lunes, 15 de junio de 2026

Muerte y nacimiento del mito en “Centauro” de José Saramago y “Las cosas que perdimos en el fuego” de Mariana Enríquez

Daniella Blejer





Una criatura híbrida, extraña, imposible. Mitad hombre, mitad equino: Centauro habita el relato de José Saramago publicado en el libro Casi un objeto (1973). Cansado de una vida interminable, el último centauro vivo carga con el peso de haber presenciado la muerte de su semejante, Neso, a manos de Heracles (Hércules). A pesar del paso del tiempo, Centauro sigue maquinando cómo vengarlo. En sus sueños se enfrenta a Heracles y lo derrota con toda su fuerza: la humana y la equina. Centauro sufre debido a su condición doble: no logra acoplar su cuerpo e instintos equinos a su torso y mente humanas. Camina sin rumbo por los años de los años, hasta llegar a los parajes de la modernidad, donde observa a lo lejos a una figura quijotesca atacando molinos. Cuando finalmente logra llegar a su tierra, la antigua Grecia, se da cuenta de que los dioses se han marchado: el mundo clásico ha muerto. Cansado de esconderse, Centauro se atreve a caminar a plena luz del día. En su vagabundeo se topa con una mujer en el campo. Impulsado por su doble naturaleza, la toma y huye con ella a cuestas. Una multitud, armada y enfurecida, comienza a perseguirlo. Centauro deja a la joven y corre para escapar de un mundo que no lo comprende, en el cual pareciera no poder cumplir más su función. Agotado, llega hasta un acantilado donde decide tirarse al vacío. Al despeñarse, una piedra parte su cuerpo en dos liberando al hombre del caballo. El torso y la cabeza humanas caen de espaldas. Antes de morir, Centauro por fin logra mirar al cielo.

            Mientras que la figura que representa el mito en el cuento de Saramago sufre una muerte simbólica al no tener más una pertinencia en la modernidad, en “Las cosas que perdimos en el fuego” (2016) de Mariana Enríquez asistimos al nacimiento de un nuevo mito con todo y su ritual. El cuento plantea una sociedad en la que las mujeres se prenden fuego de forma colectiva para iniciar un movimiento de resistencia extrema. Desfiguran sus rostros y cuerpos para escapar de los feminicidios. Estropean su propia piel antes de que los agresores las puedan destruir o si quiera desear. El detonante del fenómeno y símbolo del movimiento es la “chica del subte”, quien, con la cara desfigurada por las quemaduras, viaja por las líneas del metro contando cómo fue atacada por su pareja. El individuo, además de agredirla, declaró a la prensa que ella se quemó a sí misma. Es así como nace el mito de hermandades secretas, mujeres que organizan rituales alrededor de una fogata para quemar partes de su cuerpo. Lejos de proyectarse como víctimas, estas mujeres se apropian de sus cuerpo para decidir y adquirir poder sobre sí mismas.

El cambio en la función del mito entre ambos cuentos puede entenderse a través de la Dialéctica de la Ilustración(1944), donde Max Horkheimer y Theodor W. Adorno analizan la pretensión del pensamiento ilustrado de disolver los mitos en pos del saber científico, el cual no aspira a la “verdad”, sino al dominio sobre la naturaleza. En la senda de la ciencia moderna, dicen los filósofos alemanes, los hombres renunciaron al sentido, y la lógica reductora de la Ilustración se dirigió de nuevo hacia la mitología de la que tanto quería escapar. 

Este vaivén sobre el lugar del mito en nuestras vidas se observa al hacer una comparación entre las narraciones mencionadas. El centauro del cuento de Saramago ha perdido su relevancia en el mundo moderno, pues el pensamiento ilustrado ––racional y científico–– ha sustituido la función del mito: dar sentido a la condición humana. En cambio, la cofradía de mujeres del cuento de Mariana Enríquez, manifiesta la necesidad, no solo de reivindicar la figura y el poder de la bruja, sino de crear una nueva mitología para cambiar las normas y los valores de la sociedad.  

            Quizás los seres humanos tengamos un pensamiento híbrido, como el centauro. Por un lado, aspiramos a la racionalidad y el avance de la ciencia, por el otro, somos animales simbólicos y requerimos del mito para dar sentido a la realidad, organizar a la sociedad y dar respuesta a nuestras preguntas existenciales. 

miércoles, 10 de junio de 2026

La materia del silencio

Ivonne Saed



A unos cuantos metros del ajetreo proveniente de la Plaza Circular de Murcia una escultura en mármol blanco nos invita a guardar silencio. Los ojos de esta gran cabeza están cerrados, el cabello recogido en un perfecto chongo sobre la nuca. La veta gris que oscurece la yema del dedo índice –la mano es el único elemento asimétrico– enfatiza el gesto y acalla virtualmente todo sonido circundante. El claustro abierto de piedra y ladrillo que acoge a la mujer alargada cancela sus propios ecos.

El conjunto arquitectónico es La Cárcel Vieja, un nuevo centro de cultura contemporánea ubicado en el antiguo reclusorio de la ciudad –el mismo donde estuvo preso el poeta Miguel Hernández. En su exterior, el centro está conformado por una serie de espacios públicos relacionales que se abren para dialogar con el edificio antiguo y resignificarlo, además de permitir el encuentro entre personas de diferentes culturas, generaciones e intereses. La frontera entre la calle y el complejo queda borrada por una pérgola metálica abierta que hace referencia visual a su uso anterior, pero ahora desde una total libertad de tránsito.

