jueves, 24 de julio de 2025

() Una sombra y su hombre

Amélie Olaiz



                                             
                                                                                 Fotografia de Pedro Meyer
                                                                                        Yuma Arizona, 1984.
                                                                                         Negativo b/n 35mm


Cada tarde, cuando anochece, Javier se pone su sombrero y sale a pasear. Le gusta sentir el aire de la noche en la cara, pero se cubre la cabeza para que las ideas se sientan seguras y se expresen abiertamente. Por la acera, junto al parque, iluminado por los faroles, se ve al hombre que camina acompañado por su sombra. Siempre ha sido un solitario y así quiere seguir viviendo. Alejado del bullicio que perturba.  

Camina pendiente de su respiración y los pensamientos aparecen lentos en su mente, tan lentos que es capaz de desmenuzar su contenido y hacerlo mendrugos. Gracias a esos mendrugos, que ha soltado a su paso, su sombra lo ha seguido hasta hoy. Con ellos se mantiene entretenida. Por el camino ven pasar las sombras de las personas. La mayoría van unidas; algunas en pareja, mezclándose como si fueran una sola, otras juegan en grupo sobre el asfalto, muchas se reúnen en una esquina o parlotean con conocidas.  

A la sombra de Javier le hubiera gustado tener más contacto social, más relación con las otras; bailar, conversar y reflejarse en un muro dando un beso. Hasta le hubiera divertido tomar un par de tragos y caminar haciendo zigzag entre la luz y la oscuridad. Pero a Javier no, y ella no ha tenido más remedio que seguirlo. Lo quiere bien, aunque está un poco aburrida de la misma rutina y la soledad que los rodea. Javier lo sabe; por eso cada noche la saca a pasear, para que se distraiga y viva un poco del ambiente citadino. 

Hace varias noches Javier notó que las sombras de dos transeúntes, tan cotidianos como él en sus paseos, los miraban con insistencia. Una insistencia que Javier calificó como grosera. También se percató de que la suya, curiosa, miraba de hito en hito a los sombríos intrusos. Aceleró el paso y caminó con más firmeza, pero un pequeño jalón en el pie izquierdo le hizo pensar que una parte de su sombra se había desprendido.  

A mediodía, cuando el sol estaba en el cenit, se paró sobre ella y talló los pies contra el piso para que se adhiriera de nuevo con fuerza. Confiado salió la noche siguiente y varias más, hasta que hoy la sombra ha decidido desprenderse por completo. Javier la ve correr calle arriba para reunirse con otras sombras, entre ellas la de una mujer de silueta fina y cuello largo. Dos grandes lágrimas caen de los ojos de Javier y se borran en la oscuridad del pavimento. Antes de perderla de vista, las luces de un auto iluminan un muro y la ve muy acompañada y contenta. Ya volverá, piensa Javier que intuye lo importante que es para cualquiera balancear su luz y su sombra. 

El canto del ahuehuete






 

El canto del ahuehuete es una revista del Bajío dedicada a la literatura independiente.

Su director editorial es David Uriel Martínez Varela. La revista inició sus publicaciones en 2009 y, en su decimoquinto aniversario, ya es un referente literario de León, Guanajuato. El contenido abarca poesía, narrativa, ensayo y entrevistas. Su nombre hace referencia al ahuehuete, un árbol nativo de México conocido por su longevidad y su cercanía a fuentes de agua.  

Bajo la sombra de este árbol de tradición literaria, se lanza Diletrantes en el número treinta y ocho (abril-junio, 2025). Con el deseo de ampliar la cobertura de El canto del ahuehuete y de perdurar en el tiempo, publicaremos en el blog de Diletrantes  los textos que aparecen en este número. 

 

jueves, 17 de julio de 2025

:: Lecturas de Verano

Mariana Conde




                                                                       Fotografía Amélie Olaiz

 

Este período “vacacional” puede significar para muchos el doble de trabajo con los niños en casa 24/7, pero si puedes robarle unos minutos al día y escapar a mejores parajes, he preparado esta lista de libros para colar un poco de lectura estival. 

            He elegido volúmenes que resistan las constantes interrupciones de tus bendiciones, tus zooms o el ruido alrededor de ti en la playa, la casa de tus parientes montoneros o trayectos en autobús, avión o carretera. No por amigables sacrifican calidad, son libros que yo releería gustosa en cualquier circunstancia, pero dejaremos a Sartre y Joyce para otra ocasión. Incluyo novelas, cuentos cortos, poesía -ideal para encontrar solaz en tiempos reducidos- o ensayo. 

