domingo, 28 de diciembre de 2025

Mis debilidades cuando de leer se trata

Amélie Olaiz

 

 


Si inicias algo termínalo, me dijeron mis padres por años. Y con ese mandato en mente también leí. Libro que iniciaba, libro que terminaba. La verdad es que no era difícil, me encantaban los cuentos. 

Ahora es otra cosa, podría decirse que soy totalmente desordenada para leer. Si pierdo el interés en algún libro, adiós, lo abandono o lo regalo. Cuando a Mariana Conde, mi compañera diletrante, se le ocurrió lo de las listas de lecturas yo recordé mi desorden literario. No he leído nada, pensé. El curso de Qigong que tomé este año me ha tenido saturada de lecturas que nada tienen que ver con la estética del lenguaje. El Qigong es filosofía taoísta y budista, también son instrucciones para la meditación en movimiento. Es la diéresis en cirugía de la conciencia. Es decir, una introspección profunda y minuciosa de la conciencia humana.

Decido revisar. En mi buró hay una pila de libros, dos de ellos son de filosofía taoista, tres son de budismo, el resto de literatura. En el librero de mi cuarto hay volúmenes que entran, salen, van al buró y regresan. Mi orden está regido por el capricho, el interés por algún tema específico y sin duda por lo que escribo en ese momento. Si se trata de algo histórico voy a mis libros de la vida cotidiana. Esto es una forma de voyerismo que, reconozco, me resulta irresistible. Saber cómo se vivía en otras épocas es mi máquina del tiempo y si hay algo que me encanta es viajar por el pasado. El tomo V, volumen 1 y 2, de Historia de la vida cotidiana en México (2006) ha sido mi fuente de consulta este año. Incluso, algunas veces me he quedado parada frente al librero leyendo algún otro tomo por simple gusto.

Como lo que escribo no solamente es novela histórica, paso de la crónica a la biología, como ahora que leo: What a plant knows (2017) de Daniel Chamovitz un libro que me recomendó mi amiga y compañera de letras Teté Mondlak, y que me ha introducido de forma amena a ese mundo que sólo conocía por percepción directa. Las plantas y sus seis sentidos, podría decirse. Mi relación con este libro ha sido divertida porque está todo subrayado y lleno de anotaciones. Me gusta relacionarme así con los textos, es como si conversáramos. 

 Tengo bastante tiempo trabajado a un personaje que tiene problemas con la verdad y este año me topé con un ensayo que me dejó encantada: Breve historia de la verdad (2020) de Julián Baggini. Un librito que me devoré en tres patadas y que subrayé copiosamente (lo tengo en mi Kindle, donde es más complicado conversar pero se puede). Un deleite leer sobre esta verdad que creemos tener muy segura, muy fija, muy bien construida y que en realidad es tan resbaladiza como un molusco. Incluso la que parece inamovible: la ciencia.

Por lo general no leo novedades, pero este año no pude resistirme a La vegetariana de Han Kang y me dio gusto acercarme a ella. Valió la pena leer sobre una sociedad que devora lo que no considera adecuado. Aunque novedad sólo fue para mí, porque el libro salió en 2007.

Mi amigo Carlos Bortoni —un escritor que es capaz de recapacitar sobre los temas que parecen más aburridos para descubrir un universo de emociones— publicó en 2023 su segunda novela: Historia mínima del desempleo. Adictivo. No pude soltarlo desde que empecé a leer. ¿Qué más se podía escribir sobre un tipo que está desempleado y vive con la frustración de no encontrar trabajo? Carlos Bortoni hurgó en todo lo posible y el resultado es muy interesante.

Lo que no puedo evitar es volver al cuento. Crecí con un padre que me leía Las mil y una noches y con una madre lectora que estaba rodeada de libros, que me compraba comics y cuentos desde que puedo recordar, algunos los tengo todavía. Este año he vuelto a los Cuentos reunidos de Cristina Peri Rossi (2007), a los Cuentos completos (1994) de Julio Cortázar. Debo reconocer que estos ejemplares no pasan demasiado tiempo en el librero, tampoco los de Raymond Carver. También volví a los cuentos y a las cartas de Rosario Castellanos.

Tengo otra debilidad, me gustan los diarios, sobre todo los diarios de mujeres. El diario de Katherine Mansfield (2008) no abandona nunca mi buró. Hay mucha magia en esas notas que no pretenden nada más que recopilar la experiencia del día o recabar imágenes que servirán después para algún cuento. También pasó por mi buró Diarios 1925-1930 de Virginia Wolf (2003). Aunque no soy una gran lectora de su obra literaria, sus diarios me encantan. Disfruto leer sobre lo cotidiano y más todavía si se trata de la cotidianeidad de esta mujer inglesa que formó uno de los grupos que han dejado huella en la literatura y en el ámbito cultural de la Inglaterra de su tiempo: Bloombsury.

También este año tuve la fortuna de que Omar Nieto, mi maestro, me regalara su libro de cuentos Fisiología del olvido (2018) que he leído de a poco porque así disfruto mucho más los cuentos. El tema principal es el olvido como enemigo que acecha sin importar jerarquías. Personajes mitológicos, ficticios y reales son asediados por el terror de olvidarlo todo, incluso el de ser ellos mismos olvidados. Datos reales e imaginarios juegan haciendo un pas de deux que resulta inquietante. Lo estoy reservando para terminarlo en vacaciones, en alguna playa en donde pueda escuchar al mar ir y venir mientras leo. Pienso que es el ritmo perfecto para acompañar un buen libro. Luego haré conjuros para no perder la memoria en lo que me quede de vida.

Virginia Hernández Reta, mi amiga diletrante, me regaló hace unos meses un libro de Pedro Meyer con texto de Martín Solares. Una joyita. No sólo porque el texto de Martín —quien también ha sido mi maestro—, es impecable sino porque las fotografías de Pedro son las que me motivaron a buscarlo en Facebook. A partir de ahí nació mi admiración por él y también nuestra amistad. Son imágenes en HDR, una técnica en la que se combinan tres o más fotografías en distinta exposición que se unen en una sola imagen a través de Photoshop. De esta manera se aprovechan los mejores detalles de cada fotografía, resaltando las áreas más luminosas y las más oscuras de la imagen. Un resultado que las hace más dramáticas y detalladas. Casi puede uno tocar a los personajes en la escena. En este proyecto, Pedro se internó en el Centro de la Ciudad de México, una zona que resulta adictiva por sus contrastes y enorme variedad. De niña lo recorría de la mano de mi mamá. A ella le encantaba ir. Ya desde entonces me parecía una zona sorprendente.

Al final de la recapitulación me doy cuenta de que no he leído tan poco como pensé. Fue buena idea hacer este ejercicio.  Para rematar este año ya tengo en mi Kindle No me pudiste matar (2025) de Ciro Gómez Leyva. Como apenas lo empecé quedará pendiente para el recuento del próximo año.

 

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Lecturas, relecturas y prospectos

Ivonne Saed



Para cerrar el año, a nuestra diletrante Mariana Conde se le ocurrió que hagamos un recuento de lo que cada una leyó durante 2025. Con esto en mente, de lo primero que me di cuenta es que mis lecturas nuevas fueron pocas en comparación con mi promedio típico. Al percatarme de esto por un momento entré en pánico. ¿Acaso me pasé el año entero viendo reels en Instagram? ¿O mi trabajo me tuvo tan absorta que olvidé la lectura? O quizás la depresión de la situación política mundial me quitó por completo la concentración para sentarme a leer y transportarme a otro lugar a partir de las letras.

Creo que hubo un poco de todo lo anterior: en efecto, la locura de todo lo que acontece en este mundo sin brújula me ha llevado a escapar con frecuencia —y por periodos de tiempo más largos de lo que me gustaría aceptar— a mi fijación adictiva de ver reels de surfeadores minúsculos negociando las olas gigantes de Nazaré, a experimentar con métodos de pan de masa madre para lograr el esponjado perfecto que no me acaba de salir como quisiera, y a resolver todos los crucigramas y demás juegos que aparecen en el periódico dominical. Pero en los últimos doce meses también escribí mucho y leí —o, mejor dicho, releí— una buena cantidad de libros.

