() Euterpe
Mariana Conde
Ana guardaba un secreto entre las piernas.
No lo supo hasta los veinte. Tuvo una infancia normal, en una familia normal, en un pueblo normal. No había grandes altibajos y ella deseaba que todo no fuera tan igual, tan mediocremente feliz.
Bajo el letargo de una existencia sin grandes acontecimientos, su anhelo de una vida más intensa se había templado. Hasta que probó el sexo.
No fue lo grandioso de ese novato encuentro, ni la emoción de lo furtivo lo que cambió las cosas para Ana, sino descubrir que al hacerlo le salía música de adentro. Se maravilló con esas notas que manaban de su sexo y se excitó de nueva cuenta con el efecto que la melodía causó en su compañero de cama, sumido en un éxtasis que duró un lapso difícil de precisar.
Sus acordes sonaban mejor cuando se enamoraba y se volvió adicta al amor, persiguiendo el límite más intenso de su propia música. Tuvo amantes graves y agudos, de viento y de cuerdas, pero sin excepción, al pasar un tiempo y con la cotidianidad, su música desaparecía y con ella el hombre en turno.
Mucho sufrió Ana con estos romances incapaces de sostener su ritmo, tanto que decidió no hacer más el amor y como adicta en remisión se declaró en abstinencia. Era lo mejor para su corazón magullado. La vida volvió a ser normal, de colores deslavados, sin son ni dolor.
Después conoció a Juan y, lo que comenzó como amistad, se convirtió para él en un amor sin esperanza. Juan parecía diferente y aunque Ana también se enamoró, se aferró a sus votos y lo mantuvo lejos de su cama. Él no entendía el rechazo, estaba seguro de que ella también lo deseaba. No quiero perderte, decía ella por toda respuesta.
Juan esperaba, parecía capaz de aguantar cualquier número de desaires, pero comenzó a apagarse. Enflacó, enfermó, no hacía ruido ni al andar. Ana, llena de culpa y un terrible mal de amores, decidió acabar con la tortura. En aquel primer encuentro salió de sus muslos la mejor melodía que hubiera producido nunca. Locos el uno por el otro, decidieron casarse.
Años duró la sinfonía de sus cuerpos: Juan fue siempre un amante ardoroso y un devoto escucha. Pero, como es inevitable, la rutina se asentó; más se enamoraba Ana y menos música escuchaba Juan, hasta el día en que el cuerpo de ella calló por completo.
Intentaron todo: velas, vino, bocinas; hasta un trovador en vivo, pero nada funcionó. Parecía que a la piel de Ana se le habían acabado las notas.
Juan se resignó a una vida sin cadencia; apacible y nada más. Se sumió en el trabajo y Ana tuvo que llenar sus días con el suyo, con amigas, la radio. Un excelente matrimonio, con la tranquilidad conyugal que tantos buscan y que ahora, ante la indiferencia de su marido, quedaba muy lejos de lo que ella había soñado.
A veces hablaban de la música, trataban de tararearla, describían sus partes favoritas, pero pronto desistieron pues solo conseguían sentirse más vacíos. Se fueron marchitando cada uno por su lado; no se tocaban, hablaban apenas lo necesario.
Lo único que Juan quería era recuperar el canto del cuerpo de Ana. Y un día, ocurrió.
Salió temprano de la oficina y al llegar a casa, mientras subía las escaleras creyó escuchar acordes conocidos; con cada escalón podía oírlos más cerca. Aceleró el paso y se detuvo sigiloso en la puerta del cuarto. Entonces escuchó en todo su esplendor el único sonido en la tierra que podía hacerlo feliz y casi muere de tristeza.
Quería entrar y detenerlos a gritos, pero la música era tan hermosa que lo dejó inmóvil. Ahí parado lloró en silencio. El sonido de Ana no dejaba espacio para otros y nubló también sus demás sentidos: Juan no veía ni olía, no percibía la frialdad de la perilla de la puerta en su mano ni el sabor acre que tomó la saliva en su boca. Juan era todo oídos.
Bajó a la sala, se sirvió una copa y cerró los ojos para dejarse inundar por las notas sin las que no podía vivir.

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