Cometierra, de Dolores Reyes. Sigilo, 2020.

Además de ser toda una revelación de buena pluma, el tratamiento al penoso tema de los desaparecidos, que tan de cerca nos toca hoy en México, adquiere una forma inesperada, fresca y que deja huella. La protagonista tiene una manía, como el título lo indica, que descubrimos es en realidad un don, uno que duele y pasa factura. Esta primera novela de Dolores Reyes ha causado todo un movimiento de rebeldía literaria 2022, a partir de declaraciones de funcionarios argentinos que la consideraron escandalosa y no apta para ser leída en las secundarias de Argentina. Grupos de escritores y promotores de la literatura a ambos lados del Atlántico han organizado lecturas colectivas de Cometierra como actos de resistencia ante la censura. Controversia aparte, el lenguaje, el ritmo, la trama, harán que no quieras parar hasta el final, aunque sea con muchas pausas.

Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh. Alfaguara, 2018.

No hay suceso, seguimos más bien el estado de ánimo de la protagonista, mismo que la lleva a tomar una decisión extrema y rara. A veces quieres matarla, a veces abrazarla y a ratos cierta exasperación. Una oda al no luchar en estos tiempos en los que seguimos pensando que siempre hay que hacer, mejorar, ganar. Como todo buen texto, te hace sentir cosas, aunque no todas sean armoniosas. 

James, de Percival Everett. Seix Barral, 2025.

Ganadora del premio Pulitzer 2025 y del National Book Award 2024. James refríe la historia de Huckleberry Finn con una óptica nueva y profunda, levantando los mismos dilemas humanos y éticos, sin intentar hacer un revisionismo histórico. Vale toda la pena.  

La historia de mis dientes, de Valeria Luiselli. Sexto Piso, 2013. 

Premio Metrópolis Azúl 2016 y finalista del National Book Critics Circle Award 2015. Disfrutable de inicio a fin, una historia de lo más original y caricaturesca que en las manos expertas de Luiselli se vuelve verosímil. Puedes esperar un lenguaje delicioso, sentido del humor y personajes entrañables, comenzando por el protagonista, Carretera, un coleccionista en serie y subastador de rarezas.

Intermezzo, de Sally Rooney. Random House. 2024.

Vemos a dos hermanos tan distintos como pueden ser los hermanos en la realidad. Ambos viviendo momentos de crisis, ambos sin saber por qué, y buscando repuestas de formas tan diferentes como son ellos. Romances, carreras y la relación enredada con una madre semi ausente enriquecen y complican la trama que se parece bastante a de cualquier vida de hoy. Te picas desde el inicio. 

Cuento: Álbum de familia, Rosario Castellanos. Fondo de cultura económica, 2018. 

Publicado en 1971, este volumen contiene cuatro cuentos que en conjunto reflejan desde varios ángulos lo que significaba ser mujer, esposa, artista en esos tiempos. Todo de manera divertida, brillante y con la genial ironía que caracteriza a la autora.  Te sorprenderá su vigencia, podría haberse escrito ayer.  

Poesía: Antología personal, Gonzalo Rojas. Visor libros, 2004.

Es difícil describir esta colección sin quedar mal. Basta decir que es una en la que el propio Rojas seleccionó sus poemas favoritos y eso ya es mucho. Si no has leído poesía antes, este es un gran lugar para comenzar.

Ensayo: Mujer que sabe latín, Rosario Castellanos. Fondo de cultura económica, 2010 versión electrónica.

Como parte de mi objetivo de leer la obra de Castellanos en este año de su centenario, he comenzado a leer este que es uno de sus ensayos más emblemáticos. Publicado en 1973, toca de forma magistral temas que siguen siendo centrales hoy día. Me encuentro asintiendo en cada párrafo, subrayo, me regreso para asegurarme de haber comprendido, me enojo y aprendo de ella como la antepasada que es para todas las mujeres latinas. Esta es una lectura que sí requiere de mayor concentración, pero puede avanzarse en sesiones breves de lectura dado que los capítulos son cortos y con ideas concretas. 

