{} Rosario Castellanos
Amélie Olaiz
Mi primer acercamiento a Rosario Castellanos fue de manera poco usual: por sus cartas.
En el taller literario de Alicia Trueba conocí a Ofelia, una escritora que había sido muy amiga de Rosario Castellanos y atesoraba sus cartas. Le sugerimos que las publicara. Se negó.
—Son cartas muy personales en las que Rosario me escribía sobre su hijo —afirmó.
Tampoco quiso leernos ninguna. Me quedé con la curiosidad a flor de piel.
Muchos años después, Raúl Ortiz Ortiz, traductor de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, paciente y amigo de mi esposo nos invitó a comer a su casa. Pasamos una tarde muy linda mi esposo y yo con su tío —el embajador Raúl Valdés—, Hernán Lara Zavala —mi amigo y maestro—, su esposa Aída y Raúl Ortiz.
En ese momento no entendí por qué nuestro anfitrión había decidido reunirnos específicamente a nosotros, ni por qué se hablaba tanto de Rosario Castellanos. Yo sabía poco de ella.
Ahora, al escribir este texto y rememorar lo sucedido puedo ver con claridad la razón: Raúl Ortiz quería dedicar esa tarde a su querida amiga, quien entre muchas otras cosas había sido embajadora en Israel y escritora.
Al final de la reunión cuando estábamos por irnos, Raúl Ortiz nos pidió que nos quedáramos un rato más. Primero nos mostró uno de sus pequeños tesoros: la colección de películas que tenía en su nuevo Apple TV. Cuando se sintió más en confianza, nos habló de su joya invaluable: las cartas de Rosario Castellanos, su amiga del alma.
—¿Te gustaría leerme alguna? —me preguntó.
Respondí que sí de inmediato. Se fue y volvió con un fólder.
Cuidadosamente seleccionó una carta y me la dio. En cuanto terminé la primera, Raúl me dio otra. Debo haberle leído cuatro o cinco cartas. Estaban escritas desde Israel; no recuerdo la fecha exacta. Eran cartas muy personales, escritas a máquina, en donde se veían las correcciones que, deduje, la misma Rosario había hecho. Me emocionaba leerlas. Él tenía los ojos llorosos. Imaginé que mi voz femenina tenía algo que ver, pero no me atreví a preguntar.
Antes de irnos me regaló un volumen de Bajo el volcán. Nos confesó que extrañaba mucho a su amiga. El evento me dejó tan marcada que las siguientes semanas leí varios cuentos de Rosario Castellanos. Descubrí a una narradora capaz de reproducir con claridad los ambientes de su época, que describía con sutil filo la situación de la mujer de clases sociales desprotegidas.
Si alguno de los lectores, como yo, disfruta la literatura epistolar, el Fondo de Cultura Económica sacó ya un libro sobre las cartas entre Raúl y Rosario: Cartas encontradas (1966-1974), con prólogo de Raúl Ortiz y un breve texto de Hernán Lara Zavala. Me gusta pensar que este libro fue planeado aquella tarde en que nos reunimos.1
La obra epistolar de Rosario es basta. También existen cinco cartas y un telegrama, testimonio amoroso: Cartas a Ricardo, su esposo y padre de su hijo.2
Y yo espero que en un futuro no muy lejano podamos leer las cartas a Ofelia.
La fuerza de la literatura epistolar no se queda ahí: San Ildefonso, para conmemorar los cien años del natalicio de la autora, ha montado una exposición en donde se pueden ver algunas de sus cartas, su máquina de escribir portátil y un archivo inédito.3
Quien quiera aventurarse en este fascinante mundo, existe un concurso de literatura epistolar, que organiza la Facultad de Literatura de la UNAM: Escríbele una carta a Rosario.4
Feliz cumpleaños número cien, Rosario Castellanos.
Nota de autor: Link al tocar las fotografías.




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