Empezando con las lecturas de primera vez, un libro recomendado por Daniella Blejer, que agradezco porque se quedó rondando en mi mente y aún no me suelta, fue la novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Țîbuleac. Es un tour de force en el que la agresión, el sufrimiento, la enfermedad y la ternura de los personajes se muestran como partes integrales e indispensables de un poliedro de emociones desenfrenadas. Sin duda, uno de los libros más perturbadores que he leído en mucho tiempo y también de los más gozosos.

Otra novela también inquietante, aunque en este caso por su falsa monotonía, fue Los vivos de Emiliano Monge. Ya el año anterior había disfrutado mucho Justo antes del final, la primera novela que le leí a este autor: una autoficción sobre la muerte de su madre y cuya narración se alimenta de una serie de chismes, conversaciones paralelas, noticias y datos históricos que expanden la biografía. En el caso de Los vivos, la narrativa tiene un tono ecuánime y con tintes surrealistas para contar lo terrible y lo temible que ocurre en un lugar ficticio que el lector, sin embargo, puede reconocer con facilidad.

Dado que escribo, pienso y sueño en español mientras cohabito en inglés y trabajo transitando idiomas de ida y vuelta, me pareció interesante el libro Exophony: Voyages Outside the Mother Tongue de Yoko Tawada, en el que la autora reflexiona sobre su propia experiencia de escribir en otra lengua, así como la de otros creadores que viven y trabajan a medio camino entre un idioma propio y uno adoptado.

Y hablando de idiomas, este año tuve oportunidad de participar en presentaciones literarias en dos ocasiones, lugares y lenguas distintas, lo que me obligó a hacer ciertas lecturas y revisitar ciertos autores a los que, de otra manera, no habría vuelto. 

El más reciente fue a principio de noviembre, cuando participé con Diletrantes en San Antonio, Texas, en la IV Feria del Libro en Español y el XIII Encuentro de Escritores Letras en la Frontera, lo que me obligó a revisitar lecturas tanto propias como ajenas. Cabe notar aquí la relectura que hice de todo lo que conozco de la escritora chilena María Luisa Bombal, así como de algunas otras de las autoras del boom silencioso latinoamericano, esto es, el boom femenino. Entre las muchas lecturas para las presentaciones de esta feria, tuve dos encuentros sumamente placenteros: uno fue el descubrimiento del libro de poesía Las musas inquietantes de Cristina Peri Rossi, en el que la autora elabora una serie de poemas ecfrásticos sobre obras pictóricas conocidas y les otorga así una significación que expande la obra plástica hacia lugares nunca antes pensados por sus observadores; el otro fue la relectura de un par de capítulos de Tiros en el conciertode Christopher Domínguez Michael, en los que relata detalles de las relaciones entre los escritores del grupo de los Contemporáneos y, en especial, profundiza sobre Jorge Cuesta y su condición de intelectual.

Unos meses antes, durante el verano, en Portland, Juan Antonio Trujillo, Cindy Williams Gutiérrez y yo, acompañados de la música de María Olaya, compartimos el escenario en una lectura pública y conversación sobre nuestras obras más recientes. Objetos de [des]amor, de Tony (un híbrido autobiográfico que mezcla narración, poesía y fotografía), y This Tender Geography, de Cindy (poesía), fueron dos lecturas que hice con detenimiento para ponerlas en diálogo entre sí y con mi propia obra.

En cuanto a mi acercamiento a la poesía, hubo un incidente hacia el último trimestre del año, que involucró a un funcionario público encargado de la cultura en México. “Gracias” a sus desafortunadas declaraciones, me encontré leyendo algunos libros de este género. Entre éstos, disfruté Perros muy azules de Claudia Hernández de Valle-Arizpe —un regalo de Virginia Hernández Reta—, así como la relectura de los libros Es sed de morir el paraíso y Fragmentos para una No/Vela de la poeta Jenny Asse Chayo. Estas dos colecciones, como toda la obra de Jenny, están poblados de indagaciones poéticas sobre la trascendencia de la palabra como material de la creación y del ser. El hilo conductor de estos libros, a su vez, me llevó de regreso a Edmond Jabès, un escritor que admiro profundamente por la dimensión filosófica contenida en su poesía. Su volumen Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato es uno de mis pendientes para terminar el año.

Por último, y para cerrar con broche de oro, una relectura que va más mucho más allá de las palabras y que esta vez disfruté en compañía de mi amiga Oshra Rapaport: el libro Génesis del fotógrafo Sebastião Salgado, quien falleció hace pocos meses. Un tomo de gran formato que me llegó cargado con el cariño de la nostalgia de otras épocas. A este volumen regreso cada cierto tiempo para disfrutar de las extraordinarias imágenes en blanco y negro, hechas por una de las miradas más agudas y comprometidas que ha dado el arte de la fotografía. Su belleza y perspectivas deslumbrantes proyectan una esperanza que siempre se agradece.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Libros que marcaron mi 2025

Virginia Hernández Reta

 



Antes, hace mucho, leía de forma monógama. Me consagraba a un libro, en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso, lo amaba y lo respetaba por todos los días de lectura. Hoy, ya en la adultez tardía, mis relaciones con los libros son poliamorosas: cuando estoy de humor de uno, dejo al otro; cuando quiero conversar con ese otro, dejo colgado al uno. Sin embargo, la poligamia lectora tiene sus desventajas: una de éstas, me tardo más en acabar cualquier libro y mi mesa de noche se pierde bajo una torre de volúmenes en dudoso equilibrio. Así que recomendaré algunos con los que en este 2025 mantengo relaciones.

       Como cada año, he leído menos de lo que debería y quisiera. En mi sobrecargado buró descansan la hermosa edición de ¿Soy una snob? y otros ensayos de Virginia Woolf (Editorial Alma, 2024), que recibí de regalo el diciembre pasado de mi amiga Mayán; el libro infantil Leche del sueño, escrito e ilustrado por Leonora Carrington (Fondo de Cultura Económica, 2024), y que encontré en la FILUNI en la UNAM hace unos meses; también el precioso Braiding Sweetgrass de Robin Wall Kimmerer (Milkweed Editions, 2020), un libro que retoma la sabiduría de los primeros moradores canadienses, y que fue otro regalo, esta vez de mi hija. ¿Cómo decidir mis libros favoritos de 2025 si también me encantó el macabro, divertido y minúsculo álbum ilustrado de Edward Gorey, tan gore como su apellido, y regalo de Ivonne Saed ­—que conoce mi gusto por las insólitas ilustraciones— y en el que Edward dibuja niños que perecen por muertes que riman con sus nombres (The Gashleycrumb Tinies, HarperCollins Publishers, 1997)?    

    Ateniéndose a que no se me da la síntesis, y a que ya he hablado de mi terrible indecisión para escoger entre varias cosas, las Diletrantes me pidieron escribir sobre dos o tres de mis libros favoritos este año, así que recomendaré cuatro (no pude decidirme por menos):

 

1.     NOVELA

Verano, de J.M. Coetzee (Mondadori, 2010). Se trata de una autobiografía que me sorprendió por la manera novedosa en que el autor se inventa varias voces —­un periodista que toma notas, mujeres que fueron amores de Coetzee y que aceptan entrevistas imaginadas con el periodista imaginado— para armar las memorias del escritor sudafricano en la década de los 70 en Ciudad del Cabo. Coetzee hace autoficción mientras refleja el inadmisible racismo del Apartheid —sin embargo solapado por todo el mundo en pleno siglo XX. Una extraordinaria manera de hablar de sí mismo por medio de otros que uno se ha inventado. ¿No es tentador?