Si en este período puedes permitirte al menos uno de estos títulos, me encantará saber cuál fue y qué te pareció. O tal vez conocer tus propias recomendaciones fuera de esta lista. Cuéntame.

FB/IG/Subsatck: @marianacondem   X: @CondeMariana

*Versión adaptada de la columna publicada en Opinión51 el 6 de julio de 2025. 

viernes, 11 de julio de 2025

{} Crónica 

Cómo me volví lectora

Segunda parte

Virginia Hernández Reta


                                                           Fotografía: Virginia Hernández Reta

  

Descubriendo las tramas
En la escuela primaria descubrí las novelas infantiles en serie. Me enamoré de Los Block, una colección española de Montserrat del Amo. En sus libros, los personajes eran niños completamente comunes y tenían aventuras completamente posibles, a diferencia de los pesados “Cinco”, una serie inglesa en la que chiquillos aristócratas tenían aventuras imposibles en castillos y escenarios ajenos a mi mundo.
En esa época me topé, en formato de comic, con La isla del tesoro, del escocés Robert Luis Stevenson, de quien leyera, muchos años después, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Descubrí el mundo “masculino” de las aventuras, la avaricia y la traición. Para mi sorpresa, en La isla del tesoro no aparecía una sola mujer -a reserva de la madre del personaje, que, para fines prácticos, no contaba para nada-, y por supuesto no había ni una escena de amor. Nadie se despertaba con un beso que deshacía el hechizo, nadie vivía feliz para siempre. Al contrario, sobre el tesoro pesaba una maldición y descubrí el significado de la mancha negra, una marca que se pasaban los piratas de unos a otros y que encarnaba una sentencia de muerte o una condena ante la codicia. 
Después, también en formato de comic, vinieron Simbad el marino y Las mil y una noches. Al mismo tiempo, me topé con La Biblia, versión infantil, en dos volúmenes y con unas ilustraciones setenteras en naranjas y negros que no me atraían mucho. Pero descubrí el enorme potencial literario de ambos testamentos: Judith cortando la cabeza del tirano, Noé desafiando la peor de las tormentas, Jonás tragado por una ballena, David venciendo a Goliat, Job aguantando las peores calamidades, Moisés descubriendo ser hebreo, Sansón seduciendo a Dalila, Judas vendiendo a su maestro… traiciones, plagas apocalípticas, envidias, ambición, adulterio… ¿Qué más se podía pedir?
 
Eros y tánatos
Mi madre me regaló El diario de Ana Frank cuando yo tenía un año menos que Ana. A los 12, yo sólo sabía lo esencial sobre el Holocausto; no conocía los detalles y los horrores que descubriría más adelante. Me sorprendió la naturalidad con la que Ana contaba que había besado a su primo y que su familia compartía temores, olores y hedores en su claustrofóbico escondite.
En contraste, también un verano, cuando las vacaciones duraban largos meses, recuerdo haberme tirado a la cama a leer Mujercitas y la cara de mi padre, que no sabía de qué iba el libro, cuando vio de reojo la ilustración en la que Laurie se acercaba peligrosamente a la boca de Jo. 
“¿Qué estás leyendo?”, me preguntó, quizá preocupado por que la literatura empezara a despertar mis hormonas. No pude rumiar por mucho tiempo la frustración bastante común -muchas amigas me la han confesado- de que Amy, la hermana menor, se hubiera quedado con el guapo y aristocrático Laurie, porque una nueva emoción se había instalado en mi librero: el terror. De tarea, había que leer a Horacio Quiroga.
Después de “El almohadón de plumas” ninguna cama volvió a ser igual. Pero más aún me perturbó “La gallina ciega”. Introducía un elemento nuevo: la parte oscura, inconsciente del ser humano, la capacidad destructiva de la infancia. De la misma época, leí Diez negritos (o, como se conoce ahora, Y no quedó ninguno), de Agatha Christie, mi primer encuentro con un final potente, ingenioso, completamente inesperado, genial. Pero, como el miedo no es mi género, llegaba de la escuela a leer inmediatamente, antes de que oscureciera, porque después, cuando las sombras se colaban en mi cuarto, no tenía el valor para averiguar sobre muertes macabras. 
En clase me topé con otro cuento cicatriz, sombrío, inolvidable: “La pata de mono”, de W.W. Jacobs, inglés que curiosamente escribía cuentos humorísticos. De la misma época leí otro cuento, del cual no he podido recordar ni el nombre, ni el nombre del autor. Pero tenía un final inesperado, un suspenso que se iba construyendo con gran eficacia: una mujer que piensa que la asaltarán en la gasolinera por la noche, un “amigo” despachador que la convence de bajar del auto, que la lleva dentro de las oficinas y que saca una pistola del escritorio y luego… Debo encontrar ese cuento. Si algún amable lector sabe de lo que hablo, le agradeceré acabe con el misterio de décadas.
 
