jueves, 24 de septiembre de 2026

Ivonne Saed: la escritura en alto

Por Omar Nieto


 


Ivonne Saed es escritora, traductora, diseñadora y fotógrafa. También es una lectora exigente. Esamante del lenguaje, de la precisión y de la inteligencia. Ivonne no se conforma. Ivonne es insaciable cuando un proyecto de escritura, una idea o un tema se le mete en la cabeza, en el espíritu. Por ello es capaz de mirarlo desde aristas distantes y abordarlo hasta que quede poco de él en el tintero. Podría decirse que Ivonne es obsesiva pero más bien es inflexible al error y por eso se exige tanto: porque cree que las cosas deben decirse de una forma definitiva y duradera.

En éste, su primer libro de cuentos, puede observarse su rigor como ensayista y también como novelista. Ambas tendencias permean sus historias. En este volumen las ideas se expanden como calidoscopios, en un multicolorido temático, quizá propio de tres etapas diferentes como autora, de la misma forma en la que el libro está dividido. Está escrito de alguna forma como suele abordarse la novela, por medio de fugas, de reflexiones, de inflexiones; y por otro lado, está escrito con el rigor de la escritura y la profundidad de la prosa razonada. 

Esto no quiere decir que Ivonne Saed no dote a sus cuentos de subjetividades, de transformaciones oníricas y casi fantásticas con respecto a lo real, o incluya pincelazos poéticos usando metáforas poderosas que nos remiten al ocaso, al otoño o a la luna en lo alto. Por el contrario, la cuentística de Ivonne equivale a sumergirse en un laberinto de obsesiones, de dolores, violencias, contradicciones, casualidades y de recuerdos, de memorias vivas y deproyecciones ficticias de amplia sagacidad.

Toma en el caso de cuentos como “Lucy” un recorte de periódico de un indecible asesinato infantil y construye los huecos para hacer del hecho una exploración propia de lo terrible. O un hecho violento como en “Esto no es un guion de Tarantino” y lo desmenuza, lo altera, lo amplifica. No indulta a la realidad en el cuento “Un hombre inocente” donde la ambigüedad de un acoso en los vagones del metro de la Ciudad de México es enjuiciado, denunciado, reconstruido pero también transformado, glosado. En “Francisco en familia” la soledad de su protagonista es igual de monstruosa que su distorsión de la realidad. Es posible que este último cuento haya salido de lo real, de alguna anécdota, pero es en la confección que del tema hace Ivonne y de su resolución, donde se evidencia su capacidad artística, porque parece que lo que le gusta a Ivonne es mitificar, mentir, transformar lo real; es decir, lo que le gusta es hacer literatura.

En otra de las narraciones de La luna en alto como “Familia desesperada”, el árbol genealógico bellamente narrado en su novela Triple crónica de un hombre –merecedora de la Mención Honorífica en el Premio Juan Rulfo para Primera Novela de 2002– vuelve a ser el centro del exilio, de la diáspora, del desarraigo y de las remembranzas del pasado que nos llevan hacia Damasco, a Cuba, a México, hacia esa realidad que una vez autoficcionalizada se convierte en mitología familiar, en literatura. Ivonne no cree en la autobiografía sino en la autoficción, que son dos reinos por completo distintos, pues uno depende de la realidad, y el otro, de la recreación, del artificio, de la invención. En este cuento y en esa novela la mitología familiar sonraíces convertidas en literatura. Esta mitología vuelve a aparecer en los cuentos “Azares de amor y de guerra” y “Calle luz”. En este último, la memoria de un padre vuelve a recorrer su infancia en Cuba y su presente en México, en una imagen llena de sabores, olores y desencuentros con el destino.

¿Qué es el destino? ¿Una persona está limitada por su origen? ¿Puede alguien, una mujer, por ejemplo, escapar al destino que otros o una cultura entera le depararon?, ¿puede la coincidencia de los acontecimientos ser un pretexto para encontrar historias? Esto parece preguntarse constantemente Ivonne en sus narraciones, como cuando convergen varios Carlos enel cuento “Nieve y niebla” con música de Charly García al fondo, trayendo al presente el horror de la dictadura argentina y la desazón de los doppelgängers.