 

2.     CUENTO

Nadie es más de aquí que tú (Debolsillo, 2025), de la escritora, cineasta y artista multidisciplinaria Miranda July. Fue otro regalo, éste de Mariana Conde. Un libro de cuentos desaforados, de imaginación desbordante, perturbadores, llenos de soledad y desasosiego, pero también de ternura e hilarante sentido del humor. Para muestra un botón, o más precisamente, una línea: una joven decide dar clases de natación a tres ancianos ¡en la cocina de su departamento! Y ese es sólo el comienzo.

 

3.     LIBRO DE ARTE

Frida: Love and Pain de la fotógrafa Ishiuchi Miyako. Este fue un hallazgo en más de un sentido, y lo será para quien pueda conseguirlo, pues sólo está editado en Japón. Se trata de una hermosa publicación de las fotografías que Ishiuchi hizo en la Casa Azul en 2012 por encargo del Museo Frida Kahlo. De las imágenes que no se usaron para el libro que publicó el Museo nace este otro. Ropa, accesorios, zapatos y cosméticos de la pintora dejan ver, no el lado colorido y optimista de Kahlo, sino una Frida más oscura: su antifaz para dormir, sus guantes de noche, su cepillo de dientes gastado, sus zapatos de tacón desigual; sus mocasines, uno con la punta cortada para poder usarlo después de que le amputaran los dedos, sus lentes oscuros, su esmalte rojo de uñas, sus pastillas para el dolor… La fotógrafa que retrató la ropa de las víctimas de Hiroshima o las de su madre muerta, plasma las pertenencias de Frida con la misma oscura nostalgia. Una belleza.

 

4.     LIBRO OBJETO

No importa feria, librería o biblioteca, siempre acabo en la sección infantil. En la FIL de Guadalajara 2024 rondaba los estantes cuando me encontré una pepita de oro, una minúscula joya, un pequeño libro gozoso y lúdico.Lost in Translation. Again (Libros del Zorro Rojo, 2016), escrito y deliciosamente ilustrado por Ella Frances Sanders. Se trata de un compendio de expresiones curiosas de todas partes del mundo y es de esas epifanías que uno se encuentra y tiene que poseer irremediablemente. Tan deleitoso fue el descubrimiento que no estuvo exento de una gran dosis de envidia: ¿por qué no se me ocurrió a mí la idea? Trivia que no sirve más que para el azoro y para demostrar que el lenguaje revela mundos y formas de entenderlos: ¿qué significa en Alemania la expresión “ver crecer los rábanos desde abajo”, o el dicho rumano “sacar a alguien de sus sandías”, o la frase tibetana “dar una respuesta verde a una pregunta azul”? Muchas de esas explicaciones las leí y ya las olvidé (ya he hablado también de mi mala memoria). Tampoco recuerdo la última vez que —como me pasó con éste— quise literalmente abrazar el libro como si fuera un talismán o un juguete muy querido de la infancia.

 

Lo más emocionante de todo: tres de estos cuatro volúmenes me siguen esperando junto a la cama fielmente, sin que les importe mi abandono ni mi promiscuidad. Además, caigo en la cuenta de que gran parte de mis libros este año fueron regalos llenos de cariño o pasiones a primera vista. No puedo más que agradecerlo y esperar con ansia los textos que me marcarán en 2026.  

viernes, 19 de diciembre de 2025

De oídas y de letras en 2025

Mariana Conde

 


El mes pasado lancé una invitación a mis compañeras Diletrantes para que compiláramos un índice de nuestras lecturas favoritas de este año. Poco iba yo a imaginar –aunque tratándose de este grupo, pequé de inocente– que lo que siguió fue no una simple lista con breves descripciones, sino todo un disertar –o diletrar–  sobre géneros literarios, distintas formas de leer y el significado de los libros en nuestra vida. 

            Yo, como hice el año pasado, hablaré de obras que me acompañaron durante este, ya sea en papel, libro electrónico (yo uso el Kindle) o como audiolibro, aunque no necesariamente se publicaron en 2025. Para los no iniciados, la forma cómo elijo en qué formato abordar un libro es a veces oportunista y otras deliberado: en el primer caso, están esas lecturas que no quiero esperar a conseguir y que puedo descargar de inmediato en el lector electrónico o mi plataforma de escucha; también cuando me aparecen ofertas irresistibles en cualquier formato. Soy más intencional cuando decido cómo optimizar mis horas de literatura: si se trata de un libro del cual no estoy segura, un autor nuevo o, por el contrario, un clásico que tengo como deuda pendiente, es probable que elija escucharlos. Si es un libro que me vengo saboreando y es recomendación de alguien que me importa, lo reservo para leer en papel y tinta.

            Ideé una nueva estrategia para disfrutar de manera ininterrumpida, durante unos minutos más, mi audiolibro mañanero del gimnasio: me hice de una buena bocina contra agua (en mi caso una JBL flip) y, al salir de mi sesión de ejercicio, cambio mis audífonos por ella, que entra conmigo a la regadera y me sigue contando historias al oído mientras me baño, me seco y posteriormente cuando me unto todos los ungüentos que descubro necesita una mujer de mi edad en diversas partes de rostro y cuerpo –lista que merece su propia columna– antes de salir a enfrentar el mundo cada día. 

            Otra forma de maximizar el tiempo de lectura es aquel consejo muy viejo, pero con frecuencia olvidado, que es llevar siempre un libro en la bolsa. Salas de espera, colas, minutos mientras llega la persona con la que quedaste para un café se pasan mejor leyendo algunas páginas del volumen de tu elección. 

            Algunos de esos volúmenes, que fueron memorables para mí en estos últimos doce meses, son los siguientes:

 

La ciudad y sus muros inciertos, Haruki Murakami (Planeta Audio, 2024).

Uno de esos títulos largos que me encantan en formato de escucha, si bien demandó de mi atención activa y mucho uso del botón de retroceder para poder captar los sucesos surreales que en él se narran. Este fue un texto retrabajado de Murakami; publicado en 1980 como un cuento, el autor decidió aprovechar el encierro de la pandemia en 2020 para reescribirlo y el resultado fue esta novela de más de 600 páginas. En ella se presentan distintas dimensiones que el protagonista navega en busca de su identidad y del gran amor que conoció a sus diecisiete años y nunca pudo olvidar. Sueños, fantasmas, sombras, ciudades y murallas imaginarias se entremezclan e intrigan nuestra imaginación y entendimiento. No fue la forma más fácil de reinsentarme como lectora del autor japonés y los cambios de una realidad a otra me costaron un poco, pero al final todo valió la pena.

Nada se opone a la noche, Delphine de Vigan (Anagrama, 2019)

Desde que descubrí a de Vigan, es difícil pensar en un recuento mío que no la incluya. En este volumen autobiográfico, la autora habla de su infancia, su familia y en especial de su madre, su abuela y abuelo, personajes todos llenos de claroscuros. En una trama escrita magistralmente, se cuenta de manera llana, sin melodrama, la historia de una familia plagada por eventos de depresión, suicidio, incesto, así como también amor y fraternidad. Sucesos que nadie en la familia habría querido desenterrar, y que de Vigan afirmó: “Necesitaba escribir y no podía escribir otra cosa, nada más que eso.” Además de deleitarme con la pericia de la autora para relatar de manera magnética una historia, me hizo reflexionar sobre mi propia escritura, a ratos profundamente autoreferencial.