Como lo afirman en su sitio web, los interiores “han sido concebidos como territorios donde diferentes velocidades de vida pueden coexistir. Hay lugares para la contemplación pausada y otros para el intercambio dinámico, zonas para el silencio reflexivo y áreas donde la conversación fluye naturalmente”.

Uno de esos espacios que invitan al silencio reflexivo ahora alberga la muestra Jaume Plensa. Materia interior(hasta el 20 de septiembre). La extraordinaria cabeza de mármol que pide silencio es apenas un anuncio de lo que viene. 

La exhibición está dividida en tres áreas: en la primera sala vemos la obra abstracta de la época más temprana del artista: mecanismos que ocupan todo el espacio, ambientado con neón blanco y una luz roja que irrita todo el ambiente. 












La segunda sala alberga varias cabinas hechas con baldosas de alabastro, sin ventanas, con la puerta entreabierta y un simple banco blanco en su interior. Al fondo una cabeza de gran tamaño, también hecha de piedra –en este caso un monolito– y cruzada en vertical de arriba abajo por su veta natural apenas desfasada del centro, es testigo perpetuo de la escena, de nuestro andar silencioso entre estas minúsculas habitaciones, inquietantes por la soledad que comunican y por lo tangible del vacío que cada una alberga. Como en toda la muestra, la materialidad del soporte es cuidada e intencional y dialoga con la obra de arte. El espectador observa y es observado por un rostro dividido; el efecto especular es de una profundidad conmovedora.

La tercera zona de la exposición es la más vasta. Al entrar al recinto, de inmediato se activan sentidos y emociones y se interconectan: una escultura en madera, similar a la del exterior pero de distinta etnicidad, nos recibe flotando, su peso contundente negado por su posición en el aire. Nos detenemos para internalizar toda la atmósfera: una materialidad de luz, sonido, movimiento, lenguaje, sombras y texturas tan táctiles como visuales. El silencio al que de nuevo nos invita esta cabeza es también nuestra reacción natural ante este espacio de contemplación y meditación que tiene mucho de sagrado.

Cada rayo de luz es preciso, el conjunto de sombras está ahí para habitarse: dos proyecciones oscuras, duras y estáticas provienen del personaje principal y cruzan en diagonal la galería, adquiriendo dinamismo al contacto con las sombras que provienen de las cortinas laterales compuestas por letras que oscilan desde el techo. La iluminación deja de ser un simple instrumento para la vista y se convierte en elemento fundamental de la instalación. El espacio de tonos cálidos y sonidos como mantras nos atrae para recorrerlo y leer, en los textos de metal colgantes o en el piso poblado de sus sombras, los fragmentos que el artista nos dice, influenciados por lo que se gesta en nuestro interior. Accedemos a una poesía fragmentada hecha de luz y palabras; lo físico y lo espiritual fluyen, se encuentran, entrelazan y separan. La contemplación trasciende para convertirse en una vivencia activa, íntima y expansiva.

Al fondo de la galería varias cabezas desperdigadas descansan sobre el piso o sobre bancas rústicas. La madera con la que están hechas les confiere una sensación de paz y calidez y su disposición en el conjunto invita al espectador a sentarse entre ellas y sus sombras, a convertirse en parte del conjunto.





En la planta superior –abierta hacia la de abajo mediante una doble altura al centro– el concepto de silencio como medio para acceder a la interioridad se pone en crisis: una serie de ocho esculturas de bronce en pequeña escala reproducen la cabeza principal de abajo, pero, a diferencia de ésta, aquí se percibe una violencia. La cara de la izquierda repite el gesto de pedir silencio con un dedo cruzando los labios en perpendicular; otras se tapan los oídos, la boca o los ojos con ambas manos; otras más están cubiertas por cuatro o seis manos que impiden cualquier percepción y cancelan su identidad. 

Se nos presentan más experiencias creadas por el artista en diferentes épocas: un corazón blanco y voluminoso suspendido en el aire se repite como enorme araña al proyectarse sobre la pared también blanca. Esta imagen solitaria contrasta con la proyección rojiza al fondo del mismo espacio con una sola letra en el centro que cambia cada tantos segundos. Hay una dialéctica entre esta planta y la inferior: igual que las cabezas de bronce repiten el gesto a la vez que dicen lo contrario que la gran escultura de abajo, la sobrepoblación de palabras en lento movimiento del piso inferior establece un contrapunto con esa letra estática, única y cambiante, que pasa de un alfabeto a otro, en una comunicación serena y paciente. En el otro extremo de la sala una serie de cuerpos pequeños blancos, también suspendidos, representan diversas figuras humanas vestidas con colgantes caracteres tipográficos en diferentes idiomas, como una especie de Babel en armonía que proviene de los diminutos personajes.




Fotografía de Ivonne Saed

En la zona restante, hacia la parte posterior, tres esculturas de alambre flotan también en la atmósfera. Su gran tamaño y liviandad aparente, su fragilidad y su vacío interior, provocan juegos de luz en donde la mirada recibe estímulos distintos al cambiar de emplazamiento apenas unos centímetros. Su inmaterialidad transmite una dualidad irrompible entre la condición física y la espiritual del ser humano. A pesar de la economía con la que estas cabezas están formadas, podemos distinguir la fisionomía de cada personaje.