El cuestionamiento aparece también en los cruces de caminos donde los accidentes parecer repetirse en un extraña predestinación como en “Rojo”, relato donde Ivonne declara que escribe para reinventar lo ocurrido, porque al tergiversar los hechos aparece el poder de la palabra para escapar de la realidad y expulsarla. Sabe que por medio de la memoria se puede dar vida a lo que no existe, a quien ya no existe o negar lo que existe.

A Ivonne le gusta narrar en segunda persona. Hay que tener destreza para ello. En su caso, usa esta herramienta para derruir la realidad, para crear niebla y nieve. En segunda persona, el narrador puede confesarse, recriminarse, denunciar, mentir; puede hablarse a sí mismo, a otra persona, a otro personaje o al lector. Todo ello acontece en los objetivaciones narrativas de Ivonne Saed que generan un sentido de análisis profundo, de que lo que narra resultatrascendental pero también secreto, inaccesible e incluso panóptico. Pareciera que la propia Ivonne estuviera fragmentada en diferentes épocas, intereses y estilos, como si no se saciara ennarrar todo, de las mayores formas posibles.

En los cuentos de Ivonne, también existe lo etéreo y lo evocativo, los relatos que se alejan de la autoficción o de lo concreto. En “La luna en alto”, “Eclipse” y en “Triste historia azul”, es el simbolismo, la metáfora y hasta lo onírico, lo que expande las posibilidades de su escritura. Estos funcionan como bisagras, como puertas a lo sublime sin descuidar el ritmo del libro. De la misma forma, funcionan como declaraciones de estilo, porque para Saed el lenguaje, nos queda claro, es su ingrediente más poderoso, su mayor apuesta, pues en casi ninguna de las 19 piezas que conforman este volumen se deja la prosa experta y exigente, los términos y vocablosprecisos.

Tengo que confesar que el cuento que más me gusta de La luna en alto es “Azares de amor y de guerra”, en el que una aparición inesperada cambia para siempre la historia de una familia, o más bien, la historia que una familia se ha contado a sí misma. Para mí, en este cuento está la mejor Ivonne Saed, con toda su mitología, con toda su diáspora y con todo el peso de sus recuerdos y de su reconstrucción. En ese cuento está todo ese mundo que poco conocemos una parte de los mexicanos, esa forma en la que personas de otros países y de otras culturas hicieron de México su refugio y también su patria, huyendo del horror, del infortunio y de la persecución. Me gusta ese cuento porque se emparenta con la bella historia de Triple crónica de un nombre, y porque me despliega un mapa que se continúa en otros cuentos como “Aarón el intérprete” y “Kilómetro 18”. 

De hecho, este libro es en su conjunto el mapa de una mitificación, el mapa y el itinerario de un mundo interior rico, complejo e inteligente. El mapa de una escritora que usa el lenguaje para construir un universo propio e irrepetible. 

La de Ivonne Saed se trata de una escritura que revela y descubre su propia cábala, en laprimera acepción de este término, que es la posibilidad de la conjetura, de la suposición, de quien usa el entorno para expresar su teoría de cómo debería ser el mundo, de quien mira la luna en lo alto y quiere saber qué es, cómo se creó y por qué está en medio de la creación.

Se trata de un libro que indaga en sus propias huellas para alcanzar lo universal.

 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Todavía con Vicente Quirarte

Mariester Núñez  

 

 


Cuando un padre muere, qué difícil decirle adiós; y no hablo del adiós de funeraria, sino del que sucede en ese sitio íntimo donde el dolor no encuentra amparo ni tierra suficiente para sepultarlo. Es cuando se descubre que su vida dio inicio antes de que uno les naciera; que además de padre ha sido un hombre cuya vida transcurrió como la de cualquier mortal. Exitosa, fracasada, feliz y, en ocasiones, profundamente triste.   

