viernes, 23 de enero de 2026

Mirós y Kandinskys

Omar Nieto



Wassily Kandinsky, Sin título, (1922),
acuarela y tinta sobre papel, 
26.7 x 36.3 cm,
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.

 

 

Sí, sí comprendo: tu sexo es un tesoro y me lo das para que lo custodie, decía su poema, y cuando lo quitó de su vista, empujó los ojos hacia él, quien la miraba recostado en el sillón negro, con la mano en la barbilla, escudriñándola, no creyendo nada de lo que oía.

—Te amo, Henry —chilló ella y con los ojos entornados agregó—: Y debes saber también que tendría un hijo tuyo si tú quisieras... 

Dejó ella la taza de porcelana con café a un lado y el bolígrafo sobre el escritorio. Se dirigió sigilosa hacia él como una pantera y emanando efluvios, como solía hacerlo, le rodeó el cuello y se enganchó a sus labios como un bebé de pecho. Él, Henry, la rechazó con suavidad acomodándose el suéter de cuello de tortuga, como una virgen que desdeña la caricia de un amante demasiado audaz. 

—Bueno, ya me voy —dijo Henry dirigiéndose en seguida a la puerta. 

La perilla giró y salió dejando su aroma varonil por la casa.

La mujer suspiró, y al poco rato, resignada, volvió a su poema. Mi vida es el sueño de un dios, que espero no despierte, el dios es Brahma, puso en el papel, con el corazón encogido. Y ya no quiso escribir más.

Luego salió y en la calle, frente a los escaparates, regresó a la vida que había llevado desde antes de encontrar a Henry. Conocía a casi todos los empleados de los bares de la zona, quienes la saludaban con acento demasiado familiar. 

Pero aun así, regresaba siempre a Henry.

Así solías ser tú, pero yo te rechazaba, brillante mi deseo, agregó a su poema al llegar a casa. En ella encontró sólo las cuentas por pagar y la llamada de su madre, quien jamás la olvidaba. 

—Tuve que llevar a la niña a la guardería porque Philippe se fue de viaje y yo estoy por salir –dijo la chica, agregando una mentira más.

Casi siempre mentía, mientras la madre seguía rogando por ver a la criatura, y ella diciendo que no.

—Mamá, de verdad, cuando regrese Philippe de su viaje te iremos a ver. Cuando regrese, ¿okey? Tranquila, mamá, no te pongas así, ya pronto verás a la niña, te lo aseguro. Sí. Sí. Casi dos años que no me ves, pero de verdad, ahora no, mamá... De verdad no podemos, mamá, Philippe está de viaje. No te preocupes... Sí, la niña se parece mucho a ti. Sí, mucho...

Pero la niña no existía. 

Húmeda todavía la marca de tus dedos..., añadió al poema. 

 

Henry estaba en la puerta. Ginebra con hielo. Agotaron la botella. Ella estudiaba los sábados literatura en la universidad (o al menos eso le había dicho a Henry). El resto de la semana trabajaba en una Fundación (o al menos eso le había dicho a...). Pronto le presentaría a sus padres... (o al menos eso...). Pero Henry la conocía bien. No le creyó nunca. ¿Quién sí? Hoy después de hacerle el amor, Henry gira la perilla de la puerta para perderse entre el ruido de la calle.

Casi por la noche, la chica habla por teléfono con Tania, su mejor amiga, que siempre le cuelga porque está cansada de oírla. Dolorida, ella se dirige a la calle, a buscar a un nuevo amigo que le cure la soledad. La calle es su verdadera casa, se dice.

Cuando busca a un chico procura hacerlo en los bares de avenidas con viejas lámparas. Los cantineros la miran. Si ninguno le gusta, el bartender o los meseros tendrán una oportunidad. Bares. Rostros. Cuerpos. 

Por eso el cantinero se anima a preguntarle qué quiere tomar. Acaricia su cabello y tras una larga charla, risas, reticencias y tragos gratis, ella le insinúa con una mirada si la quiere llevar a su casa. El cantinero sonríe con una victoria en el rostro, nadie más en la barra se la ha llevado hoy. Él le da un beso en la boca y le pide que lo espere, que el cierre del bar no tarda. Es viernes. Han estado juntos en aquel departamento sucio y pequeño hasta el mediodía del sábado. El hombre se despierta, le invita algo de comer, se da una ducha rápida, y le dice que debe volver al trabajo, que si quiere quedarse un rato más, puede hacerlo. También le promete que leerá su poema. 

Ya en su departamento, al otro día, su madre vuelve al teléfono. Ella responde: 

—La niña está durmiendo, mañana si me hablas temprano te la pongo al auricular.

Y así desde hace meses. 

 

Matsuo, su vecino, la observa de continuo. Cuando coinciden en la escalera del edificio, él deja caer una lata de su bolsa con víveres para llamar la atención. Gracias a eso, la chica se percata de él. Ella viste pantalones entallados, lentes oscuros. Viene de la calle como casi todos los sábados después del mediodía, esta vez un poco más indispuesta que de costumbre. Sin embargo, se detiene a platicar con Matsuo unos minutos antes de entrar al departamento.

Una semana después, con más confianza, Matsuo le pregunta sobre el chico que la visita todos los sábados por la tarde. Se refiere a Henry. Ella, molesta por la indiscreción, le responde: 

—Es mi hermano. 

Matsuo se pregunta en silencio si con un hermano se puede hacer el amor con tanto estruendo. Matsuo la invita a tomar el té, pero ella se niega. Mientras mete la llave en la cerradura, la chica duda un poco. Tal vez no sea tan mala idea conocerlo, es simpático y tiene cierto halo de inocencia, pero al imaginar la posibilidad, simplemente entra al departamento. No. Con él nunca se acostaría...

Otro sábado por la tarde, Matsuo la encuentra de nuevo. La ha invitado otra vez a tomar el té. Es justo en ese momento que llega Henry con su larga chamarra de cuero. Pasa la mano por el hombro de la chica y mira a Matsuo. 

