{} Cómo me volví lectora
Primera parte
Virginia Hernández Reta
Primeras letras: el hechizo
Me volví lectora porque antes me volví “escuchadora”. Mi madre me contaba cuentos. Mi abuela me contaba su vida. A ella le debo el primer deslumbramiento ante el poder de la palabra. Era una gran conversadora con un gran dejo de actriz dramática. Así que amé las palabras mucho antes de leer.
Recuerdo bien el primer libro preescolar que tuve en mis manos. Era un pequeño cuadernillo con ilustraciones de animales bebés y sus mamás. Había que relacionar las columnas entre la mamá osa y el osezno, la mamá caballo y el potro, la mamá cabra y el cabrito. Tenía otros libros en casa, pero este cuadernillo representaba un oasis en medio del desierto de una escuela exigente. Cada vez que la maestra de preprimaria decía “Saquen su cuadernillo de animales”, me llenaba de gozo. Descubrí el placer de la lectura, aun cuando no había visto ninguna letra impresa.
Me inicié en la lectura a través de los cuentos. Mi abuela me regaló “La pequeña vendedora de fósforos”, de Hans Christian Andersen, un hermoso volumen de una historia terrible, la de una niña pobre que muere congelada el día de Navidad y su abuela, también muerta, la lleva al cielo. Me pareció inquietante que fuera precisamente mi abuela la que me regalara esa historia, y que todavía me haya dicho: “Para que te acuerdes de mí.” Y sí, me acuerdo de ella. De esa misma serie, me regalaron “Hansel y Gretel” y “La bella durmiente”, de las que amaba las ilustraciones, en realidad fotografías de pequeños montajes con muñecos de tela.
Mi madre me permitió adueñarme de unos libros antiguos: los relatos infantiles que ella leyó de chica. Era una serie impresa en un papel grueso y marrón, con ilustraciones tristes y oscuras, muy al estilo de los grabados del siglo XIX. La colección de cuentos del mundo dedicaba un volumen a cada tema: desde los hermanos Andersen, hasta las fábulas populares africanas, los cuentos portugueses y los relatos de hadas rusos, con la temible bruja Baba-Yaga que vivía en una cabaña sostenida por una pata de gallina. Descubrí que ninguno era del todo feliz -en el mejor de los casos- y que algunos, incluso, le ponían limón a la herida, haciendo ver completamente trágica la existencia humana.
Más tarde, mi madre nos regaló a mis hermanos y a mí otra serie, más moderna, ya no editada en plena Segunda Guerra Mundial, sino en los 70. Cuatro volúmenes del Readers Digest: Los mejores cuentos de hadas del mundo, que incluían desde el sarcástico relato “El traje nuevo del emperador” -con el que aprendí a desconfiar de los gobernantes-, hasta la inquietante fábula española “Medio pollito”. También leí la historia del temperamental Rumpelstiltskin y ya, desde entonces, me pareció que las princesas eran un poco mañosas, como aquella que no puede dormir sólo porque debajo de sus cinco colchones hay un guisante -en México, un chícharo, pero los libros infantiles generalmente estaban editados en España con ese español castizo.
De la misma época era otra serie española, un tanto siniestra, de libritos minúsculos que enseñaban virtudes a los niños a costa de mostrar lo terribles que eran los defectos correspondientes. Me acuerdo especialmente de “Luisita lengualarga”, una niña imprudente que no dejaba de hablar y a la que -toda la narración muy rimada-, terminaban por cortarle la lengua. Después resultaba, claro, que era un sueño, pero que servía para que Luisita aprendiera a cerrar la boca. Curioso que recuerde ese relato en particular, cuando yo, en el colegio, casi no hablaba. Lo importante es que, con toda esa literatura infantil, me volví adicta al viaje en el tiempo y el espacio que supone la breve frase “Había una vez”…
Luego vendrá la escuela primaria y el descubrimiento de las tramas. ¿Qué hace que una historia sea memorable? Pero eso será en el próximo capítulo.

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