{} Cómo me volví lectora
Tercera parte
Virginia Hernández Reta
Fotografia de Virginia Hernández Reta.
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Epifanía
A la poesía entré tarde y nunca lo suficiente. A mi abuela, de nuevo, le debo los primeros versos. “Margarita está linda la mar”, de Rubén Darío. Cuando mi abuela se despedía, solía cerrar con el verso: Si oís contar de un naúfrago la historia…, como si partiera para una gran aventura. Una de sus estrofas favoritas y que aplicaba cuando a sus nietos nos daba pereza hacer alguna cosa, era un fragmento de “La voz del inválido”, de Antonio Plaza: La lucha con el mundo no te asombre;/ hombre no es el que luchar no sabe;/ porque nació para luchar el hombre/ como nació para volar el ave. Supongo que terminábamos, a rastras y refunfuñando, por hacer lo que se nos pedía.
Lo que sí recuerdo claramente era la voz de mi abuela, pausada y trágica, y su rostro a lo Sarah Bernhardt. Con frecuencia, sin ningún motivo y con un dejo de nostalgia que entonces yo no entendía, ella recitaba a Amado Nervo, su favorito: Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. /¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
La poesía era territorio femenino, materno. Quizá por eso Sor Juana fue un gran asombro. Encontré en ella algo inusitado y a lo que, desde entonces, me doblego: la ironía y el juego de palabras. Sor Juana abrió el camino para el deslumbramiento total: Shakespeare. Macbeth, Hamlet, Julio César, Romeo y Julieta. Arrobamiento incondicional: los puns, retruécanos ingleses; una palabra, muchos significados; hablarle al lector al oído, guiñarle el ojo, hacerlo cómplice, buscar su absoluta entrega. Y me entregué. Absolutamente. La rima, el ritmo, la fuerza de las historias, los personajes.
El profesor de literatura inglesa, Mr. H, pidió un ensayo sobre algún aspecto de Macbeth. Éramos tres en el equipo. Sugerí buscar la intermitencia de fertilidad e infertilidad en la estructura de la obra. Las otras dos compañeras se miraron como calibrando mi salud mental y me dejaron hacer. Descubrí el placer casi gastronómico de desmenuzar un texto y saborear sus ingredientes, sus múltiples lecturas. Hay un antes y un después de Shakespeare, un azoro que sentiría sólo una vez más. Al poco tiempo descubrí a un mexicano: Juan Rulfo.
Recuerdo la tarde nublada en que me tiré boca abajo a leer Pedro Páramo. A la primera página quedé estupefacta. No sabía que se pudiera hacer eso con tan pocas palabras. Sentí unas ganas urgentes de escribir así. Me tomó una página más saber que estaba leyendo a un escritor excepcional, que mis ganas de escribir eran una ingenuidad y que mi estupor ante el libro que tenía entre las manos era un genuino homenaje, el único que yo le podía ofrecer a Rulfo. Desde entonces tuvo mi eterna fidelidad.
Años después, en una cita, M -un compañero en la universidad al que en secreto amaba- me dijo que consideraba a Rulfo mejor fotógrafo que escritor. Me quedé, de nuevo, estupefacta. ¿Cómo era posible que alguien no compartiera mi pasmo ante el hijo que busca a su padre en Comala? Esa noche dudé de que M y yo pudiéramos llegar a más. Busqué las fotos de Rulfo y me parecieron muy buenas. M y yo no llegamos a más. A cambio, mi relación de idolatría ante Pedro Páramo se mantiene mejor que cualquier matrimonio terreno.

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