martes, 21 de julio de 2026

Antropofilia

Ivonne Saed

 Francisco Toledo. Hombre y perro, 1971.

Una mano izquierda burda, oscura, masculina sostiene al perro. Es una mano desentendida, distante, indiferente. Un charco sudoroso cuya presencia es pasiva y paciente, permisiva, prometedora. La mano izquierda es un peso muerto, existe tan sólo para facilitar el contacto de la derecha con sus deseos.

Los dedos de la mano derecha son delicadas lenguas, tentáculos afeminados que se cuadrifurcan para tocar, tocar más, tocar notas, rasguear cuerdas, tañer costillas orgullosas que se repiten en trazos horizontales sobre las patas delanteras, patas que se estiran para alcanzar. Las patas y la lengua del perro conforman un eje continuo, actúan en sincronía, son uno. Las dos patas se extienden hacia arriba hasta convertirse en lengua única, unífida. 

Las extremidades patas y la extremidad lengua gozan de humedades distintas. El torso del hombre, desnudez vestida, se contorsiona, se ensancha y expande para recibir el secreto. El parche bolsa, velo tatuado en su pecho, revela un pezón erguido y oscuro, tembloroso. El perro de mirada eficaz y ojo esmerado, olfatea cuero, oreja y cabello, pronuncia un aullido agudo de niño rabioso, lame y relame su escuincla profanación, horada la oreja sonriente y la lengua, péndulo invertido, es el elemento singular que traiciona a su tronco cataléptico. El animal exhala un sonido mojado; vaho inyectado en el oído escurre a través del ojo derecho hasta la boca humana. El hombre de pelo relamido ya no es imperturbable, sus narinas dilatadas anuncian la derrota de su decoro y delatan su deseo. La cascada lacrimosa izquierda es un pez, salmón negro en pleno salto a contracorriente, revelación en vía de escape desbordada ante un ojo lánguido que, cerrado, mira a su espejo brillar.

La lengua canina, serpiente sin árbol ni manzana, se mece atenta; tentadora, tienta, tose y lame. Como caracol la lengua traza señales con su baba, seducción viscosa, humedad que obliga al humano a mostrar unos dientes lustrosos entre el escurrido jadeo de su propia lengua vencida, gozosa. La lágrima-baba camina-fluye-escurre-confluye hasta la lengua. Beso en torrente; rubor naranja calienta el cuerpo; saliva luminosa impregna el pecho de blanco y deja tres minúsculas manchas, tres gotas extáticas como botones cosidos a la piel que clausuran una intimidad subrepticia. 

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