            Vicente Quirarte, joven de veintiséis años, se encontraba en Los Ángeles, California el día en que murió Martín, su padre. Se entera por una llamada de su hermano Ignacio y el poeta, como muchos otros que dominan la pluma –Mont Blanc en este caso–, hizo un ajuste de cuentas con su padre en un inolvidable poemario, Razones del samurái. La hondura de esos versos puede semejarse a mi pena por la muerte del mío, cuyo dolor es como el de mi hermano, como el de muchos que no hemos podido decirles cosas a los nuestros una vez que se han ido, …por todos esos puentes / que dejamos tendidos en el aire, nos dice Vicente, y que ahora, no hay manera. Pero Quirarte lo ha hecho por nosotros con una franca, doliente honestidad personal y, a la vez, universal. 

            Sus poemas nos llevan por ese viaje que se hace con el muerto que uno se resiste a enterrar en la ambivalencia de, también, ponerle encima una enorme lápida de piedra que diga con amorosa sencillez: Gracias. Tu hijo. 

 

Amigo querido, hoy, a menos de un mes de la muerte de tu cuerpo, te siento absolutamente vivo habitando tus poemas donde puedo leerte y tocarte y escuchar tus latidos tan sonoros y sentir tu abrazo cariñoso, otra vez.  

Abro el libro de poemas y acompaño a Vicente que nos cuenta cómo Ignacio, su hermano mayor, le dice a tres mil kilómetros de distancia: ¿Puedes regresar? La avalancha se deja sentir cuando comprende que su hermano “…quería decirme, dijo, me decía / que a la tribu por ti capitaneada / la diezmaban de tajo, / que te ibas de plano, y nosotros contigo. Los tiempos se fusionan, se confunden cuando el pasado y el presente se confabulan para inhabilitar el futuro. A partir de ese momento, ese padre ya sólo será historia. Ya sólo será memoria.

            El poeta inicia el viaje en avión de regreso a la Ciudad de México, …a la ciudad monstruosa / donde tú ya no esperas mi retorno. Un trayecto hacia el padre joven, hacia el niño Vicente, hacia el jovencito que es obligado a dejar atrás el alba de California, / el cartel de la ballena jorobada / …la luz, el mar, las nubes. 

            Nada consuela. La pérdida es brutal. Su padre-mi padre-nuestro padre, deja un vacío que llenamos de ternura triste y desolada. El duelo a veces es insoportable y dan ganas, también, …de ser maleducado / y de abrir, como tú, la puerta grande.

            Pero el legado mayor es el impulso de vida, no sólo las letras, la familia que resta, la memoria ahora dilatadapor un nuevo residente que provoca, en una reacción en cadena, nuevas evocaciones: la abuela y su carácter de tormenta que llevan al niño Vicente a …jugar a la soledad con los mosaicos; el arrayán …que en casa de la abuela / era el hermano ausente, / desmelenado y solo, orgulloso y viril; el abuelo Emigdio cuya muerte de agua le ganó la partida a la locura. Los diciembres de lima y tejocote, el equipal, la Catrina que fuera sacada de las greñas. Las tres de la tarde de aquel trece de marzo. 

            

            Pero la muerte casi nunca avisa. Hay ocasiones en que disimula su intención tras la juventud, los hijos chicos, la familia numerosa, una cabeza llena de libros. La salud del cuerpo. Es entonces cuando este padre se adelanta y decide enfrentarla, así nomás. Alza de pronto, a media calle, un vuelo sin alas, sin retorno, transformando a partir de ese momento a la muerte, antes poderosa, en …pequeña y pobre y pinche, / como un pulpo vulgar, incontinente, / que nos riega de tinta la camisa / y nos quita la entrada de la fiesta.

            Da inicio una batalla permanente contra el olvido; la búsqueda de consuelo del que ha quedado abandonado, ese hijo que siente que el muerto se le murió dentro y no hay manera ni desquite que mitigue o restaure a ese que fue. Busca al padre con vehemencia por la ciudad en ruinas, tu dominio, le dice, porque con él la recorrió y aprendió a quererla, herencia para ese joven que la toma y la huele y la camina hasta hacer de ella ahora su dominio y, queriendo que nunca se olvide que no era suya de inicio –la heredó–, publica libros luminosos sobre esa misma Ciudad de México. La desnuda y la muestra sin pudor a sus lectores quienes encuentran deslumbrante a la vetusta dama hecha de piedra y gente. Y uno sonríe cómplice sabiendo del incesto: amante compartida por el padre y por el hijo. 

