jueves, 16 de abril de 2026

El ojo que escucha

Amélie Olaiz





Hace unos días tuve la oportunidad de ver una exposición en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid. Se trataba de un pintor que desconocía por completo pero lo que me cautivó no fue esto sino la imagen con la que promocionaban la muestra: una mujer vestida de negro, cargando un platón con el brazo izquierdo, de espaldas al espectador, frente a un mueble y un muro. La descripción incluso resulta simplona. ¿Entonces qué tenía esa imagen que me atraía tanto?

La entrada a la exposición debía ser a una hora específica para no saturar la sala. El pintor se llamaba Vilhelm Hammerchøi (1864-1916). Conocido como el maestro de los interiores silenciosos, fue un pintor danés que creó más de cuatrocientas obras en sus cincuenta y un años de vida. Sus pinturas tuvieron éxito y reconocimiento en su momento pero, al morir el artista, quedaron fuera del canon por no ser clasificables dentro de las vanguardias históricas. Démodée, dijo la crítica. “Lo que me lleva a escoger un motivo son, en gran medida, las líneas que contiene, lo que llamaría la actitud arquitectónica de la imagen. Y luego la luz, claro” [1]

La exposición El ojo que escucha iniciaba con retratos del artista y su esposa, después una serie de imágenes al óleo plasmando espacios vacíos, con apenas un mueble, un jarrón o algún otro objeto. Descubrir los entornos austeros y una paleta de color reducida (negros, grises, blancos y ocres) me permitió comprender que para mí lo fascinante de la pintura de Hammerchøi es la recreación del espacio y del silencio como ese vacío intangible y mudo que se hace evidente gracias a los muros, las puertas y las líneas de la casa que lo contienen, como si el universo se hubiera detenido un instante en esa habitación. Un vacío lleno de vibraciones. En una de estas pinturas me conmovió darme cuenta de que en el vacío la luz era la invitada de honor de Hammerchøi, como la exquisita protagonista que cautiva al ojo. “Siempre he pensado que había mucha belleza en un cuarto así, aunque no hubiese nadie en él, quizás precisamente cuando no había nadie.” 

En algunas imágenes es apenas la discreta figura femenina quien aparece dentro de esta calma infinita, como una nota musical en medio del silencio. Es Ida Ilsted, su esposa y principal modelo, tan austera como el hogar que la acoge. Enigmática y neutra, pareciera siempre tener alguna actividad más importante que la del pintor a quien pocas veces mira. Ida, al darnos la espalda, nos da la libertad de narrar nuestra propia historia. “Odiaría pintar retratos en el sentido de extraños que vienen y encargan su retrato. Eso no me interesa; preferiría conocerlos muy bien para pintarlos.”

En una escena aparece un piano, un chelo y, depositado con sutileza sobre la silla, un violín: Cuarto de música, reza la ficha de la obra. En ese momento me doy cuenta de que además de ser pintor era músico y no sólo él, Ida también. Pensé entonces que sólo un músico comprende, como lo hace Hammerchøi, el valor del silencio, porque es en este silencio y gracias a él que las notas aparecen, se organizan y se aprecian. Su concepto musical se vuelve sinestésico: es el silencio lo que observamos. Hace falta poner atención para darnos cuenta de que los muebles, las piezas de porcelana y algunos objetos se mueven como notas en una partitura, muy al estilo de la vivienda clásica japonesa, que puebla una misma habitación con usos diversos gracias a la movilidad de sus muebles. Como si el personaje llamado Espacio cambiara su indumentaria en cada acto teatral.

Fuera del ámbito doméstico, Hammerchøi pintaba espacios rurales y urbanos. La ausencia de personas volvía a ser su sello. Sólo quizá en algunas imágenes queda el rastro de un camino, una cortina abierta, un poco de humo. Sutiles recordatorios de la presencia humana. Escenas rítmicas que casi pueden escucharse. 

No fue hasta 1980 que el interés por el pintor regresó con más fuerza tanto en Dinamarca como fuera de ella. Actualmente se le considera un simbolista. Él nunca se adhirió a esta clasificación; pintaba el espacio y la luz y con eso tenía suficiente. Gracias, Vilhelm Hammerchøi, por recordarnos el valor del vibrante espacio vacío.


