martes, 23 de septiembre de 2025

() El hombre de Sorrento

Por Amélie Olaiz



Fotografía de Arturo Mendoza
Postproducción de Amélie Olaiz

Carlo y yo somos viejos amigos. Todas las tardes vamos al café de don Antonio. Nos gusta caminar por la banqueta y mirar a los clientes. 

El café está al aire libre y se llena de turistas, sobre todo durante el verano. Enfrente hay una plaza con edificios muy antiguos y una calle que ha sido cerrada al tránsito. La consideran zona típica, por eso podemos pasear sin problemas por ahí. Carlo y yo somos de la misma estatura, también tenemos la misma edad. Él parece soldado romano: es corpulento, tiene los ojos verdes, la barba cerrada y el cabello que le queda es castaño y rizado. No le importa ser medio calvo, porque es hombre de pelo en pecho. Dice que ahí tiene lo que le falta en la cabeza y que las ideas fluyen más rápido sin tanto pelo. Asegura que el vello en el pecho le protege el corazón, así no se enamora fácil. Aparenta sonreír, pero en realidad no lo hace, la sonrisa es fingida. Si uno no pone mucha atención, casi no se nota porque aún tiene buenos dientes. Lo he visto practicar por años frente al espejo esa sonrisa, al igual que muchos de sus ademanes.  Le encanta fumar, prende un tabaco tras de otro, piensa que le da un aire cosmopolita; toma el cigarrillo con el dedo índice y el pulgar y lo cubre con la palma de la mano. No entiendo cómo no se quema.

 A Carlo le gusta que caminemos a lo largo del café de don Antonio, frente a las pequeñas mesas dispuestas hacia la plaza. La gente se sienta ahí para mirar a quien pasa. Son veinte metros que recorremos de ida y veinte de vuelta, una y otra vez, de aquí para allá. Lo sé porque he contado los pasos. Carlo camina con ritmo y muy derecho. Mete la mano en la bolsa del pantalón, pero no toda, deja el dedo gordo de fuera. Dice que así desfilan los modelos y que se ve más chic. 

No caminamos de corrido, nos paramos cada cinco o diez pasos, dependiendo del humor de Carlo. Cuando nos detenemos sube una pierna sobre los maceteros que marcan el límite de la cafetería, mira hacia alguno de los clientes y me dice un par de cosas mientras observa a la persona en cuestión. A veces murmura enchuecando la boca. Luego inclina la cabeza hacia mí, como si escuchara lo que digo, chupa su cigarro y lanza el humo sobre la cabeza de los comensales. Me mira, responde y se vuelve para mostrar su sonrisa simulada. Siempre me dice lo mismo, no importa que la persona que observa sea hombre, mujer, anciano o niño. Él ve cosas similares en todos, por eso sus comentarios no cambian. Yo trato de decirle algo distinto, pero él contesta igual. He llegado a pensar que se está quedando sordo y, aunque aparenta escucharme, quizá no lo hace. Por eso, a veces, nos peleamos frente a la gente. Nunca hemos llegado a los golpes, sólo discutimos fuerte.

Una tarde se tropezó y salió volando hacia el frente. Cayó de panza con los brazos estirados sobre el pavimento. Un mesero lo ayudó a levantarse, pero Carlo se sintió humillado y lo empujó. Dijo que estaba bien, que no le había pasado nada. Anduvo cojeando varios días. Lo conozco y sé que estaba lastimado, pero no reconoce esas cosas; le molesta mucho sentirse vulnerable. 

Hasta la fecha no hemos tenido ningún problema en el café; nadie se molesta porque Carlo murmure casi en sus narices. Supongo que les causa gracia o admiración. Lo digo porque algunos se ríen cuando lo ven, otros cuchichean y otros más lo contemplan con la boca abierta. Él sabe que esa gente habla de nosotros, es evidente, pero no le importa. Dice que es normal, que somos unos tipazos y esas actitudes de las personas prueban que no pasamos inadvertidos.

Algunos turistas al salir del café le dan dinero a Carlo. De eso vivimos. Él dice que gracias a nosotros el café siempre está lleno, que mucha gente se sienta en las mesas de afuera sólo para mirarnos. 