Después de recorrer la muestra arriba y abajo un par de veces más, salgo de La Cárcel y camino despacio entre las columnas de la pérgola metálica de cara a la calle. Imposible no imaginar a Miguel Hernández, detrás de estos muros, escribiendo una elegía de añoranza sobre la libertad, para la libertad, desafiando con sus poemas a una tiranía que, al final, no logró acallar su voz.



martes, 19 de mayo de 2026

El gato, el mono y la migala: tentar a la muerte en los cuentos “La pata de mono” y “La migala”

Virginia Hernández Reta




 

Si me dicen que la curiosidad mató al gato, sólo diré que murió por una causa noble.

Arnold Edinboroughs, productor de radio y televisión británico

 


¿Por qué es un gato el que muere de curiosidad? También decimos que “por la boca muere el pez” o que “el que nace chicharra muere cantando”. Los animales mueren en nuestros dichos porque es más fácil depositar en ellos aprendizajes “mortales” que le corresponden al ser humano. 

Desde que aprendimos como especie a nombrar el mundo, hemos dotado a los animales de significado simbólico. En ellos transferimos cualidades, defectos y, en muchos casos, nuestro miedo a la muerte. Como el xoloitzcuintle mexica que acompaña a los muertos a pasar de un plano terrestre a otro misterioso, los animales son medios para transitar de un nivel literal a uno metafórico. El gato, entonces, representa nuestra curiosidad, pero también se convierte en la curiosidad misma: la encarna. Y es la curiosidad el principio de toda literatura. Querer saber qué pasa es el motor sine qua non de todo cuento. 

Las obras geniales de la literatura tienen esta anticipación en dosis exactas. “La pata de mono” (1902) de William Wymark Jacobs, y “La migala” (1952) de Juan José Arreola cumplen esta promesa con creces. Por eso se han inmortalizado como dos cuentos canónicos dentro de la literatura de terror psicológico, donde el suspenso –algo terrible está por suceder– y el misterio –algo terrible ya sucedió– se combinan. Y son dos relatos que, además, utilizan animales para comunicarlo.

Comparar estos cuentos es enfrentarse a múltiples interrogantes. ¿Cómo convertimos algo familiar en algo siniestro? ¿Ante qué pérdidas preferiríamos morir antes que enfrentarlas? ¿Nos es dado alterar el orden de las cosas o somos dueños absolutos de elegir nuestro final?

En ambos relatos es la relación con un animal la que provoca estas preguntas, la que alimenta el terror y la que simboliza nuestra relación con el destino. A lo largo de la literatura los animales han servido como herramienta narrativa para repensar la naturaleza del hombre y su lugar en el mundo. Los animales sirven como espejos; son metáforas que hablan de la condición humana, de nuestro comportamiento absurdo y destructivo, o de nuestras aberraciones como sociedad. Igualmente son un conducto para explorar la otredad: la parte animal, irracional, primitiva de nosotros mismos.

En las fábulas tradicionales, los animales educan y señalan las fallas humanas, como la liebre arrogante de Esopo o la despreocupada cigarra de Jean de La Fontaine. Pero los animales también son un medio para criticar una sociedad que se equivoca hasta el terror, como la locura del Holocausto en la novela ilustrada Maus de Art Spiegelman. Los animales pueden pasar de ser compañeros incondicionales, como el zorro en El principito de Antoine de Saint-Exupéry, hasta convertirse en amenazas reales, como en Moby Dick, de Herman Melville, o los cerdos en la Rebelión en la granja de George Orwell. Los animales pueden incluso mostrar la relación nociva del hombre con la naturaleza y denunciar sus crímenes ecológicos, como en Desgracia de J. M. Coetzee.

En un contexto ritual, el animal además sirve como objeto de sacrificio: contacta con lo divino, como los carneros sacrificados a Yavéh, o las gallinas dadas en capará o expiación hebrea, o las mismas aves que constituyen ofrendas preferidas para los orixás en el candomblé brasileño. Los animales son umbrales a lo desconocido o pueden representar la otredad.

En “La pata de mono” y “La migala” existe un contacto siniestro con lo animal. Éstos representan peligro y a la vez son símbolo de lo que no tenemos, de lo que nos falta.

En el cuento de W. W. Jacobs un narrador convencional en tercera persona establece la amenaza desde un inicio: la desgracia se cierne sobre una familia de clase media que tiene todo lo que puede desear, pero que recibe a un amigo portador del funesto objeto: una pata de mono que concede tres deseos al hombre que los pida –nótese el tono de la época en la que una mujer no es sujeto del deseo, sino, en el mejor de los casos, sólo su objeto. La pata de mono tiene poderes: cumple tres cosas que se le pidan, pero pedir sin calcular las consecuencias lleva a la tragedia. El acto de desear trastoca el orden natural de las cosas. 

No es casual que sea una pata de mono la portadora del infortunio. En la civilización occidental son las patas de conejo o las de cabra las que traen buena suerte. En el cuento es una pata de simio –lo más cercano a una mano de hombre– la que funge como talismán, como destino cosificado. Es algo muerto que trae la muerte, pero que estando también “vivo” permanece en un estado liminar. 