            Vicente Quirarte se escudriña a sí mismo, mantiene un soliloquio en la certeza de que ahí, dentro de sí, está el sitio donde habita Martín. Le escribe en letra grande, le habla en voz alta, le grita y, con él cincelado en su alma, persiste en la batalla: no quiere que el olvido lo mate una segunda vez. Sería intolerable. Le duele, dice, anota, que Al hallar las palabras que te buscan / la verdad es que hablo de lo mío, / de lo que soy por ti, teme al innoble olvido de…la prudencia, / el sentido común, el tiempo curandero.

            Finalmente, llega la resignación. El perdón. …el cielo, / más alto que los hombres y los barcos, / te nombrará farero de las nubes… / Todo será futuro, sueño ardiente, / y estarás en un cielo más tangible.

 

Y ¿dónde ha quedado la rabia de Quirarte?, me pregunté cuando leí por vez primera estos hermosos versos que narran la historia de este padre que desertaba del mundo y de este hijo que observa al hombre que elegía su cómo y cuándo con la muerte, sobriamente, como todo samurái. Qué hiciste amigo, con esa indignación, con ese inevitable rencor de huérfano: ¿Qué pensaste -carajo- qué sentiste / al volar por segundos, convencido / de que abajo la red no te esperaba? Nunca lo sabré, sin embargo, siempre vi en tus ojos oscuros y en tus letras la melancolía, supongo de Martín, que hiciste tuya, tal vez tu indulto: Aunque armas y letras te prolonguen / poco a poco te irás, como se borra / el olor del amor bajo las aguas. / Nadie se queda en el recuerdo. / La mejor de las formas de guardarte / es respirar a puños este aire…

            Eso es rabia, Vicente. Eso es garra.

 

 

 

 

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Der Blaue Reiter: El jinete azul

Pintar la paz en tiempos de guerra



Virginia Hernández Reta



Franz Marc, Pájaros, (1914)

 

Miro los cuadros y los dibujos; encuentro al jinete azul, pero también me llaman la atención los toros verdes, los rostros amarillos, los caballos cerúleos. La paleta de los pintores que forman el movimiento Der Blaue Reiter –El jinete azul– es tan luminosa como oscuro el futuro que enfrentarán. La Primera Guerra Mundial acaba con varios de ellos y la Segunda con mucha de su pintura. 

Sobre la avenida Luisenstrasse, en la hermosa ciudad de Múnich, encuentro la fachada moderna que esconde una construcción antigua, una villa de finales del siglo XIX, pintada de amarillo: la que fuera casa del pintor alemán Franz von Lenbach. La residencia es hoy un museo, el Lenbachhaus, un oasis para el arte con un jardín lleno de hiedras y hortensias, un par de fuentes, esculturas escondidas en los rincones y una joya propia en el segundo piso: la colección más grande de pinturas de El jinete azul.

En esta misma ciudad, hace más de un siglo, un grupo de artistas se reúne con la idea de reformar el arte y, de paso, la sociedad. Forman el movimiento de El jinete azul y exponen sus obras por primera vez en 1911. En 1912 publican el Almanaque Der Blaue Reiter, un volumen que junta arte contemporáneo, folclor, dibujos infantiles, todo un manifiesto visual sobre el color y la libertad creativa. Los artistas emergentes que exponen incluyen nada más y nada menos que a Franz Marc, Robert Delunay, Henri Rosseau, Paul Klee, August Macke, Vassily Kandinsky, su pareja Gabriele Münter, Alexej von Jawlensky, María Franck-Marc…

Der Blaue Reiter conjunta a pintores de distintos países –Rusia, Alemania, Francia, Suiza– que encuentran inspiración en diversas fuentes –desde los exvotos religiosos, la estética medieval y la gótica, hasta las artesanías, el arte primitivo, los ornamentos populares y la cultura oriental (ciertamente “exotizada” por sus ojos occidentales). Convencidos de que el arte debe ser libre, sienten curiosidad por sus variadas ramas –teatro, danza, fotografía, ilustración– y exploran también distintos materiales –pintura en vidrio, en lámina, óleo, acuarela… 

La mayoría de estos jinetes del arte tiene ansias de correr: desafían los roles de género y viven vidas tan poco convencionales como los colores en sus lienzos. Plasman toros rojos, verdes y amarillos; troncos violetas; pájaros naranjas o rosados; caballos y jinetes azules, porque el azul les significa trascendencia y profundidad. Algunos se visten de manera andrógina; retoman temas considerados menores –como las naturalezas muertas, los motivos religiosos o los juegos infantiles–, privilegian el expresionismo y la libertad, celebran la parte lúdica y luminosa de la vida. Me ganan de inmediato.