Después de las doce es tiempo de marcharnos. Nos vamos caminando despacito por las calles semivacías. A esa hora Carlo es distinto; más sencillo y natural. Habla de lo importante que soy en su vida, de la fuerza de nuestra amistad, de lo necesarios que somos para la industria turística de Sorrento. Lo escucho en silencio porque eso no me preocupa. Sé que le soy indispensable y con eso me basta. Aunque sólo exista para él.

 


Cuento ganador del 1er lugar en el concurso de cuento Adela Celorio 2014

jueves, 18 de septiembre de 2025

:: RESEÑA 

 No tuve que patear a nadie, de Karen Karake

Por: Mariana Conde

 





“…las arañas chicas son felices porque van brincando como si tuvieran prisa por llegar a algún lado”, dice Andrea, la protagonista de No tuve que patear a nadie, quien con esa misma celeridad busca llegar al otro lado de la adolescencia con el menor número posible de rasguños. 

Esta divertida inmersión en el mundo de la preadolescencia, segunda novela de la autora Karen Karake (Guatemala, 1972), me mantuvo interesada de principio a fin por su frescura, voz genuina y desparpajo.

Andrea, la protagonista, ha comenzado la secundaria y su vida se está saliendo de control, nada funciona como antes: sus hermanas mayores están siempre ocupadas y en un mundo aparte, su abuela ha comenzado a actuar de manera extraña, y para acabar, sus papás parecen llevarse cada día peor; distantes, se hablan poco y él evita pasar mucho tiempo en casa. 

En la escuela la cosa no es mejor. Andrea se encuentra de pronto sin amigas y las que tenía ahora se burlan de ella. Para complicar más las cosas, cuando le cuenta a su papá lo que está sucediendo, él se queja con la directora quien, no solo regaña a todo el salón, sino que dicta medidas que afectarán el tiempo libre de alumnos y maestros, volviéndose nuestra heroína “la enemiga mundial”. Ante este caos solo tiene una opción: refugiarse en lo que más le gusta que es leer y escribir. La maestra de literatura se percata y la pone a cargo del periódico escolar. Con algo más que licencia poética y nada de supervisión, hará a todos –en especial a sus bullies– sentir que el poder de la palabra es muy literal. 

En No tuve que patear a nadie (Castillo, 2025), Karake refleja de forma ejemplar el mundo complicado de las emociones y las relaciones en la adolescencia con notable gracia y humor. ¿Qué puede hacer una chica de catorce años cuando todo lo que le importa entra en crisis? A pesar de los conflictos, a lo largo de todo el libro es evidente la cercana red familiar que, si bien no es infalible y está distraída en sus propios problemas, la contiene y respalda.

La voz narrativa es cercana, con un tono de complicidad que hace al lector no solo querer que Andrea salga adelante, sino también frenar sus ideas más atrevidas o darle un jalón de orejas. En cierta forma, el lector se siente ese amigo o amiga que Andrea tanto necesita en estos momentos de su vida.

La sencillez del lenguaje y estructura de la novela podrían disfrazar la habilidad literaria detrás. Ya desde su primera novela, Gorilas en el techo (Textofilia, 2020), Karake demuestra la destreza de hacer lucir fácil lo que requiere una buena dosis de pericia y logra un registro genuino y cotidiano en su narrador, lo cual resulta en una completa verosimilitud. En No tuve que patear a nadie, sentimos a la joven Andrea narrando desde los entresijos de la pubertad. 

Y es que autores como Karake nos demuestran que la literatura infantil y juvenil (LIJ) no es un género en diminutivo, sino parte de la carrera literaria de un lector. Los temas, lenguaje y presencia de ilustraciones funcionan como conductores de la trama y no para volverla ligera o superficial. La LIJ, cuando bien ejecutada, es disfrutable para todo público; tiene más que ver con su calidad que con el público destino. He reído a carcajadas con la genialidad de Mo Wilhelms en su serie de Elefante y cerdita; me ha dado miedo La peor señora del mundo y quién no ha reído y desesperado con ¿Estás ahí Dios? Soy yo, Margaret. Porque, como dice Pedro C. Cerrillo de la Universidad de Castilla-La Mancha: “Escribir para niños es tan serio como escribir, porque –que no se olvide– la LIJ es, por encima de cualquier otra cosa, literatura, una literatura con mayoría de edad…”

Hay mucho de inesperado en la forma cómo la protagonista reacciona a su entorno y en sus interacciones. No estamos ante una chica acosada que se siente perdida. Encuentra solaz en las historias de Poe, Ray Bradbury y Horacio Quiroga y a lo largo de la novela aparecen breves cuentos que la narradora inventa para el periódico escolar, protagonizados por sus ahora enemigas y en los que despliega ingenio y buena pluma. 

