domingo, 28 de diciembre de 2025

Mis debilidades cuando de leer se trata

Amélie Olaiz

 

 


Si inicias algo termínalo, me dijeron mis padres por años. Y con ese mandato en mente también leí. Libro que iniciaba, libro que terminaba. La verdad es que no era difícil, me encantaban los cuentos. 

Ahora es otra cosa, podría decirse que soy totalmente desordenada para leer. Si pierdo el interés en algún libro, adiós, lo abandono o lo regalo. Cuando a Mariana Conde, mi compañera diletrante, se le ocurrió lo de las listas de lecturas yo recordé mi desorden literario. No he leído nada, pensé. El curso de Qigong que tomé este año me ha tenido saturada de lecturas que nada tienen que ver con la estética del lenguaje. El Qigong es filosofía taoísta y budista, también son instrucciones para la meditación en movimiento. Es la diéresis en cirugía de la conciencia. Es decir, una introspección profunda y minuciosa de la conciencia humana.

Decido revisar. En mi buró hay una pila de libros, dos de ellos son de filosofía taoista, tres son de budismo, el resto de literatura. En el librero de mi cuarto hay volúmenes que entran, salen, van al buró y regresan. Mi orden está regido por el capricho, el interés por algún tema específico y sin duda por lo que escribo en ese momento. Si se trata de algo histórico voy a mis libros de la vida cotidiana. Esto es una forma de voyerismo que, reconozco, me resulta irresistible. Saber cómo se vivía en otras épocas es mi máquina del tiempo y si hay algo que me encanta es viajar por el pasado. El tomo V, volumen 1 y 2, de Historia de la vida cotidiana en México (2006) ha sido mi fuente de consulta este año. Incluso, algunas veces me he quedado parada frente al librero leyendo algún otro tomo por simple gusto.

Como lo que escribo no solamente es novela histórica, paso de la crónica a la biología, como ahora que leo: What a plant knows (2017) de Daniel Chamovitz un libro que me recomendó mi amiga y compañera de letras Teté Mondlak, y que me ha introducido de forma amena a ese mundo que sólo conocía por percepción directa. Las plantas y sus seis sentidos, podría decirse. Mi relación con este libro ha sido divertida porque está todo subrayado y lleno de anotaciones. Me gusta relacionarme así con los textos, es como si conversáramos. 

 Tengo bastante tiempo trabajado a un personaje que tiene problemas con la verdad y este año me topé con un ensayo que me dejó encantada: Breve historia de la verdad (2020) de Julián Baggini. Un librito que me devoré en tres patadas y que subrayé copiosamente (lo tengo en mi Kindle, donde es más complicado conversar pero se puede). Un deleite leer sobre esta verdad que creemos tener muy segura, muy fija, muy bien construida y que en realidad es tan resbaladiza como un molusco. Incluso la que parece inamovible: la ciencia.

Por lo general no leo novedades, pero este año no pude resistirme a La vegetariana de Han Kang y me dio gusto acercarme a ella. Valió la pena leer sobre una sociedad que devora lo que no considera adecuado. Aunque novedad sólo fue para mí, porque el libro salió en 2007.

Mi amigo Carlos Bortoni —un escritor que es capaz de recapacitar sobre los temas que parecen más aburridos para descubrir un universo de emociones— publicó en 2023 su segunda novela: Historia mínima del desempleo. Adictivo. No pude soltarlo desde que empecé a leer. ¿Qué más se podía escribir sobre un tipo que está desempleado y vive con la frustración de no encontrar trabajo? Carlos Bortoni hurgó en todo lo posible y el resultado es muy interesante.

Lo que no puedo evitar es volver al cuento. Crecí con un padre que me leía Las mil y una noches y con una madre lectora que estaba rodeada de libros, que me compraba comics y cuentos desde que puedo recordar, algunos los tengo todavía. Este año he vuelto a los Cuentos reunidos de Cristina Peri Rossi (2007), a los Cuentos completos (1994) de Julio Cortázar. Debo reconocer que estos ejemplares no pasan demasiado tiempo en el librero, tampoco los de Raymond Carver. También volví a los cuentos y a las cartas de Rosario Castellanos.

Tengo otra debilidad, me gustan los diarios, sobre todo los diarios de mujeres. El diario de Katherine Mansfield (2008) no abandona nunca mi buró. Hay mucha magia en esas notas que no pretenden nada más que recopilar la experiencia del día o recabar imágenes que servirán después para algún cuento. También pasó por mi buró Diarios 1925-1930 de Virginia Wolf (2003). Aunque no soy una gran lectora de su obra literaria, sus diarios me encantan. Disfruto leer sobre lo cotidiano y más todavía si se trata de la cotidianeidad de esta mujer inglesa que formó uno de los grupos que han dejado huella en la literatura y en el ámbito cultural de la Inglaterra de su tiempo: Bloombsury.

También este año tuve la fortuna de que Omar Nieto, mi maestro, me regalara su libro de cuentos Fisiología del olvido (2018) que he leído de a poco porque así disfruto mucho más los cuentos. El tema principal es el olvido como enemigo que acecha sin importar jerarquías. Personajes mitológicos, ficticios y reales son asediados por el terror de olvidarlo todo, incluso el de ser ellos mismos olvidados. Datos reales e imaginarios juegan haciendo un pas de deux que resulta inquietante. Lo estoy reservando para terminarlo en vacaciones, en alguna playa en donde pueda escuchar al mar ir y venir mientras leo. Pienso que es el ritmo perfecto para acompañar un buen libro. Luego haré conjuros para no perder la memoria en lo que me quede de vida.

Virginia Hernández Reta, mi amiga diletrante, me regaló hace unos meses un libro de Pedro Meyer con texto de Martín Solares. Una joyita. No sólo porque el texto de Martín —quien también ha sido mi maestro—, es impecable sino porque las fotografías de Pedro son las que me motivaron a buscarlo en Facebook. A partir de ahí nació mi admiración por él y también nuestra amistad. Son imágenes en HDR, una técnica en la que se combinan tres o más fotografías en distinta exposición que se unen en una sola imagen a través de Photoshop. De esta manera se aprovechan los mejores detalles de cada fotografía, resaltando las áreas más luminosas y las más oscuras de la imagen. Un resultado que las hace más dramáticas y detalladas. Casi puede uno tocar a los personajes en la escena. En este proyecto, Pedro se internó en el Centro de la Ciudad de México, una zona que resulta adictiva por sus contrastes y enorme variedad. De niña lo recorría de la mano de mi mamá. A ella le encantaba ir. Ya desde entonces me parecía una zona sorprendente.

Al final de la recapitulación me doy cuenta de que no he leído tan poco como pensé. Fue buena idea hacer este ejercicio.  Para rematar este año ya tengo en mi Kindle No me pudiste matar (2025) de Ciro Gómez Leyva. Como apenas lo empecé quedará pendiente para el recuento del próximo año.

 

 

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