[1] Todas las citas entrecomillas son de Vilhelm Hammerchøi.










domingo, 12 de abril de 2026

Reencarnaje

Adriana Jiménez García 

Fotografía de Ivonne Saed

 

Reencarnarse, y en vida, sí se puede, cuando se trata de apuntalar un cuerpo que requiere asistencia. Nada tiene que ver con la bondad: es así el mecanismo. Toda malevolencia nos destierra; sépanlo y no lo intenten las almas malaentraña. Sus trabajos son otros; no me competen y de ellos no puedo decir nada. 

El biocontenedor no debe rebasar bajo ningún concepto los tres años; no sea que el alma que lo habita sufra trastorno al darse cuenta de que ha de compartir vivencias y destinos con el ibbür que llega para aprovisionarlo; no sea que no comprenda y ceda al miedo. El miedo nos destierra mucho más que otra cosa.  

Es necesario entrar por la mera coronilla, por la juntura de los huesos del cráneo, por esa grieta que queda en el lugar donde antes era la mollera. Como agua que se vierte en el cántaro hoy tengo que verterme en el cuerpo minúsculo de la niña sentada en el suelo de tierra, en esta tarde caliente y seca donde ella —once meses apenas lleva en este mundo— se ha retirado a roer su desamparo con las piernas extendidas, mientras observa a las hormigas en su labor eterna.

Una vez que se entra, que se habita ese cuerpo, que se mira a través de esas pupilas, que se siente en las manos el gajo de naranja sin semilla que le han dado para que se entretenga, y se da la mordida y se siente el dulzor y el jugo brota y se mezcla con la saliva, y que los músculos de la faringe hacen que el trago pase a la laringe, toca considerar el panorama. 

De modo que este es el lugar, este es el cuerpo en que nos va a tocar permanecer, mientras el alma a quien se le ha asignado repara en las verdades de este mundo y de los otros. De modo que esta es la húmeda, caliente vida nuevamente. Habrá que estar aquí para ayudar a esta criatura a alzarse de este suelo. Habrá que conciliar estos deseos inmediatos del cuerpo ávido y hambriento con las ganas de hacer lo que es debido en cada fase. Habrá que hablar en términos que los demás comprendan, que sean creíbles en boca tan pequeña y ansiosa de cantar las alabanzas que le corresponden. 

Este es mi cuerpo ahora también; lo comparto con ella para instruirla y para habilitarla. Cuando termine mi tarea sagrada habré de retirarme, pero hoy comienza mi labor y ha de ser vasta. Esta mi residencia a partir de hoy, esta mi casa, esta mi madre y esta nuestra abuela, este bulto que emite sus vapores desde un cajón de fruta revestido de franelas y mantas de cielo es nuestro hermano usurpador; estas nuestras tortugas, nuestros cactos, nuestros geranios, nuestros gatos, nuestras hormigas; estas son nuestras piedras, nuestros pájaros. Esta mi respiración. Habrá que respirar como se debe, dejar de gimotear de frustración porque el regazo de la madre se nos niega, y sus pechos, y sus labios cantores. Habrá que restañar lo que ahora toca. 

Hay raspones en ambas rodillas. Las uñas de los pies, llenas de tierra. Se sabe que adentro de la casa hay pan y queso; naranjas, leche. Habrá que alimentarse de otra leche. 

La vida es húmeda y caliente, blanda y salada, ácida y de textura pedregosa, espesa, grávida. De nada de esto me acordaba. 

En otro lado, en otro tiempo, alguien recuerda. Niña e ibbür estamos siendo ya rememoradas, pero la niña en que ahora vivo no se da ni cuenta. Yo, la ibbür, sí; y me pregunto ahora cómo y por qué, en el fondo, he sido convocada. Esta pregunta, por ahora, se diluye en el aire.

Ahora soy un recuerdo. Ella creyó inventarme. Fui la primera historia que apareció en su boca, contada a no se sabe qué persona, qué entidad. Este exilio no es grave. Este es un reino inmaterial y, por lo mismo, su existencia no queda en entredicho. Pero de su inmaterialidad nada más queda un resabio, pues la naranja es sólida como líquida es la orina que moja el piso de cemento y arrastra a las hormigas en dorada marea mientras se escucha un grito de impaciencia y de rabia: ¿otra vez, pues? ¿Por qué no avisas, chamagosa?  

En el calor la orina pareciera hervir, pero se habrá de enfriar en el cemento y será placentero este verano por la tarde, metido el cuerpo en este olor y esta atmósfera de hormigas misteriosas, muchas de las cuales sobreviven al diluvio dorado y siguen su camino: mojadas, confundidas, olorosas a esa orina que se vaporiza en el suelo y encima de sus cuerpos de hormigas diligentes.