Descubrimos momentos de belleza poética en su diario personal donde escribe: y sobretodo, en las interacciones con su abuela. Andrea percibe que esa gran presencia en su vida está poco a poco deslavándose y encontramos sus momentos más profundos de reflexión cuando está con ella. Acerca de un plato con dulces que lleva años en una mesita en casa de la abuela, refiere: “En las tardes cuando entra el sol hay un rayo que cae justo en uno de los picos y se forma un prisma. El efecto es mágico, pues tiene que ser el momento, la luz y el ángulo exacto del platito para que se forme ese pequeño arcoíris. Quiero acordarme de eso cuando mi abuela ya no esté…”

En la misma vena de escribir para preservar la memoria –misma que ya falla a su abuela– observa acerca de las fotos: “Ayudan, pero no se escuchan las conversaciones que hay detrás, el ruido de fondo; no se graba el olor de su perfume que huele raro, como a espray de pelo mezclado con flores secas, de las que vienen en las bolsitas de tul que guarda en el cajón de sus calzones. Esos olores no aparecen en las fotos, pero yo los apunto en mi cuaderno.”

Acompañado de certeras y atractivas ilustraciones de Paulina Márquez, este es un libro de enorme disfrute para cualquier adolescente –o adulto. 

 

 

jueves, 11 de septiembre de 2025

{} Cómo me volví lectora

Tercera parte

Virginia Hernández Reta




Fotografia de Virginia Hernández Reta.

Anuncio en muro de la Feria del Libro Universitario 2025

 

 

Epifanía

A la poesía entré tarde y nunca lo suficiente. A mi abuela, de nuevo, le debo los primeros versos. “Margarita está linda la mar”, de Rubén Darío. Cuando mi abuela se despedía, solía cerrar con el verso: Si oís contar de un naúfrago la historia…, como si partiera para una gran aventura. Una de sus estrofas favoritas y que aplicaba cuando a sus nietos nos daba pereza hacer alguna cosa, era un fragmento de “La voz del inválido”, de Antonio Plaza: La lucha con el mundo no te asombre;/ hombre no es el que luchar no sabe;/ porque nació para luchar el hombre/ como nació para volar el ave. Supongo que terminábamos, a rastras y refunfuñando, por hacer lo que se nos pedía. 

        Lo que sí recuerdo claramente era la voz de mi abuela, pausada y trágica, y su rostro a lo Sarah Bernhardt. Con frecuencia, sin ningún motivo y con un dejo de nostalgia que entonces yo no entendía, ella recitaba a Amado Nervo, su favorito: Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. /¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

La poesía era territorio femenino, materno. Quizá por eso Sor Juana fue un gran asombro. Encontré en ella algo inusitado y a lo que, desde entonces, me doblego: la ironía y el juego de palabras. Sor Juana abrió el camino para el deslumbramiento total: Shakespeare. Macbeth, Hamlet, Julio César, Romeo y Julieta. Arrobamiento incondicional: los puns, retruécanos ingleses; una palabra, muchos significados; hablarle al lector al oído, guiñarle el ojo, hacerlo cómplice, buscar su absoluta entrega. Y me entregué. Absolutamente. La rima, el ritmo, la fuerza de las historias, los personajes. 

    El profesor de literatura inglesa, Mr. H, pidió un ensayo sobre algún aspecto de Macbeth. Éramos tres en el equipo. Sugerí buscar la intermitencia de fertilidad e infertilidad en la estructura de la obra. Las otras dos compañeras se miraron como calibrando mi salud mental y me dejaron hacer. Descubrí el placer casi gastronómico de desmenuzar un texto y saborear sus ingredientes, sus múltiples lecturas. Hay un antes y un después de Shakespeare, un azoro que sentiría sólo una vez más. Al poco tiempo descubrí a un mexicano: Juan Rulfo.

