Mariana
Somos solo yo y mi hermana Mercedes, el burro por delante, diría mi maestra. Mi mamá dice que de suerte no tuvo más escuincles, con lo zángano que le salió el marido, o sea, mi papá.
Vivimos en un departamento del que ya nadie trata de sacarnos, a pesar de que a mi mamá no le alcanza para la renta con el sueldo que dice que mi papá se bebe cada quincena. La casera, una señora sin familia, murió hace unos meses y mi mamá comenta que estaremos en paz mientras no salga ningún deudo, y yo creo que mientras no encuentren unos papeles que se trajo de casa de la muertita.
–Ojos que no ven –dice mamá.
Antes, Mercedes y yo jugábamos siempre juntos. No tenemos muchos juguetes, pero nos gustaba jugar a las escondidas, o a la casita con cajas de cartón, o sentarnos en la banqueta a ver quién contaba más vochos de equis color. Digo antes, porque desde que pasó a sexto, dice que ya es una señorita y no puede estar correteando como mocosa. Ha estado bien rara, ya no me deja bañarme con ella.
Ahora juego solo. Me siento en la escalera de caracol que lleva a la azotea y me pongo a ver el cielo; en las nubes encuentro siempre gente, o animales; se van moviendo lentito, se juntan o se alejan y yo hago historias. En ellas siempre estoy yo; soy un hombre en bicicleta, un niño de cara gigante, a veces, hasta un borreguito.
Mi mamá me regaña y me dice que me baje de ahí, que no es bueno pasar el tiempo leleando y mucho menos pensando, que el cerebro es una selva peligrosa.
No puedo evitarlo y vuelvo a subir a las nubes. Creo que me escuchan mejor que nadie. Cuando estoy triste busco entre sus formas esponjadas un payaso. Si me esfuerzo de verdad, después de un rato lo encuentro; pronto aparecen perritos “french pudel” saltando una valla invisible; también globos de formas chistosas que ahora ves, después ya no. Las nubes parecen adivinar mis deseos y siempre encuentro en ellas lo que busco.
Ahí estaba la tarde que escuché el sonido más bonito que hubiera oído. Tardé un poco en darme cuenta de que no lo imaginaba; las notas subían hasta mi azotea, parecían rodearlo todo. Desde ahí divisé un coche-bocina que anunciaba la venta de discos; de él salía la música. La vecina del cuatro colgaba su lavado, los obreros que regresaban del trabajo conversaban sin detenerse un instante, mi mamá salió apurada a entregar la ropa recién planchada; todos como si nada, sin hacer caso al dulce ritmo que hacía esa mañana diferente. Me toqué la cara, agucé el oído para ver si era un sueño, pero no, las notas eran reales y llenaban el aire, aunque a nadie más le afectaran y la rutina de la mañana en la vecindad continuara su curso, ajena a la belleza.
Sin pensarlo, me acerqué al coche-bocina para preguntar qué era lo que escuchaba.
–Mm, aquí dice que la Polinesia –dijo el que despachaba.
–La Polonesa, güey –corrigió el conductor.
El señor de la esquina, un anciano un poco gordo que se la pasa sentado en una mecedora en la puerta de su casa, con una pipa que no echa humo y un libro viejo – Mercedes dice que siempre lee el mismo, yo creo que no– me miró con curiosidad cuando iba de regreso a mi casa. Mi mamá dice que es sordo y por eso se la pasa leyendo el pobre, porque no alcanza a oír la tele ni puede conversar con nadie.
La verdad es que nunca me fijaba en él, tal vez porque nunca se fijó en mí.
Desde ese día no dejé en paz a mi mamá para que me comprara el disco; yo sé que no alcanza para gastos extras –ella no para de repetirlo– pero esa vez se me metió la necedad. Al principio ni me oyó, luego pensó que se me iba a pasar y al final me dijo que ya estaba bueno de andar moliendo con cosas que no eran para nosotros.
Y no se me pasaba. El chofer me había dicho que regresarían en una semana a cobrar el abono del disco de Pedro Infante que alguien les compró unas calles abajo, y dos semanas después de eso, para el último pago. Y ya no más.
A la semana, no tuve ni un quinto. Le rogué al vendedor que tocara mi Polonesa y que no fuera a venderla por nada del mundo, yo juntaría para la siguiente vuelta, de veritas. Escucharla de nuevo me hizo sentir aún mejor que en las nubes, estaba yo inmerso en sus ritmos cuando el chofer, en la mejor parte, quitó mi Polonesa y con un gesto burlón la cambió por una cumbia que me bajó a lo más terreno de lo terreno.
Desinflado, enfilé hacia mi casa y me topé otra vez con la mirada del viejo vecino que alzó los ojos de su eterno libro para dejarlos preguntarme algo que no alcancé a entender.
Cuando volví del colegio al día siguiente pensaba en mi canción y subí la escalera espiral a ver las nubes mientras intentaba tararearla. Entonces, comencé a escuchar una melodía que no era, pero me recordaba a la Polonesa, ¡el coche bocina debía haber venido de nuevo! Bajé corriendo, pero al dejar el último escalón solo encontré silencio y la mirada curiosa del viejo sordo.
Comencé a escuchar música similar cada vez que subía a ver las nubes, siempre una tonada diferente. Una y otra vez bajaba veloz para ver de dónde venía y cuando llegaba abajo había parado. Llegué a la conclusión de que, de tanto pensar en la pieza, me la imaginaba, y me aliviaba que nadie pudiera ver mi confusión más que el viejo. Él no contaba, no oía ni nunca decía una palabra. Pensé entonces que éramos bastante parecidos; aunque yo sí hablara, en casa mi voz no tenía peso.
Los ruegos a mi mamá no resultaron, ni los planes que dibujé sobre cómo ganarme los pesos que costaba el disco. Me aseguré de no estar en la vecindad durante la siguiente y última visita del coche-bocina: no podría soportarlo. Ya me subiría a ver las nubes y esperar a que mi Polonesa sonara algún día.
Cuando volví a casa me fui al cuarto a llorar la pérdida del disco que no fue mío. Me iba a tirar en la cama cuando vi en ella un cuadrado de papel manila con ventana circular en medio por la que se alcanzaba a ver el brillo del acetato negro. Se lo arrebaté a mi almohada y con suavidad le di la vuelta para leer: La Polonesa de Federico Chopin.
Lo abracé y corrí a buscar a mamá para agradecerle. Ella me vio con la cara que pone siempre que digo tonterías y se fue a preparar la merienda. Estaba seguro de que se hizo la disimulada para que Mercedes no se pusiera celosa o pidiera también un regalo.
Todos los días saco mi disco de su escondite y lo veo, lo acaricio con los ojos para no rayarlo y espero la hora para poderlo oír.
Mi mamá dice que eso no va a ser hasta que se muera el viejo sordo de la esquina que es el único con tocadiscos en la vecindad.

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