Continuará…

miércoles, 25 de junio de 2025

Vueltas

Vueltas
Ivonne Saed




This is a clip of my reading from my upcoming book Fragmentos de tu cabellera, which I read last weekend at Milagro in Portland for the “Vueltas” event. Éste es un clip de la lectura de mi próximo libro Fragmentos de tu cabellera, que leí en Milagro, en Portland, para “Vueltas”. Thanks, Tony Trujillo, Cindy Williams Gutiérrez, and María Olaya. 

 

La Polinesia


() La Polinesia

Mariana Conde



Fotografía: Amélie Olaiz



Somos solo yo y mi hermana Mercedes, el burro por delante, diría mi maestra. Mi mamá dice que de suerte no tuvo más escuincles, con lo zángano que le salió el marido, o sea, mi papá. 

Vivimos en un departamento del que ya nadie trata de sacarnos, a pesar de que a mi mamá no le alcanza para la renta con el sueldo que dice que mi papá se bebe cada quincena. La casera, una señora sin familia, murió hace unos meses y mi mamá comenta que estaremos en paz mientras no salga ningún deudo, y yo creo que mientras no encuentren unos papeles que se trajo de casa de la muertita. 

–Ojos que no ven –dice mamá.

Antes, Mercedes y yo jugábamos siempre juntos. No tenemos muchos juguetes, pero nos gustaba jugar a las escondidas, o a la casita con cajas de cartón, o sentarnos en la banqueta a ver quién contaba más vochos de equis color. Digo antes, porque desde que pasó a sexto, dice que ya es una señorita y no puede estar correteando como mocosa. Ha estado bien rara, ya no me deja bañarme con ella.

Ahora juego solo. Me siento en la escalera de caracol que lleva a la azotea y me pongo a ver el cielo; en las nubes encuentro siempre gente, o animales; se van moviendo lentito, se juntan o se alejan y yo hago historias. En ellas siempre estoy yo; soy un hombre en bicicleta, un niño de cara gigante, a veces, hasta un borreguito.

Mi mamá me regaña y me dice que me baje de ahí, que no es bueno pasar el tiempo leleando y mucho menos pensando, que el cerebro es una selva peligrosa.

No puedo evitarlo y vuelvo a subir a las nubes. Creo que me escuchan mejor que nadie. Cuando estoy triste busco entre sus formas esponjadas un payaso. Si me esfuerzo de verdad, después de un rato lo encuentro; pronto aparecen perritos “french pudel” saltando una valla invisible; también globos de formas chistosas que ahora ves, después ya no. Las nubes parecen adivinar mis deseos y siempre encuentro en ellas lo que busco.

Ahí estaba la tarde que escuché el sonido más bonito que hubiera oído. Tardé un poco en darme cuenta de que no lo imaginaba; las notas subían hasta mi azotea, parecían rodearlo todo. Desde ahí divisé un coche-bocina que anunciaba la venta de discos; de él salía la música. La vecina del cuatro colgaba su lavado, los obreros que regresaban del trabajo conversaban sin detenerse un instante, mi mamá salió apurada a entregar la ropa recién planchada; todos como si nada, sin hacer caso al dulce ritmo que hacía esa mañana diferente. Me toqué la cara, agucé el oído para ver si era un sueño, pero no, las notas eran reales y llenaban el aire, aunque a nadie más le afectaran y la rutina de la mañana en la vecindad continuara su curso, ajena a la belleza.

Sin pensarlo, me acerqué al coche-bocina para preguntar qué era lo que escuchaba. 

–Mm, aquí dice que la Polinesia –dijo el que despachaba.

–La Polonesa, güey –corrigió el conductor.

