jueves, 24 de julio de 2025

() Kilómetro cero

Daniella Blejer





Fumo pensando en dejar de fumar. Desde la terraza de la librería, donde me he sentado a tomar un café, le doy un jalón al cigarro. Imagino cómo se me llenan los pulmones de nicotina. Las sustancias tóxicas que entran a mi cuerpo: glicol de propileno, tolueno, fenol, benzo pireno, arsénico, butano, acetona, cadmio, plomo, amoniaco, formaldehido, benceno. La primera bocanada me da náusea. Al poco tiempo me lloran los ojos y siento un pequeño escalofrío. El cuerpo es sabio, reconoce el veneno y trata de expulsarlo. Juego con la cajetilla: FUMAR CAUSA CÁNCER. Sí, pero aquí sigo. La mente hace lo que quiere. Le doy el golpe de nuevo, inhalo profundo, lleno los pulmones y expulso el humo hasta sentir la liberación de la dopamina. Debería dejarlo. Mi cuerpo se relaja, se deja ir. Suelto el cigarro y cierro los ojos; mejor no. El sonido del celular interrumpe mis dos minutos de calma, del susto sale volando como un ladrillo alado. Intento cacharlo con una mano, pero se resbala. Intento atraparlo con la otra y tropiezo con la pata de la mesa. Alcanzo a contestar desde el suelo, del otro lado se oye la voz desesperada de Akumal. 

Estoy parado frente a la catedral, al lado de una matrona que deposita laureles sobre una piedra.

¿Y?

Me lleva la chingada.

¿Por?

Todo está mal. Nada en mi vida fluye, como el agua del lago de Texcoco.

Trato de pensar en palabras alentadoras mientras las gotas de café caen sobre mi cabeza. No estoy en condiciones de ofrecer ningún tipo de consuelo. Me incorporo y camino hacia el interior de la librería. 

Estoy por los estantes de autoayuda. Me acabo de topar con el libro: Cómo salvar su vida. La portada tiene la foto de una dona gigante, ¿qué crees que signifique?

Puede ser que aluda a las posibilidades de la muñeca de plástico.

¿Y el hecho de que tú estés en el kilómetro cero?

Que voy a volver a nacer, sólo que ahora en vez de salir de nalgas me voy a enderezar.

Tu siguiente novela debería incluir este diálogo.

No, es horrible, demasiado alegórico. 

¿Y?

No creo que la literatura deba de ser así.

De cualquier forma, nunca es tarde para enderezarse, así que, por si las dudas, te compro el libro.

¿Cuándo nos vemos?

Cuelgo el teléfono sin antes contestarle y regreso a la mesa a terminar lo que queda del café. Pinche Akumal y su manía de perturbar mi vida. No lo he visto en meses. Cada vez que logro olvidarme de él, se las arregla para hacerse presente con una llamada, un mensaje de texto, una aparición inesperada. Prendo otro cigarro. Al principio todo fue emoción y maravilla, pero al descubrir que no teníamos ese montón de virtudes que nos inventamos, empezó el desencanto. Llegué a decirle: No eres tan buen novelista, solo para lastimarlo. Vuelvo a darle el golpe al cigarro. La sesión pasada admití en terapia que Akumal me hace daño, que trata de darme celos con otras, que miente. Pero de ahí me fui a verlo, no es mi culpa que su casa esté tan cerca del consultorio. El teléfono empieza a vibrar con sus mensajes de texto, no tengo intención de contestarle por más creativo que se ponga. Lo malo es el tono de su voz, el olor de su piel. Suelto una bocanada. No sé qué me enfurece más, si su capacidad para decir mentiras o mis ganas de escucharlas. Vuelvo a llenarme los pulmones de nicotina, esta vez expulso el humo en forma de dona. Siempre termina enredándome en líos, y además me debe dinero. El cigarro hace lo suyo, empiezo a relajarme. Cierro los ojos y me acuerdo de los buenos momentos, cuando caminábamos por las calles y reíamos a carcajadas. Las feromonas intoxican, hacen que uno pierda la voluntad. Lo imagino estancado, frente a la laptop, sin poder escribir una sola palabra. Apachurro el cigarro y pido la cuenta. Me apuro a llevarle el libro antes de que empiece a llover.

