nombres simétricos, pero no lograba ganar. La mala racha continuó hasta que pudo encontrar un trabajo y las apuestas quedaron de lado.

Una madrugada Ana se levantó con mucha sed. Martín Salado fue a la cocina por un vaso de agua y se lo llevó al cuarto. 

¿Qué haces despierta a esta hora?

Soñé que mamá hablaba por teléfono con la tía Vicky, dijo haciendo una pausa para tomar el vaso de agua, estaba feliz porque la tía tenía un bebé en la panza. 

A pesar de que su cuñada llevaba años tratando de embarazarse sin resultado, Martín no le dio importancia al sueño. Besó en la frente a su hija y apagó la luz.

            Dos días después encontró a su mujer con el teléfono en la mano dando de saltos. 

¡Es Vicky, por fin logró encargar! 

Martín miró los ojos grises de Ana; ella se encogió de hombros. Ahora las posibilidades eran infinitas.

           A partir de ese día comenzó a interesarse en los sueños de su hija. Durante el desayuno, mientras su mujer se daba un regaderazo, él la interrogaba. ¿Con cuánta frecuencia soñaba? ¿Recordaba todo? ¿En otras ocasiones habían coincidido sueño y realidad? Ana recordó que soñó a su mamá cocinando espagueti con albóndigas y que un par de días después comieron espagueti a la boloñesa. Otra noche se le apareció la maestra vestida de morado y a la semana siguiente llevó un pantalón lila. 

¿Y de casualidad en tus sueños no aparecen caballos o números?, preguntó Martín con disimulo antes de que su mujer apareciera. 

            Meses después, al amanecer, Ana tocó la puerta del cuarto de sus padres y entregó a su papá, aún semidormido, un papel con el número 98189. El papá, amodorrado, leyó el papel. ¡Capicúa!, advirtió, se trataba de un número simétrico, como los nombres de los caballos que elegía en el hipódromo. Salado salió de la cama como petardo y llamó al trabajo para reportarse enfermo. Después de darse un regaderazo y perfumarse, se ajustó los calcetines delgaditos y vistió traje y corbata. Durante el desayuno, la esposa preguntó a dónde iba tan formal y él contestó que tenía una reunión de trabajo muy importante. 

            Tomó el auto y se dirigió hacia el centro histórico. Su expendio favorito, “El águila descalza”, tenía fama de ser el local con más billetes premiados. Saludó al dueño que lo conocía por su nombre y pidió por el 98189. No lo tenían. Tras un par de llamadas, el dueño averiguó que el número que buscaba se había agotado y que sólo quedaba una serie con sus 20 cachitos en el extremo opuesto de la ciudad. Pasó dos horas en el tráfico hasta que pudo estacionarse a dos cuadras del expendio. Caminó con paso veloz suplicándole al universo que aún tuvieran la serie. ¡Ahí estaba!, advirtió mirando con ojos hipnóticos el número.

Deme toda la serie, le dijo al vendedor recordando los consejos de su padre: Si vas a jugar a la lotería, compra todo el lote, no sea que después te vayas a arrepentir. Mientras recordaba las palabras paternas buscó la cartera en el saco, después en el pantalón. No podía ser, ¡la había olvidado! 

            Manejó de regreso a casa. Esta vez hizo hora y media. Azotó la puerta y no se molestó en contestar las preguntas necias que le hacía su mujer. Tomó la cartera del buró y se encaminó de regreso al expendio. Cuando llegó, el billete seguía ahí.

Regresó feliz. Esa noche soñó con una vaca lechera. La vaca se detuvo al pie de la cama. Martín tomó el vaso que había sobre el buró y lo colocó bajo las ubres. Sin hacer esfuerzo alguno, la leche salía hasta derramarse del vaso. Bebió mientras su esposa le hacía mimos. 

Despertó sintiendo el jalón de su pijama, ni la mujer le hacía mimos ni había vaca lechera. Era Ana con el periódico en la mano. Martín Salado la miró con desconcierto. Ella trepó a la cama, le dio la sección de la lotería y se sentó junto a él. ¡Anoche se había jugado el número! Buscó el 98189 pero no lo encontró por ninguna parte. La hija puso su dedo índice sobre el número ganador, había sido el 68186. 

Se levantó para ir al trabajo como si sus pies fueran de plomo. Antes de meterse a la regadera miró el espejo y suspiró. Si tan sólo aquel día su esposa se hubiera comprado todo el lote, hoy podría quedarse a descansar.

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