() Triste historia azul (Blue Blue Story)
Ivonne Saed
Fotografía Ivonne Saed
De repente sintió la mirada. La sintió y ya estaba enredada en su pelo. Despacio levantó la cara, dudando, y sintió la mirada azul recorrer los surcos entre sus cabellos hasta llegar a la frente, las cejas y posarse —clavarse— finalmente en sus ojos. Lo vio. No supo cómo era su piel, tampoco conoció su boca ni su nariz. Sólo supo cómo eran sus ojos. Canicas de agua sólida de mar profundo. Mirada dominante. Ojos celosos que no dejaban asomar a la superficie ninguna otra parte de su cara o de su cuerpo. Sus ojos abarcaban el rostro entero; más tarde, llenarían por completo el lugar que compartían con toda esa gente; más tarde aún, esos ojos invadirían su mente. En ese momento preciso ella supo que esos ojos eran expansibles: podían ocupar todo el espacio y todo el tiempo, todos los espacios y los tiempos. Lo que ella no supo sino mucho después es que esos ojos ya habitaban en su interior, ya se habían instalado dentro de ella para quedarse por tiempo indefinido. Ya la habían cambiado.
Durante meses pensó que la imagen de esos ojos en su vida era tan sólo un recuerdo y no la presencia que realmente era. De hecho, no era una imagen. Eran los ojos mismos que la poseían, navegaban por su mente en velocidades disparejas, navegaban por su cuerpo entero. Los podía encontrar en el dedo gordo del pie, en una oreja, en el ombligo o en sus pechos. Entonces el ambiente se tornaba imperceptiblemente azul, hasta dejar tan sólo una extraña sensación de vacío también azul. Ella ya era otra, pero aún no lo sabía. Por mucho tiempo lo ignoró, así como ignoraba la razón por la que sus propios ojos habían perdido su brillo y la intensidad de su verdor. Llegó a pensar que estaba enferma, débil... quizás, pensó también, estaba envejeciendo.
Un día los volvió a ver. Aquellos ojos, los originales, los que no estaban dentro de ella sino frente a ella. Primero los oyó, después los vio y quiso tocarlos. No pudo. Comenzó a verlos con más frecuencia. Aprendió a controlar un poco su expansibilidad, aunque nunca por completo, y así pudo ver también la boca, la nariz y el pelo. Pudo ver a la persona. Lo quiso tocar. No le fue posible. Con el solo deseo del contacto los ojos, de golpe, ocupaban el mundo, sustituían el espacio y todo era ojos. Ojos vigilantes, expresivos, atentos. Barrera azul infranqueable. Entonces lo supo: ella ya no era quien había sido; el brillo de sus propios ojos dependía por completo del capricho de los de él. No podía tocarlo porque los ojos la reprimían, no podía escucharlo porque los ojos controlaban la conversación. Los ojos azules dominaban el yoque alguna vez le había pertenecido.
Así fue como decidió instalarse a verlos de manera permanente. Al principio no fue tarea fácil. No podía sostener esa mirada lacerante que a la vez la atraía sin remedio hasta hacerla sumergirse en un abismo oscuro. La evadía y de nuevo la buscaba. Poco a poco la toleraba más. El tono de azul se hacía más tenue en la medida que ella se introducía por las pupilas. Viajaba por esos dos planetas azules y sentía un bienestar tan grande que no se dio cuenta cuando un día, al cabo de horas de extasiada contemplación, vinieron a secar el sillón donde ella se había derretido. Su cuerpo líquido y azul se desprendió en ruidoso caudal del sólido trapo que la acarreó hasta la coladera del jardín.

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