 

() Alfabeto

Virginia Hernández Reta



Dibujo de Adrián Verdejo Hernández
Título: Babosos
Fecha: 2021
Técnica: Fineliner

 

Preocupados, mi marido y yo permanecemos inmóviles delante del televisor. En la pantalla, en transmisión nacional, el ministro de salud da el informe sobre la pandemia. El recuento de enfermos y fallecidos, a pesar de las medidas de seguridad, se ha incrementado:

-A pesar del lavado de manos, del uso de tapabocas, de los dos metros de distancia, del encierro comunitario, deberemos implementar medidas todavía más estrictas -anuncia el ministro, con rostro austero-. Como ya se ha demostrado, el virus se propaga no solamente por estornudar o toser, sino también al hablar. Nuestra comunidad científica ha hecho estudios muy serios de prosodia y ha comprobado que hay letras más riesgosas. La letra que sigue a la e es la que con más potencia saca aliento de la boca y, por lo tanto, más peligro representa para la salud. Por lo mismo, se conmina a la sociedad, desde el día de hoy, a no utilizarla.”

Francisco y yo nos volteamos a ver.

-Tendrás que ser Paco, a partir de ahora -le digo. Con lo que le molestaba que le llamaran así.

El panorama es insólito: ya nadie hablará de fiestas, foros, familia. No podré cocinar fetuccini ni frijol. ¿Y para ir a la farmacia? Droguería, me tranquiliza Paco.

Después de una semana, ansiosos, encendemos de nuevo el televisor. Como es habitual, el ministro da el resumen sobre la emergencia de salud, el recuento de contagiados y muertos, que, a pesar de las medidas de seguridad, sigue al alza. A la letra después de la e, anuncia, se agrega ahora la prohibición de usar la que sigue de la o.

Paco y yo nos volteamos a ver.

-¿Qué crees de todo esto, cariño? -le inquiero.

El escenario es terrible: ya no se mencionará el problema, las probabilidades, no se podrá pensar, llegar a buen puerto, tachar todo de patético. En la casa se acaban los purés y los pleitos, por pequeños que hayan podido ser. 

No demora mucho en que la t y la b se agreguen a la lista de letras vetadas. Mi marido y yo nos miramos:

-Nos hablaremos de vos, para evitar el tuteo -sugiere.

El escenario es desolador: no se puede toser ni tararear, ni buscar ni trasgredir, ni confesar traumas ni dar la bendición. Hablo por el aparato que nos comunica con los amigos a la distancia, pero las llamadas son cortas; se nos ha acabado el léxico.

Con los días, no demora en seguir la s, como era de esperarse. No hay plurales, pero tampoco se puede hablar en singular. 

-Cariño, deme aquello -me dice mi marido con el dedo en dirección al grano blanco-. La comida requiere un chirride ello. 

Aniquiladohdespuéh de díahencendemoh lo que mira uno con elecricidad:

-Amor, ahora han quihado la r, la c y la d -anuncio incrédula.

-¿Qué? ¡Esto es el fin! -escupe completamente rabioso, olvidando de momento toda prohibición-. ¡Es el fin!

Yo, obediente, asiento con la cabeza para hacerle saber que sí, que lo es.

 

 

() Una sombra y su hombre

Amélie Olaiz



                                             
                                                                                 Fotografia de Pedro Meyer
                                                                                        Yuma Arizona, 1984.
                                                                                         Negativo b/n 35mm


Cada tarde, cuando anochece, Javier se pone su sombrero y sale a pasear. Le gusta sentir el aire de la noche en la cara, pero se cubre la cabeza para que las ideas se sientan seguras y se expresen abiertamente. Por la acera, junto al parque, iluminado por los faroles, se ve al hombre que camina acompañado por su sombra. Siempre ha sido un solitario y así quiere seguir viviendo. Alejado del bullicio que perturba.  

Camina pendiente de su respiración y los pensamientos aparecen lentos en su mente, tan lentos que es capaz de desmenuzar su contenido y hacerlo mendrugos. Gracias a esos mendrugos, que ha soltado a su paso, su sombra lo ha seguido hasta hoy. Con ellos se mantiene entretenida. Por el camino ven pasar las sombras de las personas. La mayoría van unidas; algunas en pareja, mezclándose como si fueran una sola, otras juegan en grupo sobre el asfalto, muchas se reúnen en una esquina o parlotean con conocidas.  

A la sombra de Javier le hubiera gustado tener más contacto social, más relación con las otras; bailar, conversar y reflejarse en un muro dando un beso. Hasta le hubiera divertido tomar un par de tragos y caminar haciendo zigzag entre la luz y la oscuridad. Pero a Javier no, y ella no ha tenido más remedio que seguirlo. Lo quiere bien, aunque está un poco aburrida de la misma rutina y la soledad que los rodea. Javier lo sabe; por eso cada noche la saca a pasear, para que se distraiga y viva un poco del ambiente citadino. 

Hace varias noches Javier notó que las sombras de dos transeúntes, tan cotidianos como él en sus paseos, los miraban con insistencia. Una insistencia que Javier calificó como grosera. También se percató de que la suya, curiosa, miraba de hito en hito a los sombríos intrusos. Aceleró el paso y caminó con más firmeza, pero un pequeño jalón en el pie izquierdo le hizo pensar que una parte de su sombra se había desprendido.  

A mediodía, cuando el sol estaba en el cenit, se paró sobre ella y talló los pies contra el piso para que se adhiriera de nuevo con fuerza. Confiado salió la noche siguiente y varias más, hasta que hoy la sombra ha decidido desprenderse por completo. Javier la ve correr calle arriba para reunirse con otras sombras, entre ellas la de una mujer de silueta fina y cuello largo. Dos grandes lágrimas caen de los ojos de Javier y se borran en la oscuridad del pavimento. Antes de perderla de vista, las luces de un auto iluminan un muro y la ve muy acompañada y contenta. Ya volverá, piensa Javier que intuye lo importante que es para cualquiera balancear su luz y su sombra. 

El canto del ahuehuete






 

El canto del ahuehuete es una revista del Bajío dedicada a la literatura independiente.

Su director editorial es David Uriel Martínez Varela. La revista inició sus publicaciones en 2009 y, en su decimoquinto aniversario, ya es un referente literario de León, Guanajuato. El contenido abarca poesía, narrativa, ensayo y entrevistas. Su nombre hace referencia al ahuehuete, un árbol nativo de México conocido por su longevidad y su cercanía a fuentes de agua.  

Bajo la sombra de este árbol de tradición literaria, se lanza Diletrantes en el número treinta y ocho (abril-junio, 2025). Con el deseo de ampliar la cobertura de El canto del ahuehuete y de perdurar en el tiempo, publicaremos en el blog de Diletrantes  los textos que aparecen en este número. 

 

jueves, 17 de julio de 2025

:: Lecturas de Verano

Mariana Conde




                                                                       Fotografía Amélie Olaiz

 

Este período “vacacional” puede significar para muchos el doble de trabajo con los niños en casa 24/7, pero si puedes robarle unos minutos al día y escapar a mejores parajes, he preparado esta lista de libros para colar un poco de lectura estival. 

            He elegido volúmenes que resistan las constantes interrupciones de tus bendiciones, tus zooms o el ruido alrededor de ti en la playa, la casa de tus parientes montoneros o trayectos en autobús, avión o carretera. No por amigables sacrifican calidad, son libros que yo releería gustosa en cualquier circunstancia, pero dejaremos a Sartre y Joyce para otra ocasión. Incluyo novelas, cuentos cortos, poesía -ideal para encontrar solaz en tiempos reducidos- o ensayo. 

Cometierra, de Dolores Reyes. Sigilo, 2020.

Además de ser toda una revelación de buena pluma, el tratamiento al penoso tema de los desaparecidos, que tan de cerca nos toca hoy en México, adquiere una forma inesperada, fresca y que deja huella. La protagonista tiene una manía, como el título lo indica, que descubrimos es en realidad un don, uno que duele y pasa factura. Esta primera novela de Dolores Reyes ha causado todo un movimiento de rebeldía literaria 2022, a partir de declaraciones de funcionarios argentinos que la consideraron escandalosa y no apta para ser leída en las secundarias de Argentina. Grupos de escritores y promotores de la literatura a ambos lados del Atlántico han organizado lecturas colectivas de Cometierra como actos de resistencia ante la censura. Controversia aparte, el lenguaje, el ritmo, la trama, harán que no quieras parar hasta el final, aunque sea con muchas pausas.

Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh. Alfaguara, 2018.

No hay suceso, seguimos más bien el estado de ánimo de la protagonista, mismo que la lleva a tomar una decisión extrema y rara. A veces quieres matarla, a veces abrazarla y a ratos cierta exasperación. Una oda al no luchar en estos tiempos en los que seguimos pensando que siempre hay que hacer, mejorar, ganar. Como todo buen texto, te hace sentir cosas, aunque no todas sean armoniosas. 

James, de Percival Everett. Seix Barral, 2025.

Ganadora del premio Pulitzer 2025 y del National Book Award 2024. James refríe la historia de Huckleberry Finn con una óptica nueva y profunda, levantando los mismos dilemas humanos y éticos, sin intentar hacer un revisionismo histórico. Vale toda la pena.  

La historia de mis dientes, de Valeria Luiselli. Sexto Piso, 2013

Premio Metrópolis Azúl 2016 y finalista del National Book Critics Circle Award 2015. Disfrutable de inicio a fin, una historia de lo más original y caricaturesca que en las manos expertas de Luiselli se vuelve verosímil. Puedes esperar un lenguaje delicioso, sentido del humor y personajes entrañables, comenzando por el protagonista, Carretera, un coleccionista en serie y subastador de rarezas.

Intermezzo, de Sally Rooney. Random House. 2024.

Vemos a dos hermanos tan distintos como pueden ser los hermanos en la realidad. Ambos viviendo momentos de crisis, ambos sin saber por qué, y buscando repuestas de formas tan diferentes como son ellos. Romances, carreras y la relación enredada con una madre semi ausente enriquecen y complican la trama que se parece bastante a de cualquier vida de hoy. Te picas desde el inicio. 

Cuento: Álbum de familia, Rosario Castellanos. Fondo de cultura económica, 2018. 

Publicado en 1971, este volumen contiene cuatro cuentos que en conjunto reflejan desde varios ángulos lo que significaba ser mujer, esposa, artista en esos tiempos. Todo de manera divertida, brillante y con la genial ironía que caracteriza a la autora.  Te sorprenderá su vigencia, podría haberse escrito ayer.  

Poesía: Antología personal, Gonzalo Rojas. Visor libros, 2004.

Es difícil describir esta colección sin quedar mal. Basta decir que es una en la que el propio Rojas seleccionó sus poemas favoritos y eso ya es mucho. Si no has leído poesía antes, este es un gran lugar para comenzar.

Ensayo: Mujer que sabe latín, Rosario Castellanos. Fondo de cultura económica, 2010 versión electrónica.

Como parte de mi objetivo de leer la obra de Castellanos en este año de su centenario, he comenzado a leer este que es uno de sus ensayos más emblemáticos. Publicado en 1973, toca de forma magistral temas que siguen siendo centrales hoy día. Me encuentro asintiendo en cada párrafo, subrayo, me regreso para asegurarme de haber comprendido, me enojo y aprendo de ella como la antepasada que es para todas las mujeres latinas. Esta es una lectura que sí requiere de mayor concentración, pero puede avanzarse en sesiones breves de lectura dado que los capítulos son cortos y con ideas concretas. 

Si en este período puedes permitirte al menos uno de estos títulos, me encantará saber cuál fue y qué te pareció. O tal vez conocer tus propias recomendaciones fuera de esta lista. Cuéntame.

