viernes, 11 de julio de 2025

{} Crónica 

Cómo me volví lectora

Segunda parte

Virginia Hernández Reta


                                                           Fotografía: Virginia Hernández Reta

  

Descubriendo las tramas
En la escuela primaria descubrí las novelas infantiles en serie. Me enamoré de Los Block, una colección española de Montserrat del Amo. En sus libros, los personajes eran niños completamente comunes y tenían aventuras completamente posibles, a diferencia de los pesados “Cinco”, una serie inglesa en la que chiquillos aristócratas tenían aventuras imposibles en castillos y escenarios ajenos a mi mundo.
En esa época me topé, en formato de comic, con La isla del tesoro, del escocés Robert Luis Stevenson, de quien leyera, muchos años después, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Descubrí el mundo “masculino” de las aventuras, la avaricia y la traición. Para mi sorpresa, en La isla del tesoro no aparecía una sola mujer -a reserva de la madre del personaje, que, para fines prácticos, no contaba para nada-, y por supuesto no había ni una escena de amor. Nadie se despertaba con un beso que deshacía el hechizo, nadie vivía feliz para siempre. Al contrario, sobre el tesoro pesaba una maldición y descubrí el significado de la mancha negra, una marca que se pasaban los piratas de unos a otros y que encarnaba una sentencia de muerte o una condena ante la codicia. 
Después, también en formato de comic, vinieron Simbad el marino y Las mil y una noches. Al mismo tiempo, me topé con La Biblia, versión infantil, en dos volúmenes y con unas ilustraciones setenteras en naranjas y negros que no me atraían mucho. Pero descubrí el enorme potencial literario de ambos testamentos: Judith cortando la cabeza del tirano, Noé desafiando la peor de las tormentas, Jonás tragado por una ballena, David venciendo a Goliat, Job aguantando las peores calamidades, Moisés descubriendo ser hebreo, Sansón seduciendo a Dalila, Judas vendiendo a su maestro… traiciones, plagas apocalípticas, envidias, ambición, adulterio… ¿Qué más se podía pedir?
 
Eros y tánatos
Mi madre me regaló El diario de Ana Frank cuando yo tenía un año menos que Ana. A los 12, yo sólo sabía lo esencial sobre el Holocausto; no conocía los detalles y los horrores que descubriría más adelante. Me sorprendió la naturalidad con la que Ana contaba que había besado a su primo y que su familia compartía temores, olores y hedores en su claustrofóbico escondite.
En contraste, también un verano, cuando las vacaciones duraban largos meses, recuerdo haberme tirado a la cama a leer Mujercitas y la cara de mi padre, que no sabía de qué iba el libro, cuando vio de reojo la ilustración en la que Laurie se acercaba peligrosamente a la boca de Jo. 
“¿Qué estás leyendo?”, me preguntó, quizá preocupado por que la literatura empezara a despertar mis hormonas. No pude rumiar por mucho tiempo la frustración bastante común -muchas amigas me la han confesado- de que Amy, la hermana menor, se hubiera quedado con el guapo y aristocrático Laurie, porque una nueva emoción se había instalado en mi librero: el terror. De tarea, había que leer a Horacio Quiroga.
Después de “El almohadón de plumas” ninguna cama volvió a ser igual. Pero más aún me perturbó “La gallina ciega”. Introducía un elemento nuevo: la parte oscura, inconsciente del ser humano, la capacidad destructiva de la infancia. De la misma época, leí Diez negritos (o, como se conoce ahora, Y no quedó ninguno), de Agatha Christie, mi primer encuentro con un final potente, ingenioso, completamente inesperado, genial. Pero, como el miedo no es mi género, llegaba de la escuela a leer inmediatamente, antes de que oscureciera, porque después, cuando las sombras se colaban en mi cuarto, no tenía el valor para averiguar sobre muertes macabras. 
En clase me topé con otro cuento cicatriz, sombrío, inolvidable: “La pata de mono”, de W.W. Jacobs, inglés que curiosamente escribía cuentos humorísticos. De la misma época leí otro cuento, del cual no he podido recordar ni el nombre, ni el nombre del autor. Pero tenía un final inesperado, un suspenso que se iba construyendo con gran eficacia: una mujer que piensa que la asaltarán en la gasolinera por la noche, un “amigo” despachador que la convence de bajar del auto, que la lleva dentro de las oficinas y que saca una pistola del escritorio y luego… Debo encontrar ese cuento. Si algún amable lector sabe de lo que hablo, le agradeceré acabe con el misterio de décadas.
 
Continuará…

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