Los rotos, Alaíde Ventura Medina (Random House, 2019)

Premio Mauricio Achar 2019, esta novela integrada por fragmentos, vistazos hacia atrás y adelante en la vida de la protagonista, marcada por la violencia paterna que desintegró –de forma literal– a la familia y cada uno de sus miembros, está escrita de manera impecable y fresca, dinámica. A través de fotos de la infancia conservadas por su hermano, la protagonista va intentando reinterpretar su historia y dar sentido a la propia identidad y forma errática de actuar. Es un texto que cimbra y que duele, con el dolor de un país en el que la violencia intrafamiliar es cosa de todos los días y cuyas consecuencias tienen largo alcance, descritas de una forma que no me había tocado ver antes. Apenas su segunda novela, (la primera, Como Caracol, fue premio Gran Angular 2018), Ventura es una escritora que llegó para quedarse y a la que habrá que seguirle los pasos. 

Cómo desaparecer completamente, Mariana Enriquez (Anagrama, 2025)

Matías Kovac a sus dieciséis años quiere esfumarse: de su casa, de su familia rota en todos los sentidos, de su vida plagada de desgracias. No tiene amigos verdaderos, ni intereses, ni un talento. Aspira a ser más, a salir de la espiral en descenso que es su existencia y no sabe cómo hacerlo. Mariana Enriquez nos asoma sin filtros y con lenguaje poderoso, despiadado, exacto, a la miseria de un barrio del conurbado de Buenos Aires, plagado de sordidez, crimen y desesperanza, en el que Matías apenas logra mantenerse a flote, como pez nadando en una ciénaga. A lo largo de la novela queremos que Matías salga de su letargo, que rompa, que corte, que vuele, lo que sea con tal de desaparecer completamente de ahí.

The Fyodor Dostoyevsky Complete Collection (SNR Audio, 2024)

Esta joya de 266 horas grabadas me salió como sugerencia gratuita en mi cuenta de Audible y, por supuesto, no dejé de aprovecharla. Advierto que es en inglés y que ha sido complicado seguir el intricado inventario de nombres con patronímicos y apodos de los personajes de Dostoievski que, quien lo ha leído, sabe que abundan. Sin embargo, me ha dado para horas y horas de escucha y la oportunidad de repasar clásicos como Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov y El idiota, después de lo cual aún me queda más de la mitad por disfrutar. Independientemente de si lees en inglés o te gusta Dostoyevsky, este es sólo un ejemplo de los clásicos que se pueden encontrar gratis en formato de audiolibro y electrónico también en distintas plataformas. 

Muchos otros libros pasaron por mi buró y mis oídos, –así como por mi bolso, el asiento trasero de un Uber y la fila del banco– como Las perfecciones, de Vicenzo Latronico, finalista al International Booker Prize 2005, una mirada cínica sobre la superficialidad de nuestros tiempos donde la vida debe verse como foto para Instagram; y el libro de cuentos, ganador de ese mismo premio, Heart Lamp, de Deepa Bhasthi, que me hizo recordar que la misoginia y estragos del machismo no son propiedad exclusiva de México. He de mencionar que el Booker, que siempre me había dejado grandes recomendaciones, en está ocasión me quedó a deber y aunque estos dos volúmenes tienen sus aciertos, me decepcionaron. Ahora estoy disfrutando el inicio de Tierra de empusas, la más reciente novela de Olga Tokarczuk, que promete ser tan oscura como su Sobre los huesos de los muertos, que tanto me gustó. 

Me encantaría saber si concuerdas –o aún mejor, si difieres– con esta lista y cuales han sido tus mejores lecturas de este año. Soy toda oídos (y ojos también). 

 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Leer en colectivo: lo mejor del 2025

Daniella Blejer

 




Durante la pandemia tuve la iniciativa de convocar un grupo de lectura a distancia con la intención de hacer más llevadero ese tiempo sin tiempo. A la fecha el grupo sigue reuniéndose, con el constante ir y venir de sus integrantes, para transitar por los diversos enfoques históricos, geopolíticos, teóricos y estéticos con los que se puede explorar la literatura. Cada mes nos reunimos a discutir un libro, a veces con frustración y otras con deleite, pero siempre con la convicción de construir entre todos el sentido de la obra literaria. En ocasiones un libro nos sorprende por su universalidad y puede llevarnos a reflexionar sobre nuestro propio entorno o circunstancias. Leer es una experiencia individual que en nuestro caso también se ha convertido en un rico diálogo colectivo.  

En 2025 nos aventuramos por la literatura mundial desde la heterogeneidad del cuento y la novela. Durante el primer semestre batallamos con Guerra y guerra (1999) de Lázló Krasznahorkai ––recomendación de mi amiga y diletrante Ivonne Saed–– un reto que no todos disfrutaron. Algunos no pudieron con la dificultad de la novela y se dieron por vencidos, otros se desesperaron con el personaje y decidieron abandonar antes de enloquecer, sin embargo, hubo un par de lectores que la disfrutaron mucho. Mi experiencia de lectura fue difícil, a menudo me sentía perdida o dislocada entre la cascada de palabras que van de la prolepsis a la analepsis con pocos signos de puntuación; recursos que el autor utiliza para construir la poética de la novela y recrear un mundo caótico y sinsentido. Ante el lenguaje, me sentí incomunicada como el protagonista, Korin, un húngaro en Nueva York que no habla inglés. El relato dentro del relato, manuscrito que el protagonista se siente obligado a compartir con la humanidad, trata sobre las aventuras de cuatro personajes en un mundo atemporal que no deja de estar en guerra: espejo de adivinación del siglo XXI. Al enteramos que Krasznahorkai ganó el Nobel se armó el la trifulca en el chat grupal entre quienes apreciaron el libro y quienes lo odiaron.

Después de la ardua tarea de comprender a Krasznahorkai, la mayoría disfrutó la cálida prosa de El desertor (2005) de Abdulrazak Gurnah, novela recomendada por mi exalumno y amigo, Pedro Salamanca. La novela relata dos sagas familiares que transcurren en Zanzíbar, la primera durante el colonialismo británico, y la otra poco antes de la independencia. Salvo por los lectores de Ébano de Ryszard Kapuściński, sabíamos muy poco sobre la historia de la isla donde interactuaron africanos, árabes, indios y europeos. El autor logró atraparnos por su maestría al narrar, a varias voces, la vida de los personajes divididos entre sus tradiciones religiosas y culturales, y sus deseos de integrarse a la herencia colonial. Las dos historias son hilvanadas por una tercera urde: el relato autoficcional del autor, vinculado a ambas familias. El narrador/autor emigra a Londres con una beca académica mientras ocurre el golpe de estado y la guerra civil que le impedirá volver a reunirse con sus familiares. Esta novela con personajes entrañables que levanta una crítica sobre el colonialismo y sus consecuencias nos sensibilizó profundamente.

En ese primer semestre, además de estos dos gigantes, el libro de cuentos de Dahlia de la Cerda, Perras de reserva(2022), recomendada por mi amiga, la escritora Karen Karake, nos despertó mucho interés. Las historias, entrelazadas entre sí, giran en torno a personajes femeninos que logran resistir, reivindicarse o posicionarse fuera del papel de la víctima. Algunas de ellas son mujeres ambiciosas, violentas, asesinas, fresas, lumpen o buchonas que ya sea en esta vida o en el más allá obtendrán sus deseos, venganza o justicia. La prosa es ágil y desenfadada con un lenguaje que recoge la oralidad del norte y centro del país. Aunque se narre sobre feminicidio, aborto o violación, el enfoque se encuentra en la periferia del discurso feminista, pues la autora se inspiró para escribir estos cuentos en los relatos de las mujeres que entrevistó en la cárcel, mujeres que robaron, secuestraron o mataron. Una autora original a la que vale la pena seguirle la pista. 