Recuerdo la tarde nublada en que me tiré boca abajo a leer Pedro Páramo. A la primera página quedé estupefacta. No sabía que se pudiera hacer eso con tan pocas palabras. Sentí unas ganas urgentes de escribir así. Me tomó una página más saber que estaba leyendo a un escritor excepcional, que mis ganas de escribir eran una ingenuidad y que mi estupor ante el libro que tenía entre las manos era un genuino homenaje, el único que yo le podía ofrecer a Rulfo. Desde entonces tuvo mi eterna fidelidad. 


Años después, en una cita, M -un compañero en la universidad al que en secreto amaba- me dijo que consideraba a Rulfo mejor fotógrafo que escritor. Me quedé, de nuevo, estupefacta. ¿Cómo era posible que alguien no compartiera mi pasmo ante el hijo que busca a su padre en Comala? Esa noche dudé de que M y yo pudiéramos llegar a más. Busqué las fotos de Rulfo y me parecieron muy buenas. M y yo no llegamos a más. A cambio, mi relación de idolatría ante Pedro Páramo se mantiene mejor que cualquier matrimonio terreno.

 

 

 

 

 

jueves, 4 de septiembre de 2025

() Euterpe

Mariana Conde





Fotografía de Ivonne Saed


Ana guardaba un secreto entre las piernas.

No lo supo hasta los veinte. Tuvo una infancia normal, en una familia normal, en un pueblo normal. No había grandes altibajos y ella deseaba que todo no fuera tan igual, tan mediocremente feliz. 

Bajo el letargo de una existencia sin grandes acontecimientos, su anhelo de una vida más intensa se había templado. Hasta que probó el sexo. 

No fue lo grandioso de ese novato encuentro, ni la emoción de lo furtivo lo que cambió las cosas para Ana, sino descubrir que al hacerlo le salía música de adentro. Se maravilló con esas notas que manaban de su sexo y se excitó de nueva cuenta con el efecto que la melodía causó en su compañero de cama, sumido en un éxtasis que duró un lapso difícil de precisar.  

Sus acordes sonaban mejor cuando se enamoraba y se volvió adicta al amor, persiguiendo el límite más intenso de su propia música. Tuvo amantes graves y agudos, de viento y de cuerdas, pero sin excepción, al pasar un tiempo y con la cotidianidad, su música desaparecía y con ella el hombre en turno.

Mucho sufrió Ana con estos romances incapaces de sostener su ritmo, tanto que decidió no hacer más el amor y como adicta en remisión se declaró en abstinencia. Era lo mejor para su corazón magullado. La vida volvió a ser normal, de colores deslavados, sin son ni dolor.

Después conoció a Juan y, lo que comenzó como amistad, se convirtió para él en un amor sin esperanza. Juan parecía diferente y aunque Ana también se enamoró, se aferró a sus votos y lo mantuvo lejos de su cama. Él no entendía el rechazo, estaba seguro de que ella también lo deseaba. No quiero perderte, decía ella por toda respuesta.

Juan esperaba, parecía capaz de aguantar cualquier número de desaires, pero comenzó a apagarse. Enflacó, enfermó, no hacía ruido ni al andar. Ana, llena de culpa y un terrible mal de amores, decidió acabar con la tortura. En aquel primer encuentro salió de sus muslos la mejor melodía que hubiera producido nunca. Locos el uno por el otro, decidieron casarse. 

Años duró la sinfonía de sus cuerpos: Juan fue siempre un amante ardoroso y un devoto escucha. Pero, como es inevitable, la rutina se asentó; más se enamoraba Ana y menos música escuchaba Juan, hasta el día en que el cuerpo de ella calló por completo.

Intentaron todo: velas, vino, bocinas; hasta un trovador en vivo, pero nada funcionó. Parecía que a la piel de Ana se le habían acabado las notas.

