jueves, 3 de septiembre de 2026

Der Blaue Reiter: El jinete azul

Pintar la paz en tiempos de guerra



Virginia Hernández Reta



Franz Marc, Pájaros, (1914)

 

Miro los cuadros y los dibujos; encuentro al jinete azul, pero también me llaman la atención los toros verdes, los rostros amarillos, los caballos cerúleos. La paleta de los pintores que forman el movimiento Der Blaue Reiter –El jinete azul– es tan luminosa como oscuro el futuro que enfrentarán. La Primera Guerra Mundial acaba con varios de ellos y la Segunda con mucha de su pintura. 

Sobre la avenida Luisenstrasse, en la hermosa ciudad de Múnich, encuentro la fachada moderna que esconde una construcción antigua, una villa de finales del siglo XIX, pintada de amarillo: la que fuera casa del pintor alemán Franz von Lenbach. La residencia es hoy un museo, el Lenbachhaus, un oasis para el arte con un jardín lleno de hiedras y hortensias, un par de fuentes, esculturas escondidas en los rincones y una joya propia en el segundo piso: la colección más grande de pinturas de El jinete azul.

En esta misma ciudad, hace más de un siglo, un grupo de artistas se reúne con la idea de reformar el arte y, de paso, la sociedad. Forman el movimiento de El jinete azul y exponen sus obras por primera vez en 1911. En 1912 publican el Almanaque Der Blaue Reiter, un volumen que junta arte contemporáneo, folclor, dibujos infantiles, todo un manifiesto visual sobre el color y la libertad creativa. Los artistas emergentes que exponen incluyen nada más y nada menos que a Franz Marc, Robert Delunay, Henri Rosseau, Paul Klee, August Macke, Vassily Kandinsky, su pareja Gabriele Münter, Alexej von Jawlensky, María Franck-Marc…

Der Blaue Reiter conjunta a pintores de distintos países –Rusia, Alemania, Francia, Suiza– que encuentran inspiración en diversas fuentes –desde los exvotos religiosos, la estética medieval y la gótica, hasta las artesanías, el arte primitivo, los ornamentos populares y la cultura oriental (ciertamente “exotizada” por sus ojos occidentales). Convencidos de que el arte debe ser libre, sienten curiosidad por sus variadas ramas –teatro, danza, fotografía, ilustración– y exploran también distintos materiales –pintura en vidrio, en lámina, óleo, acuarela… 

La mayoría de estos jinetes del arte tiene ansias de correr: desafían los roles de género y viven vidas tan poco convencionales como los colores en sus lienzos. Plasman toros rojos, verdes y amarillos; troncos violetas; pájaros naranjas o rosados; caballos y jinetes azules, porque el azul les significa trascendencia y profundidad. Algunos se visten de manera andrógina; retoman temas considerados menores –como las naturalezas muertas, los motivos religiosos o los juegos infantiles–, privilegian el expresionismo y la libertad, celebran la parte lúdica y luminosa de la vida. Me ganan de inmediato.

Como movimiento, El jinete azul sienta las bases para la pintura abstracta, valora el trazo considerado ingenuo, sostiene que el color toca el alma humana, cree en la espiritualidad del arte; busca el misticismo, el simbolismo, la paz. Los artistas de Der Blaue Reiter tienen la intención de “cabalgar más allá del mundo”, como lo expresa con entusiasmo en 1911 la poeta y escritora alemana Else Lasker-Schüler.

Sin embargo, las guerras acaban con la manada. El grupo se deshace en 1914. La alegría que me causan los cuadros se empaña con la información que se cuela en las cédulas de obra. 

Gabriele Müster –pintora de mujeres, casas y paisajes–, separada de Kandinsky en 1916, huye a países neutrales ante el estallido de la Primera Guerra Mundial. En el exilio, contactará a los artistas de la vanguardia sueca y expondrá su arte no en su natal Alemania, sino lejos, en Escandinavia. 

August Macke, artista alemán con cara de niño y uno de los principales jinetes del movimiento, morirá en 1914, a los 27 años en el frente francés.

Wilhem Morgner, uno de los artistas más importantes del expresionismo de Westfalia, muere a los 28 años, en batalla, durante la Gran Guerra. Dejará una obra colorida de 200 pinturas y 2,000 dibujos.

Alexej von Jawlensky, el pintor ruso y miembro de Der Blaue Vier (Los cuatro azules), autor del hipnotizante retrato del bailarín Alexander Sacharoff, lucha doce años contra la artritis reumatoide. Por ello irá pintando obras cada vez de menor tamaño hasta abandonar la pintura poco antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial. Morirá un par de años después.

Paul Klee, artista suizo de nacimiento, pelea en la Primera Guerra Mundial. Aunque no es propiamente miembro de la manada, es muy cercano a los fundadores de El jinete azul. Años después el régimen nazi lo retira de su puesto de profesor en la Bauhaus. Regresa a Suiza donde se le diagnostica esclerodermia. Fallecerá cuatro años después, a los 60 años, en medio de la guerra. 

Heinrich Campendonk, pintor y grabador alemán, autor del hermoso Retrato con vaca (ca. 1920), sufre el destierro y las purgas nazis confiscan su obra. Se exiliará en los Países Bajos. Ante la ocupación de Holanda por el Tercer Reich, su vida será cada vez más precaria.

Vasili Kandinsky, el genio ruso, es cofundador de Der Blaue Reiter. Con los años su pintura evoluciona hacia la expresión abstracta para convertirse en un pilar del arte mundial. Morirá de un accidente cerebrovascular antes de ver el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Franz Marc y todos sus animales –caballos, ciervos, y demás fauna que pinta de manera mística, pues encuentra más espiritualidad en la naturaleza que en el ser humano– se apagan a sus 36 años un mal día de marzo. En la batalla de Verdún de 1916, una esquirla de metralla le romperá la cabeza. Su obra Pájaros (1914), colmada de aves triangulares y coloridas, junto con otros cuadros, será decomisada por los nazis un par de décadas después, bajo la “Ley de Confiscación de Productos del Arte Degenerado”. Las obras se subastarán para obtener fondos para el Tercer Reich. 

La misma Else Lasker-Schüler, con su poesía y sus libros, es prohibida. Después de sufrir el exilio bajo el régimen nazi, recorre varios países enferma de gravedad. Muere en 1945 en Jerusalén. Es enterrada en el Monte de los Olivos. Su tumba será destruida al terminar la guerra, en periodo de “paz”, tras la división de la Ciudad Santa en 1948. Pasarán tres décadas antes de que restauren su tumba.

En silencio, observo el testimonio mudo que representan páginas y páginas facsimilares expuestas en una larga vitrina 

No hay comentarios:

Publicar un comentario