Nerviosa y divertida, ella se despide del japonés, al tiempo que introduce su mano en la chamarra de Henry. Matsuo los ve entrar al departamento y girar la perilla.

—¡Pobre hombre! —exclama Henry, con una sonrisa burlona—, se ve que se muere por ti. ¿Quién es? —la cuestiona.

—Es mi vecino –responde ella.

Y Henry cambia la conversación con brusquedad.

—¿Dónde has estado? 

—Vengo de la universidad —miente ella—, sólo que ayer tuve que hacer un trabajo con Tania y me quedé a dormir en su casa.

La chica desvía la conversación besándolo en la boca. Ella aún tiene olor a alcohol, pero sus manos distraen cualquier reclamo que Henry pueda hacerle.

—¿De dónde venías? —le pregunta Henry una vez más al acariciarle el hombro.

Sin desconcentrarse ella responde:

—Ya te dije, de mi clase de los sábados...

Henry sigue sin creerle, sólo mira la cueva de malas pinturas plasmadas en el techo del cuarto, a manera de una cúpula, donde siempre hacen el amor. Una artista. Todos pretenden serlo. Al poco rato, Henry sale. No pierde la oportunidad de voltear hacia el departamento de Matsuo. Sabe que éste espía su salida. Y en efecto, cuando Henry se pierde en el barullo de la calle, Matsuo aparta la mirada del ojillo de su puerta.

Ella mientras tanto se queda en su recámara bajo el techo de figuras que ha pintado tratando de formar Mirós y Kandinskys, Picassos y Varos. Después de un rato también intenta continuar con su poema sobre el amor. Tus ojos, una salida de mi encierro..., escribe con suavidad en una libreta, antes de quedarse dormida.

 

—¿Cuándo conoceré a un familiar tuyo? —le pregunta Henry tras fumar un cigarrillo el sábado siguiente, después de hacer el amor con pasión y al mismo tiempo con desgano otra vez.

—Pronto... —contesta ella sin mirarlo a los ojos.

Su madre insiste en ver a la niña y es el mismo pretexto de siempre: 

—Mamá, Philippe aún no vuelve de su viaje, pero no te preocupes, te veremos pronto...

Y Philippe que no existe. Y Tania que no deja de molestarse, aunque sea la única amiga que le queda. Y ahí las decenas de amantes esporádicos a los que ya no les quiere contestar el teléfono. Y todo le da vueltas, haciendo de la ciudad su albergue y de las mentiras su patria. 

Y ella ahí delirando en su cueva de colores con supuestos Kandinskys y Mirós, mintiéndose siempre, y malos Picassos y Varos, y todas esas pinturas que no se parecen a nada. Y ahí, que el único ser que es real es Henry, con sus visitas de los sábados, enmarcadas por ginebra. Y ella mintiéndose a sí misma más que nunca porque en realidad quiere a Henry. Mentiras son también los versos de aquel poema pues no son suyos sino de un ancestral poeta musulmán. Diríase que mi pasión es sándalo/ Que con el fuego de la ausencia expande mi perfume/ ¿Acaso soy yo la primera enamorada en haber perdido la cabeza por unas mejillas, por unos ojos?, se pregunta, loca, fuera de sí, pensando en Henry.

Y es que ella un día, herida, rota, decidió mentir para siempre. Huye del amor y una vez más busca escapar de quién sabe qué cosa. Por eso ha dejado una carta con Matsuo. Le ha pedido que se la dé a Henry apenas ella se haya ido. 

Pero no sucede. Henry no regresa jamás. Es hasta que Matsuo lo encuentra en la calle por casualidad, un año después, que se la ha entregado. La carta dice: “Yo te amaba Henry. No hay universidad, no tengo amigos. Sólo tengo a una madre a la que nunca veo. Sólo en lo de amarte no te he mentido, Henry. Oh, Henry, créeme, en lo de amarte, en eso no te mentí. El poema que sólo copié no es mío, no es mío, pero habla de ti: Sí, sí comprendo: tu sexo es un tesoro y me lo das para que lo custodie...”.

El miedo ha sido su motor; las mentiras su patria...

 


martes, 13 de enero de 2026

 Leer, la forma más auténtica de Diletrar:  nuestros libros más disfrutados en 2025 



Leer fue una de las actividades importantes de Diletrantes en 2025. Sabemos que para estas fechas han circulado ya muchas listas de favoritos, desde libros, recetas, películas, marcas de tenis e, incluso, razas de perros. 

Fieles a esta tradición, queremos compartir los libros que se nos quedaron en la mente (mismos que compartimos una por una en diciembre) y que a manera de acordeón o documento de consulta rápida, hemos condensado en un solo resumen. Y, por si deseas leer cada columna completa con el contexto y crítica de las obras mencionadas, encontrarás también los enlaces a ellas.

 

Selección de Virginia Hernández Reta

¿Soy una snob? y otros ensayos, Virginia Woolf. Ensayo.

 Leche del sueño, Leonora Carrington. Libro infantil.

Braiding Sweetgrass, Robin Wall Kimmerer. Novela.

The Gashleycrumb Tinies, Edward Gorey. Libro ilustrado.

Verano, J.M. Coetzee. Novela.

Nadie es más de aquí que tú, Miranda July. Cuentos.  

Lost in Translation. Again, Ella Frances Sanders. Libro ilustrado.

Toda la información en: https://diletrantes.blogspot.com/search/label/Virginia%20Hernández%20Reta

 

Selección de Daniella Blejer

Guerra y guerra, Lázló Krasznahorkai. Novela.

 El desertor, Abdulrazak Gurnah. Novela.

Perras de reserva, Dahlia de la Cerda. Cuentos.

La vegetariana, Han Kang. Novela.

Maniac, de Benjamín Labatut. Novela.

Toda la información en: https://diletrantes.blogspot.com/search/label/Daniella%20Blejer 

 

Selección de Ivonne Saed

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, Tatiana Țîbuleac. Novela.

Los vivos, Emiliano Monge. Novela.