 Por lo que toca a mi repositorio, a mi contenedor, mi casa nueva, no parece haber peligro, por ahora, de que la levanten a jalones para reemplazarle su calzón de holanes; la mujer que la nombra con exasperación escuincla malcriadaestá en su afán, tallando trapos en el lavadero, los brazos bien metidos en la espuma fragante. La protege del sol un techo de lámina de cartón compacto, impermeabilizado con chapopote por si acaso lloviera. La abuela escoge los frijoles con minucia, les saca las piedras y las basuritas. El calor secará pronto la tela sobre el cuerpo de la chamagosa, de todos modos. En su concentración se nota que también ella se ha desplazado desde hace un buen rato a otro lado, uno donde es inmune a las apetencias de cosas mejores que frijoles cocidos con epazote y aceite de semillas de cártamo. 

El hermanito grita, ávido de la teta que se mece por encima del mar de espuma en sabroso fragor. La abuela lo deja gritar mientras enjuaga las negras semillas y las pone en la olla grande, con agua suficiente para que se remojen hasta el otro día. Carga al niño con mano diestra y le cambia los pañales mientras le vierte sobre la cabeza un chorro de ternezas y de disparates, ¿qué quere, cucurrete? Zumporrango perengotorengue, pérese, ya le van a dar su chicheja.

Desde estas ventanuelas desde las que ahora miro, yo considero: vuelvo a tomar en cuenta a las estrellas que por ahora no se ven: el cardillo del sol de agosto o julio o junio es una cosa que hace imposible mirarlas por ahora. 

La suave y olorosa mujer del lavadero ya ha tendido la ropa en los cordeles y recibe a su niño de brazos de la abuela; es entonces que la voluntad de mi biocontenedor, y la mía, acordamos levantarnos para ir a colocarnos debajo de los trapos goteantes, para beneficiarnos -en este calorón- de esa llovizna bienhechora que todavía huele a detergente, a jabón en pan. Buen propósito sin duda, pero no contábamos con la corta edad de este biocontenedor, y es así que la maniobra de arrodillarnos sobre nuestras costras y inclinarnos hacia adelante con ambas mugrositas palmas sobre el suelo recién meado para luego estirar las corvas, impulsarnos y echar el tronco hacia atrás, pararnos y estabilizarnos, poner después un pie delante de otro para hacer esa cosa linda que llaman caminar, deviene en un fracaso, en caída y catástrofe, dolor; aullido rebosante de rabia, de cólera indignada, pero no dura mucho, porque es sustituida por el deseo enconado que lleva a optar por una solución más rápida, al alcance de la experiencia previa, de la estrategia que ya se domina. Gatear es esta opción tan a la mano: rodillitas y palmas sufren las consecuencias. Se les incrustan pedruscos, se les adhieren sustancias innombrables, pero en un tris ya estamos debajo de los trapos que mojan y refrescan. Todo es júbilo y triunfo y es frescura en esta tarde calurosa, en que la preciosa mujer ya se ha sentado en una silla contra la pared, para darle su leche al muchachito semidesnudo, como semidesnuda está ahora ella, la blusa abierta, los pies descalzos. El hermano menor, el usurpador, se solaza en succiones espaciadas una vez que la primera sed y el hambre han sido satisfechas, y ahora palpa con gusto el otro pecho mientras se alimenta del que le han ofrecido primero.    

            Yo conforto a la niña que llora a todo grito y reclama la teta que le ha sido robada. Le cuento que soy su ángel de la guarda, pero no me comprende. Todavía la abuela no le enseña a rezar. Con palabras que no son de este mundo le confieso que soy su ibbür, y que soy de la estirpe de quienes hablan con los brotes de yerba: soy una de esas entidades que las estimulan. 

Le cuento muy, muy quedo, que a cada hoja le dicen crece, crece, en susurros gloriosos; se lo cuento despacio, la consuelo con imaginerías que se mezclan con las que emergen espontáneamente desde sus frescas circunvoluciones cerebrales. 

El Universomundo canta, canta

sin palabras ni ruido; se lo informo 

con el lenguaje previo a la palabra.

Le murmuro en silencio, la arrullo con cautela

conforme las raicillas pudorosas 

de lo que luego habrán de ser sus pensamientos

se vuelven cada vez más poderosas. 

 

 

 

Adriana Jiménez García

Marzo de 2026