jueves, 18 de septiembre de 2025

:: RESEÑA 

 No tuve que patear a nadie, de Karen Karake

Por: Mariana Conde

 





“…las arañas chicas son felices porque van brincando como si tuvieran prisa por llegar a algún lado”, dice Andrea, la protagonista de No tuve que patear a nadie, quien con esa misma celeridad busca llegar al otro lado de la adolescencia con el menor número posible de rasguños. 

Esta divertida inmersión en el mundo de la preadolescencia, segunda novela de la autora Karen Karake (Guatemala, 1972), me mantuvo interesada de principio a fin por su frescura, voz genuina y desparpajo.

Andrea, la protagonista, ha comenzado la secundaria y su vida se está saliendo de control, nada funciona como antes: sus hermanas mayores están siempre ocupadas y en un mundo aparte, su abuela ha comenzado a actuar de manera extraña, y para acabar, sus papás parecen llevarse cada día peor; distantes, se hablan poco y él evita pasar mucho tiempo en casa. 

En la escuela la cosa no es mejor. Andrea se encuentra de pronto sin amigas y las que tenía ahora se burlan de ella. Para complicar más las cosas, cuando le cuenta a su papá lo que está sucediendo, él se queja con la directora quien, no solo regaña a todo el salón, sino que dicta medidas que afectarán el tiempo libre de alumnos y maestros, volviéndose nuestra heroína “la enemiga mundial”. Ante este caos solo tiene una opción: refugiarse en lo que más le gusta que es leer y escribir. La maestra de literatura se percata y la pone a cargo del periódico escolar. Con algo más que licencia poética y nada de supervisión, hará a todos –en especial a sus bullies– sentir que el poder de la palabra es muy literal. 

En No tuve que patear a nadie (Castillo, 2025), Karake refleja de forma ejemplar el mundo complicado de las emociones y las relaciones en la adolescencia con notable gracia y humor. ¿Qué puede hacer una chica de catorce años cuando todo lo que le importa entra en crisis? A pesar de los conflictos, a lo largo de todo el libro es evidente la cercana red familiar que, si bien no es infalible y está distraída en sus propios problemas, la contiene y respalda.

La voz narrativa es cercana, con un tono de complicidad que hace al lector no solo querer que Andrea salga adelante, sino también frenar sus ideas más atrevidas o darle un jalón de orejas. En cierta forma, el lector se siente ese amigo o amiga que Andrea tanto necesita en estos momentos de su vida.

La sencillez del lenguaje y estructura de la novela podrían disfrazar la habilidad literaria detrás. Ya desde su primera novela, Gorilas en el techo (Textofilia, 2020), Karake demuestra la destreza de hacer lucir fácil lo que requiere una buena dosis de pericia y logra un registro genuino y cotidiano en su narrador, lo cual resulta en una completa verosimilitud. En No tuve que patear a nadie, sentimos a la joven Andrea narrando desde los entresijos de la pubertad. 

Y es que autores como Karake nos demuestran que la literatura infantil y juvenil (LIJ) no es un género en diminutivo, sino parte de la carrera literaria de un lector. Los temas, lenguaje y presencia de ilustraciones funcionan como conductores de la trama y no para volverla ligera o superficial. La LIJ, cuando bien ejecutada, es disfrutable para todo público; tiene más que ver con su calidad que con el público destino. He reído a carcajadas con la genialidad de Mo Wilhelms en su serie de Elefante y cerdita; me ha dado miedo La peor señora del mundo y quién no ha reído y desesperado con ¿Estás ahí Dios? Soy yo, Margaret. Porque, como dice Pedro C. Cerrillo de la Universidad de Castilla-La Mancha: “Escribir para niños es tan serio como escribir, porque –que no se olvide– la LIJ es, por encima de cualquier otra cosa, literatura, una literatura con mayoría de edad…”

Hay mucho de inesperado en la forma cómo la protagonista reacciona a su entorno y en sus interacciones. No estamos ante una chica acosada que se siente perdida. Encuentra solaz en las historias de Poe, Ray Bradbury y Horacio Quiroga y a lo largo de la novela aparecen breves cuentos que la narradora inventa para el periódico escolar, protagonizados por sus ahora enemigas y en los que despliega ingenio y buena pluma. 

Descubrimos momentos de belleza poética en su diario personal donde escribe: y sobretodo, en las interacciones con su abuela. Andrea percibe que esa gran presencia en su vida está poco a poco deslavándose y encontramos sus momentos más profundos de reflexión cuando está con ella. Acerca de un plato con dulces que lleva años en una mesita en casa de la abuela, refiere: “En las tardes cuando entra el sol hay un rayo que cae justo en uno de los picos y se forma un prisma. El efecto es mágico, pues tiene que ser el momento, la luz y el ángulo exacto del platito para que se forme ese pequeño arcoíris. Quiero acordarme de eso cuando mi abuela ya no esté…”

En la misma vena de escribir para preservar la memoria –misma que ya falla a su abuela– observa acerca de las fotos: “Ayudan, pero no se escuchan las conversaciones que hay detrás, el ruido de fondo; no se graba el olor de su perfume que huele raro, como a espray de pelo mezclado con flores secas, de las que vienen en las bolsitas de tul que guarda en el cajón de sus calzones. Esos olores no aparecen en las fotos, pero yo los apunto en mi cuaderno.”

Acompañado de certeras y atractivas ilustraciones de Paulina Márquez, este es un libro de enorme disfrute para cualquier adolescente –o adulto. 

 

 

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