Exophony: Voyages Outside the Mother Tongue, Yoko Tawada. Ensayo.

Las musas inquietantes, Cristina Peri Rossi. Poesía.

Tiros en el concierto, Christopher Domínguez Michael. Ensayo.

Perros muy azules, Claudia Hernández de Valle-Arizpe. Poesía.

Es sed de morir el paraíso y Fragmentos para una No/Vela, Jenny Asse Chayo. Poesía.

Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato, Edmond Jabès. Poesía

Génesis, Sebastião Salgado. Fotografía.

Toda la información en: https://diletrantes.blogspot.com/search/label/Ivonne%20Saed

 

Selección de Mariana Conde

La ciudad y sus muros inciertos, Haruki Murakami. Novela.

Nada se opone a la noche, Delphine de Vigan. Novela.

Los rotos, Alaíde Ventura Medina. Novela.

Cómo desaparecer completamente, Mariana Enriquez. Novela.

The Fyodor Dostoyevsky Complete Collection. Audio.

Tierra de empusas, Olga Tokarczuk  Novela.

Toda la información en: https://diletrantes.blogspot.com/search/label/Mariana%20Conde

 

Selección de Amélie Olaiz

Historia de la vida cotidiana en México. Crónica.

What a plant knows, Daniel Chamovitz. Ensayo.

Breve historia de la verdad, Julián Baggini. Ensayo.

La vegetariana, Han Kang. Novela.

Historia mínima del desempleo, Carlos Bortoni. Novela.

Cuentos reunidos de Cristina Peri Rossi. Cuento.

Cuentos completos de Cortázar. Cuento.

Fisiología del olvido, Omar Nieto. Cuentos.

Toda la información en: https://diletrantes.blogspot.com/search/label/Amélie%20Olaiz 

 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Mis debilidades cuando de leer se trata

Amélie Olaiz

 

 


Si inicias algo termínalo, me dijeron mis padres por años. Y con ese mandato en mente también leí. Libro que iniciaba, libro que terminaba. La verdad es que no era difícil, me encantaban los cuentos. 

Ahora es otra cosa, podría decirse que soy totalmente desordenada para leer. Si pierdo el interés en algún libro, adiós, lo abandono o lo regalo. Cuando a Mariana Conde, mi compañera diletrante, se le ocurrió lo de las listas de lecturas yo recordé mi desorden literario. No he leído nada, pensé. El curso de Qigong que tomé este año me ha tenido saturada de lecturas que nada tienen que ver con la estética del lenguaje. El Qigong es filosofía taoísta y budista, también son instrucciones para la meditación en movimiento. Es la diéresis en cirugía de la conciencia. Es decir, una introspección profunda y minuciosa de la conciencia humana.

Decido revisar. En mi buró hay una pila de libros, dos de ellos son de filosofía taoista, tres son de budismo, el resto de literatura. En el librero de mi cuarto hay volúmenes que entran, salen, van al buró y regresan. Mi orden está regido por el capricho, el interés por algún tema específico y sin duda por lo que escribo en ese momento. Si se trata de algo histórico voy a mis libros de la vida cotidiana. Esto es una forma de voyerismo que, reconozco, me resulta irresistible. Saber cómo se vivía en otras épocas es mi máquina del tiempo y si hay algo que me encanta es viajar por el pasado. El tomo V, volumen 1 y 2, de Historia de la vida cotidiana en México (2006) ha sido mi fuente de consulta este año. Incluso, algunas veces me he quedado parada frente al librero leyendo algún otro tomo por simple gusto.

Como lo que escribo no solamente es novela histórica, paso de la crónica a la biología, como ahora que leo: What a plant knows (2017) de Daniel Chamovitz un libro que me recomendó mi amiga y compañera de letras Teté Mondlak, y que me ha introducido de forma amena a ese mundo que sólo conocía por percepción directa. Las plantas y sus seis sentidos, podría decirse. Mi relación con este libro ha sido divertida porque está todo subrayado y lleno de anotaciones. Me gusta relacionarme así con los textos, es como si conversáramos. 

 Tengo bastante tiempo trabajado a un personaje que tiene problemas con la verdad y este año me topé con un ensayo que me dejó encantada: Breve historia de la verdad (2020) de Julián Baggini. Un librito que me devoré en tres patadas y que subrayé copiosamente (lo tengo en mi Kindle, donde es más complicado conversar pero se puede). Un deleite leer sobre esta verdad que creemos tener muy segura, muy fija, muy bien construida y que en realidad es tan resbaladiza como un molusco. Incluso la que parece inamovible: la ciencia.

Por lo general no leo novedades, pero este año no pude resistirme a La vegetariana de Han Kang y me dio gusto acercarme a ella. Valió la pena leer sobre una sociedad que devora lo que no considera adecuado. Aunque novedad sólo fue para mí, porque el libro salió en 2007.

Mi amigo Carlos Bortoni —un escritor que es capaz de recapacitar sobre los temas que parecen más aburridos para descubrir un universo de emociones— publicó en 2023 su segunda novela: Historia mínima del desempleo. Adictivo. No pude soltarlo desde que empecé a leer. ¿Qué más se podía escribir sobre un tipo que está desempleado y vive con la frustración de no encontrar trabajo? Carlos Bortoni hurgó en todo lo posible y el resultado es muy interesante.

Lo que no puedo evitar es volver al cuento. Crecí con un padre que me leía Las mil y una noches y con una madre lectora que estaba rodeada de libros, que me compraba comics y cuentos desde que puedo recordar, algunos los tengo todavía. Este año he vuelto a los Cuentos reunidos de Cristina Peri Rossi (2007), a los Cuentos completos (1994) de Julio Cortázar. Debo reconocer que estos ejemplares no pasan demasiado tiempo en el librero, tampoco los de Raymond Carver. También volví a los cuentos y a las cartas de Rosario Castellanos.