Durante el segundo semestre de 2025 alucinamos con la multipremiada novela La vegetariana de Hang Kang (2007). La divagación colectiva nos llevó a hablar de la rigidez de la sociedad coreana, como la jerarquía de quienes comen carne y su espejo dentro de la estructura patriarcal. Un lector compartió la sospecha de Malcolm Gladwell enOutliers de esta jerarquización como factor del accidente del Vuelo 801 de Korean Air en 1997. El primer oficial y el ingeniero, por respeto al capitán, quien estaba cansado, emplearon un lenguaje educado e indirecto que no logró transmitir la urgencia de la situación. La novela de Kang nos encantó por su estrato onírico y sensual, por la rebeldía del personaje ante el deber ser del cuerpo en búsqueda de su autodeterminación. Su resistencia a comer, su deseo de convertirse en planta y de morir de inanición nos causó primero shock, y tras la discusión: empatía. Una novela que confronta, mediante el universo de la vegeteriana, el antropocentrismo y el patriarcado, que te deja más lleno de preguntas que de respuestas. 

El otro libro que nos voló la cabeza en la segunda mitad del 2025 fue Maniac de Benjamín Labatut (2023), obsequio de mi amiga Patsy Stillmann. La narración, que gira en torno a dos momentos del desarrollo de la IA, me sacó de mi área de conocimiento, de mi burbuja humanista, para relatar con originalidad y maestría la belleza de las matemáticas, los algoritmos y las teorías del juego. Es un libro que te hace pensar en qué nos hace humanos y qué sigue para la humanidad ante el imparable desarrollo de la IA. El autor  comprende el cambio de paradigmas en la ciencia y sabe expresarlo de forma literaria aunque se base en un archivo. La novela, organizada como tríptico, inicia con el relato del físico judío alemán Paul Ehrenfest, quien asustado por la tiranía del nazismo y su uso perverso de la tecnología, decide darle un balazo a su hijo con síndrome de Down y después dispararse con la misma pistola. La segunda parte trata de la vida y obra del genio matemático húngaro y judío, John von Neumann, contada a partir de múltiples personajes que convivieron con él y que van construyendo una mística en torno al personaje: un guiño y homenaje a la narrativa de su compatriota, Roberto Bolaño. La tercera trata del mito fundacional del juego chino Go, y el programa de IA, AlphaGo, desarrollado por el premio Nobel, inglés de ascendencia india, Demis Hassabis. En el grupo debatimos horas entre los optimistas de la IA y los de mirada más crítica y pesimista. Nos quedamos con la pregunta sobre nuestra necesidad de tener mitos y la incapacidad de las máquinas para generarlos.

Leer de forma individual o colectiva con gente sensible e inteligente es sumamente satisfactorio. Aunque repelen los amantes de la IA, la lectura es una actividad que nos humaniza, acerca y transforma. Es cierto que las matemáticas y los algoritmos tienen su belleza, no obstante, la experiencia humana y su escritura no pueden ser reemplazadas por una máquina. 

Antes de irnos de vacaciones leeremos el libro de cuentos titulado: Las cosas que perdimos en el fuego (2016) de Mariana Enríquez. En enero les cuento cómo nos fue.  

  

 

 

lunes, 8 de diciembre de 2025

En el país del Sol
Amélie Olaiz
 

Katsushika Hokusai (1760-1849), Suwa lake in Shinano province (1829-1833). Collection of Japanese prints of Centre Céramique, Maastricht, the Netherlands.


Hace tiempo me invitaron a Bellas Artes para hablar de Tablada. Esto casualmente, como ha ocurrido todo en mi relación con Tablada, se unió con un viaje que tenía que hacer a Japón. Gracias a Rodolfo Mata, experto en el tema, conseguí el libro: En el país del sol, en PDF. El único testimonio que queda de la estancia de Tablada en Japón. Y que está compuesto, en su mayoría, por los artículos que Tablada mandaba a la Revista Moderna desde Yokohama en 1900.
            Desde la sala de espera en el aeropuerto leía mientras, gracias a este cuerno de la abundancia informativa que nos ha dado internet, resolvía las dudas provocadas por muchos términos y palabras que desconocía.
Desde ahí empecé a darme cuenta de que Octavio Paz tenía razón: Cito:  
La obra de José Juan Tablada es una pequeña caja de sorpresas, de la que surgen en aparente desorden plumas de avestruz, diamantes modernistas, marfiles chinos, idolillos aztecas, dibujos japoneses, una calavera de azúcar, una baraja para decir la buena ventura, un grabado de “La moda en 1900”, el retrato de Lupe Vélez cuando bailaba en el teatro lírico, un lampadario, una receta de las monjas de San Jerónimo que declara cómo se hace la conserva de tejocotes, el arco de Arjuna…fragmentos de ciudades, de paisajes, de cielos, de mares, de época…
 
Tan fascinante me pareció el universo de Tablada en 1900 que al bajar del avión me incomodó ver a mujeres vestidas a la manera occidental y no en kimonos de colores como las vio Tablada al llegar al puerto de Yokohama.
            Conforme me iba adentrando en la narración y en la vida de Tokio me daba cuenta de que las descripciones de Tablada, aunque muy retóricas, provenían de un contacto real con la civilización japonesa. Aunque estamos hablando de casi 120 años entre el Tokio de Tablada y el mío. Cito a Tablada:
            Y entre aquellas multitudes sentíamos un mareo y la noción abrumadora de las excesivas poblaciones asiáticas que se reproducen y hormiguean como un fermento bajo el cristal del microscopio…
También me sentí abrumada como él, no por los 2 millones de habitantes que había en 1900, sino por los 40 millones de hoy en día.
 
Conforme leía las crónicas de En el país del sol, confirmaba la influencia francesa de la que hablan, Seiko Ota y Atsuko Tanabe, estudiosas de la obra tabladiana. Pensé que Tablada, como cualquier viajero, debió llevar una guía que le fuera traduciendo la cultura a la que se enfrentaba. Yo tengo la certeza de que esa guía era de los hermanos de Goncourt, porque Tablada sentía una profunda admiración por ellos. Especialmente por Edmond. Los Goncourt eran franceses (este simple hecho embrujaba a Tablada por la tendencia afrancesada propia de su época). Los Goncourt eran coleccionistas de antigüedades asiáticas y escritores. La lectura de sus libros alimentó sin duda el japonismo de Tablada. Curiosamente los datos que tenían estos coleccionistas procedían de un japonés que les conseguía objetos preciosos y de las lecturas que habían hecho sobre Asia. Esta información pertenecía a una época quizá 100 años anterior a los Goncourt. Con ese bagaje llegó Tablada a Yokohama.
             Yo en cambio llegaba a Japón conociendo la investigación de los Goncurt y las crónicas de Tablada. Esta información le dio a mi viaje otro matiz: las crónicas se convirtieron en un viaje en el tiempo y en la imaginación. Me desplazaba constantemente entre el Japón actual, las crónicas de Tablada de 1900, la imaginación de un artista y la influencia de los Goncourt.
Cuando tuvimos oportunidad, mi familia y yo, tratamos de seguir las huellas de Tablada. Viajamos de Tokio a Yokohama (puerto como saben a dónde Tablada llegó a instalarse), no en el pequeño tren que hacía esta ruta en 1900 y que por supuesto ya no existe, sino en el Shikasen o tren bala. Creo que en mi fantasía esperaba ver los arrozales esmeralda, los pequeños estanques de donde emergen las anchas hojas de loto, las cuestas de bambúes de agudas hojas. Pero, hoy en día, viajar de Tokio a Yokohama es otra cosa. Todo está lleno de edificios, casas, fábricas. Sin embargo, en el trayecto de Yokohama a Kamakura y de Tokio a Kioto, aún se pueden tener atisbos de ese paisaje que despliega una gama completa de verdes.
En las crónicas de En el país del sol, Tablada busca con frecuencia el solaz que le da la naturaleza. Por eso gusta de internarse en el parque de la Shiba y en otros bosques donde la naturaleza es pródiga. Al poco tiempo de entrar en ellos, invariablemente, se escucha un ruido agradable, que podría compararse con centenares de sonajas: las cigarras, esos insectos amados por Tablada que merecieron no sólo sus dibujos, sino uno de los haikus más hermosos:

