lunes, 1 de diciembre de 2025

Crónica de viaje

Visita al McNay, de la imposibilidad al olvido

Virginia Hernández Reta

 






La disyuntiva era difícil: con una mañana libre en la ciudad texana de San Antonio había que decidir entre invertirla en el centro comercial La Cantera o visitar el Museo de Arte McNay. Es verdad que me hacía falta un saco de corte “intelectual” y que había escuchado sobre la belleza de la Barnes & Noble en el mall. Me imaginaba paseando por los pasillos silenciosos de esa librería encontrando títulos y parafernalia para lectores: agendas, calendarios, papelería… papel, papel, papel que es, por mucho, mi objeto favorito en el mundo. 

Pero, como no soy buena para las compras —cualquier incauto que me haya acompañado a ello puede atestiguar lo indecisa que llego a ser y la irritante frecuencia con la que salgo de manos vacías después de probarme medio anaquel—, y como mi definición de emoción extrema es internarme en un museo antes que arrojarme de un parapente —locura que sólo haría si la vida de un ser querido dependiera de ello— tomé la decisión más acorde a mi personalidad. Asumí el porcentaje de FOMO que experimenté cuando vi alejarse a mis colegas que se decidieron por rodar hasta La Cantera y me dirigí con Ivonne al McNay.

El FOMO se esfumó en segundos. El McNay es un oasis que no decepciona. Su nombre se debe a la fundadora Marion Koogler McNay y es, como lo anuncia orgullosamente su página web, el primer museo de arte moderno en Texas. Otro orgullo: la primera obra que compró Marion y con la que inició su colección fue un óleo de Diego Rivera: el encantador cuadro Delfina Flores (1927). 

Antes que ver a Delfina, decidimos pasear por los jardines. El día era precioso, ideal para recorrer las esculturas sorprendentes que descubrimos entre los árboles y que no habíamos tenido la oportunidad de ver con calma el año anterior, en que también visitamos San Antonio por la misma razón: la Feria del Libro en Español y el encuentro de Letras en la Frontera que organiza la UNAM en esa ciudad. 

Hace un año corrí como posesa por jardines e interiores del McNay porque contábamos con escasa hora y media y no me quería perder nada. Esta vez lo caminamos con la calma que merece este hermoso lugar. Vimos aparecer entre el follaje la cabeza enorme que hace 12 meses me hizo pensar en las esculturas gigantes del artista barcelonés Jaume Plensa. Con la prisa en esa ocasión no pude acercarme ni tampoco ver la cédula del artista. Me quedé con la duda de su identidad. Así que ahora pude admirar la obra de cerca y leer por fin la información grabada en la placa: Philip Grausman, American, born 1935. La obra: Victoriastainless steel.

En el interior del McNay nos esperaba una exposición temporal que prometía sorprendernos. No habíamos escuchado de la artista, pero sólo llegar supimos que sería una gozada. Sandy Skoglund (1946) es una artista plástica estadounidense. Su obra se puede describir como fotografía escenificada o instalación fotografiada. Ha expuesto en el Museo de Fotografía Contemporánea de Chicago, en el Dayton Art Institute, en esa misma ciudad; en el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Ejemplos de sus creaciones se encuentran en el Museo de Arte de San Luis, en Misuri.

Sandy crea instalaciones coloridas y llenas de fantasía que luego plasma en imágenes inquietantes. En sus escenarios oníricos flotan peces anaranjados arriba de una cama azul, gatos verde neón inundan una cocina totalmente gris, zorros rojos invaden un restaurante ante la mirada confundida de los comensales… 

Los animales y la naturaleza son una constante: perros, focas, flores, ardillas, búhos, cuervos, hojas de maple siempre en una profusión que intranquiliza. Las texturas abundan: toda una escenografía hecha con limpiapipas que simulan césped o cielos, cuartos tapizados de macarrones, una escena navideña donde la nieve se compone por millares de palomitas de maíz.

Calificada como teatral, paródica, barroca, su obra conserva el sentido del humor. Sandy trabaja la repetición casi idéntica de objetos, con variantes mínimas. Así, crea espacios cotidianos invadidos por ganchos, cucharas desechables, rifles de largo alcance… y señala problemas que enfrenta el ser humano: la contaminación, el hacinamiento, la guerra. Inunda recámaras que parecen inofensivas y cotidianas con elementos amenazantes: un baño lleno de huevos de serpiente, un cuarto “limpio” plagado de chicles masticados (Germs Are Everywhere, 1984).

Sus escenas son sueños que causan desasosiego por su abigarramiento, su falta de lógica, su conjunción de elementos cotidianos en situaciones sorprendentes, pero al mismo tiempo son maravillosas, como sacadas de un extraño cuento infantil. Para Sandy, después del Apocalipsis, cuando el hombre desaparezca de la faz de la tierra, quedarán los animales y la naturaleza, tomando los espacios que les hemos arrebatado. 

La artista de Massachusetts presenta una fauna y flora que dejan de ser lo que hemos hecho de ellas: mascotas obedientes y domesticadas, recursos y materia prima que está para nuestro uso y abuso. A cambio, se convierten en advertencia sobre nuestra autodestrucción, nuestra vejez y caducidad, nuestro paso efímero por la tierra.





En la primera sala se podían ver varias de sus fotografías. En la segunda se recreó un bosque viviente -Fresh Hybrid (2008), una instalación que es la primera vez que se muestra fuera del estudio de la fotógrafa, y que nos recuerda que somos parte de la naturaleza aunque nos olvidemos de ella. En la tercera sala, se reprodujo una cocina invadida con los famosos gatos radioactivos, y en la cuarta, se instaló una recámara completamente pintada de azul en la que peces naranjas flotaban del techo. Me entretuve observando la sombra que uno de ellos proyectaba sobre el piso turquesa. En eso, alguien me habló a la espalda:

—¿A tu perro le gusta nadar? —me preguntó el hombre en inglés.

