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viernes, 11 de septiembre de 2026

Todavía con Vicente Quirarte

Mariester Núñez  

 

 


Cuando un padre muere, qué difícil decirle adiós; y no hablo del adiós de funeraria, sino del que sucede en ese sitio íntimo donde el dolor no encuentra amparo ni tierra suficiente para sepultarlo. Es cuando se descubre que su vida dio inicio antes de que uno les naciera; que además de padre ha sido un hombre cuya vida transcurrió como la de cualquier mortal. Exitosa, fracasada, feliz y, en ocasiones, profundamente triste.   

            Vicente Quirarte, joven de veintiséis años, se encontraba en Los Ángeles, California el día en que murió Martín, su padre. Se entera por una llamada de su hermano Ignacio y el poeta, como muchos otros que dominan la pluma –Mont Blanc en este caso–, hizo un ajuste de cuentas con su padre en un inolvidable poemario, Razones del samurái. La hondura de esos versos puede semejarse a mi pena por la muerte del mío, cuyo dolor es como el de mi hermano, como el de muchos que no hemos podido decirles cosas a los nuestros una vez que se han ido, …por todos esos puentes / que dejamos tendidos en el aire, nos dice Vicente, y que ahora, no hay manera. Pero Quirarte lo ha hecho por nosotros con una franca, doliente honestidad personal y, a la vez, universal. 

            Sus poemas nos llevan por ese viaje que se hace con el muerto que uno se resiste a enterrar en la ambivalencia de, también, ponerle encima una enorme lápida de piedra que diga con amorosa sencillez: Gracias. Tu hijo. 

 

Amigo querido, hoy, a menos de un mes de la muerte de tu cuerpo, te siento absolutamente vivo habitando tus poemas donde puedo leerte y tocarte y escuchar tus latidos tan sonoros y sentir tu abrazo cariñoso, otra vez.  

Abro el libro de poemas y acompaño a Vicente que nos cuenta cómo Ignacio, su hermano mayor, le dice a tres mil kilómetros de distancia: ¿Puedes regresar? La avalancha se deja sentir cuando comprende que su hermano “…quería decirme, dijo, me decía / que a la tribu por ti capitaneada / la diezmaban de tajo, / que te ibas de plano, y nosotros contigo. Los tiempos se fusionan, se confunden cuando el pasado y el presente se confabulan para inhabilitar el futuro. A partir de ese momento, ese padre ya sólo será historia. Ya sólo será memoria.

            El poeta inicia el viaje en avión de regreso a la Ciudad de México, …a la ciudad monstruosa / donde tú ya no esperas mi retorno. Un trayecto hacia el padre joven, hacia el niño Vicente, hacia el jovencito que es obligado a dejar atrás el alba de California, / el cartel de la ballena jorobada / …la luz, el mar, las nubes. 

            Nada consuela. La pérdida es brutal. Su padre-mi padre-nuestro padre, deja un vacío que llenamos de ternura triste y desolada. El duelo a veces es insoportable y dan ganas, también, …de ser maleducado / y de abrir, como tú, la puerta grande.

            Pero el legado mayor es el impulso de vida, no sólo las letras, la familia que resta, la memoria ahora dilatadapor un nuevo residente que provoca, en una reacción en cadena, nuevas evocaciones: la abuela y su carácter de tormenta que llevan al niño Vicente a …jugar a la soledad con los mosaicos; el arrayán …que en casa de la abuela / era el hermano ausente, / desmelenado y solo, orgulloso y viril; el abuelo Emigdio cuya muerte de agua le ganó la partida a la locura. Los diciembres de lima y tejocote, el equipal, la Catrina que fuera sacada de las greñas. Las tres de la tarde de aquel trece de marzo. 

            

            Pero la muerte casi nunca avisa. Hay ocasiones en que disimula su intención tras la juventud, los hijos chicos, la familia numerosa, una cabeza llena de libros. La salud del cuerpo. Es entonces cuando este padre se adelanta y decide enfrentarla, así nomás. Alza de pronto, a media calle, un vuelo sin alas, sin retorno, transformando a partir de ese momento a la muerte, antes poderosa, en …pequeña y pobre y pinche, / como un pulpo vulgar, incontinente, / que nos riega de tinta la camisa / y nos quita la entrada de la fiesta.

            Da inicio una batalla permanente contra el olvido; la búsqueda de consuelo del que ha quedado abandonado, ese hijo que siente que el muerto se le murió dentro y no hay manera ni desquite que mitigue o restaure a ese que fue. Busca al padre con vehemencia por la ciudad en ruinas, tu dominio, le dice, porque con él la recorrió y aprendió a quererla, herencia para ese joven que la toma y la huele y la camina hasta hacer de ella ahora su dominio y, queriendo que nunca se olvide que no era suya de inicio –la heredó–, publica libros luminosos sobre esa misma Ciudad de México. La desnuda y la muestra sin pudor a sus lectores quienes encuentran deslumbrante a la vetusta dama hecha de piedra y gente. Y uno sonríe cómplice sabiendo del incesto: amante compartida por el padre y por el hijo. 

            Vicente Quirarte se escudriña a sí mismo, mantiene un soliloquio en la certeza de que ahí, dentro de sí, está el sitio donde habita Martín. Le escribe en letra grande, le habla en voz alta, le grita y, con él cincelado en su alma, persiste en la batalla: no quiere que el olvido lo mate una segunda vez. Sería intolerable. Le duele, dice, anota, que Al hallar las palabras que te buscan / la verdad es que hablo de lo mío, / de lo que soy por ti, teme al innoble olvido de…la prudencia, / el sentido común, el tiempo curandero.

            Finalmente, llega la resignación. El perdón. …el cielo, / más alto que los hombres y los barcos, / te nombrará farero de las nubes… / Todo será futuro, sueño ardiente, / y estarás en un cielo más tangible.

 

Y ¿dónde ha quedado la rabia de Quirarte?, me pregunté cuando leí por vez primera estos hermosos versos que narran la historia de este padre que desertaba del mundo y de este hijo que observa al hombre que elegía su cómo y cuándo con la muerte, sobriamente, como todo samurái. Qué hiciste amigo, con esa indignación, con ese inevitable rencor de huérfano: ¿Qué pensaste -carajo- qué sentiste / al volar por segundos, convencido / de que abajo la red no te esperaba? Nunca lo sabré, sin embargo, siempre vi en tus ojos oscuros y en tus letras la melancolía, supongo de Martín, que hiciste tuya, tal vez tu indulto: Aunque armas y letras te prolonguen / poco a poco te irás, como se borra / el olor del amor bajo las aguas. / Nadie se queda en el recuerdo. / La mejor de las formas de guardarte / es respirar a puños este aire…

            Eso es rabia, Vicente. Eso es garra.