Tengo otra debilidad, me gustan los diarios, sobre todo los diarios de mujeres. El diario de Katherine Mansfield (2008) no abandona nunca mi buró. Hay mucha magia en esas notas que no pretenden nada más que recopilar la experiencia del día o recabar imágenes que servirán después para algún cuento. También pasó por mi buró Diarios 1925-1930 de Virginia Wolf (2003). Aunque no soy una gran lectora de su obra literaria, sus diarios me encantan. Disfruto leer sobre lo cotidiano y más todavía si se trata de la cotidianeidad de esta mujer inglesa que formó uno de los grupos que han dejado huella en la literatura y en el ámbito cultural de la Inglaterra de su tiempo: Bloombsury.

También este año tuve la fortuna de que Omar Nieto, mi maestro, me regalara su libro de cuentos Fisiología del olvido (2018) que he leído de a poco porque así disfruto mucho más los cuentos. El tema principal es el olvido como enemigo que acecha sin importar jerarquías. Personajes mitológicos, ficticios y reales son asediados por el terror de olvidarlo todo, incluso el de ser ellos mismos olvidados. Datos reales e imaginarios juegan haciendo un pas de deux que resulta inquietante. Lo estoy reservando para terminarlo en vacaciones, en alguna playa en donde pueda escuchar al mar ir y venir mientras leo. Pienso que es el ritmo perfecto para acompañar un buen libro. Luego haré conjuros para no perder la memoria en lo que me quede de vida.

Virginia Hernández Reta, mi amiga diletrante, me regaló hace unos meses un libro de Pedro Meyer con texto de Martín Solares. Una joyita. No sólo porque el texto de Martín —quien también ha sido mi maestro—, es impecable sino porque las fotografías de Pedro son las que me motivaron a buscarlo en Facebook. A partir de ahí nació mi admiración por él y también nuestra amistad. Son imágenes en HDR, una técnica en la que se combinan tres o más fotografías en distinta exposición que se unen en una sola imagen a través de Photoshop. De esta manera se aprovechan los mejores detalles de cada fotografía, resaltando las áreas más luminosas y las más oscuras de la imagen. Un resultado que las hace más dramáticas y detalladas. Casi puede uno tocar a los personajes en la escena. En este proyecto, Pedro se internó en el Centro de la Ciudad de México, una zona que resulta adictiva por sus contrastes y enorme variedad. De niña lo recorría de la mano de mi mamá. A ella le encantaba ir. Ya desde entonces me parecía una zona sorprendente.

Al final de la recapitulación me doy cuenta de que no he leído tan poco como pensé. Fue buena idea hacer este ejercicio.  Para rematar este año ya tengo en mi Kindle No me pudiste matar (2025) de Ciro Gómez Leyva. Como apenas lo empecé quedará pendiente para el recuento del próximo año.

 

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Lecturas, relecturas y prospectos

Ivonne Saed



Para cerrar el año, a nuestra diletrante Mariana Conde se le ocurrió que hagamos un recuento de lo que cada una leyó durante 2025. Con esto en mente, de lo primero que me di cuenta es que mis lecturas nuevas fueron pocas en comparación con mi promedio típico. Al percatarme de esto por un momento entré en pánico. ¿Acaso me pasé el año entero viendo reels en Instagram? ¿O mi trabajo me tuvo tan absorta que olvidé la lectura? O quizás la depresión de la situación política mundial me quitó por completo la concentración para sentarme a leer y transportarme a otro lugar a partir de las letras.

Creo que hubo un poco de todo lo anterior: en efecto, la locura de todo lo que acontece en este mundo sin brújula me ha llevado a escapar con frecuencia —y por periodos de tiempo más largos de lo que me gustaría aceptar— a mi fijación adictiva de ver reels de surfeadores minúsculos negociando las olas gigantes de Nazaré, a experimentar con métodos de pan de masa madre para lograr el esponjado perfecto que no me acaba de salir como quisiera, y a resolver todos los crucigramas y demás juegos que aparecen en el periódico dominical. Pero en los últimos doce meses también escribí mucho y leí —o, mejor dicho, releí— una buena cantidad de libros.

Empezando con las lecturas de primera vez, un libro recomendado por Daniella Blejer, que agradezco porque se quedó rondando en mi mente y aún no me suelta, fue la novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Țîbuleac. Es un tour de force en el que la agresión, el sufrimiento, la enfermedad y la ternura de los personajes se muestran como partes integrales e indispensables de un poliedro de emociones desenfrenadas. Sin duda, uno de los libros más perturbadores que he leído en mucho tiempo y también de los más gozosos.

Otra novela también inquietante, aunque en este caso por su falsa monotonía, fue Los vivos de Emiliano Monge. Ya el año anterior había disfrutado mucho Justo antes del final, la primera novela que le leí a este autor: una autoficción sobre la muerte de su madre y cuya narración se alimenta de una serie de chismes, conversaciones paralelas, noticias y datos históricos que expanden la biografía. En el caso de Los vivos, la narrativa tiene un tono ecuánime y con tintes surrealistas para contar lo terrible y lo temible que ocurre en un lugar ficticio que el lector, sin embargo, puede reconocer con facilidad.

Dado que escribo, pienso y sueño en español mientras cohabito en inglés y trabajo transitando idiomas de ida y vuelta, me pareció interesante el libro Exophony: Voyages Outside the Mother Tongue de Yoko Tawada, en el que la autora reflexiona sobre su propia experiencia de escribir en otra lengua, así como la de otros creadores que viven y trabajan a medio camino entre un idioma propio y uno adoptado.

Y hablando de idiomas, este año tuve oportunidad de participar en presentaciones literarias en dos ocasiones, lugares y lenguas distintas, lo que me obligó a hacer ciertas lecturas y revisitar ciertos autores a los que, de otra manera, no habría vuelto. 