Las cigarras agitan 
sus menudas sonajas 
llenas de piedrecitas…
 
Nuestro artista llega a Japón en verano y goza de él plenamente, aunque por momentos se lamenta del sofocante calor y los bochornos. Cuando llega el otoño nos habla en la crónica llamada “Bucólica” de la perdida de esta naturaleza que él describe como paisajes feéricos y paradisíacos. El otoño traerá la muerte de sus amadas chicharras… encontrar el cadáver de una cigarra, intacto y puro en la muerte, como la pequeña momia de una hada… Si se dan cuenta estas palabras de Tablada casi son un haiku. Cadáver de cigarra/intacto y puro en la muerte/ momia de hada.
            A pesar de estas hermosas descripciones persistía la duda entre muchos estudiosos de Tablada, de que realmente como él lo aseguraba, hubiera viajado a Japón. Y que no fuera otra fanfarronería del escritor que se deleitaba con impresionar a sus conocidos.
Hoy sabemos, gracias a la investigación de Matín Camps, que este viaje fue real, porque en las listas de pasajeros del barco mercante América Mauru (ruta Japón- San Francisco) estaba registrado un hombre llamado Juan José Tablada, que se había embarcado en Yokohama el día 5 de diciembre de 1900.
            Cuando pienso en el regreso de Tablada a México tengo la sensación de que no sólo volvió por el frío de su cuerpo y de su corazón, que añoraba a su amada, sino también por la falta de esta naturaleza tan prodiga a la que pertenecían el universo de los insectos y las cigarras.
 
Sobre el arte culinario de Japón
Comer a buen precio y sabroso es fundamental en un viaje. Yo tenía la curiosidad de ver los manjares que describe Tablada en la crónica de la “Ceremonia del té”.  Sin saber lo que costaría, entramos a un restaurante donde servían la comida tal y como está descrita en el fastuoso banquete en casa de Miyabito-San. Cito:
Yo he visto un pescado en salsa blanca, dispuesto de tal manera, que se veía el pez como vivo, dando golpes de cauda y aletas entre la salsa que imitaba en la copa de laca el movimiento de un menudo oleaje... Hay verduras que se añaden al manjar teniendo en cuenta no sólo el sabor adecuado, sino la armonía del colorido. Y por todo esto la cocina japonesa es increíblemente dispendiosa y un ricohome nipón dilapida en banquetes tanto como un clubman europeo en el Derby o en la mesa de Bac... Un miembro de la aristocracia de Tokio puede arruinarse en el restaurant a la moda, en el “Koyo-Kwan”, pronunciado “Coyoacan” como nombrando el hermoso pueblo para mí tan amado, que está a orillas de México…
Esta descripción podría situarse en el Japón de hoy en día, nosotros lo vimos tal y como lo describe, lo comimos, nos deleitamos y tendremos que pagar a meses sin intereses una cuenta descomunal.
 
Sobre la arquitectura japonesa Tablada dice:
Todos los departamentos de la vasta mansión tenían la sencillez característica de los interiores japoneses; esteras albeantes y acolchadas que hollábamos descalzos; maderas preciosas y purísimas cuya fresca virginidad ningún barniz había ultrajado y aquellos ensambles, aquellas junturas de artesones y cornisas sin un solo clavo engarzándose unas en otras por una maravilla de carpintería.
Estas características arquitectónicas y estos ensambles, si uno tiene un poco de curiosidad, pueden verse hoy mismo en muchas estructuras niponas, incluso en algunas tan simples como una estructura al aire libre, hecha para que las plantas se enredaran en ella.


Utagawa Hiroshige. Woodblock print, Sokokura, from the series Seven Hot Springs of Hakone (Hakone shichiyu zue)
 
Tablada tiene una relación profundamente visual con Japón.
Al entrar a una tienda, ya sea de un coleccionista o de un vendedor de abolengo, hay que hacerlo con sumo cuidado, porque uno se topa en verdad con abanicos finísimos o exquisiteces de laca o con un pez de esmalte rosa aplicado a un prendedor donde se distingue el brillo húmedo del aguauna libélula de plata y nácar parece que agoniza y aletea temblorosa clavada en su alfiler de oro. Y en verdad: Se siente uno cansado al fin ante aquella ostentación de prodigios, y la admiración se embota al extremo de que los últimos objetos que se nos muestran pasan casi inadvertidos.
            Todavía hoy en día: el japonés bibeloteur y coleccionador de arte nunca muestra sus tesoros en conjunto, sino que los guarda y los va exhibiendo poco a poco, buscándoles el fondo apropiado, la luz conveniente, y contemplándolos aisladamente en el tokonoma, especie de altar que este pueblo fanático por lo bello ha creado para sus devociones artísticas. Aunque siento que en estas descripciones se nota la influencia del coleccionista Edmond de Goncurt, puedo decirles que yo tuve una experiencia similar con un vendedor de reproducciones pictóricas y libros antiguos. Cuando le pregunté por el pintor Yosai, el hombre me vio con sorpresa y sacó, de un cajón de su mueble personal, unas reproducciones pequeñas de Yosai. Mientras yo las admiraba, me revisó con cierta discreción y, casi arrebatándomelas, dijo: Estas son muy caras.
            Si ustedes quieren saber sobre pintura japonesa, no hay mejor guía que En el país del sol. Las estampas japonesas y las pinturas de Hokusai, Hiroshigue, Utamaro, Yosai, Hon Kan y otros se despliegan a lo largo de toda la obra. Las crónicas de Tablada son una invaluable introducción a estos artistas que son un portento del arte asiático.
 
Sobre la historia de Japón
Me llamó la atención que Tablada mencionara en la crónica de San Felipe de Jesús su viaje a Osaka y Nagasaki. Y que en dicho viaje no se haya detenido en Kioto. Tablada era también un admirador de los templos, los toris y los suntuosos palacios nipones. Como el Castillo del Nijo, que es donde se hizo el cambio de poderes del shogunato al Mikado, 30 años antes de que Tablada llegara a Japón. Kioto es la antigua capital nipona, ahí se encuentran innumerables joyas de este glorioso shogunato, gobierno de los samurais, en el periodo Edo, en el que se produjeron grandes maravillas en las artes y la arquitectura. 
            Según nos dice en su crónica “Los funerales de un noble”, Tablada conoció al último jefe Shogún, ¿podría yo decir el último samurái?, cito:
Los personajes más encumbrados tomaron asiento, el Marqués de Yamagata, que ha sido elevado al rango de Príncipe; el Marqués de Ito, reformador del Japón; el de Nagasaki, el de Aoki, el Conde Enomoto, lejano amigo de nuestro Presidente Díaz y por fin, como una gloria eclipsada, el antes poderoso Shogun, supremo jefe militar vencido por el actual Mikado... Al ver aquel digno anciano, un Tokugawa cuyo blasón es un astro en el armorial japonés, no pude menos que pensar en la “vanidad de todo” que el budismo proclama con más amargura aún que el texto bíblico…
Yo percibo cierta nostalgia y admiración de Tablada por este hombre. Kioto era la cuna de la aristocracia japonesa. ¿Por qué Tablada no fue a Kioto? ¿Por falta de recursos? ¿porque no hablaba japonés?


Kitawa Utamaro, Six-print ukiyo-e print set of numerous people on outings at Ryōgoku Bridge in Edo
(modern Tokyo).