Me giré para verlo, sin saber a qué venía la pregunta ni qué responder. Era el cuidador de sala, una persona mayor como todos los cuidadores de sala en ese museo. Era un hombre delgado, afroamericano, que me hablaba con los ojos entrecerrados. Vi su nombre en el gafete que portaba, y que olvidé inmediatamente por mi pésima memoria y porque centré mis esfuerzos en dilucidar una respuesta razonable dentro de esa escenografía ilógica y ante una pregunta otro tanto. Pero lo llamaré Jim, porque recuerdo que era un nombre corto y familiar. 

Por un momento pensé que Jim me reprendería. En la primera sala de la exposición yo había aprovechado la soledad para tocar la obra. Quería comprobar de qué material estaba hecho uno de los zorros rojos de Sandy Skoglund. Era de pasta o de resina, no como los gatos en la tercera sala, que estaban hechos de alambre, papel y pintura, y que también había tocado.

—¿A tu perro le gusta nadar? —repitió el hombre.

—Sí, sí. A mi perra le encanta nadar —le respondí sin saber a dónde iba todo esto y por qué Jim daba por hecho que yo tenía un perro y no un gato. De haber tenido yo un gato, no hubiéramos podido hablar de agua y quién sabe qué clase de conversación estaríamos llevando.

—¿Y a ti te gusta nadar en el mar?

—¿El mar? Me gusta ver el mar desde afuera. Nadar en él me daría miedo —le confesé mientras miraba de reojo los peces anaranjados pendiendo del techo, como si todos estuviéramos dentro de una extraña piscina.

—¿Por qué te da miedo? —me preguntó Jim con los ojos entrecerrados.

—Porque en él habitan extrañas creaturas —dije, sin pensar en los gatos verdes que había dejado atrás, en la sala anterior, o en los árboles-humanos tapizados con peluche que habitaban la segunda sala.

Jim se sonrió y siguió hablando casi para sí mismo. Ivonne se acercó intrigada y me murmuró:

—¿Qué te cuenta?

—No lo sé muy bien.

Ivonne se dirigió a Jim:

—¿Tiene mucho tiempo trabajando aquí?

Jim nos dijo cuánto. También eso olvidé.

—Nosotras estuvimos aquí hace un año. Tenían una exposición temporal sobre la esclavitud —le sonrió Ivonne.

—Oh, sí, la recuerdo –y sacó emocionado su teléfono móvil para enseñarnos fotografías de otra espléndida exhibición llena de maletas, daguerrotipos, banderas fusiladas, cuerdas, remos, globos terráqueos. Vi la pantalla quebrada y las imágenes que Jim nos enseñaba. Efectivamente eran de Passages, la muestra del artista Whitfield Lovell, una exhibición que el año pasado hizo preguntas sobre la memoria, la identidad y la igualdad.

—Muy conmovedora exposición —le dije.

Jim comenzó a hablar como para sí mismo, de nuevo, lamentando que las generaciones jóvenes no estuvieran conscientes de lo que sus ancestros debieron sufrir para ganar la libertad:

—Tuvieron que aguantar hambre y miseria —repetía con los ojos entrecerrados.

Jim usó varias veces la palabra loot. No entendí si se refería a que los negros tomaban el botín o saqueaban cuando podían, si los negros eran el botín de los blancos, si la venganza y el robo estaban justificados, si las minorías debieran conservar ese sentimiento o resentimiento, si estaba a favor o no de la violencia. Sólo me quedó claro, entre sus murmullos, que algo hacía falta, algo le hacía falta. Llegamos al momento incómodo en que los tres sonreímos sin tener mucho más que agregar.

Quise despedirme repitiendo su nombre que había olvidado. Intenté, en la penumbra de la esquina donde nos encontrábamos, leer de nuevo el gafete, sin éxito. Me sentí mal por mi olvido, por no conocer más de los ancestros de Jim, por su teléfono de pantalla quebrada. El hombre nos sonrió y se dirigió a la salida. Nos quedamos solas en la sala, con la única compañía de una treintena de peces anaranjados flotando sobre nuestras cabezas.

 

—¿Qué tal estuvo la exposición? —nos preguntaron ellas.

—Muy interesante —respondí, pensando en Sandy, en el Apocalipsis y en Jim.

—Y luego tuvimos una conversación de lo más extraña con el cuidador de la sala —soltó Ivonne.

Ella y yo nos miramos sin saber qué más decir:

—De lo más extraña —insistió Ivonne, más para sí misma.

Para ese momento, me prometí no olvidar lo vivido, a pesar de haber perdido sin remedio el nombre del cuidador de sala, de que no lograra pronunciar el apellido de la artista Sandy y de que no recordara el nombre del autor de la escultura de la gran cabeza en el jardín del McNay. Me llevaba a cambio varias certezas: que el artista no era Jaume Plensa, que había descubierto la obra provocadora, poderosa y sugerente de Sandy, que no olvidaría la voz decepcionada de Jim, que todo pasaba a formar parte de un sueño, entre divertido y perturbador. Lo que no podía cambiar era la realidad concreta: una maleta documentada en la que no habría un saco de corte “intelectual”.






1 comentario:

  1. Me gustó mucho tu publicación. Logré internarme en el lugar. Conozco San Antonio y ésta publicación me ha enseñado que debo quitar estigmas a los lugares. No imaginé que hubiera algún museo interesante en ese lugar. Saludos…

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