lunes, 9 de junio de 2025

:: Reseña 


Como gato mirando un pájaro


de Claudia Hernández De Valle-Arizpe

Por Daniella Blejer





 

“Tenías menos de un año cuando tu padre te golpeó y te tuvieron que entablillar la espalda. Yo a ese abuelo nunca lo quise”. Con esa forma tan memorable de introducir la historia comienza la primera novela de la poeta Claudia Hernández de Valle-Arizpe, Como gato mirando un pájaro (2025) editada por Trajín. Me atrapó desde el inicio. 
Esas son las palabras de Beatriz, uno de los personajes principales de la novela, quien a través de una exploración de la figura paterna busca entender aspectos de su propia identidad. El comienzo marca el tono, una postura reflexiva que recuerda al lector que los padres también fueron hijos y que dicha experiencia forjó su forma de ejercer la paternidad. 
La mirada humana acompaña al relato polifónico compuesto de las perspectivas de Beatriz, Iván y Fabio, personajes que tratan de seguir con sus vidas mientras que la demencia vascular de Fabio, progresiva e incurable, “lo condena a la inutilidad, a la pérdida de la dignidad, porque qué dignidad puede tener quien no sabe qué espacio y tiempo ocupa”. Las vidas no solo se ven interferidas por la enfermedad, también por la violencia de los parajes donde transcurre la trama: Ciudad de México y Santo Domingo. Dice Iván: “ayer violaron y mataron a una mujer de ochenta años. Encontraron su cadáver entre matorrales al pie de la carretera. Hace quince días asesinaron a golpes a otra más… Ya están apareciendo decapitados”. Aunque habla de República Dominicana, lo mismo podría decirse de México, el signo de la violencia compartida en América Latina. 
Escrita en clave de autoficción, las voces de los personajes fluyen mediante una prosa ágil y conectada a la oralidad. La novela tiene una carga de momentos dolorosos, como cuando Fabio, pasado de copas, disminuye a una joven Beatriz por su primera publicación: “¿A ver, a ver, para qué sirve este pinche libro? ¿Tú crees, Beatriz, ya en serio, que tiene alguna importancia? ¿Quién crees que lo va a leer? ¿Sabes lo que hice? Mandé comprar dos cajas con ejemplares de tu libro, ¿y sabes para qué? Para tirarlos al río, ¡al pinche río de mi pueblo!”. También hay momentos luminosos, pues a pesar de la agresión pasada, la hija no se da por vencida. En un esfuerzo por encontrarse con el padre, ella le comparte su último libro. Fabio, pese a la demencia, se entusiasma con la poesía de su hija. 
Entre lo doloroso de la narración, el humor, por fortuna, no está ausente. Me ha hecho reír Iván cuando dice con ironía: “En una avenida oscura de Río de Janeiro me fui de bruces en tremendo agujero. La gente en la parada de autobús se conmovió mientras Beatriz me insultaba. Por supuesto no me tiende la mano, no me ayuda a levantar, no me pregunta si me lastimé y se va por delante furiosa. Pasado el susto: ¿Te duele Iván? Júramelo, prométeme que de ahora en adelante te vas a fijar por donde caminas”.
A la saga familiar donde también aparece la madre, los hermanos y la hija de Beatriz, se suma una hibridación de géneros que proporciona otras dimensiones a la novela. Por un lado, el impulso cronista que recorre la trama para contar el pasado priista de México con sus tiranos y sus héroes, la dupla de mujeres de la farándula con los prohombres de la política, el progreso y el subdesarrollo, los temblores e incendios de la Ciudad de México, y la fuerte presencia del sincretismo de lo indígena con lo español. Por otro lado, la búsqueda del padre, metafórica y literal –pues este se ha extraviado– nos lleva a recorrer, a manera de la novela negra, las abandonadas calles del Centro, los callejones peligrosos, los moteles y bares de malamuerte. Por último, la trama de la novela está interferida por la lista de las “cosas sórdidas” de Sei Shonagon, hija de un poeta que “piensa que no está obligada a desplegar talento en la confección de versos”. La aparición de la escritora japonesa que vivió en el siglo X en los sueños de Beatriz y en las fantasías de Iván –quien se pregunta: “¿Podré posar mi cabeza en las piernas desnudas de mi mujer mientras escuchamos la respiración de Shonagon a nuestro lado?” –contribuye a señalar la diferencia, pero también el diálogo que hay entre poesía y narración, exploración que interesa a esta poeta, quien ahora también ha demostrado su gran talento para la novela. 

martes, 3 de junio de 2025


Sebastião Salgado

Ivonne Saed




El 23 de mayo pasado falleció el mayor fotoperiodista de nuestro tiempo. 