Juan se resignó a una vida sin cadencia; apacible y nada más. Se sumió en el trabajo y Ana tuvo que llenar sus días con el suyo, con amigas, la radio. Un excelente matrimonio, con la tranquilidad conyugal que tantos buscan y que ahora, ante la indiferencia de su marido, quedaba muy lejos de lo que ella había soñado. 

A veces hablaban de la música, trataban de tararearla, describían sus partes favoritas, pero pronto desistieron pues solo conseguían sentirse más vacíos. Se fueron marchitando cada uno por su lado; no se tocaban, hablaban apenas lo necesario.

Lo único que Juan quería era recuperar el canto del cuerpo de Ana. Y un día, ocurrió.

Salió temprano de la oficina y al llegar a casa, mientras subía las escaleras creyó escuchar acordes conocidos; con cada escalón podía oírlos más cerca. Aceleró el paso y se detuvo sigiloso en la puerta del cuarto. Entonces escuchó en todo su esplendor el único sonido en la tierra que podía hacerlo feliz y casi muere de tristeza.

Quería entrar y detenerlos a gritos, pero la música era tan hermosa que lo dejó inmóvil. Ahí parado lloró en silencio. El sonido de Ana no dejaba espacio para otros y nubló también sus demás sentidos: Juan no veía ni olía, no percibía la frialdad de la perilla de la puerta en su mano ni el sabor acre que tomó la saliva en su boca. Juan era todo oídos.

Bajó a la sala, se sirvió una copa y cerró los ojos para dejarse inundar por las notas sin las que no podía vivir. 

 

 

viernes, 29 de agosto de 2025

() Triste historia azul (Blue Blue Story)

Ivonne Saed



                                                       Fotografía Ivonne Saed

 

De repente sintió la mirada. La sintió y ya estaba enredada en su pelo. Despacio levantó la cara, dudando, y sintió la mirada azul recorrer los surcos entre sus cabellos hasta llegar a la frente, las cejas y posarse —clavarse— finalmente en sus ojos. Lo vio. No supo cómo era su piel, tampoco conoció su boca ni su nariz. Sólo supo cómo eran sus ojos. Canicas de agua sólida de mar profundo. Mirada dominante. Ojos celosos que no dejaban asomar a la superficie ninguna otra parte de su cara o de su cuerpo. Sus ojos abarcaban el rostro entero; más tarde, llenarían por completo el lugar que compartían con toda esa gente; más tarde aún, esos ojos invadirían su mente. En ese momento preciso ella supo que esos ojos eran expansibles: podían ocupar todo el espacio y todo el tiempo, todos los espacios y los tiempos. Lo que ella no supo sino mucho después es que esos ojos ya habitaban en su interior, ya se habían instalado dentro de ella para quedarse por tiempo indefinido. Ya la habían cambiado.

Durante meses pensó que la imagen de esos ojos en su vida era tan sólo un recuerdo y no la presencia que realmente era. De hecho, no era una imagen. Eran los ojos mismos que la poseían, navegaban por su mente en velocidades disparejas, navegaban por su cuerpo entero. Los podía encontrar en el dedo gordo del pie, en una oreja, en el ombligo o en sus pechos. Entonces el ambiente se tornaba imperceptiblemente azul, hasta dejar tan sólo una extraña sensación de vacío también azul. Ella ya era otra, pero aún no lo sabía. Por mucho tiempo lo ignoró, así como ignoraba la razón por la que sus propios ojos habían perdido su brillo y la intensidad de su verdor. Llegó a pensar que estaba enferma, débil... quizás, pensó también, estaba envejeciendo.

Un día los volvió a ver. Aquellos ojos, los originales, los que no estaban dentro de ella sino frente a ella. Primero los oyó, después los vio y quiso tocarlos. No pudo. Comenzó a verlos con más frecuencia. Aprendió a controlar un poco su expansibilidad, aunque nunca por completo, y así pudo ver también la boca, la nariz y el pelo. Pudo ver a la persona. Lo quiso tocar. No le fue posible. Con el solo deseo del contacto los ojos, de golpe, ocupaban el mundo, sustituían el espacio y todo era ojos. Ojos vigilantes, expresivos, atentos. Barrera azul infranqueable. Entonces lo supo: ella ya no era quien había sido; el brillo de sus propios ojos dependía por completo del capricho de los de él. No podía tocarlo porque los ojos la reprimían, no podía escucharlo porque los ojos controlaban la conversación. Los ojos azules dominaban el yoque alguna vez le había pertenecido.