En culturas prehispánicas como la maya, el mono es un animal sagrado asociado a la fertilidad. En la India, las vacas y los simios son divinidades. En China el mono representa la sabiduría, la creatividad y el ingenio. Las tradiciones orientales están llenas de simios. El primate también remite a la teoría de la evolución de Darwin y a su libro El origen de las especies (1859) que, para el momento en que aparece el cuento “La pata de mono” en la colección La señora de la barcaza, ya tiene casi medio siglo de publicado. Tarzán de los monos se editará en 1912. El cuento de W. W. Jacobs plasma esta visión exótica con la que en la época se consideraba a los países no occidentales. En la perspectiva de este escritor inglés de principios del siglo XX, la India –de donde viene el amuleto– es una colonia en la que la lógica europea no aplica.

En el relato, el jefe de familia hace uso de su autoridad y pide tres deseos. Se insiste en esta triada tan común en los cuentos infantiles. También son tres los personajes del cuento: padre, madre e hijo. Pero los tres deseos alejan cada vez más del final feliz. El hijo muere para que se pueda cobrar el dinero que el padre desea obtener una noche antes. Se introduce el terror con la premonición de que todo va a empeorar. La locura se instala ante una pérdida que le es insoportable a la madre. El lector se pregunta si realmente la pata de mono está hechizada o lo que sucede son coincidencias que el hombre interpreta como destino. ¿Hay un designio superior o sólo consecuencia lógica de la ambición humana?

El cuento termina en la desolación de los personajes y la del lector. No vemos al hijo muerto volviendo a la vida, como Frankenstein. No es necesario. El lector completa el terror imaginario que magistralmente construye W. W. Jacobs. El destino macabro se ríe de los deseos del hombre. La pata de mono –un pedazo muerto y momificado– pertenece más a un cementerio –a donde regresa el hijo muerto a través del tercer deseo. El destino está tejido. 

En la mitología, las Moiras griegas o las Parcas romanas son otra triada femenina que controla la existencia de los hombres: una de ellas hebra el hilo de la vida, otra determina su longitud y otra lo corta, en un ciclo inalterable. En otro mito, Aracne es una tejedora tan sobresaliente que reta a la diosa Atenea a superarla. Por su atrevimiento y arrogancia, Aracne es convertida en araña y condenada a tejer de por vida.

En el cuento del mexicano Juan José Arreola, “La migala”, el arácnido personifica el terror. Desde el inicio, se anticipa un final infeliz. La tensión dramática se construye con una transferencia: el personaje prefiere instalar un infierno animal para desterrar otro: el de los hombres. 

“La migala” –que aparece en Confabulario en 1952– representa la angustia psicológica y existencial que causa el desamor. Esta fobia planteada desde la primera línea –“la migala pasea libremente por la casa”– es metáfora del sufrimiento. El cuento de Arreola usa también la incertidumbre y la ambigüedad para envolvernos en una trampa insalvable. Narrado casi todo en presente y en una primera persona que sabe más que el lector, el cuento establece un espacio tomado por el miedo, la presencia acechante de un animal cazador, nocturno, subrepticio que el propio personaje ha liberado dentro de su casa. La tarántula resulta “más atroz que el desprecio y la conmiseración brillando en una mirada”, dice el personaje, dando una clave del desamor que se confirmará más tarde.

En el colmo de la transferencia, el personaje de “La migala” no sólo piensa en el animal ponzoñoso sino que incluso se imagina la manera en que la araña debe percibirlo a él. Es brillante el final del cuento: acorralado por el pequeño monstruo, el narrador recuerda “el tiempo en que soñaba con Beatriz y su compañía imposible”. La elección del nombre femenino no es casual: Beatriz acompaña a Dante del purgatorio al paraíso. Aquí el personaje hace el recorrido inverso: del paraíso del amor al purgatorio del abandono. En este tormento autoimpuesto, el miedo a morir de verdad distrae del dolor de estar muriendo emocionalmente. La fobia se convierte en metáfora del sufrimiento. 

Tanto en “La pata de mono” como en “La migala”, lo inquietante llega de fuera y se instala en un hogar antes pacífico; un oasis que se convierte en un infierno autocumplido. El espacio doméstico, como en los cuentos anteriores –“La jaula de la tía Enedina” de Adela Fernández y “Un señor muy viejo con unas alas enormes” de Gabriel García Márquez–, lejos de ser refugio se vuelve prisión. Sin embargo, ni la migala ni la pata de mono son malignos en sí: es el uso que les damos, la interpretación que les adjudicamos, los deseos que transferimos en ellos lo que los vuelve siniestros.

En ambos cuentos los personajes nos son cercanos porque sufren la muerte de un ser querido: en “La pata de mono” es la muerte del hijo aparentemente provocada por el deseo irresponsable del padre; en “La migala” es el desamor, la muerte del otro en uno y de uno en el otro –como elabora el psicoanalista Igor Caruso en su libro La separación de los amantes (1968). Estos cuentos, igual que los revisados la sesión pasada, también transfieren el miedo a un otro, aunque sea animal. Mono y migala muestran nuestra imposibilidad de lidiar con la incertidumbre, el desamor y la finitud.

