() Kilómetro cero
Daniella Blejer
Fumo pensando en dejar de fumar. Desde la terraza de la librería, donde me he sentado a tomar un café, le doy un jalón al cigarro. Imagino cómo se me llenan los pulmones de nicotina. Las sustancias tóxicas que entran a mi cuerpo: glicol de propileno, tolueno, fenol, benzo pireno, arsénico, butano, acetona, cadmio, plomo, amoniaco, formaldehido, benceno. La primera bocanada me da náusea. Al poco tiempo me lloran los ojos y siento un pequeño escalofrío. El cuerpo es sabio, reconoce el veneno y trata de expulsarlo. Juego con la cajetilla: FUMAR CAUSA CÁNCER. Sí, pero aquí sigo. La mente hace lo que quiere. Le doy el golpe de nuevo, inhalo profundo, lleno los pulmones y expulso el humo hasta sentir la liberación de la dopamina. Debería dejarlo. Mi cuerpo se relaja, se deja ir. Suelto el cigarro y cierro los ojos; mejor no. El sonido del celular interrumpe mis dos minutos de calma, del susto sale volando como un ladrillo alado. Intento cacharlo con una mano, pero se resbala. Intento atraparlo con la otra y tropiezo con la pata de la mesa. Alcanzo a contestar desde el suelo, del otro lado se oye la voz desesperada de Akumal.
Estoy parado frente a la catedral, al lado de una matrona que deposita laureles sobre una piedra.
¿Y?
Me lleva la chingada.
¿Por?
Todo está mal. Nada en mi vida fluye, como el agua del lago de Texcoco.
Trato de pensar en palabras alentadoras mientras las gotas de café caen sobre mi cabeza. No estoy en condiciones de ofrecer ningún tipo de consuelo. Me incorporo y camino hacia el interior de la librería.
Estoy por los estantes de autoayuda. Me acabo de topar con el libro: Cómo salvar su vida. La portada tiene la foto de una dona gigante, ¿qué crees que signifique?
Puede ser que aluda a las posibilidades de la muñeca de plástico.
¿Y el hecho de que tú estés en el kilómetro cero?
Que voy a volver a nacer, sólo que ahora en vez de salir de nalgas me voy a enderezar.
Tu siguiente novela debería incluir este diálogo.
No, es horrible, demasiado alegórico.
¿Y?
No creo que la literatura deba de ser así.
De cualquier forma, nunca es tarde para enderezarse, así que, por si las dudas, te compro el libro.
¿Cuándo nos vemos?
Cuelgo el teléfono sin antes contestarle y regreso a la mesa a terminar lo que queda del café. Pinche Akumal y su manía de perturbar mi vida. No lo he visto en meses. Cada vez que logro olvidarme de él, se las arregla para hacerse presente con una llamada, un mensaje de texto, una aparición inesperada. Prendo otro cigarro. Al principio todo fue emoción y maravilla, pero al descubrir que no teníamos ese montón de virtudes que nos inventamos, empezó el desencanto. Llegué a decirle: No eres tan buen novelista, solo para lastimarlo. Vuelvo a darle el golpe al cigarro. La sesión pasada admití en terapia que Akumal me hace daño, que trata de darme celos con otras, que miente. Pero de ahí me fui a verlo, no es mi culpa que su casa esté tan cerca del consultorio. El teléfono empieza a vibrar con sus mensajes de texto, no tengo intención de contestarle por más creativo que se ponga. Lo malo es el tono de su voz, el olor de su piel. Suelto una bocanada. No sé qué me enfurece más, si su capacidad para decir mentiras o mis ganas de escucharlas. Vuelvo a llenarme los pulmones de nicotina, esta vez expulso el humo en forma de dona. Siempre termina enredándome en líos, y además me debe dinero. El cigarro hace lo suyo, empiezo a relajarme. Cierro los ojos y me acuerdo de los buenos momentos, cuando caminábamos por las calles y reíamos a carcajadas. Las feromonas intoxican, hacen que uno pierda la voluntad. Lo imagino estancado, frente a la laptop, sin poder escribir una sola palabra. Apachurro el cigarro y pido la cuenta. Me apuro a llevarle el libro antes de que empiece a llover.




