Ivonne Saed: la escritura en alto
Por Omar Nieto
Ivonne Saed es escritora, traductora, diseñadora y fotógrafa. También es una lectora exigente. Esamante del lenguaje, de la precisión y de la inteligencia. Ivonne no se conforma. Ivonne es insaciable cuando un proyecto de escritura, una idea o un tema se le mete en la cabeza, en el espíritu. Por ello es capaz de mirarlo desde aristas distantes y abordarlo hasta que quede poco de él en el tintero. Podría decirse que Ivonne es obsesiva pero más bien es inflexible al error y por eso se exige tanto: porque cree que las cosas deben decirse de una forma definitiva y duradera.
En éste, su primer libro de cuentos, puede observarse su rigor como ensayista y también como novelista. Ambas tendencias permean sus historias. En este volumen las ideas se expanden como calidoscopios, en un multicolorido temático, quizá propio de tres etapas diferentes como autora, de la misma forma en la que el libro está dividido. Está escrito de alguna forma como suele abordarse la novela, por medio de fugas, de reflexiones, de inflexiones; y por otro lado, está escrito con el rigor de la escritura y la profundidad de la prosa razonada.
Esto no quiere decir que Ivonne Saed no dote a sus cuentos de subjetividades, de transformaciones oníricas y casi fantásticas con respecto a lo real, o incluya pincelazos poéticos usando metáforas poderosas que nos remiten al ocaso, al otoño o a la luna en lo alto. Por el contrario, la cuentística de Ivonne equivale a sumergirse en un laberinto de obsesiones, de dolores, violencias, contradicciones, casualidades y de recuerdos, de memorias vivas y deproyecciones ficticias de amplia sagacidad.
Toma en el caso de cuentos como “Lucy” un recorte de periódico de un indecible asesinato infantil y construye los huecos para hacer del hecho una exploración propia de lo terrible. O un hecho violento como en “Esto no es un guion de Tarantino” y lo desmenuza, lo altera, lo amplifica. No indulta a la realidad en el cuento “Un hombre inocente” donde la ambigüedad de un acoso en los vagones del metro de la Ciudad de México es enjuiciado, denunciado, reconstruido pero también transformado, glosado. En “Francisco en familia” la soledad de su protagonista es igual de monstruosa que su distorsión de la realidad. Es posible que este último cuento haya salido de lo real, de alguna anécdota, pero es en la confección que del tema hace Ivonne y de su resolución, donde se evidencia su capacidad artística, porque parece que lo que le gusta a Ivonne es mitificar, mentir, transformar lo real; es decir, lo que le gusta es hacer literatura.
En otra de las narraciones de La luna en alto como “Familia desesperada”, el árbol genealógico bellamente narrado en su novela Triple crónica de un hombre –merecedora de la Mención Honorífica en el Premio Juan Rulfo para Primera Novela de 2002– vuelve a ser el centro del exilio, de la diáspora, del desarraigo y de las remembranzas del pasado que nos llevan hacia Damasco, a Cuba, a México, hacia esa realidad que una vez autoficcionalizada se convierte en mitología familiar, en literatura. Ivonne no cree en la autobiografía sino en la autoficción, que son dos reinos por completo distintos, pues uno depende de la realidad, y el otro, de la recreación, del artificio, de la invención. En este cuento y en esa novela la mitología familiar sonraíces convertidas en literatura. Esta mitología vuelve a aparecer en los cuentos “Azares de amor y de guerra” y “Calle luz”. En este último, la memoria de un padre vuelve a recorrer su infancia en Cuba y su presente en México, en una imagen llena de sabores, olores y desencuentros con el destino.
¿Qué es el destino? ¿Una persona está limitada por su origen? ¿Puede alguien, una mujer, por ejemplo, escapar al destino que otros o una cultura entera le depararon?, ¿puede la coincidencia de los acontecimientos ser un pretexto para encontrar historias? Esto parece preguntarse constantemente Ivonne en sus narraciones, como cuando convergen varios Carlos enel cuento “Nieve y niebla” con música de Charly García al fondo, trayendo al presente el horror de la dictadura argentina y la desazón de los doppelgängers.
El cuestionamiento aparece también en los cruces de caminos donde los accidentes parecer repetirse en un extraña predestinación como en “Rojo”, relato donde Ivonne declara que escribe para reinventar lo ocurrido, porque al tergiversar los hechos aparece el poder de la palabra para escapar de la realidad y expulsarla. Sabe que por medio de la memoria se puede dar vida a lo que no existe, a quien ya no existe o negar lo que existe.
A Ivonne le gusta narrar en segunda persona. Hay que tener destreza para ello. En su caso, usa esta herramienta para derruir la realidad, para crear niebla y nieve. En segunda persona, el narrador puede confesarse, recriminarse, denunciar, mentir; puede hablarse a sí mismo, a otra persona, a otro personaje o al lector. Todo ello acontece en los objetivaciones narrativas de Ivonne Saed que generan un sentido de análisis profundo, de que lo que narra resultatrascendental pero también secreto, inaccesible e incluso panóptico. Pareciera que la propia Ivonne estuviera fragmentada en diferentes épocas, intereses y estilos, como si no se saciara ennarrar todo, de las mayores formas posibles.
En los cuentos de Ivonne, también existe lo etéreo y lo evocativo, los relatos que se alejan de la autoficción o de lo concreto. En “La luna en alto”, “Eclipse” y en “Triste historia azul”, es el simbolismo, la metáfora y hasta lo onírico, lo que expande las posibilidades de su escritura. Estos funcionan como bisagras, como puertas a lo sublime sin descuidar el ritmo del libro. De la misma forma, funcionan como declaraciones de estilo, porque para Saed el lenguaje, nos queda claro, es su ingrediente más poderoso, su mayor apuesta, pues en casi ninguna de las 19 piezas que conforman este volumen se deja la prosa experta y exigente, los términos y vocablosprecisos.
Tengo que confesar que el cuento que más me gusta de La luna en alto es “Azares de amor y de guerra”, en el que una aparición inesperada cambia para siempre la historia de una familia, o más bien, la historia que una familia se ha contado a sí misma. Para mí, en este cuento está la mejor Ivonne Saed, con toda su mitología, con toda su diáspora y con todo el peso de sus recuerdos y de su reconstrucción. En ese cuento está todo ese mundo que poco conocemos una parte de los mexicanos, esa forma en la que personas de otros países y de otras culturas hicieron de México su refugio y también su patria, huyendo del horror, del infortunio y de la persecución. Me gusta ese cuento porque se emparenta con la bella historia de Triple crónica de un nombre, y porque me despliega un mapa que se continúa en otros cuentos como “Aarón el intérprete” y “Kilómetro 18”.
De hecho, este libro es en su conjunto el mapa de una mitificación, el mapa y el itinerario de un mundo interior rico, complejo e inteligente. El mapa de una escritora que usa el lenguaje para construir un universo propio e irrepetible.
La de Ivonne Saed se trata de una escritura que revela y descubre su propia cábala, en laprimera acepción de este término, que es la posibilidad de la conjetura, de la suposición, de quien usa el entorno para expresar su teoría de cómo debería ser el mundo, de quien mira la luna en lo alto y quiere saber qué es, cómo se creó y por qué está en medio de la creación.
Se trata de un libro que indaga en sus propias huellas para alcanzar lo universal.