Medio siglo separa un cuento de otro. En “La pata de mono” el suspenso se logra con la descripción de atmósferas y objetos: una partida de ajedrez riesgosa, el crepitar del fuego, el aire soplando afuera. En “La migala” se filtra con mínimas pero precisas imágenes sensoriales y comparaciones poderosas: el peso “leve y denso” de la araña, su consistencia “de entraña” y su “imperceptible” caminar. El hombre se vuelve presa. La naturaleza caza. 

En W. W. Jacobs los acontecimientos van precipitándose con ritmo frenético hacia lo irremediable. En Arreola se parte de lo irremediable pero con una inmovilidad desesperante, una espera calculada, un ritmo detenido donde habita el miedo como modus vivendi. Sin embargo, el fondo es el mismo: la fragilidad ante la pérdida, la maldición de querer de vuelta lo perdido. 

Ambos textos enganchan, sorprenden, cierran con ambigüedad. La pata de mono no se destruye: podrá seguir cumpliendo deseos a otros hombres que todavía no hayan caído en su trampa, así como tampoco se aniquila a la migala. Al contrario, es una presencia que suple la ausencia, es una amenazante compañía que el narrador prefiere a la soledad. 

Los dos cuentos son espejos que nos reflejan. Tal vez tampoco nosotros podríamos resistir la curiosidad de usar la pata de mono. Quizá también preferiríamos la muerte a plazos antes que enfrentar la angustiosa soledad. Se llega al final de ambos relatos con zozobra: no se habla sólo de animales. La curiosidad que mató al gato es la misma que nos lleva hasta el final de estos relatos, la misma que –siempre tentando a la muerte– nos habita.

 

lunes, 4 de mayo de 2026

Caleidoscopio de espejos

Ivonne Saed


Conocí a Gonzalo Celorio hace cerca de veinte años en una de esas cenas deleitosas, de conversación casi infinita, que de tanto en tanto ocurren en casa de mi querido amigo Roberto Domínguez Cáceres. Gracias a Roberto, volví a coincidir con Gonzalo algunas veces en comidas, presentaciones de libro y una inolvidable sesión de tequilas y música en el Bar La Ópera, después de un coloquio en Bellas Artes donde participó con Luisa Valenzuela. Recuerdo la generosidad de Gonzalo cuando, con mucho entusiasmo, aceptó mi invitación a dar una charla a mis alumnos del Instituto de Cultura Superior. Como parte del curso –una combinación literaria y visual sobre arquitectura y ciudad– habíamos leído su novela
 Y retiemble en sus centros la tierra, así que la discusión se centró en la vagancia y digresiones, tan íntimas como arquitectónicas, que le ocurren al personaje Barrientos durante su etílico andar de un día entero por el Centro Histórico de la Ciudad de México. 

Debido a mi nueva condición seminómada, el pasado viernes 24 de abril, un día después de haberse otorgado el Premio Cervantes a Gonzalo Celorio, tuve la oportunidad de coincidir una vez más y estar presente en la inauguración de una exposición sobre su vida y obra en la Universidad de Alcalá.

Curada por Silvia Garza y Roberto Domínguez Cáceres, la exposición –y el catálogo que la acompaña– nos muestra manuscritos, citas textuales y textos impresos, así como numerosas fotografías y objetos, desde la niñez del autor hasta la época actual, en una mezcla de escenas de familia, encuentros con otros escritores, imágenes de bibliotecas, preparación de martinis y sesiones en la Academia Mexicana de la Lengua.

Durante la inauguración escuchamos, entre otras palabras, las del rector de la universidad, Carmelo García Pérez; de Silvia Garza, esposa del escritor; de la Directora General del Libro, del Cómic y de la Lectura, María José Gálvez Salvador; y de Roberto Domínguez Cáceres, a quien cito a continuación:

Una vez, hace muchos años, en una entrevista le pregunté:  Maestro Celorio, ¿a usted le gusta escribir? Y me contestó: “No, me gusta haber escrito.” Ese “no como matamoscas” me dejó pensando mucho tiempo después [pues denotaba] una gran profundidad. Escribir no es una actividad, es una profesión, se profesa, se mete uno en ella, se sufre, se padece.

Ese “no como matamoscas” mencionado por Roberto confirma lo que el mismo Gonzalo nos relató en su presentación: que se sienta a escribir con los pies debajo de la silla, entre las patas delanteras, para obligarse a permanecer y no huir. Sólo con esa tenacidad que se profesa, se sufre y se padece es posible alcanzar el placer de “haber escrito”. Lo anterior, en efecto, es de una gran profundidad: nos habla de un autor que conserva la capacidad vital de sorprenderse ante el mundo y ante su propia creación, un escritor que utiliza la lengua en un proceso laborioso de deconstrucción de su yo y sus experiencias para poder situarse después en los márgenes y deleitarse ante el resultado.

Tal vez por eso la palabra favorita de Celorio es la palabra “palabra” –ese vocablo que encierra el potencial creativo de decir, de contar historias, urdir tramas y convertir las experiencias propias y ajenas en relatos que seducen a sus muchos lectores.








El nombre de la exposición y catálogo, “Ese montón de espejos rotos”, es también el título del libro de memorias de Celorio, publicado por Tusquets en su Colección Andanzas en 2025. Durante su discurso en la inauguración, Gonzalo se refirió a la muestra como un caleidoscopio que reúne todos esos espejos rotos que forman su vida personal y literaria, su memoria.