FB/IG/Subsatck: @marianacondem   X: @CondeMariana

*Versión adaptada de la columna publicada en Opinión51 el 6 de julio de 2025. 

viernes, 11 de julio de 2025

{} Crónica 

Cómo me volví lectora

Segunda parte

Virginia Hernández Reta


                                                           Fotografía: Virginia Hernández Reta

  

Descubriendo las tramas
En la escuela primaria descubrí las novelas infantiles en serie. Me enamoré de Los Block, una colección española de Montserrat del Amo. En sus libros, los personajes eran niños completamente comunes y tenían aventuras completamente posibles, a diferencia de los pesados “Cinco”, una serie inglesa en la que chiquillos aristócratas tenían aventuras imposibles en castillos y escenarios ajenos a mi mundo.
En esa época me topé, en formato de comic, con La isla del tesoro, del escocés Robert Luis Stevenson, de quien leyera, muchos años después, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Descubrí el mundo “masculino” de las aventuras, la avaricia y la traición. Para mi sorpresa, en La isla del tesoro no aparecía una sola mujer -a reserva de la madre del personaje, que, para fines prácticos, no contaba para nada-, y por supuesto no había ni una escena de amor. Nadie se despertaba con un beso que deshacía el hechizo, nadie vivía feliz para siempre. Al contrario, sobre el tesoro pesaba una maldición y descubrí el significado de la mancha negra, una marca que se pasaban los piratas de unos a otros y que encarnaba una sentencia de muerte o una condena ante la codicia. 
Después, también en formato de comic, vinieron Simbad el marino y Las mil y una noches. Al mismo tiempo, me topé con La Biblia, versión infantil, en dos volúmenes y con unas ilustraciones setenteras en naranjas y negros que no me atraían mucho. Pero descubrí el enorme potencial literario de ambos testamentos: Judith cortando la cabeza del tirano, Noé desafiando la peor de las tormentas, Jonás tragado por una ballena, David venciendo a Goliat, Job aguantando las peores calamidades, Moisés descubriendo ser hebreo, Sansón seduciendo a Dalila, Judas vendiendo a su maestro… traiciones, plagas apocalípticas, envidias, ambición, adulterio… ¿Qué más se podía pedir?
 
Eros y tánatos
Mi madre me regaló El diario de Ana Frank cuando yo tenía un año menos que Ana. A los 12, yo sólo sabía lo esencial sobre el Holocausto; no conocía los detalles y los horrores que descubriría más adelante. Me sorprendió la naturalidad con la que Ana contaba que había besado a su primo y que su familia compartía temores, olores y hedores en su claustrofóbico escondite.
En contraste, también un verano, cuando las vacaciones duraban largos meses, recuerdo haberme tirado a la cama a leer Mujercitas y la cara de mi padre, que no sabía de qué iba el libro, cuando vio de reojo la ilustración en la que Laurie se acercaba peligrosamente a la boca de Jo. 
“¿Qué estás leyendo?”, me preguntó, quizá preocupado por que la literatura empezara a despertar mis hormonas. No pude rumiar por mucho tiempo la frustración bastante común -muchas amigas me la han confesado- de que Amy, la hermana menor, se hubiera quedado con el guapo y aristocrático Laurie, porque una nueva emoción se había instalado en mi librero: el terror. De tarea, había que leer a Horacio Quiroga.
Después de “El almohadón de plumas” ninguna cama volvió a ser igual. Pero más aún me perturbó “La gallina ciega”. Introducía un elemento nuevo: la parte oscura, inconsciente del ser humano, la capacidad destructiva de la infancia. De la misma época, leí Diez negritos (o, como se conoce ahora, Y no quedó ninguno), de Agatha Christie, mi primer encuentro con un final potente, ingenioso, completamente inesperado, genial. Pero, como el miedo no es mi género, llegaba de la escuela a leer inmediatamente, antes de que oscureciera, porque después, cuando las sombras se colaban en mi cuarto, no tenía el valor para averiguar sobre muertes macabras. 
En clase me topé con otro cuento cicatriz, sombrío, inolvidable: “La pata de mono”, de W.W. Jacobs, inglés que curiosamente escribía cuentos humorísticos. De la misma época leí otro cuento, del cual no he podido recordar ni el nombre, ni el nombre del autor. Pero tenía un final inesperado, un suspenso que se iba construyendo con gran eficacia: una mujer que piensa que la asaltarán en la gasolinera por la noche, un “amigo” despachador que la convence de bajar del auto, que la lleva dentro de las oficinas y que saca una pistola del escritorio y luego… Debo encontrar ese cuento. Si algún amable lector sabe de lo que hablo, le agradeceré acabe con el misterio de décadas.
 
Continuará…