Écfrasis de “Dos palomas” de Ángela Gurría
Virginia Hernández Reta
Se acurrucan juntas, bajo mi mirada, y me pregunto de dónde han venido, desde dónde han volado. ¿Son de esas palomas del norte que recorren kilómetros huyendo del frío?
¿O son la sombra de lo que fueron las palomas pasajeras, de esas que migraban de manera masiva, formando nubes apocalípticas en el cielo? Aunque el apocalipsis les llegó a ellas primero, cuando, a principios del siglo XX, se extinguieron, es decir, las extinguimos.
También podrían ser palomas urbanas y domésticas, de las que hacen su hogar permanente donde anidan, aunque se les pongan vallas y alambradas porque su excremento desgasta el bronce de los próceres, porque afilan sus picos sobre la piedra que sostiene catedrales y se comen las piedrecillas que cimentan monumentos. Una no sería ninguna, pero en toda Venecia –“ciudad-paloma” en nuestro imaginario– se calcula que viven más de 100 mil, y es considerable su destrucción al patrimonio hecho por nosotros, que solemos priorizar por encima del que formó la naturaleza.
De igual forma, pueden haber huido de los altares de la Grecia antigua, donde se las abría por la mitad para leer el futuro en sus entrañas. O tal vez vengan volando desde el imperio romano, donde podían ser aves de mal agüero, dependiendo de si volaban a la diestra o siniestra, aunque ya sólo por el color podían ser consideradas señal para abandonar una batalla, aplazar un matrimonio concertado o esperar una desgracia a la vuelta de la esquina.
Quizá escaparon del templo de Jerusalén para no ser ofrendadas a Yavéh a cambio de expiar los pecados de los menos pudientes, porque los poderosos ofrendaban corderos.
Tal vez vienen desde los mitos más antiguos, desde que fueran lanzadas en medio del diluvio, en busca de tierra, y después de surcar campos, selvas y bosques que, a través de los siglos, serían destruidos por hambre, enfermedades y guerras, decidieron no volver.
Aunque no parecen agotadas. Están atentas. Casi puedo escuchar su cucurrucucú, paloma. Quizá hayan viajado hasta aquí con un aleteo musical: Juran que esa paloma no es otra cosa más que su alma/ Que todavía la espera a que regrese la desdichada.
Tal vez hayan arrullado a aquel compositor mexicano, quien, no conforme, también escribió otras coplas igualmente despechadas. Claramente tenía alguna fijación con estas aves: Y aunque te amo con locura, ya no vuelvas/ Paloma negra, tú eres la reja de un penar/ Quiero ser libre, vivir mi vida con quien yo quiera/ Dios dame fuerza, que estoy muriendo por irla a buscar…
Parece que ese Dios al que se pide fuerza escogió a las palomas para también manifestar su espíritu, para bajar en el Jordán –aunque pudo haber sido una luz o una nube–, o descender sobre doce escogidos, a quienes les dio la fuerza necesaria para salir a ser todos, menos uno, martirizados en nombre de una fe, cuando la había.
Hay, en cambio, otras aves que encarnan el mal, como lo demostró el cine en pantalla Technicolor y con 3,200 aves adiestradas atacando Bodega Bay. Si el bien se ha identificado con la paloma, el mal se ensaña con cuervos, lechuzas, urracas.
Me pregunto por qué el mal y el bien tienen alas, por qué ambos bajan del cielo. Tal vez porque estos son valores elusivos, volátiles, no terrenos, que escapan nuestra comprensión o nuestra propiedad, porque son cosas sagradas que no pertenecen ni están destinadas a este mundo.
Pero también las palomas responden a las fuerzas que mueven lo muy terreno. Imagino que estas dos escaparon de sus entrenadores dedicados a la colombofilia que pagan millones de dólares por cada ejemplar que crían con minuciosidad de joyero, que las miman con vacunas y alimentación especial, elevando su rango de vida de 5 años en libertad a 15 o 20 en cautiverio. En jaula de oro, confundimos vida con sumisión: la única responsabilidad de estas palomas es hacer lo que saben, como lo es la de otros animales a los que también ponemos a correr, a volar, a concursar para ganar apuestas.
Es probable que estas palomas tengan entrenamiento como mensajeras, como aquel pichón, Cher Ami, ese macho condecorado en la Primera Guerra Mundial, por haber entregado un mensaje que salvó al batallón amigo, a pesar de que le costó un ojo y llegar con una pata colgando tan sólo por un tendón. Ahora Cher Ami está inmortalizada, disecada –porque, sí, el taxidermista descubrió demasiado tarde que en realidad era hembra–, embalsamada ahora en el Instituto Smithsoniano, mirando a los visitantes con un solo ojo y una única pata.