Esta exhibición –en sí razón suficiente para hacer el viaje a Alcalá de Henares– fue apenas una parte del festín del viernes. Entre los objetivos del Premio Cervantes está el fomento a la lectura, así que, con este fin, encargaron a estudiantes de la Escuela de Arte de Alcalá, bajo la dirección de Esteban Martínez González, una serie de obras plásticas para animar las letras de Celorio. El resultado fue una exposición adicional sobre la obra del autor, expuesta en el claustro de la universidad, titulada “Cervantes gráfico: Gonzalo Celorio”. La muestra es una colección de imágenes que combinan lo pictórico con lo textual para interpretar pasajes de libros del escritor, pero, más que traducir el texto al lenguaje gráfico, estos trabajos funcionan como un diálogo interdisciplinario e intergeneracional. Para decirlo en la jerga española, fue una pasada ver tanto las ilustraciones originales –reproducidas en otro catálogo con el mismo título que la exposición– como el orgullo y emoción de los alumnos de arte al recibir cada uno su ejemplar en una reunión improvisada en el claustro, misma que espié desde el barandal del primer piso.





El último plato del día fue el conversatorio entre Jesús Marchamalo, Roberto Dóminguez Cáceres y Gonzalo Celorio, en el que tuvimos oportunidad de apreciar las lecturas de los dos primeros sobre el premiado, así como anécdotas y posturas literarias del mismo. Entre lo mucho que se habló, vale resaltar la respuesta de Gonzalo a una pregunta de Roberto –autonombrado “el lector más feliz de la obra de Celorio”– sobre la autoficción. El autor respondió con su idea sobre las escrituras del yo. Para Celorio, toda obra novelística es autobiográfica, por lo que concluye que el término “autoficción” es redundante. Por otra parte, en el proceso creativo, la realidad pasa por el tamiz del lenguaje, convirtiendo en ficcional toda escritura del yo. 

También conversaron, entre otros muchos tópicos, sobre la influencia de Julio Cortázar, quien “te cambia el pensamiento y la conducta”; de cómo los temas que Celorio toca se vuelven contemporáneos bajo su pluma; y de la biblioteca personal como un solo tomo cuyas páginas son cada uno de los volúmenes que componen ese gran libro. Y no faltó la pregunta obligada de alguien del público: ¿por dónde empezar a leer su obra? Entre las recomendaciones de Domínguez estuvo empezar por el final, esto es, las memorias Ese montón de espejos rotos, o por uno de los primeros textos, Amor propio, o más aún, por Y retiemble en sus centros la tierra, uno de mis favoritos personales.

El camino de regreso a Madrid en compañía de Roberto y Jesús fue un típico recorrido embotellado de viernes por la tarde que aprovechamos para continuar el comentario sobre el goce del caleidoscopio del día.





jueves, 16 de abril de 2026

El ojo que escucha

Amélie Olaiz





Hace unos días tuve la oportunidad de ver una exposición en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid. Se trataba de un pintor que desconocía por completo pero lo que me cautivó no fue esto sino la imagen con la que promocionaban la muestra: una mujer vestida de negro, cargando un platón con el brazo izquierdo, de espaldas al espectador, frente a un mueble y un muro. La descripción incluso resulta simplona. ¿Entonces qué tenía esa imagen que me atraía tanto?

La entrada a la exposición debía ser a una hora específica para no saturar la sala. El pintor se llamaba Vilhelm Hammerchøi (1864-1916). Conocido como el maestro de los interiores silenciosos, fue un pintor danés que creó más de cuatrocientas obras en sus cincuenta y un años de vida. Sus pinturas tuvieron éxito y reconocimiento en su momento pero, al morir el artista, quedaron fuera del canon por no ser clasificables dentro de las vanguardias históricas. Démodée, dijo la crítica. “Lo que me lleva a escoger un motivo son, en gran medida, las líneas que contiene, lo que llamaría la actitud arquitectónica de la imagen. Y luego la luz, claro” [1]

La exposición El ojo que escucha iniciaba con retratos del artista y su esposa, después una serie de imágenes al óleo plasmando espacios vacíos, con apenas un mueble, un jarrón o algún otro objeto. Descubrir los entornos austeros y una paleta de color reducida (negros, grises, blancos y ocres) me permitió comprender que para mí lo fascinante de la pintura de Hammerchøi es la recreación del espacio y del silencio como ese vacío intangible y mudo que se hace evidente gracias a los muros, las puertas y las líneas de la casa que lo contienen, como si el universo se hubiera detenido un instante en esa habitación. Un vacío lleno de vibraciones. En una de estas pinturas me conmovió darme cuenta de que en el vacío la luz era la invitada de honor de Hammerchøi, como la exquisita protagonista que cautiva al ojo. “Siempre he pensado que había mucha belleza en un cuarto así, aunque no hubiese nadie en él, quizás precisamente cuando no había nadie.” 

En algunas imágenes es apenas la discreta figura femenina quien aparece dentro de esta calma infinita, como una nota musical en medio del silencio. Es Ida Ilsted, su esposa y principal modelo, tan austera como el hogar que la acoge. Enigmática y neutra, pareciera siempre tener alguna actividad más importante que la del pintor a quien pocas veces mira. Ida, al darnos la espalda, nos da la libertad de narrar nuestra propia historia. “Odiaría pintar retratos en el sentido de extraños que vienen y encargan su retrato. Eso no me interesa; preferiría conocerlos muy bien para pintarlos.”