El más reciente fue a principio de noviembre, cuando participé con Diletrantes en San Antonio, Texas, en la IV Feria del Libro en Español y el XIII Encuentro de Escritores Letras en la Frontera, lo que me obligó a revisitar lecturas tanto propias como ajenas. Cabe notar aquí la relectura que hice de todo lo que conozco de la escritora chilena María Luisa Bombal, así como de algunas otras de las autoras del boom silencioso latinoamericano, esto es, el boom femenino. Entre las muchas lecturas para las presentaciones de esta feria, tuve dos encuentros sumamente placenteros: uno fue el descubrimiento del libro de poesía Las musas inquietantes de Cristina Peri Rossi, en el que la autora elabora una serie de poemas ecfrásticos sobre obras pictóricas conocidas y les otorga así una significación que expande la obra plástica hacia lugares nunca antes pensados por sus observadores; el otro fue la relectura de un par de capítulos de Tiros en el conciertode Christopher Domínguez Michael, en los que relata detalles de las relaciones entre los escritores del grupo de los Contemporáneos y, en especial, profundiza sobre Jorge Cuesta y su condición de intelectual.

Unos meses antes, durante el verano, en Portland, Juan Antonio Trujillo, Cindy Williams Gutiérrez y yo, acompañados de la música de María Olaya, compartimos el escenario en una lectura pública y conversación sobre nuestras obras más recientes. Objetos de [des]amor, de Tony (un híbrido autobiográfico que mezcla narración, poesía y fotografía), y This Tender Geography, de Cindy (poesía), fueron dos lecturas que hice con detenimiento para ponerlas en diálogo entre sí y con mi propia obra.

En cuanto a mi acercamiento a la poesía, hubo un incidente hacia el último trimestre del año, que involucró a un funcionario público encargado de la cultura en México. “Gracias” a sus desafortunadas declaraciones, me encontré leyendo algunos libros de este género. Entre éstos, disfruté Perros muy azules de Claudia Hernández de Valle-Arizpe —un regalo de Virginia Hernández Reta—, así como la relectura de los libros Es sed de morir el paraíso y Fragmentos para una No/Vela de la poeta Jenny Asse Chayo. Estas dos colecciones, como toda la obra de Jenny, están poblados de indagaciones poéticas sobre la trascendencia de la palabra como material de la creación y del ser. El hilo conductor de estos libros, a su vez, me llevó de regreso a Edmond Jabès, un escritor que admiro profundamente por la dimensión filosófica contenida en su poesía. Su volumen Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato es uno de mis pendientes para terminar el año.

Por último, y para cerrar con broche de oro, una relectura que va más mucho más allá de las palabras y que esta vez disfruté en compañía de mi amiga Oshra Rapaport: el libro Génesis del fotógrafo Sebastião Salgado, quien falleció hace pocos meses. Un tomo de gran formato que me llegó cargado con el cariño de la nostalgia de otras épocas. A este volumen regreso cada cierto tiempo para disfrutar de las extraordinarias imágenes en blanco y negro, hechas por una de las miradas más agudas y comprometidas que ha dado el arte de la fotografía. Su belleza y perspectivas deslumbrantes proyectan una esperanza que siempre se agradece.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Libros que marcaron mi 2025

Virginia Hernández Reta

 



Antes, hace mucho, leía de forma monógama. Me consagraba a un libro, en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso, lo amaba y lo respetaba por todos los días de lectura. Hoy, ya en la adultez tardía, mis relaciones con los libros son poliamorosas: cuando estoy de humor de uno, dejo al otro; cuando quiero conversar con ese otro, dejo colgado al uno. Sin embargo, la poligamia lectora tiene sus desventajas: una de éstas, me tardo más en acabar cualquier libro y mi mesa de noche se pierde bajo una torre de volúmenes en dudoso equilibrio. Así que recomendaré algunos con los que en este 2025 mantengo relaciones.

       Como cada año, he leído menos de lo que debería y quisiera. En mi sobrecargado buró descansan la hermosa edición de ¿Soy una snob? y otros ensayos de Virginia Woolf (Editorial Alma, 2024), que recibí de regalo el diciembre pasado de mi amiga Mayán; el libro infantil Leche del sueño, escrito e ilustrado por Leonora Carrington (Fondo de Cultura Económica, 2024), y que encontré en la FILUNI en la UNAM hace unos meses; también el precioso Braiding Sweetgrass de Robin Wall Kimmerer (Milkweed Editions, 2020), un libro que retoma la sabiduría de los primeros moradores canadienses, y que fue otro regalo, esta vez de mi hija. ¿Cómo decidir mis libros favoritos de 2025 si también me encantó el macabro, divertido y minúsculo álbum ilustrado de Edward Gorey, tan gore como su apellido, y regalo de Ivonne Saed ­—que conoce mi gusto por las insólitas ilustraciones— y en el que Edward dibuja niños que perecen por muertes que riman con sus nombres (The Gashleycrumb Tinies, HarperCollins Publishers, 1997)?    

    Ateniéndose a que no se me da la síntesis, y a que ya he hablado de mi terrible indecisión para escoger entre varias cosas, las Diletrantes me pidieron escribir sobre dos o tres de mis libros favoritos este año, así que recomendaré cuatro (no pude decidirme por menos):

 

1.     NOVELA

Verano, de J.M. Coetzee (Mondadori, 2010). Se trata de una autobiografía que me sorprendió por la manera novedosa en que el autor se inventa varias voces —­un periodista que toma notas, mujeres que fueron amores de Coetzee y que aceptan entrevistas imaginadas con el periodista imaginado— para armar las memorias del escritor sudafricano en la década de los 70 en Ciudad del Cabo. Coetzee hace autoficción mientras refleja el inadmisible racismo del Apartheid —sin embargo solapado por todo el mundo en pleno siglo XX. Una extraordinaria manera de hablar de sí mismo por medio de otros que uno se ha inventado. ¿No es tentador?

 

2.     CUENTO

Nadie es más de aquí que tú (Debolsillo, 2025), de la escritora, cineasta y artista multidisciplinaria Miranda July. Fue otro regalo, éste de Mariana Conde. Un libro de cuentos desaforados, de imaginación desbordante, perturbadores, llenos de soledad y desasosiego, pero también de ternura e hilarante sentido del humor. Para muestra un botón, o más precisamente, una línea: una joven decide dar clases de natación a tres ancianos ¡en la cocina de su departamento! Y ese es sólo el comienzo.

