miércoles, 25 de junio de 2025

Vueltas

Vueltas
Ivonne Saed




This is a clip of my reading from my upcoming book Fragmentos de tu cabellera, which I read last weekend at Milagro in Portland for the “Vueltas” event. Éste es un clip de la lectura de mi próximo libro Fragmentos de tu cabellera, que leí en Milagro, en Portland, para “Vueltas”. Thanks, Tony Trujillo, Cindy Williams Gutiérrez, and María Olaya. 

 

La Polinesia


() La Polinesia

Mariana Conde



Fotografía: Amélie Olaiz



Somos solo yo y mi hermana Mercedes, el burro por delante, diría mi maestra. Mi mamá dice que de suerte no tuvo más escuincles, con lo zángano que le salió el marido, o sea, mi papá. 

Vivimos en un departamento del que ya nadie trata de sacarnos, a pesar de que a mi mamá no le alcanza para la renta con el sueldo que dice que mi papá se bebe cada quincena. La casera, una señora sin familia, murió hace unos meses y mi mamá comenta que estaremos en paz mientras no salga ningún deudo, y yo creo que mientras no encuentren unos papeles que se trajo de casa de la muertita. 

–Ojos que no ven –dice mamá.

Antes, Mercedes y yo jugábamos siempre juntos. No tenemos muchos juguetes, pero nos gustaba jugar a las escondidas, o a la casita con cajas de cartón, o sentarnos en la banqueta a ver quién contaba más vochos de equis color. Digo antes, porque desde que pasó a sexto, dice que ya es una señorita y no puede estar correteando como mocosa. Ha estado bien rara, ya no me deja bañarme con ella.

Ahora juego solo. Me siento en la escalera de caracol que lleva a la azotea y me pongo a ver el cielo; en las nubes encuentro siempre gente, o animales; se van moviendo lentito, se juntan o se alejan y yo hago historias. En ellas siempre estoy yo; soy un hombre en bicicleta, un niño de cara gigante, a veces, hasta un borreguito.

Mi mamá me regaña y me dice que me baje de ahí, que no es bueno pasar el tiempo leleando y mucho menos pensando, que el cerebro es una selva peligrosa.

No puedo evitarlo y vuelvo a subir a las nubes. Creo que me escuchan mejor que nadie. Cuando estoy triste busco entre sus formas esponjadas un payaso. Si me esfuerzo de verdad, después de un rato lo encuentro; pronto aparecen perritos french pudel saltando una valla invisible; también globos de formas chistosas que ahora ves, después ya no. Las nubes parecen adivinar mis deseos y siempre encuentro en ellas lo que busco.

Ahí estaba la tarde que escuché el sonido más bonito que hubiera oído. Tardé un poco en darme cuenta de que no lo imaginaba; las notas subían hasta mi azotea, parecían rodearlo todo. Desde ahí divisé un coche-bocina que anunciaba la venta de discos; de él salía la música. La vecina del cuatro colgaba su lavado, los obreros que regresaban del trabajo conversaban sin detenerse un instante, mi mamá salió apurada a entregar la ropa recién planchada; todos como si nada, sin hacer caso al dulce ritmo que hacía esa mañana diferente. Me toqué la cara, agucé el oído para ver si era un sueño, pero no, las notas eran reales y llenaban el aire, aunque a nadie más le afectaran y la rutina de la mañana en la vecindad continuara su curso, ajena a la belleza.

Sin pensarlo, me acerqué al coche-bocina para preguntar qué era lo que escuchaba. 

–Mm, aquí dice que la Polinesia –dijo el que despachaba.

La Polonesa, güey –corrigió el conductor.

El señor de la esquina, un anciano un poco gordo que se la pasa sentado en una mecedora en la puerta de su casa, con una pipa que no echa humo y un libro viejo – Mercedes dice que siempre lee el mismo, yo creo que no– me miró con curiosidad cuando iba de regreso a mi casa. Mi mamá dice que es sordo y por eso se la pasa leyendo el pobre, porque no alcanza a oír la tele ni puede conversar con nadie.

La verdad es que nunca me fijaba en él, tal vez porque nunca se fijó en mí.

Desde ese día no dejé en paz a mi mamá para que me comprara el disco; yo sé que no alcanza para gastos extras –ella no para de repetirlo– pero esa vez se me metió la necedad. Al principio ni me oyó, luego pensó que se me iba a pasar y al final me dijo que ya estaba bueno de andar moliendo con cosas que no eran para nosotros.