Como movimiento, El jinete azul sienta las bases para la pintura abstracta, valora el trazo considerado ingenuo, sostiene que el color toca el alma humana, cree en la espiritualidad del arte; busca el misticismo, el simbolismo, la paz. Los artistas de Der Blaue Reiter tienen la intención de “cabalgar más allá del mundo”, como lo expresa con entusiasmo en 1911 la poeta y escritora alemana Else Lasker-Schüler.

Sin embargo, las guerras acaban con la manada. El grupo se deshace en 1914. La alegría que me causan los cuadros se empaña con la información que se cuela en las cédulas de obra. 

Gabriele Müster –pintora de mujeres, casas y paisajes–, separada de Kandinsky en 1916, huye a países neutrales ante el estallido de la Primera Guerra Mundial. En el exilio, contactará a los artistas de la vanguardia sueca y expondrá su arte no en su natal Alemania, sino lejos, en Escandinavia. 

August Macke, artista alemán con cara de niño y uno de los principales jinetes del movimiento, morirá en 1914, a los 27 años en el frente francés.

Wilhem Morgner, uno de los artistas más importantes del expresionismo de Westfalia, muere a los 28 años, en batalla, durante la Gran Guerra. Dejará una obra colorida de 200 pinturas y 2,000 dibujos.

Alexej von Jawlensky, el pintor ruso y miembro de Der Blaue Vier (Los cuatro azules), autor del hipnotizante retrato del bailarín Alexander Sacharoff, lucha doce años contra la artritis reumatoide. Por ello irá pintando obras cada vez de menor tamaño hasta abandonar la pintura poco antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial. Morirá un par de años después.

Paul Klee, artista suizo de nacimiento, pelea en la Primera Guerra Mundial. Aunque no es propiamente miembro de la manada, es muy cercano a los fundadores de El jinete azul. Años después el régimen nazi lo retira de su puesto de profesor en la Bauhaus. Regresa a Suiza donde se le diagnostica esclerodermia. Fallecerá cuatro años después, a los 60 años, en medio de la guerra. 

Heinrich Campendonk, pintor y grabador alemán, autor del hermoso Retrato con vaca (ca. 1920), sufre el destierro y las purgas nazis confiscan su obra. Se exiliará en los Países Bajos. Ante la ocupación de Holanda por el Tercer Reich, su vida será cada vez más precaria.

Vasili Kandinsky, el genio ruso, es cofundador de Der Blaue Reiter. Con los años su pintura evoluciona hacia la expresión abstracta para convertirse en un pilar del arte mundial. Morirá de un accidente cerebrovascular antes de ver el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Franz Marc y todos sus animales –caballos, ciervos, y demás fauna que pinta de manera mística, pues encuentra más espiritualidad en la naturaleza que en el ser humano– se apagan a sus 36 años un mal día de marzo. En la batalla de Verdún de 1916, una esquirla de metralla le romperá la cabeza. Su obra Pájaros (1914), colmada de aves triangulares y coloridas, junto con otros cuadros, será decomisada por los nazis un par de décadas después, bajo la “Ley de Confiscación de Productos del Arte Degenerado”. Las obras se subastarán para obtener fondos para el Tercer Reich. 

La misma Else Lasker-Schüler, con su poesía y sus libros, es prohibida. Después de sufrir el exilio bajo el régimen nazi, recorre varios países enferma de gravedad. Muere en 1945 en Jerusalén. Es enterrada en el Monte de los Olivos. Su tumba será destruida al terminar la guerra, en periodo de “paz”, tras la división de la Ciudad Santa en 1948. Pasarán tres décadas antes de que restauren su tumba.

En silencio, observo el testimonio mudo que representan páginas y páginas facsimilares expuestas en una larga vitrina