 

3.     LIBRO DE ARTE

Frida: Love and Pain de la fotógrafa Ishiuchi Miyako. Este fue un hallazgo en más de un sentido, y lo será para quien pueda conseguirlo, pues sólo está editado en Japón. Se trata de una hermosa publicación de las fotografías que Ishiuchi hizo en la Casa Azul en 2012 por encargo del Museo Frida Kahlo. De las imágenes que no se usaron para el libro que publicó el Museo nace este otro. Ropa, accesorios, zapatos y cosméticos de la pintora dejan ver, no el lado colorido y optimista de Kahlo, sino una Frida más oscura: su antifaz para dormir, sus guantes de noche, su cepillo de dientes gastado, sus zapatos de tacón desigual; sus mocasines, uno con la punta cortada para poder usarlo después de que le amputaran los dedos, sus lentes oscuros, su esmalte rojo de uñas, sus pastillas para el dolor… La fotógrafa que retrató la ropa de las víctimas de Hiroshima o las de su madre muerta, plasma las pertenencias de Frida con la misma oscura nostalgia. Una belleza.

 

4.     LIBRO OBJETO

No importa feria, librería o biblioteca, siempre acabo en la sección infantil. En la FIL de Guadalajara 2024 rondaba los estantes cuando me encontré una pepita de oro, una minúscula joya, un pequeño libro gozoso y lúdico.Lost in Translation. Again (Libros del Zorro Rojo, 2016), escrito y deliciosamente ilustrado por Ella Frances Sanders. Se trata de un compendio de expresiones curiosas de todas partes del mundo y es de esas epifanías que uno se encuentra y tiene que poseer irremediablemente. Tan deleitoso fue el descubrimiento que no estuvo exento de una gran dosis de envidia: ¿por qué no se me ocurrió a mí la idea? Trivia que no sirve más que para el azoro y para demostrar que el lenguaje revela mundos y formas de entenderlos: ¿qué significa en Alemania la expresión “ver crecer los rábanos desde abajo”, o el dicho rumano “sacar a alguien de sus sandías”, o la frase tibetana “dar una respuesta verde a una pregunta azul”? Muchas de esas explicaciones las leí y ya las olvidé (ya he hablado también de mi mala memoria). Tampoco recuerdo la última vez que —como me pasó con éste— quise literalmente abrazar el libro como si fuera un talismán o un juguete muy querido de la infancia.

 

Lo más emocionante de todo: tres de estos cuatro volúmenes me siguen esperando junto a la cama fielmente, sin que les importe mi abandono ni mi promiscuidad. Además, caigo en la cuenta de que gran parte de mis libros este año fueron regalos llenos de cariño o pasiones a primera vista. No puedo más que agradecerlo y esperar con ansia los textos que me marcarán en 2026.  

viernes, 19 de diciembre de 2025

De oídas y de letras en 2025

Mariana Conde

 


El mes pasado lancé una invitación a mis compañeras Diletrantes para que compiláramos un índice de nuestras lecturas favoritas de este año. Poco iba yo a imaginar –aunque tratándose de este grupo, pequé de inocente– que lo que siguió fue no una simple lista con breves descripciones, sino todo un disertar –o diletrar–  sobre géneros literarios, distintas formas de leer y el significado de los libros en nuestra vida. 

            Yo, como hice el año pasado, hablaré de obras que me acompañaron durante este, ya sea en papel, libro electrónico (yo uso el Kindle) o como audiolibro, aunque no necesariamente se publicaron en 2025. Para los no iniciados, la forma cómo elijo en qué formato abordar un libro es a veces oportunista y otras deliberado: en el primer caso, están esas lecturas que no quiero esperar a conseguir y que puedo descargar de inmediato en el lector electrónico o mi plataforma de escucha; también cuando me aparecen ofertas irresistibles en cualquier formato. Soy más intencional cuando decido cómo optimizar mis horas de literatura: si se trata de un libro del cual no estoy segura, un autor nuevo o, por el contrario, un clásico que tengo como deuda pendiente, es probable que elija escucharlos. Si es un libro que me vengo saboreando y es recomendación de alguien que me importa, lo reservo para leer en papel y tinta.

            Ideé una nueva estrategia para disfrutar de manera ininterrumpida, durante unos minutos más, mi audiolibro mañanero del gimnasio: me hice de una buena bocina contra agua (en mi caso una JBL flip) y, al salir de mi sesión de ejercicio, cambio mis audífonos por ella, que entra conmigo a la regadera y me sigue contando historias al oído mientras me baño, me seco y posteriormente cuando me unto todos los ungüentos que descubro necesita una mujer de mi edad en diversas partes de rostro y cuerpo –lista que merece su propia columna– antes de salir a enfrentar el mundo cada día. 

            Otra forma de maximizar el tiempo de lectura es aquel consejo muy viejo, pero con frecuencia olvidado, que es llevar siempre un libro en la bolsa. Salas de espera, colas, minutos mientras llega la persona con la que quedaste para un café se pasan mejor leyendo algunas páginas del volumen de tu elección. 

            Algunos de esos volúmenes, que fueron memorables para mí en estos últimos doce meses, son los siguientes:

 

La ciudad y sus muros inciertos, Haruki Murakami (Planeta Audio, 2024).

Uno de esos títulos largos que me encantan en formato de escucha, si bien demandó de mi atención activa y mucho uso del botón de retroceder para poder captar los sucesos surreales que en él se narran. Este fue un texto retrabajado de Murakami; publicado en 1980 como un cuento, el autor decidió aprovechar el encierro de la pandemia en 2020 para reescribirlo y el resultado fue esta novela de más de 600 páginas. En ella se presentan distintas dimensiones que el protagonista navega en busca de su identidad y del gran amor que conoció a sus diecisiete años y nunca pudo olvidar. Sueños, fantasmas, sombras, ciudades y murallas imaginarias se entremezclan e intrigan nuestra imaginación y entendimiento. No fue la forma más fácil de reinsentarme como lectora del autor japonés y los cambios de una realidad a otra me costaron un poco, pero al final todo valió la pena.

