lunes, 15 de junio de 2026

Muerte y nacimiento del mito en “Centauro” de José Saramago y “Las cosas que perdimos en el fuego” de Mariana Enríquez

Daniella Blejer





Una criatura híbrida, extraña, imposible. Mitad hombre, mitad equino: Centauro habita el relato de José Saramago publicado en el libro Casi un objeto (1973). Cansado de una vida interminable, el último centauro vivo carga con el peso de haber presenciado la muerte de su semejante, Neso, a manos de Heracles (Hércules). A pesar del paso del tiempo, Centauro sigue maquinando cómo vengarlo. En sus sueños se enfrenta a Heracles y lo derrota con toda su fuerza: la humana y la equina. Centauro sufre debido a su condición doble: no logra acoplar su cuerpo e instintos equinos a su torso y mente humanas. Camina sin rumbo por los años de los años, hasta llegar a los parajes de la modernidad, donde observa a lo lejos a una figura quijotesca atacando molinos. Cuando finalmente logra llegar a su tierra, la antigua Grecia, se da cuenta de que los dioses se han marchado: el mundo clásico ha muerto. Cansado de esconderse, Centauro se atreve a caminar a plena luz del día. En su vagabundeo se topa con una mujer en el campo. Impulsado por su doble naturaleza, la toma y huye con ella a cuestas. Una multitud, armada y enfurecida, comienza a perseguirlo. Centauro deja a la joven y corre para escapar de un mundo que no lo comprende, en el cual pareciera no poder cumplir más su función. Agotado, llega hasta un acantilado donde decide tirarse al vacío. Al despeñarse, una piedra parte su cuerpo en dos liberando al hombre del caballo. El torso y la cabeza humanas caen de espaldas. Antes de morir, Centauro por fin logra mirar al cielo.

            Mientras que la figura que representa el mito en el cuento de Saramago sufre una muerte simbólica al no tener más una pertinencia en la modernidad, en “Las cosas que perdimos en el fuego” (2016) de Mariana Enríquez asistimos al nacimiento de un nuevo mito con todo y su ritual. El cuento plantea una sociedad en la que las mujeres se prenden fuego de forma colectiva para iniciar un movimiento de resistencia extrema. Desfiguran sus rostros y cuerpos para escapar de los feminicidios. Estropean su propia piel antes de que los agresores las puedan destruir o si quiera desear. El detonante del fenómeno y símbolo del movimiento es la “chica del subte”, quien, con la cara desfigurada por las quemaduras, viaja por las líneas del metro contando cómo fue atacada por su pareja. El individuo, además de agredirla, declaró a la prensa que ella se quemó a sí misma. Es así como nace el mito de hermandades secretas, mujeres que organizan rituales alrededor de una fogata para quemar partes de su cuerpo. Lejos de proyectarse como víctimas, estas mujeres se apropian de sus cuerpo para decidir y adquirir poder sobre sí mismas.

El cambio en la función del mito entre ambos cuentos puede entenderse a través de la Dialéctica de la Ilustración(1944), donde Max Horkheimer y Theodor W. Adorno analizan la pretensión del pensamiento ilustrado de disolver los mitos en pos del saber científico, el cual no aspira a la “verdad”, sino al dominio sobre la naturaleza. En la senda de la ciencia moderna, dicen los filósofos alemanes, los hombres renunciaron al sentido, y la lógica reductora de la Ilustración se dirigió de nuevo hacia la mitología de la que tanto quería escapar. 

Este vaivén sobre el lugar del mito en nuestras vidas se observa al hacer una comparación entre las narraciones mencionadas. El centauro del cuento de Saramago ha perdido su relevancia en el mundo moderno, pues el pensamiento ilustrado ––racional y científico–– ha sustituido la función del mito: dar sentido a la condición humana. En cambio, la cofradía de mujeres del cuento de Mariana Enríquez, manifiesta la necesidad, no solo de reivindicar la figura y el poder de la bruja, sino de crear una nueva mitología para cambiar las normas y los valores de la sociedad.  

            Quizás los seres humanos tengamos un pensamiento híbrido, como el centauro. Por un lado, aspiramos a la racionalidad y el avance de la ciencia, por el otro, somos animales simbólicos y requerimos del mito para dar sentido a la realidad, organizar a la sociedad y dar respuesta a nuestras preguntas existenciales. 

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