Y no se me pasaba. El chofer me había dicho que regresarían en una semana a cobrar el abono del disco de Pedro Infante que alguien les compró unas calles abajo, y dos semanas después de eso, para el último pago. Y ya no más.

A la semana, no tuve ni un quinto. Le rogué al vendedor que tocara mi Polonesa y que no fuera a venderla por nada del mundo, yo juntaría para la siguiente vuelta, de veritas. Escucharla de nuevo me hizo sentir aún mejor que en las nubes, estaba yo inmerso en sus ritmos cuando el chofer, en la mejor parte, quitó mi Polonesa y con un gesto burlón la cambió por una cumbia que me bajó a lo más terreno de lo terreno.

Desinflado, enfilé hacia mi casa y me topé otra vez con la mirada del viejo vecino que alzó los ojos de su eterno libro para dejarlos preguntarme algo que no alcancé a entender. 

Cuando volví del colegio al día siguiente pensaba en mi canción y subí la escalera espiral a ver las nubes mientras intentaba tararearla. Entonces, comencé a escuchar una melodía que no era, pero me recordaba a la Polonesa, ¡el coche bocina debía haber venido de nuevo! Bajé corriendo, pero al dejar el último escalón solo encontré silencio y la mirada curiosa del viejo sordo. 

Comencé a escuchar música similar cada vez que subía a ver las nubes, siempre una tonada diferente. Una y otra vez bajaba veloz para ver de dónde venía y cuando llegaba abajo había parado. Llegué a la conclusión de que, de tanto pensar en la pieza, me la imaginaba, y me aliviaba que nadie pudiera ver mi confusión más que el viejo. Él no contaba, no oía ni nunca decía una palabra. Pensé entonces que éramos bastante parecidos; aunque yo sí hablara, en casa mi voz no tenía peso.

Los ruegos a mi mamá no resultaron, ni los planes que dibujé sobre cómo ganarme los pesos que costaba el disco. Me aseguré de no estar en la vecindad durante la siguiente y última visita del coche-bocina: no podría soportarlo. Ya me subiría a ver las nubes y esperar a que mi Polonesa sonara algún día.

Cuando volví a casa me fui al cuarto a llorar la pérdida del disco que no fue mío. Me iba a tirar en la cama cuando vi en ella un cuadrado de papel manila con ventana circular en medio por la que se alcanzaba a ver el brillo del acetato negro. Se lo arrebaté a mi almohada y con suavidad le di la vuelta para leer: La Polonesa de Federico Chopin.

Lo abracé y corrí a buscar a mamá para agradecerle. Ella me vio con la cara que pone siempre que digo tonterías y se fue a preparar la merienda. Estaba seguro de que se hizo la disimulada para que Mercedes no se pusiera celosa o pidiera también un regalo.

Todos los días saco mi disco de su escondite y lo veo, lo acaricio con los ojos para no rayarlo y espero la hora para poderlo oír.

Mi mamá dice que eso no va a ser hasta que se muera el viejo sordo de la esquina que es el único con tocadiscos en la vecindad.

sábado, 21 de junio de 2025


“Deben preocuparnos las formas actuales en las que nos comunicamos, en las que buscamos solamente opiniones parecidas a las nuestras. En un espejo infinito nos vemos el ombligo sin intentar escuchar el punto de vista del otro, lo cual sigue alimentando la polarización. 

En su ensayo Flight Instructions: How to escapte post-truth (Instrucciones de vuelo: Cómo escapar a la postverdad) para Writers for Democratic Action, Daniella Blejer nos muestra alternativas que pueden salvarnos. 

Léelo aquí. (Versión sólo en inglés).”


https://substack.com/home/post/p-165921408

lunes, 9 de junio de 2025

:: Reseña 


Como gato mirando un pájaro


de Claudia Hernández De Valle-Arizpe

Por Daniella Blejer





 