Así, coja y tuerta, podría ser advertencia sobre los absurdos de la guerra, pero blanca, libre, completa es símbolo de paz, de reconciliación, de esperanza. Esa que no lleva mensajes de auxilio en la pata que le queda, sino una rama de olivo en el pico, como la que diseñó Pablo Picasso para el cartel del Congreso Mundial por la Paz, cinco años después de acabada la segunda Gran Guerra. Quedó para la posteridad el diseño de Pablo por la paz, aunque dudo que las mujeres de Picasso la hayan tenido mucho, porque a su lado todo era belicoso. El pintor tuvo una hija a la que le puso por nombre Paloma, y quien después diseñó joyas y moda, que, si no ayudaron para la paz, sí para la belleza. Con el humano impulso por comparar, me pregunto: ¿habría paz sin belleza, belleza sin paz?
Pero estas palomas no están heridas. Su plumaje es suave, imperceptible. Imagino que han viajado desde palomares famosos, como los del señor Disney o aquellos de los aristocráticos miembros de la casa real inglesa, al parecer todos amantes –además de las palomas– de los castillos.
Prefiero pensar que estas palomas alimentaron, más que poderosas colonizaciones, grandes ideas y curiosidad científica. Quizá sean las palomas que ayudaron a Darwin a sostener que todas descienden de la Columba livia, nombre científico de la paloma bravía y, por consecuencia, demostrar que las especies evolucionan, aunque a veces como humanidad nos empeñemos en demostrar lo contrario.
O tal vez estos dos ejemplares volaron de los muchos estadios olímpicos que las han soltado en símbolo de buena voluntad, hermandad, juego limpio, siempre encendiendo la esperanza ante lo que la humanidad también por momentos puede prometer. Me pregunto el porqué de la desgracia en la que han caído las palomas. Por antonomasia asociadas con la libertad, la paz y la pureza, hoy son también símbolo de la invasión urbana, la suciedad y el abandono.
Éstas aquí, inmóviles, lustrosas, parecerían un yin yang, en el que no se necesita el blanco, en que el negro se equilibra sobre negro, demostrando que los contrarios no son indispensables para el balance, porque sus oscuridades se acoplan perfectamente, tal vez como las nuestras. La forma de una integra la silueta de la otra: un yin oscuro y femenino, y un yang masculino y solar. Las texturas y los cuerpos se complementan, sin importar el color. Dos que son una, porque la paloma es animal monógamo: escoge una pareja de por vida, simboliza lealtad, devoción, dulzura, aunque de nuevo, somos nosotros los que depositamos sobre sus lomos esas pesadas expectativas.
Sin embargo, si me atengo sólo a los datos duros, estas palomas son en realidad esculturas que salieron de las hábiles manos de Ángela Gurría, la primera mujer en entrar a la Academia de Artes de México en los años 70. Antes eran sólo machos en ese palomar del arte, con nombres de hombre, como los que Ángela se vio obligada a usar para empezar a vender su obra –porque Alberto o Ángel se cotizan mejor. Tomó tiempo para que Ángela pudiera usar su nombre real, y ver que otra de sus palomas, una blanca, la subastara Morton en 2021 con precio de salida de 42,000 pesos mexicanos.
Es un muy largo vuelo el que han recorrido las palomas, sobrevolando tierras, símbolos, deberes, descubrimientos, expectativas. A mí, estas aves me remiten a una memoria de infancia: recuerdo las palomas que veía yo en el pretil de la ventana, afuera del pequeño departamento de mi abuela. Tenía yo 7 años, y los pichones y su aletear violento me asustaban un poco. Pero ellos estaban afuera y yo dentro, en ese espacio mágico en el que me quedaba a dormir con mi abuela, en el que nos acurrucábamos juntas a ver la televisión, a comer galletas y ser felices.
Es tarde ya. Quizá estas palomas, como esa niña que fui, se preparan para dormir. A diferencia de otras aves, no guardan su cabeza entre sus alas. Me miran lustrosas, negras, arcaicas, desde tiempos remotos, desde el mito y la historia, desde el más allá y el más acá, calladas, ya no el cucurrucucú, ya no el movimiento. Estáticas, ojos en blanco, son el misterio. Tal vez en realidad nunca hayan volado, tal vez hayan estado aquí todo este tiempo, inmóviles. Quizá sólo sean testimonio mudo de todos los seres a los que les hemos cortado las alas.
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