Así fue como decidió instalarse a verlos de manera permanente. Al principio no fue tarea fácil. No podía sostener esa mirada lacerante que a la vez la atraía sin remedio hasta hacerla sumergirse en un abismo oscuro. La evadía y de nuevo la buscaba. Poco a poco la toleraba más. El tono de azul se hacía más tenue en la medida que ella se introducía por las pupilas. Viajaba por esos dos planetas azules y sentía un bienestar tan grande que no se dio cuenta cuando un día, al cabo de horas de extasiada contemplación, vinieron a secar el sillón donde ella se había derretido. Su cuerpo líquido y azul se desprendió en ruidoso caudal del sólido trapo que la acarreó hasta la coladera del jardín.

 

jueves, 24 de julio de 2025

() Kilómetro cero

Daniella Blejer





Fumo pensando en dejar de fumar. Desde la terraza de la librería, donde me he sentado a tomar un café, le doy un jalón al cigarro. Imagino cómo se me llenan los pulmones de nicotina. Las sustancias tóxicas que entran a mi cuerpo: glicol de propileno, tolueno, fenol, benzo pireno, arsénico, butano, acetona, cadmio, plomo, amoniaco, formaldehido, benceno. La primera bocanada me da náusea. Al poco tiempo me lloran los ojos y siento un pequeño escalofrío. El cuerpo es sabio, reconoce el veneno y trata de expulsarlo. Juego con la cajetilla: FUMAR CAUSA CÁNCER. Sí, pero aquí sigo. La mente hace lo que quiere. Le doy el golpe de nuevo, inhalo profundo, lleno los pulmones y expulso el humo hasta sentir la liberación de la dopamina. Debería dejarlo. Mi cuerpo se relaja, se deja ir. Suelto el cigarro y cierro los ojos; mejor no. El sonido del celular interrumpe mis dos minutos de calma, del susto sale volando como un ladrillo alado. Intento cacharlo con una mano, pero se resbala. Intento atraparlo con la otra y tropiezo con la pata de la mesa. Alcanzo a contestar desde el suelo, del otro lado se oye la voz desesperada de Akumal. 

Estoy parado frente a la catedral, al lado de una matrona que deposita laureles sobre una piedra.

¿Y?

Me lleva la chingada.

¿Por?

Todo está mal. Nada en mi vida fluye, como el agua del lago de Texcoco.

Trato de pensar en palabras alentadoras mientras las gotas de café caen sobre mi cabeza. No estoy en condiciones de ofrecer ningún tipo de consuelo. Me incorporo y camino hacia el interior de la librería. 

Estoy por los estantes de autoayuda. Me acabo de topar con el libro: Cómo salvar su vida. La portada tiene la foto de una dona gigante, ¿qué crees que signifique?

Puede ser que aluda a las posibilidades de la muñeca de plástico.

¿Y el hecho de que tú estés en el kilómetro cero?

Que voy a volver a nacer, sólo que ahora en vez de salir de nalgas me voy a enderezar.

Tu siguiente novela debería incluir este diálogo.

No, es horrible, demasiado alegórico. 

¿Y?

No creo que la literatura deba de ser así.

De cualquier forma, nunca es tarde para enderezarse, así que, por si las dudas, te compro el libro.

¿Cuándo nos vemos?