“Tenías menos de un año cuando tu padre te golpeó y te tuvieron que entablillar la espalda. Yo a ese abuelo nunca lo quise”. Con esa forma tan memorable de introducir la historia comienza la primera novela de la poeta Claudia Hernández de Valle-Arizpe, Como gato mirando un pájaro (2025) editada por Trajín. Me atrapó desde el inicio. 
Esas son las palabras de Beatriz, uno de los personajes principales de la novela, quien a través de una exploración de la figura paterna busca entender aspectos de su propia identidad. El comienzo marca el tono, una postura reflexiva que recuerda al lector que los padres también fueron hijos y que dicha experiencia forjó su forma de ejercer la paternidad. 
La mirada humana acompaña al relato polifónico compuesto de las perspectivas de Beatriz, Iván y Fabio, personajes que tratan de seguir con sus vidas mientras que la demencia vascular de Fabio, progresiva e incurable, “lo condena a la inutilidad, a la pérdida de la dignidad, porque qué dignidad puede tener quien no sabe qué espacio y tiempo ocupa”. Las vidas no solo se ven interferidas por la enfermedad, también por la violencia de los parajes donde transcurre la trama: Ciudad de México y Santo Domingo. Dice Iván: “ayer violaron y mataron a una mujer de ochenta años. Encontraron su cadáver entre matorrales al pie de la carretera. Hace quince días asesinaron a golpes a otra más… Ya están apareciendo decapitados”. Aunque habla de República Dominicana, lo mismo podría decirse de México, el signo de la violencia compartida en América Latina. 
Escrita en clave de autoficción, las voces de los personajes fluyen mediante una prosa ágil y conectada a la oralidad. La novela tiene una carga de momentos dolorosos, como cuando Fabio, pasado de copas, disminuye a una joven Beatriz por su primera publicación: “¿A ver, a ver, para qué sirve este pinche libro? ¿Tú crees, Beatriz, ya en serio, que tiene alguna importancia? ¿Quién crees que lo va a leer? ¿Sabes lo que hice? Mandé comprar dos cajas con ejemplares de tu libro, ¿y sabes para qué? Para tirarlos al río, ¡al pinche río de mi pueblo!”. También hay momentos luminosos, pues a pesar de la agresión pasada, la hija no se da por vencida. En un esfuerzo por encontrarse con el padre, ella le comparte su último libro. Fabio, pese a la demencia, se entusiasma con la poesía de su hija. 
Entre lo doloroso de la narración, el humor, por fortuna, no está ausente. Me ha hecho reír Iván cuando dice con ironía: “En una avenida oscura de Río de Janeiro me fui de bruces en tremendo agujero. La gente en la parada de autobús se conmovió mientras Beatriz me insultaba. Por supuesto no me tiende la mano, no me ayuda a levantar, no me pregunta si me lastimé y se va por delante furiosa. Pasado el susto: ¿Te duele Iván? Júramelo, prométeme que de ahora en adelante te vas a fijar por donde caminas”.
A la saga familiar donde también aparece la madre, los hermanos y la hija de Beatriz, se suma una hibridación de géneros que proporciona otras dimensiones a la novela. Por un lado, el impulso cronista que recorre la trama para contar el pasado priista de México con sus tiranos y sus héroes, la dupla de mujeres de la farándula con los prohombres de la política, el progreso y el subdesarrollo, los temblores e incendios de la Ciudad de México, y la fuerte presencia del sincretismo de lo indígena con lo español. Por otro lado, la búsqueda del padre, metafórica y literal –pues este se ha extraviado– nos lleva a recorrer, a manera de la novela negra, las abandonadas calles del Centro, los callejones peligrosos, los moteles y bares de malamuerte. Por último, la trama de la novela está interferida por la lista de las “cosas sórdidas” de Sei Shonagon, hija de un poeta que “piensa que no está obligada a desplegar talento en la confección de versos”. La aparición de la escritora japonesa que vivió en el siglo X en los sueños de Beatriz y en las fantasías de Iván –quien se pregunta: “¿Podré posar mi cabeza en las piernas desnudas de mi mujer mientras escuchamos la respiración de Shonagon a nuestro lado?” –contribuye a señalar la diferencia, pero también el diálogo que hay entre poesía y narración, exploración que interesa a esta poeta, quien ahora también ha demostrado su gran talento para la novela. 

martes, 3 de junio de 2025


Sebastião Salgado

Ivonne Saed




El 23 de mayo pasado falleció el mayor fotoperiodista de nuestro tiempo. 

Sebastião Salgado dejó como herencia imágenes que, de alguna u otra manera, representan a todos los habitantes del orbe. Conflictos armados, condiciones precarias de trabajo, costumbres de pueblos originarios en muchas latitudes y la documentación del planeta mismo son ejemplos de su constante exploración, una indagación que iba más allá de la mera caza de un momento. Su intención era siempre crear un conjunto fotográfico vasto para ofrecernos el retrato más completo posible y profundamente humano de lo que documentaba.

Salgado, para decirlo en sus propias palabras, más allá de ser un fotógrafo, era un contador de historias. Su manera de ver al sujeto fotografiado y la profundidad con la que establecía su relación con éste fueron la clave y el tono de toda su obra. Por eso afirmaba que una imagen “es más buena o menos buena en función de la relación que tienes con las personas a las que fotografías […] tu imagen no es más que la relación que tienes con tu sujeto”. Por eso, al ver sus imágenes, experimentamos una mirada recíproca que viene no solamente del sujeto mismo, sino de su bagaje y circunstancias de vida.