Sebastião Salgado dejó como herencia imágenes que, de alguna u otra manera, representan a todos los habitantes del orbe. Conflictos armados, condiciones precarias de trabajo, costumbres de pueblos originarios en muchas latitudes y la documentación del planeta mismo son ejemplos de su constante exploración, una indagación que iba más allá de la mera caza de un momento. Su intención era siempre crear un conjunto fotográfico vasto para ofrecernos el retrato más completo posible y profundamente humano de lo que documentaba.

Salgado, para decirlo en sus propias palabras, más allá de ser un fotógrafo, era un contador de historias. Su manera de ver al sujeto fotografiado y la profundidad con la que establecía su relación con éste fueron la clave y el tono de toda su obra. Por eso afirmaba que una imagen “es más buena o menos buena en función de la relación que tienes con las personas a las que fotografías […] tu imagen no es más que la relación que tienes con tu sujeto”. Por eso, al ver sus imágenes, experimentamos una mirada recíproca que viene no solamente del sujeto mismo, sino de su bagaje y circunstancias de vida.

Además de su extensa obra visual, Salgado y su esposa Léila hicieron un esfuerzo colosal de reforestación de casi 10,000 hectáreas en Brasil, lo que culminó con la creación del Instituto Terra, un legado de activismo y un ejemplo de cómo el fotoperiodismo, además de comunicar, puede ser un poderoso agente de progreso. 

Muito obrigados por sempre, Sebastião Salgado.

domingo, 1 de junio de 2025

{} Rosario Castellanos

Amélie Olaiz





Mi primer acercamiento a Rosario Castellanos fue de manera poco usual: por sus cartas.

En el taller literario de Alicia Trueba conocí a Ofelia, una escritora que había sido muy amiga de Rosario Castellanos y atesoraba sus cartas. Le sugerimos que las publicara. Se negó. 

—Son cartas muy personales en las que Rosario me escribía sobre su hijo —afirmó. 

Tampoco quiso leernos ninguna. Me quedé con la curiosidad a flor de piel. 

 

Muchos años después, Raúl Ortiz Ortiz, traductor de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, paciente y amigo de mi esposo nos invitó a comer a su casa. Pasamos una tarde muy linda mi esposo y yo con su tío —el embajador Raúl Valdés—, Hernán Lara Zavala —mi amigo y maestro—, su esposa Aída y Raúl Ortiz.

En ese momento no entendí por qué nuestro anfitrión había decidido reunirnos específicamente a nosotros, ni por qué se hablaba tanto de Rosario Castellanos. Yo sabía poco de ella. 

Ahora, al escribir este texto y rememorar lo sucedido puedo ver con claridad la razón: Raúl Ortiz quería dedicar esa tarde a su querida amiga, quien entre muchas otras cosas había sido embajadora en Israel y escritora.   

Al final de la reunión cuando estábamos por irnos, Raúl Ortiz nos pidió que nos quedáramos un rato más. Primero nos mostró uno de sus pequeños tesoros: la colección de películas que tenía en su nuevo Apple TV. Cuando se sintió más en confianza, nos habló de su joya invaluable: las cartas de Rosario Castellanos, su amiga del alma. 

—¿Te gustaría leerme alguna?  —me preguntó.

Respondí que sí de inmediato. Se fue y volvió con un fólder. 

Cuidadosamente seleccionó una carta y me la dio. En cuanto terminé la primera, Raúl me dio otra. Debo haberle leído cuatro o cinco cartas. Estaban escritas desde Israel; no recuerdo la fecha exacta. Eran cartas muy personales, escritas a máquina, en donde se veían las correcciones que, deduje, la misma Rosario había hecho. Me emocionaba leerlas. Él tenía los ojos llorosos. Imaginé que mi voz femenina tenía algo que ver, pero no me atreví a preguntar. 

Antes de irnos me regaló un volumen de Bajo el volcán. Nos confesó que extrañaba mucho a su amiga. El evento me dejó tan marcada que las siguientes semanas leí varios cuentos de Rosario Castellanos. Descubrí a una narradora capaz de reproducir con claridad los ambientes de su época, que describía con sutil filo la situación de la mujer de clases sociales desprotegidas. 

Si alguno de los lectores, como yo, disfruta la literatura epistolar, el Fondo de Cultura Económica sacó ya un libro sobre las cartas entre Raúl y Rosario: Cartas encontradas (1966-1974), con prólogo de Raúl Ortiz y un breve texto de Hernán Lara Zavala. Me gusta pensar que este libro fue planeado aquella tarde en que nos reunimos.1 

 

 La obra epistolar de Rosario es basta. También existen cinco cartas y un telegrama, testimonio amoroso: Cartas a Ricardo, su esposo y padre de su hijo.2 

 

Y yo espero que en un futuro no muy lejano podamos leer las cartas a Ofelia.