El señor de la esquina, un anciano un poco gordo que se la pasa sentado en una mecedora en la puerta de su casa, con una pipa que no echa humo y un libro viejo – Mercedes dice que siempre lee el mismo, yo creo que no– me miró con curiosidad cuando iba de regreso a mi casa. Mi mamá dice que es sordo y por eso se la pasa leyendo el pobre, porque no alcanza a oír la tele ni puede conversar con nadie.

La verdad es que nunca me fijaba en él, tal vez porque nunca se fijó en mí.

Desde ese día no dejé en paz a mi mamá para que me comprara el disco; yo sé que no alcanza para gastos extras –ella no para de repetirlo– pero esa vez se me metió la necedad. Al principio ni me oyó, luego pensó que se me iba a pasar y al final me dijo que ya estaba bueno de andar moliendo con cosas que no eran para nosotros.

Y no se me pasaba. El chofer me había dicho que regresarían en una semana a cobrar el abono del disco de Pedro Infante que alguien les compró unas calles abajo, y dos semanas después de eso, para el último pago. Y ya no más.

A la semana, no tuve ni un quinto. Le rogué al vendedor que tocara mi Polonesa y que no fuera a venderla por nada del mundo, yo juntaría para la siguiente vuelta, de veritas. Escucharla de nuevo me hizo sentir aún mejor que en las nubes, estaba yo inmerso en sus ritmos cuando el chofer, en la mejor parte, quitó mi Polonesa y con un gesto burlón la cambió por una cumbia que me bajó a lo más terreno de lo terreno.

Desinflado, enfilé hacia mi casa y me topé otra vez con la mirada del viejo vecino que alzó los ojos de su eterno libro para dejarlos preguntarme algo que no alcancé a entender. 

Cuando volví del colegio al día siguiente pensaba en mi canción y subí la escalera espiral a ver las nubes mientras intentaba tararearla. Entonces, comencé a escuchar una melodía que no era, pero me recordaba a la Polonesa, ¡el coche bocina debía haber venido de nuevo! Bajé corriendo, pero al dejar el último escalón solo encontré silencio y la mirada curiosa del viejo sordo. 

Comencé a escuchar música similar cada vez que subía a ver las nubes, siempre una tonada diferente. Una y otra vez bajaba veloz para ver de dónde venía y cuando llegaba abajo había parado. Llegué a la conclusión de que, de tanto pensar en la pieza, me la imaginaba, y me aliviaba que nadie pudiera ver mi confusión más que el viejo. Él no contaba, no oía ni nunca decía una palabra. Pensé entonces que éramos bastante parecidos; aunque yo sí hablara, en casa mi voz no tenía peso.

Los ruegos a mi mamá no resultaron, ni los planes que dibujé sobre cómo ganarme los pesos que costaba el disco. Me aseguré de no estar en la vecindad durante la siguiente y última visita del coche-bocina: no podría soportarlo. Ya me subiría a ver las nubes y esperar a que mi Polonesa sonara algún día.

Cuando volví a casa me fui al cuarto a llorar la pérdida del disco que no fue mío. Me iba a tirar en la cama cuando vi en ella un cuadrado de papel manila con ventana circular en medio por la que se alcanzaba a ver el brillo del acetato negro. Se lo arrebaté a mi almohada y con suavidad le di la vuelta para leer: La Polonesa de Federico Chopin.

Lo abracé y corrí a buscar a mamá para agradecerle. Ella me vio con la cara que pone siempre que digo tonterías y se fue a preparar la merienda. Estaba seguro de que se hizo la disimulada para que Mercedes no se pusiera celosa o pidiera también un regalo.

Todos los días saco mi disco de su escondite y lo veo, lo acaricio con los ojos para no rayarlo y espero la hora para poderlo oír.

Mi mamá dice que eso no va a ser hasta que se muera el viejo sordo de la esquina que es el único con tocadiscos en la vecindad.

sábado, 21 de junio de 2025


“Deben preocuparnos las formas actuales en las que nos comunicamos, en las que buscamos solamente opiniones parecidas a las nuestras. En un espejo infinito nos vemos el ombligo sin intentar escuchar el punto de vista del otro, lo cual sigue alimentando la polarización. 

En su ensayo Flight Instructions: How to escapte post-truth (Instrucciones de vuelo: Cómo escapar a la postverdad) para Writers for Democratic Action, Daniella Blejer nos muestra alternativas que pueden salvarnos. 

Léelo aquí. (Versión sólo en inglés).”


https://substack.com/home/post/p-165921408