Nada se opone a la noche, Delphine de Vigan (Anagrama, 2019)

Desde que descubrí a de Vigan, es difícil pensar en un recuento mío que no la incluya. En este volumen autobiográfico, la autora habla de su infancia, su familia y en especial de su madre, su abuela y abuelo, personajes todos llenos de claroscuros. En una trama escrita magistralmente, se cuenta de manera llana, sin melodrama, la historia de una familia plagada por eventos de depresión, suicidio, incesto, así como también amor y fraternidad. Sucesos que nadie en la familia habría querido desenterrar, y que de Vigan afirmó: “Necesitaba escribir y no podía escribir otra cosa, nada más que eso.” Además de deleitarme con la pericia de la autora para relatar de manera magnética una historia, me hizo reflexionar sobre mi propia escritura, a ratos profundamente autoreferencial.

Los rotos, Alaíde Ventura Medina (Random House, 2019)

Premio Mauricio Achar 2019, esta novela integrada por fragmentos, vistazos hacia atrás y adelante en la vida de la protagonista, marcada por la violencia paterna que desintegró –de forma literal– a la familia y cada uno de sus miembros, está escrita de manera impecable y fresca, dinámica. A través de fotos de la infancia conservadas por su hermano, la protagonista va intentando reinterpretar su historia y dar sentido a la propia identidad y forma errática de actuar. Es un texto que cimbra y que duele, con el dolor de un país en el que la violencia intrafamiliar es cosa de todos los días y cuyas consecuencias tienen largo alcance, descritas de una forma que no me había tocado ver antes. Apenas su segunda novela, (la primera, Como Caracol, fue premio Gran Angular 2018), Ventura es una escritora que llegó para quedarse y a la que habrá que seguirle los pasos. 

Cómo desaparecer completamente, Mariana Enriquez (Anagrama, 2025)

Matías Kovac a sus dieciséis años quiere esfumarse: de su casa, de su familia rota en todos los sentidos, de su vida plagada de desgracias. No tiene amigos verdaderos, ni intereses, ni un talento. Aspira a ser más, a salir de la espiral en descenso que es su existencia y no sabe cómo hacerlo. Mariana Enriquez nos asoma sin filtros y con lenguaje poderoso, despiadado, exacto, a la miseria de un barrio del conurbado de Buenos Aires, plagado de sordidez, crimen y desesperanza, en el que Matías apenas logra mantenerse a flote, como pez nadando en una ciénaga. A lo largo de la novela queremos que Matías salga de su letargo, que rompa, que corte, que vuele, lo que sea con tal de desaparecer completamente de ahí.

The Fyodor Dostoyevsky Complete Collection (SNR Audio, 2024)

Esta joya de 266 horas grabadas me salió como sugerencia gratuita en mi cuenta de Audible y, por supuesto, no dejé de aprovecharla. Advierto que es en inglés y que ha sido complicado seguir el intricado inventario de nombres con patronímicos y apodos de los personajes de Dostoievski que, quien lo ha leído, sabe que abundan. Sin embargo, me ha dado para horas y horas de escucha y la oportunidad de repasar clásicos como Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov y El idiota, después de lo cual aún me queda más de la mitad por disfrutar. Independientemente de si lees en inglés o te gusta Dostoyevsky, este es sólo un ejemplo de los clásicos que se pueden encontrar gratis en formato de audiolibro y electrónico también en distintas plataformas. 

Muchos otros libros pasaron por mi buró y mis oídos, –así como por mi bolso, el asiento trasero de un Uber y la fila del banco– como Las perfecciones, de Vicenzo Latronico, finalista al International Booker Prize 2005, una mirada cínica sobre la superficialidad de nuestros tiempos donde la vida debe verse como foto para Instagram; y el libro de cuentos, ganador de ese mismo premio, Heart Lamp, de Deepa Bhasthi, que me hizo recordar que la misoginia y estragos del machismo no son propiedad exclusiva de México. He de mencionar que el Booker, que siempre me había dejado grandes recomendaciones, en está ocasión me quedó a deber y aunque estos dos volúmenes tienen sus aciertos, me decepcionaron. Ahora estoy disfrutando el inicio de Tierra de empusas, la más reciente novela de Olga Tokarczuk, que promete ser tan oscura como su Sobre los huesos de los muertos, que tanto me gustó. 

Me encantaría saber si concuerdas –o aún mejor, si difieres– con esta lista y cuales han sido tus mejores lecturas de este año. Soy toda oídos (y ojos también). 

 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Leer en colectivo: lo mejor del 2025

Daniella Blejer

 




Durante la pandemia tuve la iniciativa de convocar un grupo de lectura a distancia con la intención de hacer más llevadero ese tiempo sin tiempo. A la fecha el grupo sigue reuniéndose, con el constante ir y venir de sus integrantes, para transitar por los diversos enfoques históricos, geopolíticos, teóricos y estéticos con los que se puede explorar la literatura. Cada mes nos reunimos a discutir un libro, a veces con frustración y otras con deleite, pero siempre con la convicción de construir entre todos el sentido de la obra literaria. En ocasiones un libro nos sorprende por su universalidad y puede llevarnos a reflexionar sobre nuestro propio entorno o circunstancias. Leer es una experiencia individual que en nuestro caso también se ha convertido en un rico diálogo colectivo.  

