() Alfabeto
Virginia Hernández Reta
Preocupados, mi marido y yo permanecemos inmóviles delante del televisor. En la pantalla, en transmisión nacional, el ministro de salud da el informe sobre la pandemia. El recuento de enfermos y fallecidos, a pesar de las medidas de seguridad, se ha incrementado:
-A pesar del lavado de manos, del uso de tapabocas, de los dos metros de distancia, del encierro comunitario, deberemos implementar medidas todavía más estrictas -anuncia el ministro, con rostro austero-. Como ya se ha demostrado, el virus se propaga no solamente por estornudar o toser, sino también al hablar. Nuestra comunidad científica ha hecho estudios muy serios de prosodia y ha comprobado que hay letras más riesgosas. La letra que sigue a la e es la que con más potencia saca aliento de la boca y, por lo tanto, más peligro representa para la salud. Por lo mismo, se conmina a la sociedad, desde el día de hoy, a no utilizarla.”
Francisco y yo nos volteamos a ver.
-Tendrás que ser Paco, a partir de ahora -le digo. Con lo que le molestaba que le llamaran así.
El panorama es insólito: ya nadie hablará de fiestas, foros, familia. No podré cocinar fetuccini ni frijol. ¿Y para ir a la farmacia? Droguería, me tranquiliza Paco.
Después de una semana, ansiosos, encendemos de nuevo el televisor. Como es habitual, el ministro da el resumen sobre la emergencia de salud, el recuento de contagiados y muertos, que, a pesar de las medidas de seguridad, sigue al alza. A la letra después de la e, anuncia, se agrega ahora la prohibición de usar la que sigue de la o.
Paco y yo nos volteamos a ver.
-¿Qué crees de todo esto, cariño? -le inquiero.
El escenario es terrible: ya no se mencionará el problema, las probabilidades, no se podrá pensar, llegar a buen puerto, tachar todo de patético. En la casa se acaban los purés y los pleitos, por pequeños que hayan podido ser.
No demora mucho en que la t y la b se agreguen a la lista de letras vetadas. Mi marido y yo nos miramos:
-Nos hablaremos de vos, para evitar el tuteo -sugiere.
El escenario es desolador: no se puede toser ni tararear, ni buscar ni trasgredir, ni confesar traumas ni dar la bendición. Hablo por el aparato que nos comunica con los amigos a la distancia, pero las llamadas son cortas; se nos ha acabado el léxico.
Con los días, no demora en seguir la s, como era de esperarse. No hay plurales, pero tampoco se puede hablar en singular.
-Cariño, deme aquello -me dice mi marido con el dedo en dirección al grano blanco-. La comida requiere un chirride ello.
Aniquiladoh, despuéh de díah, encendemoh lo que mira uno con elecricidad:
-Amor, ahora han quihado la r, la c y la d -anuncio incrédula.
-¿Qué? ¡Esto es el fin! -escupe completamente rabioso, olvidando de momento toda prohibición-. ¡Es el fin!
Yo, obediente, asiento con la cabeza para hacerle saber que sí, que lo es.

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