En una escena aparece un piano, un chelo y, depositado con sutileza sobre la silla, un violín: Cuarto de música, reza la ficha de la obra. En ese momento me doy cuenta de que además de ser pintor era músico y no sólo él, Ida también. Pensé entonces que sólo un músico comprende, como lo hace Hammerchøi, el valor del silencio, porque es en este silencio y gracias a él que las notas aparecen, se organizan y se aprecian. Su concepto musical se vuelve sinestésico: es el silencio lo que observamos. Hace falta poner atención para darnos cuenta de que los muebles, las piezas de porcelana y algunos objetos se mueven como notas en una partitura, muy al estilo de la vivienda clásica japonesa, que puebla una misma habitación con usos diversos gracias a la movilidad de sus muebles. Como si el personaje llamado Espacio cambiara su indumentaria en cada acto teatral.

Fuera del ámbito doméstico, Hammerchøi pintaba espacios rurales y urbanos. La ausencia de personas volvía a ser su sello. Sólo quizá en algunas imágenes queda el rastro de un camino, una cortina abierta, un poco de humo. Sutiles recordatorios de la presencia humana. Escenas rítmicas que casi pueden escucharse. 

No fue hasta 1980 que el interés por el pintor regresó con más fuerza tanto en Dinamarca como fuera de ella. Actualmente se le considera un simbolista. Él nunca se adhirió a esta clasificación; pintaba el espacio y la luz y con eso tenía suficiente. Gracias, Vilhelm Hammerchøi, por recordarnos el valor del vibrante espacio vacío.


[1] Todas las citas entrecomillas son de Vilhelm Hammerchøi.










domingo, 12 de abril de 2026

Reencarnaje

Adriana Jiménez García 

Fotografía de Ivonne Saed

 

Reencarnarse, y en vida, sí se puede, cuando se trata de apuntalar un cuerpo que requiere asistencia. Nada tiene que ver con la bondad: es así el mecanismo. Toda malevolencia nos destierra; sépanlo y no lo intenten las almas malaentraña. Sus trabajos son otros; no me competen y de ellos no puedo decir nada. 

El biocontenedor no debe rebasar bajo ningún concepto los tres años; no sea que el alma que lo habita sufra trastorno al darse cuenta de que ha de compartir vivencias y destinos con el ibbür que llega para aprovisionarlo; no sea que no comprenda y ceda al miedo. El miedo nos destierra mucho más que otra cosa.  

Es necesario entrar por la mera coronilla, por la juntura de los huesos del cráneo, por esa grieta que queda en el lugar donde antes era la mollera. Como agua que se vierte en el cántaro hoy tengo que verterme en el cuerpo minúsculo de la niña sentada en el suelo de tierra, en esta tarde caliente y seca donde ella —once meses apenas lleva en este mundo— se ha retirado a roer su desamparo con las piernas extendidas, mientras observa a las hormigas en su labor eterna.

Una vez que se entra, que se habita ese cuerpo, que se mira a través de esas pupilas, que se siente en las manos el gajo de naranja sin semilla que le han dado para que se entretenga, y se da la mordida y se siente el dulzor y el jugo brota y se mezcla con la saliva, y que los músculos de la faringe hacen que el trago pase a la laringe, toca considerar el panorama. 

De modo que este es el lugar, este es el cuerpo en que nos va a tocar permanecer, mientras el alma a quien se le ha asignado repara en las verdades de este mundo y de los otros. De modo que esta es la húmeda, caliente vida nuevamente. Habrá que estar aquí para ayudar a esta criatura a alzarse de este suelo. Habrá que conciliar estos deseos inmediatos del cuerpo ávido y hambriento con las ganas de hacer lo que es debido en cada fase. Habrá que hablar en términos que los demás comprendan, que sean creíbles en boca tan pequeña y ansiosa de cantar las alabanzas que le corresponden. 

Este es mi cuerpo ahora también; lo comparto con ella para instruirla y para habilitarla. Cuando termine mi tarea sagrada habré de retirarme, pero hoy comienza mi labor y ha de ser vasta. Esta mi residencia a partir de hoy, esta mi casa, esta mi madre y esta nuestra abuela, este bulto que emite sus vapores desde un cajón de fruta revestido de franelas y mantas de cielo es nuestro hermano usurpador; estas nuestras tortugas, nuestros cactos, nuestros geranios, nuestros gatos, nuestras hormigas; estas son nuestras piedras, nuestros pájaros. Esta mi respiración. Habrá que respirar como se debe, dejar de gimotear de frustración porque el regazo de la madre se nos niega, y sus pechos, y sus labios cantores. Habrá que restañar lo que ahora toca. 

Hay raspones en ambas rodillas. Las uñas de los pies, llenas de tierra. Se sabe que adentro de la casa hay pan y queso; naranjas, leche. Habrá que alimentarse de otra leche. 

La vida es húmeda y caliente, blanda y salada, ácida y de textura pedregosa, espesa, grávida. De nada de esto me acordaba. 

En otro lado, en otro tiempo, alguien recuerda. Niña e ibbür estamos siendo ya rememoradas, pero la niña en que ahora vivo no se da ni cuenta. Yo, la ibbür, sí; y me pregunto ahora cómo y por qué, en el fondo, he sido convocada. Esta pregunta, por ahora, se diluye en el aire.