 
Sobre la mujer japonesa
Tablada admiraba mucho las pinturas de Utamaro, pintor de la mujer nipona. Y nuestro poeta habla de las musmés, mujeres jóvenes japonesas que, con coquetería, roban constantemente la atención de Tablada. Las fascinantes geishas, que son como Tablada lo dice: la más alta expresión estética del encanto de la mujer… Yo tengo la certeza de que así es, porque las he perseguido para tomarles fotografías, las he visto esconderse en las noches al salir de la okia o de algún restaurante, y me queda la certeza de que encierran un profundo misterio.
En las dos crónicas sobre la mujer, que Tablada envió a la Revista Moderna desde Japón, y que después formaron parte del libro En el país del sol, es notorio que Tablada, se cuida mucho de qué y cómo habla de su contacto con las mujeres, sean musmés, o geishas o prostitutas. En todas las crónicas menciona a su amada, esa amada efímera de quien no conocemos nombre, y que gracias a la investigación de Rodolfo Mata se cree que posiblemente se refería a Nina, Evangelina Sierra González, quien además de ser sobrina de Justo Sierra, era su ahijada. Si Tablada deseaba, a su regreso, formalizar su relación con Nina, su libertad literaria en sus crónicas debe haber estado irremediablemente inhibida. El matrimonio con Nina resultaba muy conveniente para las aspiraciones literarias de Tablada y no podía ponerlo en riesgo con ningún comentario fuera de lugar. A pesar de eso nos da en sus crónicas detalles deliciosos sobre la mujer japonesa.
 
Entender por qué por años los estudiosos dudaban de su viaje a Japón.
A pesar de la fascinación que sentía, me di cuenta de que había ciertas inconsistencias y cierta fanfarronería:  
            En la crónica, “La gloría del Bambú”, que es buenísima, Tablada asegura haber llevado consigo al parque el Manyōshū, 106, que es la colección de poesía japonesa más antigua, y data del siglo octavo. Un documento que, según sé, a los japoneses ni siquiera les interesaba traducir. Una de las primeras traducciones al inglés se hizo 1834, y es según leí es bastante defectuosa.
            Tablada habla de este poemario como si hubiese llevado un original al bosque, no una traducción ni una edición posterior.
            En ese tiempo, su trabajo era de reportero, aún no iniciaba el negocio de vinos que le dio una mejor posición económica. ¿Cómo compró un documento que data del siglo octavo? Si un libro de mediados del siglo veinte hoy fluctúa entre doscientos cincuenta y ocho mil yenes que son alrededor de cincuenta mil pesos y cincuenta y dos mil yenes que son más o menos 9 mil pesos. No creo que Lujan, su jefe y mecenas, le haya autorizado esos gastos. 
            Pensando que hubiera conseguido una copia más reciente y de menor valor ¿Cómo entendió lo que decía? Tablada no hablaba ni leía japonés.
            Así como ese detalle encontré otros en los que era evidente que Tablada fanfarroneaba.  
            Este tipo de desplantes aunado a la falta de datos duros es a mi parecer lo que generó dudas en muchos de sus estudiosos.  
 

Kitagawa Utamaro, bijin-ga. 

Sobre la contemplación:
No encontré en las cónicas ningún dato budista que ligue a Tablada con la contemplación. Quizá uno que otro principio meramente intelectual, pero nada que denotara un acercamiento más profundo.
            Contrariamente a lo que se piensa Tablada no cultivo la contemplación, se sintió empático ante el animismo; la creencia del sintoísmo de que todas las cosas tienen alma. También ante el principio de respeto a todo ser viviente, como el mismo lo dice en su libro Hiroshigué: 
 
En ella como en el ciclo de los cuentos orientales, y no por milagro, pues a la fe budista todos los seres y las cosas tienen alma…
Este concepto no pertenece a ninguna de las sectas budistas mahayana o varyayana, que son las que se practican en Japón. El animismo es un principio sintoísta y el sintoísmo no es budismo, es la religión más antigua de Japón, eso sí, y quizá una de las más antiguas del mundo.
            Tablada nunca profundizó en el budismo. El budismo zen, en el que se practica la contemplación, estaba reservado para las élites y Tablada se adhirió a las creencias populares que no distinguen entre el budismo y el sintoísmo. 
            ¿De dónde proceden entonces los instantes de contemplación que podemos notar en sus haikus? 
            Sogyal Rimpoché dice que estados de contemplación se dan brevemente en el instante creativo, de algunos poetas, pintores, músicos y artistas. Es fácil notarlo al acercarnos a algunas de sus obras. Aunque Tablada quizá no estaba consciente del todo, es en Colombia dónde escribe los haikus que conforman Un día donde él puede tener instantes de contemplación. Y de alguna manera lo profetisa en la crónica “Bucólica” …deliciosos retiros para una vida de amor o para una existencia de arte esas grutas de verdor fragante, esas casas de madera blanca y olorosa. Es ahí donde Tablada, enamorado y feliz, escribe:

Breve cortejo nupcial, 
Las hormigas arrastran 
Pétalos de azahar…
 
Estamos ante un artista de gran talla. Leer a Tablada no sólo es hacer un viaje a Japón y a la cultura de su tiempo, es viajar en su imaginación de artista, en su curiosidad de bibelotour, y en su oficio de cronista y haijin. Poesía que incubó diecinueve años, para introducirnos a través de ella a la fascinante cultura japonesa.
 
 
 
 

lunes, 1 de diciembre de 2025

Crónica de viaje

Visita al McNay, de la imposibilidad al olvido

Virginia Hernández Reta

 






La disyuntiva era difícil: con una mañana libre en la ciudad texana de San Antonio había que decidir entre invertirla en el centro comercial La Cantera o visitar el Museo de Arte McNay. Es verdad que me hacía falta un saco de corte “intelectual” y que había escuchado sobre la belleza de la Barnes & Noble en el mall. Me imaginaba paseando por los pasillos silenciosos de esa librería encontrando títulos y parafernalia para lectores: agendas, calendarios, papelería… papel, papel, papel que es, por mucho, mi objeto favorito en el mundo. 

Pero, como no soy buena para las compras —cualquier incauto que me haya acompañado a ello puede atestiguar lo indecisa que llego a ser y la irritante frecuencia con la que salgo de manos vacías después de probarme medio anaquel—, y como mi definición de emoción extrema es internarme en un museo antes que arrojarme de un parapente —locura que sólo haría si la vida de un ser querido dependiera de ello— tomé la decisión más acorde a mi personalidad. Asumí el porcentaje de FOMO que experimenté cuando vi alejarse a mis colegas que se decidieron por rodar hasta La Cantera y me dirigí con Ivonne al McNay.

El FOMO se esfumó en segundos. El McNay es un oasis que no decepciona. Su nombre se debe a la fundadora Marion Koogler McNay y es, como lo anuncia orgullosamente su página web, el primer museo de arte moderno en Texas. Otro orgullo: la primera obra que compró Marion y con la que inició su colección fue un óleo de Diego Rivera: el encantador cuadro Delfina Flores (1927). 

Antes que ver a Delfina, decidimos pasear por los jardines. El día era precioso, ideal para recorrer las esculturas sorprendentes que descubrimos entre los árboles y que no habíamos tenido la oportunidad de ver con calma el año anterior, en que también visitamos San Antonio por la misma razón: la Feria del Libro en Español y el encuentro de Letras en la Frontera que organiza la UNAM en esa ciudad. 

Hace un año corrí como posesa por jardines e interiores del McNay porque contábamos con escasa hora y media y no me quería perder nada. Esta vez lo caminamos con la calma que merece este hermoso lugar. Vimos aparecer entre el follaje la cabeza enorme que hace 12 meses me hizo pensar en las esculturas gigantes del artista barcelonés Jaume Plensa. Con la prisa en esa ocasión no pude acercarme ni tampoco ver la cédula del artista. Me quedé con la duda de su identidad. Así que ahora pude admirar la obra de cerca y leer por fin la información grabada en la placa: Philip Grausman, American, born 1935. La obra: Victoriastainless steel.

En el interior del McNay nos esperaba una exposición temporal que prometía sorprendernos. No habíamos escuchado de la artista, pero sólo llegar supimos que sería una gozada. Sandy Skoglund (1946) es una artista plástica estadounidense. Su obra se puede describir como fotografía escenificada o instalación fotografiada. Ha expuesto en el Museo de Fotografía Contemporánea de Chicago, en el Dayton Art Institute, en esa misma ciudad; en el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Ejemplos de sus creaciones se encuentran en el Museo de Arte de San Luis, en Misuri.

