() Una sombra y su hombre
Amélie Olaiz
Cada tarde, cuando anochece, Javier se pone su sombrero y sale a pasear. Le gusta sentir el aire de la noche en la cara, pero se cubre la cabeza para que las ideas se sientan seguras y se expresen abiertamente. Por la acera, junto al parque, iluminado por los faroles, se ve al hombre que camina acompañado por su sombra. Siempre ha sido un solitario y así quiere seguir viviendo. Alejado del bullicio que perturba.
Camina pendiente de su respiración y los pensamientos aparecen lentos en su mente, tan lentos que es capaz de desmenuzar su contenido y hacerlo mendrugos. Gracias a esos mendrugos, que ha soltado a su paso, su sombra lo ha seguido hasta hoy. Con ellos se mantiene entretenida. Por el camino ven pasar las sombras de las personas. La mayoría van unidas; algunas en pareja, mezclándose como si fueran una sola, otras juegan en grupo sobre el asfalto, muchas se reúnen en una esquina o parlotean con conocidas.
A la sombra de Javier le hubiera gustado tener más contacto social, más relación con las otras; bailar, conversar y reflejarse en un muro dando un beso. Hasta le hubiera divertido tomar un par de tragos y caminar haciendo zigzag entre la luz y la oscuridad. Pero a Javier no, y ella no ha tenido más remedio que seguirlo. Lo quiere bien, aunque está un poco aburrida de la misma rutina y la soledad que los rodea. Javier lo sabe; por eso cada noche la saca a pasear, para que se distraiga y viva un poco del ambiente citadino.
Hace varias noches Javier notó que las sombras de dos transeúntes, tan cotidianos como él en sus paseos, los miraban con insistencia. Una insistencia que Javier calificó como grosera. También se percató de que la suya, curiosa, miraba de hito en hito a los sombríos intrusos. Aceleró el paso y caminó con más firmeza, pero un pequeño jalón en el pie izquierdo le hizo pensar que una parte de su sombra se había desprendido.
A mediodía, cuando el sol estaba en el cenit, se paró sobre ella y talló los pies contra el piso para que se adhiriera de nuevo con fuerza. Confiado salió la noche siguiente y varias más, hasta que hoy la sombra ha decidido desprenderse por completo. Javier la ve correr calle arriba para reunirse con otras sombras, entre ellas la de una mujer de silueta fina y cuello largo. Dos grandes lágrimas caen de los ojos de Javier y se borran en la oscuridad del pavimento. Antes de perderla de vista, las luces de un auto iluminan un muro y la ve muy acompañada y contenta. Ya volverá, piensa Javier que intuye lo importante que es para cualquiera balancear su luz y su sombra.
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