Ahora soy un recuerdo. Ella creyó inventarme. Fui la primera historia que apareció en su boca, contada a no se sabe qué persona, qué entidad. Este exilio no es grave. Este es un reino inmaterial y, por lo mismo, su existencia no queda en entredicho. Pero de su inmaterialidad nada más queda un resabio, pues la naranja es sólida como líquida es la orina que moja el piso de cemento y arrastra a las hormigas en dorada marea mientras se escucha un grito de impaciencia y de rabia: ¿otra vez, pues? ¿Por qué no avisas, chamagosa?  

En el calor la orina pareciera hervir, pero se habrá de enfriar en el cemento y será placentero este verano por la tarde, metido el cuerpo en este olor y esta atmósfera de hormigas misteriosas, muchas de las cuales sobreviven al diluvio dorado y siguen su camino: mojadas, confundidas, olorosas a esa orina que se vaporiza en el suelo y encima de sus cuerpos de hormigas diligentes.

 Por lo que toca a mi repositorio, a mi contenedor, mi casa nueva, no parece haber peligro, por ahora, de que la levanten a jalones para reemplazarle su calzón de holanes; la mujer que la nombra con exasperación escuincla malcriadaestá en su afán, tallando trapos en el lavadero, los brazos bien metidos en la espuma fragante. La protege del sol un techo de lámina de cartón compacto, impermeabilizado con chapopote por si acaso lloviera. La abuela escoge los frijoles con minucia, les saca las piedras y las basuritas. El calor secará pronto la tela sobre el cuerpo de la chamagosa, de todos modos. En su concentración se nota que también ella se ha desplazado desde hace un buen rato a otro lado, uno donde es inmune a las apetencias de cosas mejores que frijoles cocidos con epazote y aceite de semillas de cártamo. 

El hermanito grita, ávido de la teta que se mece por encima del mar de espuma en sabroso fragor. La abuela lo deja gritar mientras enjuaga las negras semillas y las pone en la olla grande, con agua suficiente para que se remojen hasta el otro día. Carga al niño con mano diestra y le cambia los pañales mientras le vierte sobre la cabeza un chorro de ternezas y de disparates, ¿qué quere, cucurrete? Zumporrango perengotorengue, pérese, ya le van a dar su chicheja.

Desde estas ventanuelas desde las que ahora miro, yo considero: vuelvo a tomar en cuenta a las estrellas que por ahora no se ven: el cardillo del sol de agosto o julio o junio es una cosa que hace imposible mirarlas por ahora. 

La suave y olorosa mujer del lavadero ya ha tendido la ropa en los cordeles y recibe a su niño de brazos de la abuela; es entonces que la voluntad de mi biocontenedor, y la mía, acordamos levantarnos para ir a colocarnos debajo de los trapos goteantes, para beneficiarnos -en este calorón- de esa llovizna bienhechora que todavía huele a detergente, a jabón en pan. Buen propósito sin duda, pero no contábamos con la corta edad de este biocontenedor, y es así que la maniobra de arrodillarnos sobre nuestras costras y inclinarnos hacia adelante con ambas mugrositas palmas sobre el suelo recién meado para luego estirar las corvas, impulsarnos y echar el tronco hacia atrás, pararnos y estabilizarnos, poner después un pie delante de otro para hacer esa cosa linda que llaman caminar, deviene en un fracaso, en caída y catástrofe, dolor; aullido rebosante de rabia, de cólera indignada, pero no dura mucho, porque es sustituida por el deseo enconado que lleva a optar por una solución más rápida, al alcance de la experiencia previa, de la estrategia que ya se domina. Gatear es esta opción tan a la mano: rodillitas y palmas sufren las consecuencias. Se les incrustan pedruscos, se les adhieren sustancias innombrables, pero en un tris ya estamos debajo de los trapos que mojan y refrescan. Todo es júbilo y triunfo y es frescura en esta tarde calurosa, en que la preciosa mujer ya se ha sentado en una silla contra la pared, para darle su leche al muchachito semidesnudo, como semidesnuda está ahora ella, la blusa abierta, los pies descalzos. El hermano menor, el usurpador, se solaza en succiones espaciadas una vez que la primera sed y el hambre han sido satisfechas, y ahora palpa con gusto el otro pecho mientras se alimenta del que le han ofrecido primero.    

            Yo conforto a la niña que llora a todo grito y reclama la teta que le ha sido robada. Le cuento que soy su ángel de la guarda, pero no me comprende. Todavía la abuela no le enseña a rezar. Con palabras que no son de este mundo le confieso que soy su ibbür, y que soy de la estirpe de quienes hablan con los brotes de yerba: soy una de esas entidades que las estimulan. 

Le cuento muy, muy quedo, que a cada hoja le dicen crece, crece, en susurros gloriosos; se lo cuento despacio, la consuelo con imaginerías que se mezclan con las que emergen espontáneamente desde sus frescas circunvoluciones cerebrales. 

El Universomundo canta, canta

sin palabras ni ruido; se lo informo 

con el lenguaje previo a la palabra.

Le murmuro en silencio, la arrullo con cautela

conforme las raicillas pudorosas 

de lo que luego habrán de ser sus pensamientos

se vuelven cada vez más poderosas. 

 

 

 

Adriana Jiménez García

Marzo de 2026