 

La fuerza de la literatura epistolar no se queda ahí: San Ildefonso, para conmemorar los cien años del natalicio de la autora, ha montado una exposición en donde se pueden ver algunas de sus cartas, su máquina de escribir portátil y un archivo inédito.3 


Quien quiera aventurarse en este fascinante mundo, existe un concurso de literatura epistolar, que organiza la Facultad de Literatura de la UNAM: Escríbele una carta a Rosario.4


 

Feliz cumpleaños número cien, Rosario Castellanos.


Nota de autor: Link al tocar las fotografías.










jueves, 29 de mayo de 2025

Graciela Iturbide

Virginia Hernández Reta







Cuando se abrió el baño de Frida Kahlo, Graciela Iturbide fotografió el reducido espacio de azulejos blancos y lo que ahí se guardaba: las ropas usadas, los corsés vacíos, las muletas abandonadas de una pintora que no necesitó pies porque tenía alas para volar. La cámara de Graciela pudo ver el mundo interior de Frida, como también logró develar esos universos íntimos cuando en los años 70 retrató a los pueblos seris, o cuando fotografió entierros de niños y jóvenes que le recordaban la pérdida de su propia hija, o cuando inmortalizó a la mujer juchiteca que, como Frida, se adornó la cabeza, no con flores, sino con iguanas. 

Graciela tiene una debilidad por los pájaros. Quizá por eso, y como a Frida, lo que no le faltan son alas. Diletrantes se congratula por el Premio Princesa de Asturias 2025 que recibió Graciela Iturbide y por todos los reconocimientos que le han de venir. 


 

 

{} Cómo me volví lectora

Primera parte

Virginia Hernández Reta




 

Primeras letras: el hechizo

Me volví lectora porque antes me volví “escuchadora”. Mi madre me contaba cuentos. Mi abuela me contaba su vida. A ella le debo el primer deslumbramiento ante el poder de la palabra. Era una gran conversadora con un gran dejo de actriz dramática. Así que amé las palabras mucho antes de leer.

Recuerdo bien el primer libro preescolar que tuve en mis manos. Era un pequeño cuadernillo con ilustraciones de animales bebés y sus mamás. Había que relacionar las columnas entre la mamá osa y el osezno, la mamá caballo y el potro, la mamá cabra y el cabrito. Tenía otros libros en casa, pero este cuadernillo representaba un oasis en medio del desierto de una escuela exigente. Cada vez que la maestra de preprimaria decía “Saquen su cuadernillo de animales”, me llenaba de gozo. Descubrí el placer de la lectura, aun cuando no había visto ninguna letra impresa.

Me inicié en la lectura a través de los cuentos. Mi abuela me regaló “La pequeña vendedora de fósforos”, de Hans Christian Andersen, un hermoso volumen de una historia terrible, la de una niña pobre que muere congelada el día de Navidad y su abuela, también muerta, la lleva al cielo. Me pareció inquietante que fuera precisamente mi abuela la que me regalara esa historia, y que todavía me haya dicho: “Para que te acuerdes de mí.” Y sí, me acuerdo de ella. De esa misma serie, me regalaron “Hansel y Gretel” y “La bella durmiente”, de las que amaba las ilustraciones, en realidad fotografías de pequeños montajes con muñecos de tela.

Mi madre me permitió adueñarme de unos libros antiguos: los relatos infantiles que ella leyó de chica. Era una serie impresa en un papel grueso y marrón, con ilustraciones tristes y oscuras, muy al estilo de los grabados del siglo XIX. La colección de cuentos del mundo dedicaba un volumen a cada tema: desde los hermanos Andersen, hasta las fábulas populares africanas, los cuentos portugueses y los relatos de hadas rusos, con la temible bruja Baba-Yaga que vivía en una cabaña sostenida por una pata de gallina. Descubrí que ninguno era del todo feliz -en el mejor de los casos- y que algunos, incluso, le ponían limón a la herida, haciendo ver completamente trágica la existencia humana.

Más tarde, mi madre nos regaló a mis hermanos y a mí otra serie, más moderna, ya no editada en plena Segunda Guerra Mundial, sino en los 70. Cuatro volúmenes del Readers Digest: Los mejores cuentos de hadas del mundo, que incluían desde el sarcástico relato “El traje nuevo del emperador” -con el que aprendí a desconfiar de los gobernantes-, hasta la inquietante fábula española “Medio pollito”. También leí la historia del temperamental Rumpelstiltskin y ya, desde entonces, me pareció que las princesas eran un poco mañosas, como aquella que no puede dormir sólo porque debajo de sus cinco colchones hay un guisante -en México, un chícharo, pero los libros infantiles generalmente estaban editados en España con ese español castizo.

