Lecturas, relecturas y prospectos
Ivonne Saed
Para cerrar el año, a nuestra diletrante Mariana Conde se le ocurrió que hagamos un recuento de lo que cada una leyó durante 2025. Con esto en mente, de lo primero que me di cuenta es que mis lecturas nuevas fueron pocas en comparación con mi promedio típico. Al percatarme de esto por un momento entré en pánico. ¿Acaso me pasé el año entero viendo reels en Instagram? ¿O mi trabajo me tuvo tan absorta que olvidé la lectura? O quizás la depresión de la situación política mundial me quitó por completo la concentración para sentarme a leer y transportarme a otro lugar a partir de las letras.
Creo que hubo un poco de todo lo anterior: en efecto, la locura de todo lo que acontece en este mundo sin brújula me ha llevado a escapar con frecuencia —y por periodos de tiempo más largos de lo que me gustaría aceptar— a mi fijación adictiva de ver reels de surfeadores minúsculos negociando las olas gigantes de Nazaré, a experimentar con métodos de pan de masa madre para lograr el esponjado perfecto que no me acaba de salir como quisiera, y a resolver todos los crucigramas y demás juegos que aparecen en el periódico dominical. Pero en los últimos doce meses también escribí mucho y leí —o, mejor dicho, releí— una buena cantidad de libros.
Empezando con las lecturas de primera vez, un libro recomendado por Daniella Blejer, que agradezco porque se quedó rondando en mi mente y aún no me suelta, fue la novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Țîbuleac. Es un tour de force en el que la agresión, el sufrimiento, la enfermedad y la ternura de los personajes se muestran como partes integrales e indispensables de un poliedro de emociones desenfrenadas. Sin duda, uno de los libros más perturbadores que he leído en mucho tiempo y también de los más gozosos.
Otra novela también inquietante, aunque en este caso por su falsa monotonía, fue Los vivos de Emiliano Monge. Ya el año anterior había disfrutado mucho Justo antes del final, la primera novela que le leí a este autor: una autoficción sobre la muerte de su madre y cuya narración se alimenta de una serie de chismes, conversaciones paralelas, noticias y datos históricos que expanden la biografía. En el caso de Los vivos, la narrativa tiene un tono ecuánime y con tintes surrealistas para contar lo terrible y lo temible que ocurre en un lugar ficticio que el lector, sin embargo, puede reconocer con facilidad.
Dado que escribo, pienso y sueño en español mientras cohabito en inglés y trabajo transitando idiomas de ida y vuelta, me pareció interesante el libro Exophony: Voyages Outside the Mother Tongue de Yoko Tawada, en el que la autora reflexiona sobre su propia experiencia de escribir en otra lengua, así como la de otros creadores que viven y trabajan a medio camino entre un idioma propio y uno adoptado.
Y hablando de idiomas, este año tuve oportunidad de participar en presentaciones literarias en dos ocasiones, lugares y lenguas distintas, lo que me obligó a hacer ciertas lecturas y revisitar ciertos autores a los que, de otra manera, no habría vuelto.
El más reciente fue a principio de noviembre, cuando participé con Diletrantes en San Antonio, Texas, en la IV Feria del Libro en Español y el XIII Encuentro de Escritores Letras en la Frontera, lo que me obligó a revisitar lecturas tanto propias como ajenas. Cabe notar aquí la relectura que hice de todo lo que conozco de la escritora chilena María Luisa Bombal, así como de algunas otras de las autoras del boom silencioso latinoamericano, esto es, el boom femenino. Entre las muchas lecturas para las presentaciones de esta feria, tuve dos encuentros sumamente placenteros: uno fue el descubrimiento del libro de poesía Las musas inquietantes de Cristina Peri Rossi, en el que la autora elabora una serie de poemas ecfrásticos sobre obras pictóricas conocidas y les otorga así una significación que expande la obra plástica hacia lugares nunca antes pensados por sus observadores; el otro fue la relectura de un par de capítulos de Tiros en el conciertode Christopher Domínguez Michael, en los que relata detalles de las relaciones entre los escritores del grupo de los Contemporáneos y, en especial, profundiza sobre Jorge Cuesta y su condición de intelectual.
Unos meses antes, durante el verano, en Portland, Juan Antonio Trujillo, Cindy Williams Gutiérrez y yo, acompañados de la música de María Olaya, compartimos el escenario en una lectura pública y conversación sobre nuestras obras más recientes. Objetos de [des]amor, de Tony (un híbrido autobiográfico que mezcla narración, poesía y fotografía), y This Tender Geography, de Cindy (poesía), fueron dos lecturas que hice con detenimiento para ponerlas en diálogo entre sí y con mi propia obra.
En cuanto a mi acercamiento a la poesía, hubo un incidente hacia el último trimestre del año, que involucró a un funcionario público encargado de la cultura en México. “Gracias” a sus desafortunadas declaraciones, me encontré leyendo algunos libros de este género. Entre éstos, disfruté Perros muy azules de Claudia Hernández de Valle-Arizpe —un regalo de Virginia Hernández Reta—, así como la relectura de los libros Es sed de morir el paraíso y Fragmentos para una No/Vela de la poeta Jenny Asse Chayo. Estas dos colecciones, como toda la obra de Jenny, están poblados de indagaciones poéticas sobre la trascendencia de la palabra como material de la creación y del ser. El hilo conductor de estos libros, a su vez, me llevó de regreso a Edmond Jabès, un escritor que admiro profundamente por la dimensión filosófica contenida en su poesía. Su volumen Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato es uno de mis pendientes para terminar el año.
Por último, y para cerrar con broche de oro, una relectura que va más mucho más allá de las palabras y que esta vez disfruté en compañía de mi amiga Oshra Rapaport: el libro Génesis del fotógrafo Sebastião Salgado, quien falleció hace pocos meses. Un tomo de gran formato que me llegó cargado con el cariño de la nostalgia de otras épocas. A este volumen regreso cada cierto tiempo para disfrutar de las extraordinarias imágenes en blanco y negro, hechas por una de las miradas más agudas y comprometidas que ha dado el arte de la fotografía. Su belleza y perspectivas deslumbrantes proyectan una esperanza que siempre se agradece.

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