Sandy crea instalaciones coloridas y llenas de fantasía que luego plasma en imágenes inquietantes. En sus escenarios oníricos flotan peces anaranjados arriba de una cama azul, gatos verde neón inundan una cocina totalmente gris, zorros rojos invaden un restaurante ante la mirada confundida de los comensales… 

Los animales y la naturaleza son una constante: perros, focas, flores, ardillas, búhos, cuervos, hojas de maple siempre en una profusión que intranquiliza. Las texturas abundan: toda una escenografía hecha con limpiapipas que simulan césped o cielos, cuartos tapizados de macarrones, una escena navideña donde la nieve se compone por millares de palomitas de maíz.

Calificada como teatral, paródica, barroca, su obra conserva el sentido del humor. Sandy trabaja la repetición casi idéntica de objetos, con variantes mínimas. Así, crea espacios cotidianos invadidos por ganchos, cucharas desechables, rifles de largo alcance… y señala problemas que enfrenta el ser humano: la contaminación, el hacinamiento, la guerra. Inunda recámaras que parecen inofensivas y cotidianas con elementos amenazantes: un baño lleno de huevos de serpiente, un cuarto “limpio” plagado de chicles masticados (Germs Are Everywhere, 1984).

Sus escenas son sueños que causan desasosiego por su abigarramiento, su falta de lógica, su conjunción de elementos cotidianos en situaciones sorprendentes, pero al mismo tiempo son maravillosas, como sacadas de un extraño cuento infantil. Para Sandy, después del Apocalipsis, cuando el hombre desaparezca de la faz de la tierra, quedarán los animales y la naturaleza, tomando los espacios que les hemos arrebatado. 

La artista de Massachusetts presenta una fauna y flora que dejan de ser lo que hemos hecho de ellas: mascotas obedientes y domesticadas, recursos y materia prima que está para nuestro uso y abuso. A cambio, se convierten en advertencia sobre nuestra autodestrucción, nuestra vejez y caducidad, nuestro paso efímero por la tierra.





En la primera sala se podían ver varias de sus fotografías. En la segunda se recreó un bosque viviente -Fresh Hybrid (2008), una instalación que es la primera vez que se muestra fuera del estudio de la fotógrafa, y que nos recuerda que somos parte de la naturaleza aunque nos olvidemos de ella. En la tercera sala, se reprodujo una cocina invadida con los famosos gatos radioactivos, y en la cuarta, se instaló una recámara completamente pintada de azul en la que peces naranjas flotaban del techo. Me entretuve observando la sombra que uno de ellos proyectaba sobre el piso turquesa. En eso, alguien me habló a la espalda:

—¿A tu perro le gusta nadar? —me preguntó el hombre en inglés.

Me giré para verlo, sin saber a qué venía la pregunta ni qué responder. Era el cuidador de sala, una persona mayor como todos los cuidadores de sala en ese museo. Era un hombre delgado, afroamericano, que me hablaba con los ojos entrecerrados. Vi su nombre en el gafete que portaba, y que olvidé inmediatamente por mi pésima memoria y porque centré mis esfuerzos en dilucidar una respuesta razonable dentro de esa escenografía ilógica y ante una pregunta otro tanto. Pero lo llamaré Jim, porque recuerdo que era un nombre corto y familiar. 

Por un momento pensé que Jim me reprendería. En la primera sala de la exposición yo había aprovechado la soledad para tocar la obra. Quería comprobar de qué material estaba hecho uno de los zorros rojos de Sandy Skoglund. Era de pasta o de resina, no como los gatos en la tercera sala, que estaban hechos de alambre, papel y pintura, y que también había tocado.

—¿A tu perro le gusta nadar? —repitió el hombre.

—Sí, sí. A mi perra le encanta nadar —le respondí sin saber a dónde iba todo esto y por qué Jim daba por hecho que yo tenía un perro y no un gato. De haber tenido yo un gato, no hubiéramos podido hablar de agua y quién sabe qué clase de conversación estaríamos llevando.

—¿Y a ti te gusta nadar en el mar?

—¿El mar? Me gusta ver el mar desde afuera. Nadar en él me daría miedo —le confesé mientras miraba de reojo los peces anaranjados pendiendo del techo, como si todos estuviéramos dentro de una extraña piscina.

—¿Por qué te da miedo? —me preguntó Jim con los ojos entrecerrados.

—Porque en él habitan extrañas creaturas —dije, sin pensar en los gatos verdes que había dejado atrás, en la sala anterior, o en los árboles-humanos tapizados con peluche que habitaban la segunda sala.

Jim se sonrió y siguió hablando casi para sí mismo. Ivonne se acercó intrigada y me murmuró:

—¿Qué te cuenta?

—No lo sé muy bien.

Ivonne se dirigió a Jim:

—¿Tiene mucho tiempo trabajando aquí?

Jim nos dijo cuánto. También eso olvidé.

—Nosotras estuvimos aquí hace un año. Tenían una exposición temporal sobre la esclavitud —le sonrió Ivonne.

—Oh, sí, la recuerdo –y sacó emocionado su teléfono móvil para enseñarnos fotografías de otra espléndida exhibición llena de maletas, daguerrotipos, banderas fusiladas, cuerdas, remos, globos terráqueos. Vi la pantalla quebrada y las imágenes que Jim nos enseñaba. Efectivamente eran de Passages, la muestra del artista Whitfield Lovell, una exhibición que el año pasado hizo preguntas sobre la memoria, la identidad y la igualdad.

—Muy conmovedora exposición —le dije.

Jim comenzó a hablar como para sí mismo, de nuevo, lamentando que las generaciones jóvenes no estuvieran conscientes de lo que sus ancestros debieron sufrir para ganar la libertad:

—Tuvieron que aguantar hambre y miseria —repetía con los ojos entrecerrados.

Jim usó varias veces la palabra loot. No entendí si se refería a que los negros tomaban el botín o saqueaban cuando podían, si los negros eran el botín de los blancos, si la venganza y el robo estaban justificados, si las minorías debieran conservar ese sentimiento o resentimiento, si estaba a favor o no de la violencia. Sólo me quedó claro, entre sus murmullos, que algo hacía falta, algo le hacía falta. Llegamos al momento incómodo en que los tres sonreímos sin tener mucho más que agregar.

Quise despedirme repitiendo su nombre que había olvidado. Intenté, en la penumbra de la esquina donde nos encontrábamos, leer de nuevo el gafete, sin éxito. Me sentí mal por mi olvido, por no conocer más de los ancestros de Jim, por su teléfono de pantalla quebrada. El hombre nos sonrió y se dirigió a la salida. Nos quedamos solas en la sala, con la única compañía de una treintena de peces anaranjados flotando sobre nuestras cabezas.

 

—¿Qué tal estuvo la exposición? —nos preguntaron ellas.

—Muy interesante —respondí, pensando en Sandy, en el Apocalipsis y en Jim.

—Y luego tuvimos una conversación de lo más extraña con el cuidador de la sala —soltó Ivonne.

Ella y yo nos miramos sin saber qué más decir:

—De lo más extraña —insistió Ivonne, más para sí misma.

Para ese momento, me prometí no olvidar lo vivido, a pesar de haber perdido sin remedio el nombre del cuidador de sala, de que no lograra pronunciar el apellido de la artista Sandy y de que no recordara el nombre del autor de la escultura de la gran cabeza en el jardín del McNay. Me llevaba a cambio varias certezas: que el artista no era Jaume Plensa, que había descubierto la obra provocadora, poderosa y sugerente de Sandy, que no olvidaría la voz decepcionada de Jim, que todo pasaba a formar parte de un sueño, entre divertido y perturbador. Lo que no podía cambiar era la realidad concreta: una maleta documentada en la que no habría un saco de corte “intelectual”.