Cuelgo el teléfono sin antes contestarle y regreso a la mesa a terminar lo que queda del café. Pinche Akumal y su manía de perturbar mi vida. No lo he visto en meses. Cada vez que logro olvidarme de él, se las arregla para hacerse presente con una llamada, un mensaje de texto, una aparición inesperada. Prendo otro cigarro. Al principio todo fue emoción y maravilla, pero al descubrir que no teníamos ese montón de virtudes que nos inventamos, empezó el desencanto. Llegué a decirle: No eres tan buen novelista, solo para lastimarlo. Vuelvo a darle el golpe al cigarro. La sesión pasada admití en terapia que Akumal me hace daño, que trata de darme celos con otras, que miente. Pero de ahí me fui a verlo, no es mi culpa que su casa esté tan cerca del consultorio. El teléfono empieza a vibrar con sus mensajes de texto, no tengo intención de contestarle por más creativo que se ponga. Lo malo es el tono de su voz, el olor de su piel. Suelto una bocanada. No sé qué me enfurece más, si su capacidad para decir mentiras o mis ganas de escucharlas. Vuelvo a llenarme los pulmones de nicotina, esta vez expulso el humo en forma de dona. Siempre termina enredándome en líos, y además me debe dinero. El cigarro hace lo suyo, empiezo a relajarme. Cierro los ojos y me acuerdo de los buenos momentos, cuando caminábamos por las calles y reíamos a carcajadas. Las feromonas intoxican, hacen que uno pierda la voluntad. Lo imagino estancado, frente a la laptop, sin poder escribir una sola palabra. Apachurro el cigarro y pido la cuenta. Me apuro a llevarle el libro antes de que empiece a llover.

 

() Alfabeto

Virginia Hernández Reta



Dibujo de Adrián Verdejo Hernández
Título: Babosos
Fecha: 2021
Técnica: Fineliner

 

Preocupados, mi marido y yo permanecemos inmóviles delante del televisor. En la pantalla, en transmisión nacional, el ministro de salud da el informe sobre la pandemia. El recuento de enfermos y fallecidos, a pesar de las medidas de seguridad, se ha incrementado:

-A pesar del lavado de manos, del uso de tapabocas, de los dos metros de distancia, del encierro comunitario, deberemos implementar medidas todavía más estrictas -anuncia el ministro, con rostro austero-. Como ya se ha demostrado, el virus se propaga no solamente por estornudar o toser, sino también al hablar. Nuestra comunidad científica ha hecho estudios muy serios de prosodia y ha comprobado que hay letras más riesgosas. La letra que sigue a la e es la que con más potencia saca aliento de la boca y, por lo tanto, más peligro representa para la salud. Por lo mismo, se conmina a la sociedad, desde el día de hoy, a no utilizarla.”

Francisco y yo nos volteamos a ver.

-Tendrás que ser Paco, a partir de ahora -le digo. Con lo que le molestaba que le llamaran así.

El panorama es insólito: ya nadie hablará de fiestas, foros, familia. No podré cocinar fetuccini ni frijol. ¿Y para ir a la farmacia? Droguería, me tranquiliza Paco.

Después de una semana, ansiosos, encendemos de nuevo el televisor. Como es habitual, el ministro da el resumen sobre la emergencia de salud, el recuento de contagiados y muertos, que, a pesar de las medidas de seguridad, sigue al alza. A la letra después de la e, anuncia, se agrega ahora la prohibición de usar la que sigue de la o.

Paco y yo nos volteamos a ver.

-¿Qué crees de todo esto, cariño? -le inquiero.

El escenario es terrible: ya no se mencionará el problema, las probabilidades, no se podrá pensar, llegar a buen puerto, tachar todo de patético. En la casa se acaban los purés y los pleitos, por pequeños que hayan podido ser. 

No demora mucho en que la t y la b se agreguen a la lista de letras vetadas. Mi marido y yo nos miramos:

-Nos hablaremos de vos, para evitar el tuteo -sugiere.

El escenario es desolador: no se puede toser ni tararear, ni buscar ni trasgredir, ni confesar traumas ni dar la bendición. Hablo por el aparato que nos comunica con los amigos a la distancia, pero las llamadas son cortas; se nos ha acabado el léxico.

Con los días, no demora en seguir la s, como era de esperarse. No hay plurales, pero tampoco se puede hablar en singular. 

-Cariño, deme aquello -me dice mi marido con el dedo en dirección al grano blanco-. La comida requiere un chirride ello. 

Aniquiladoh, despuéh de díah, encendemoh lo que mira uno con elecricidad:

-Amor, ahora han quihado la r, la c y la d -anuncio incrédula.

-¿Qué? ¡Esto es el fin! -escupe completamente rabioso, olvidando de momento toda prohibición-. ¡Es el fin!

Yo, obediente, asiento con la cabeza para hacerle saber que sí, que lo es.