En 2025 nos aventuramos por la literatura mundial desde la heterogeneidad del cuento y la novela. Durante el primer semestre batallamos con Guerra y guerra (1999) de Lázló Krasznahorkai ––recomendación de mi amiga y diletrante Ivonne Saed–– un reto que no todos disfrutaron. Algunos no pudieron con la dificultad de la novela y se dieron por vencidos, otros se desesperaron con el personaje y decidieron abandonar antes de enloquecer, sin embargo, hubo un par de lectores que la disfrutaron mucho. Mi experiencia de lectura fue difícil, a menudo me sentía perdida o dislocada entre la cascada de palabras que van de la prolepsis a la analepsis con pocos signos de puntuación; recursos que el autor utiliza para construir la poética de la novela y recrear un mundo caótico y sinsentido. Ante el lenguaje, me sentí incomunicada como el protagonista, Korin, un húngaro en Nueva York que no habla inglés. El relato dentro del relato, manuscrito que el protagonista se siente obligado a compartir con la humanidad, trata sobre las aventuras de cuatro personajes en un mundo atemporal que no deja de estar en guerra: espejo de adivinación del siglo XXI. Al enteramos que Krasznahorkai ganó el Nobel se armó el la trifulca en el chat grupal entre quienes apreciaron el libro y quienes lo odiaron.

Después de la ardua tarea de comprender a Krasznahorkai, la mayoría disfrutó la cálida prosa de El desertor (2005) de Abdulrazak Gurnah, novela recomendada por mi exalumno y amigo, Pedro Salamanca. La novela relata dos sagas familiares que transcurren en Zanzíbar, la primera durante el colonialismo británico, y la otra poco antes de la independencia. Salvo por los lectores de Ébano de Ryszard Kapuściński, sabíamos muy poco sobre la historia de la isla donde interactuaron africanos, árabes, indios y europeos. El autor logró atraparnos por su maestría al narrar, a varias voces, la vida de los personajes divididos entre sus tradiciones religiosas y culturales, y sus deseos de integrarse a la herencia colonial. Las dos historias son hilvanadas por una tercera urde: el relato autoficcional del autor, vinculado a ambas familias. El narrador/autor emigra a Londres con una beca académica mientras ocurre el golpe de estado y la guerra civil que le impedirá volver a reunirse con sus familiares. Esta novela con personajes entrañables que levanta una crítica sobre el colonialismo y sus consecuencias nos sensibilizó profundamente.

En ese primer semestre, además de estos dos gigantes, el libro de cuentos de Dahlia de la Cerda, Perras de reserva(2022), recomendada por mi amiga, la escritora Karen Karake, nos despertó mucho interés. Las historias, entrelazadas entre sí, giran en torno a personajes femeninos que logran resistir, reivindicarse o posicionarse fuera del papel de la víctima. Algunas de ellas son mujeres ambiciosas, violentas, asesinas, fresas, lumpen o buchonas que ya sea en esta vida o en el más allá obtendrán sus deseos, venganza o justicia. La prosa es ágil y desenfadada con un lenguaje que recoge la oralidad del norte y centro del país. Aunque se narre sobre feminicidio, aborto o violación, el enfoque se encuentra en la periferia del discurso feminista, pues la autora se inspiró para escribir estos cuentos en los relatos de las mujeres que entrevistó en la cárcel, mujeres que robaron, secuestraron o mataron. Una autora original a la que vale la pena seguirle la pista. 

Durante el segundo semestre de 2025 alucinamos con la multipremiada novela La vegetariana de Hang Kang (2007). La divagación colectiva nos llevó a hablar de la rigidez de la sociedad coreana, como la jerarquía de quienes comen carne y su espejo dentro de la estructura patriarcal. Un lector compartió la sospecha de Malcolm Gladwell enOutliers de esta jerarquización como factor del accidente del Vuelo 801 de Korean Air en 1997. El primer oficial y el ingeniero, por respeto al capitán, quien estaba cansado, emplearon un lenguaje educado e indirecto que no logró transmitir la urgencia de la situación. La novela de Kang nos encantó por su estrato onírico y sensual, por la rebeldía del personaje ante el deber ser del cuerpo en búsqueda de su autodeterminación. Su resistencia a comer, su deseo de convertirse en planta y de morir de inanición nos causó primero shock, y tras la discusión: empatía. Una novela que confronta, mediante el universo de la vegeteriana, el antropocentrismo y el patriarcado, que te deja más lleno de preguntas que de respuestas. 

El otro libro que nos voló la cabeza en la segunda mitad del 2025 fue Maniac de Benjamín Labatut (2023), obsequio de mi amiga Patsy Stillmann. La narración, que gira en torno a dos momentos del desarrollo de la IA, me sacó de mi área de conocimiento, de mi burbuja humanista, para relatar con originalidad y maestría la belleza de las matemáticas, los algoritmos y las teorías del juego. Es un libro que te hace pensar en qué nos hace humanos y qué sigue para la humanidad ante el imparable desarrollo de la IA. El autor  comprende el cambio de paradigmas en la ciencia y sabe expresarlo de forma literaria aunque se base en un archivo. La novela, organizada como tríptico, inicia con el relato del físico judío alemán Paul Ehrenfest, quien asustado por la tiranía del nazismo y su uso perverso de la tecnología, decide darle un balazo a su hijo con síndrome de Down y después dispararse con la misma pistola. La segunda parte trata de la vida y obra del genio matemático húngaro y judío, John von Neumann, contada a partir de múltiples personajes que convivieron con él y que van construyendo una mística en torno al personaje: un guiño y homenaje a la narrativa de su compatriota, Roberto Bolaño. La tercera trata del mito fundacional del juego chino Go, y el programa de IA, AlphaGo, desarrollado por el premio Nobel, inglés de ascendencia india, Demis Hassabis. En el grupo debatimos horas entre los optimistas de la IA y los de mirada más crítica y pesimista. Nos quedamos con la pregunta sobre nuestra necesidad de tener mitos y la incapacidad de las máquinas para generarlos.

Leer de forma individual o colectiva con gente sensible e inteligente es sumamente satisfactorio. Aunque repelen los amantes de la IA, la lectura es una actividad que nos humaniza, acerca y transforma. Es cierto que las matemáticas y los algoritmos tienen su belleza, no obstante, la experiencia humana y su escritura no pueden ser reemplazadas por una máquina. 

Antes de irnos de vacaciones leeremos el libro de cuentos titulado: Las cosas que perdimos en el fuego (2016) de Mariana Enríquez. En enero les cuento cómo nos fue.