Tauro
Mariana Conde
Yo nací entre vacas, o al menos, eso me gusta decirle a la gente. Los bovinos son una presencia constante en mi vida, aunque quien ha crecido entre ellos es mi hermano que desde siempre acompaña a papá al rancho y lo ha hecho suyo.
En la casa paterna, por donde voltees, algo te recuerda que este es un santuario dedicado a cuadrúpedos rumiantes. En lugar de nichos y virgencitas, de cruces y altares aquí hay figurillas, cuadros, trofeos, guirnaldas y mantas dedicados al mejor toro o vaca o becerro. Sombreros de vaquero, gorras con el herraje del rancho estampado en el centro, botas, camisas a cuadros. Incluso hay toros de verdad.
No es broma, ni alucinación, en el sótano hay una bodega al fondo designada especialmente a albergar enormes tanques de acero. Están rellenos de nitrógeno y en su interior resguardan semen y embriones vacunos. Toda la vida hemos coexistido con bóvidos en potencia reposando en la panza de nuestra casa, a la espera de ser implantados en algún vientre más redondo y suave. De cuando en cuando papá baja a llevar nuevos renacuajos –así los imagino–, transferirlos de un tanque a otro o extraer algunos para el uso al que están predestinados. Desde los doce años mi hermano baja con él pero a mí no se me permite, no es cosa apta para señoritas de largas enaguas y moños: tú anda, vete a bordar, a crear quimeras con hilo y lienzo, deja las células vivas a los hombres de la casa.
Por las noches, las diminutas moléculas me persiguen en mis pesadillas. Aparecen como pequeñas burbujas de clara de huevo que flotan tras de mí, con cuernos que salen de ellas. Yo siempre corro, pero en esta ocasión me percato de su insignificancia, entonces me calmo y tomo una en la palma de mi mano. La acerco a mis ojos, puedo ver adentro las narices dilatadas de rabia que empañan la pequeña crisálida que lo contiene. Un ¡já, toro! sale de manera involuntaria desde mi garganta. El novillo escarba la base de la membrana con su casco enfurecido, retador, como diciendo: sólo deja que salga de aquí y verás. Estallo en feas carcajadas, me burlo de la bravura inocua de aquel microbio presto a la lid.
La siguiente noche, queriendo continuar la tortura de las bestias con quienes tuve que competir toda la vida por la atención de mi padre, visto piyama roja. Me acuesto temprano y, buscando alargar mi faena con las burbujas de diablos de cuatro patas, bebo una pócima que asegura un sueño profundo mas no inconsciente.
Veo un toro inanimado o, más bien, una estructura oxidada disfrazada de toro con la cola tensa hacia arriba, cosa apropiada en un perro, pero ridícula en su especie. Una simulación vital que en algo me recuerda a los feos e igualmente metálicos tanques del sótano, sin embargo, rellenos de vida, o de su posibilidad, al menos.
El torso de herrumbre no se mueve, pero me habla a través de una máscara gris, como de soldador, que deja ver sólo los ojos; no nariz, no hocico, ni dientes.
–Soy Tauro –dice con una voz bufadora que armoniza a la perfección con su pinta–, origen infinito de todos los tauros del mundo, una fuente inagotable de garbosos astados que pueblan campo y tierra con mi linaje. Si nos dieran terreno parejo al jugarnos la vida, mis hijos dominarían la tierra.
–¿Qué hay de tus hijas? –pregunto– De todas las hijas…
Tauro frunce el ceño, primero perplejo, luego enfurecido. Es ahora que se da cuenta del carmín de mi camisón. Revienta su armadura, humo comienza a brotar de sus anchas narinas y echa tres coces antes de estallar en una carrera estruendosa hacia mí. Yo ya estoy corriendo pero es inútil, siento el calor de su aliento en mi cuello, está a una zancada de aplastarme.
Despierto sudando. Bajo a la cocina por un vaso de agua. En el camino veo las fotos que cuelgan a lo largo del cubo de la escalera: papá con su campeón de la raza, papá a caballo lazando una vaca, papá con mi hermano, mi hermano montando un novillo en rodeo, mi hermano solo.
Sólo mi hermano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario