En tránsito
Ivonne Saed
¿Qué significa transitar cuando tu hogar es un espacio que nunca se detiene? ¿Cómo acontece el transcurrir de la vida cuando la casa propia es un objeto migrante y su traspatio es el océano como patria, sin nacionalidad?
La muestra Llegar con las olas, de Theda Acha, en el Instituto Cultural de México en España, en Madrid, es una especie de transcripción fotográfica de diez años de navegación continua. Un recorrido visual que apenas alcanza a tocar los bordes de una experiencia inmensa en la que viajar fue para la artista el ancla de un periodo profundamente transformador.
Durante la entrevista que tuve oportunidad de hacerle unos días después de la inauguración de su muestra, Theda nos habla de la relación que siempre tuvo con la fotografía, el mar y el viaje –partes fundamentales de su vida.
Su padre era documentalista, así que las cámaras eran en su casa objetos tan cotidianos como una silla o una mesa. Theda jugaba con esas cámaras desde temprana edad y cuenta que la cotidianidad se interrumpía a menudo si la luz era idónea para un retrato. En ese momento, su padre hacía una pausa en lo que estuviera sucediendo para hacerlas a ella y a su hermana posar y aprovechar esa luz impostergable.
Acha nos habla del mar desde sus primeros años en la ciudad de Lima:
El mar para mí siempre fue importante, nunca le tuve miedo. El mar para mí era como un refugio… y también un respeto porque el Pacífico tiene olas muy grandes en esa parte de Sudamérica, entonces es un mar bastante bravo. […] El mar fue… a pesar de que viví veintitantos años en la Ciudad de México, el mar siempre fue parte de mi vida, siempre estuvo ahí.
Su primera experiencia laboral fue en prensa y en una editorial en la que por primera vez tuvo contacto con un medio para narrar historias e ilustrarlas con imágenes, con fotografías:
Era editorial de viajes, de revistas de ciudad, libros de viaje, todo relacionado con el viaje. Yo siempre fui viajera, desde chiquita, me acuerdo mi primer viaje a los diez años me mandaron a México –yo nací en Perú– y siempre el viaje fue parte de mi vida y más, cuando trabajaba en esta editorial de viajes, yo viajaba a través de las fotografías y de las historias de los periodistas […] y a veces yo tenía oportunidad de hacer algunos reportajes.
Después de diez años de trabajo editorial y de viajar principalmente a través de los relatos gráficos de sus colegas, Theda decide aceptar la invitación de su entonces pareja y embarcarse –literalmente– en lo que hasta hoy ha sido su jornada más larga.
En 2011 salen del norte de Francia en un catamarán nuevo de 38 pies de eslora. Los primeros dos años recorren el Mediterráneo europeo hasta Grecia para después proseguir a las Islas Canarias y, de ahí, cruzar el Atlántico hacia el Caribe.
Theda se embaraza. Su hijo nace en Miami y los siguientes dos años recorren la costa oriental de los Estados Unidos y Canadá para volver al sur por el Intracoastal Waterway. Con su hijo ya de dos años, cruzan el continente americano por Panamá y atraviesan el Pacífico hacia la Polinesia Francesa.
La agotadora vivencia, que resumo aquí en apenas unos cuantos párrafos, está documentada por la artista en esta narración visual. El cartel de la exposición es una imagen poderosa que, con cada nueva mirada, vuelve a remitirme a la descripción que Walter Benjamin hace, en su novena tesis Sobre el concepto de historia, del “Angelus Novus” de Paul Klee:
Hay un cuadro de Klee llamado Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que está mirando fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, la boca abierta y las alas desplegadas. Este aspecto tendrá el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona ruina tras ruina y las va arrojando ante sus pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, la tempestad se enreda entre sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. La tempestad lo empuja, inconteniblemente, hacia el futuro, al cual vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad.
En su autorrepresentación Theda aparece dentro del agua con un embarazo avanzado: igual que su gravidez continúa sin posibilidad de retorno, la imagen congela un instante de movimiento acuático que fluye sin detenerse: el brazo derecho, desplegado hacia atrás del cuerpo, parece recién desprendido de lo que señala, esto es, un tiempo al que no se puede volver; el brazo izquierdo, como una continuación del derecho, apunta hacia adelante y se alarga fuera del fotograma mediante un rayo de luz que parece proyectarse desde una mano hasta la otra, y más allá, en perfecta horizontal. Ella mira a la cámara, su cabeza erguida y las burbujas de su exhalación en vertical hacia la superficie conforman, con el conjunto, una geometría precisa y expresiva. Como el ángel de Klee, Theda nos mira desde el presente, suspendida entre lo acontecido y lo que está por llegar con las olas; libera el último aire que le queda antes de la metamorfosis, como si con ello pudiera extender el tiempo. Hay un sentido claro, una direccionalidad dentro de ese fondo marino sin bordes ni anclajes y, a la vez, la instantánea es eso, un instante capturado en esta imagen que precede el cambio sin retorno; la huella de una parte del bebé a punto de nacer –una mano o un pie, tal vez–, marcada en el abdomen de la fotógrafa, nos anuncia lo breve de este momento, lo efímero del presente.
Además de la imagen en gran formato descrita en el párrafo anterior, y que nos da la bienvenida como un imán hacia el fondo de la galería, la exposición está conformada por tres secciones más: una secuencia de fotos de horizontes en mar abierto; una pared cubierta de tomas de la vida diaria en el barco y desde éste; y una serie de autorretratos pequeños.
En la primera secuencia, las fotografías aparecen alineadas y tocándose, de manera que el horizonte del conjunto es una larga línea que aplana la percepción de infinito. Cada una de las fotos nos enseña un mar distinto, un cielo con diferentes presagios, distintas condiciones climatológicas que sugieren la interioridad subjetiva de quien las tomó en cada momento. El conjunto de instantes explota en una realidad única que nos habla de mucho más de lo que vemos, esto es, un continuo de días indiferenciables en su rutina agotadora y solitaria.
En el muro de la izquierda nos encontramos con instantáneas de lo cotidiano, un bebé en una hamaca minúscula; el mismo niño, ya mayor, mostrando sus encías de las que se han desprendido los primeros dientes de leche; peces voladores en el agua y pescados listos para comer; un desayuno para tres a medio preparar; una penca de plátanos, producto del trueque con algún local; juguetes infantiles, aves, nubes, atardeceres, monumentos; una soga alargada por el impulso del velero y que desaparece entre las olas –Theda nos explica que la soga arrastra una hélice generadora de energía para el funcionamiento del velero. También hay intercalados algunos autorretratos. Uno de los más poderosos nos muestra a la artista acostada, gran parte de su rostro cubierto por una sombra dura que parece negarla; la expresión del ojo visible nos habla del mareo a bordo, del cansancio, del incesante trajinar, de la falta de sueño; con su mirada la fotógrafa consolida en estas escenas las partes menos glamorosas y más extenuantes de la vida abordo.
La sección de autorretratos está colocada en un nicho en la parte de atrás de la galería. La curadora Mónica Sotos eligió este espacio íntimo y, con ello, facilitó echar amarras a la expresión más personal de Theda. Esta serie, creada en 2020 durante la pandemia, hace pensar en las repeticiones wharholianas: la cara de la artista aparece varias veces en pequeños rectángulos equidistantes. Idéntica y transformada a la vez –siempre contra un fondo negro que hace resaltar la contundencia expresiva de las imágenes– se muestra a sí como navegante, artista, madre. Acha adorna su cara con un caracol, se coloca en la cabeza un pez a manera de tocado, o se cubre la cara con las pegatinas con las que enseña a hablar a su hijo. Con ello transcribe su subjetividad y la deconstruye en múltiples facetas que subrayan lo que ella misma resalta al principio de nuestra conversación: que somos transitorios.
Si bien el conjunto de imágenes que conforma la muestra Llegar con las olas nos invita a conocer la libertad de la vida en altamar, en constante translación, también nos obliga a adentrarnos en la sensación de confinamiento y soledad que implica estar por completo rodeada de la inmensidad oceánica y en tránsito continuo. Las fotografías de Theda Acha narran una experiencia nómada en donde la única patria es la extensión infinita, la migración incesante y la tiranía de las olas del mar.
Llegar con las olas estará en exhibición hasta el 16 de octubre de 2026 en el Instituto Cultural de México en España (Carrera de San Jerónimo, 46, Madrid).
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