De la misma época era otra serie española, un tanto siniestra, de libritos minúsculos que enseñaban virtudes a los niños a costa de mostrar lo terribles que eran los defectos correspondientes. Me acuerdo especialmente de “Luisita lengualarga”, una niña imprudente que no dejaba de hablar y a la que -toda la narración muy rimada-, terminaban por cortarle la lengua. Después resultaba, claro, que era un sueño, pero que servía para que Luisita aprendiera a cerrar la boca. Curioso que recuerde ese relato en particular, cuando yo, en el colegio, casi no hablaba. Lo importante es que, con toda esa literatura infantil, me volví adicta al viaje en el tiempo y el espacio que supone la breve frase “Había una vez”…

 

Luego vendrá la escuela primaria y el descubrimiento de las tramas. ¿Qué hace que una historia sea memorable? Pero eso será en el próximo capítulo.

lunes, 26 de mayo de 2025




Mariana Conde, con su habitual agudeza, nos invita a disfrutar de su visión sobre Rosario Castellanos en Opinión 51. No se la pierdan.

https://www.opinion51.com/mariana-conde-2505-reto-rosario/

lunes, 19 de mayo de 2025

:: Reseña
El terror ciego de la multitud
Ivonne Saed





Hace un mes falleció uno de los escritores más interesantes de la literatura del siglo pasado y de nuestro siglo. Como homenaje luctuoso, me parece que corresponde regresar a leer algunas de sus obras y comentarlas aquí. 

Mario Vargas Llosa (1936–2025), quien recibió el Premio Nobel de Literatura y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, entre muchos otros galardones, escribió una obra extensa y variada. Por medio de sus novelas nos mostró un poco de su propia vida y mucho sobre las profundidades que originaron movimientos políticos en Latinoamérica. Entre sus obras más conocidas están Conversación en La Catedral, La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo y La tía Julia y el escribidor. Sin embargo, como homenaje a la variedad de su producción, hoy quiero detenerme en dos de sus novelas menos conocidas, pero no por ello menores. Una es El hablador y la otra es Lituma en los Andes.

En El hablador Vargas Llosa nos lleva de la mano por la vida de los machiguengas, una tribu nómada ubicada en algún lugar remoto de la selva amazónica y a la que la cultura occidentalizada de las urbes no ha tocado. Sus miembros viven como cazadores y recolectores, en constante movimiento, y poseen una sabiduría ancestral que han conservado en gran parte gracias a su aislamiento. Vargas Llosa introduce a un personaje citadino quien “descubrirá” a este pueblo originario. Mascarita está obsesionado por conocer más sobre los machiguengas y gradualmente incorpora el sentido de los rituales y el andar de éstos en su propio pensamiento. La novela habla de una época específica en el Perú, en la segunda parte del siglo pasado, y los contrastes entre la ciudad de Lima de esa época y el Amazonas establecen una tensión entre los diferentes hilos que tejen a esta sociedad más diversa de lo que sus propios pobladores quisieran aceptar. No conforme con esto, el autor establece una relación metafórica entre un mito bíblico y las costumbres nómadas de los machiguengas y, con ello, le recuerda al lector la manera en que los ciclos humanos se cumplen puntuales una y otra vez.

Lituma en los Andes parece ser una novela mucho más aterrizada en hechos reales, en la historia comprobable. Situada durante la época de Sendero Luminoso, esta novela también habla de mitos y creencias, así como de la manera en que se puede explotar la fe de las personas para inducir miedo y enraizar así un poder tajante y devastador, difícil de combatir. Comunidades enteras colaboran con sus potenciales verdugos con el fin de protegerse, y el autoritarismo así prospera con gran éxito, respaldado por una multitud ensordecida y cómplice.

Si bien estas dos novelas parecen abordar temáticas distintas, en realidad ambas se complementan para contar una historia más amplia no sólo del Perú, sino de la humanidad en general. Ambas novelas muestran cómo el comportamiento de una sociedad puede ser el nudo de la soga alrededor de su propio cuello colectivo. Hoy más que nunca resulta útil volver a leer estas obras que mucho pueden ofrecer como comentario y advertencia sobre lo que vivimos hoy en tantas latitudes de nuestro planeta. 

Te invito a leer dos textos de mi autoría para profundizar más sobre estas novelas de Vargas Llosa:

https://www.saedgraphic.com/on-el-hablador-the-storyteller-by-mario-vargas-llosa

https://www.saedgraphic.com/on-vargas-llosa-s-lituma-en-los-andes-death-in-the-andes