Además de su extensa obra visual, Salgado y su esposa Léila hicieron un esfuerzo colosal de reforestación de casi 10,000 hectáreas en Brasil, lo que culminó con la creación del Instituto Terra, un legado de activismo y un ejemplo de cómo el fotoperiodismo, además de comunicar, puede ser un poderoso agente de progreso. 

Muito obrigados por sempre, Sebastião Salgado.

domingo, 1 de junio de 2025

{} Rosario Castellanos

Amélie Olaiz





Mi primer acercamiento a Rosario Castellanos fue de manera poco usual: por sus cartas.

En el taller literario de Alicia Trueba conocí a Ofelia, una escritora que había sido muy amiga de Rosario Castellanos y atesoraba sus cartas. Le sugerimos que las publicara. Se negó. 

—Son cartas muy personales en las que Rosario me escribía sobre su hijo —afirmó. 

Tampoco quiso leernos ninguna. Me quedé con la curiosidad a flor de piel. 

 

Muchos años después, Raúl Ortiz Ortiz, traductor de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, paciente y amigo de mi esposo nos invitó a comer a su casa. Pasamos una tarde muy linda mi esposo y yo con su tío el embajador Raúl Valdés—, Hernán Lara Zavala —mi amigo y maestro—, su esposa Aída y Raúl Ortiz.

En ese momento no entendí por qué nuestro anfitrión había decidido reunirnos específicamente a nosotros, ni por qué se hablaba tanto de Rosario Castellanos. Yo sabía poco de ella. 

Ahora, al escribir este texto y rememorar lo sucedido puedo ver con claridad la razón: Raúl Ortiz quería dedicar esa tarde a su querida amiga, quien entre muchas otras cosas había sido embajadora en Israel y escritora.   

Al final de la reunión cuando estábamos por irnos, Raúl Ortiz nos pidió que nos quedáramos un rato más. Primero nos mostró uno de sus pequeños tesoros: la colección de películas que tenía en su nuevo Apple TV. Cuando se sintió más en confianza, nos habló de su joya invaluable: las cartas de Rosario Castellanos, su amiga del alma. 

—¿Te gustaría leerme alguna?  —me preguntó.

Respondí que sí de inmediato. Se fue y volvió con un fólder. 

Cuidadosamente seleccionó una carta y me la dio. En cuanto terminé la primera, Raúl me dio otra. Debo haberle leído cuatro o cinco cartas. Estaban escritas desde Israel; no recuerdo la fecha exacta. Eran cartas muy personales, escritas a máquina, en donde se veían las correcciones que, deduje, la misma Rosario había hecho. Me emocionaba leerlas. Él tenía los ojos llorosos. Imaginé que mi voz femenina tenía algo que ver, pero no me atreví a preguntar. 

Antes de irnos me regaló un volumen de Bajo el volcán. Nos confesó que extrañaba mucho a su amiga. El evento me dejó tan marcada que las siguientes semanas leí varios cuentos de Rosario Castellanos. Descubrí a una narradora capaz de reproducir con claridad los ambientes de su época, que describía con sutil filo la situación de la mujer de clases sociales desprotegidas. 

Si alguno de los lectores, como yo, disfruta la literatura epistolar, el Fondo de Cultura Económica sacó ya un libro sobre las cartas entre Raúl y Rosario: Cartas encontradas (1966-1974), con prólogo de Raúl Ortiz y un breve texto de Hernán Lara Zavala. Me gusta pensar que este libro fue planeado aquella tarde en que nos reunimos.1 

 

 La obra epistolar de Rosario es basta. También existen cinco cartas y un telegrama, testimonio amoroso: Cartas a Ricardo, su esposo y padre de su hijo.2 

 

Y yo espero que en un futuro no muy lejano podamos leer las cartas a Ofelia.

 

La fuerza de la literatura epistolar no se queda ahí: San Ildefonso, para conmemorar los cien años del natalicio de la autora, ha montado una exposición en donde se pueden ver algunas de sus cartas, su máquina de escribir portátil y un archivo inédito.3 


Quien quiera aventurarse en este fascinante mundo, existe un concurso de literatura epistolar, que organiza la Facultad de Literatura de la UNAM: Escríbele una carta a Rosario.4


 

Feliz cumpleaños número cien, Rosario Castellanos.


Nota de autor: Link al tocar las fotografías.